Naomi Klein - rodelu.net |
4 de febrero de 2006
|
Znet
en español - Febrero de 2006
"¡Nunca antes!"
Naomi
Klein*
Se
trataba de la “misión cumplida” del segundo mandato de
George W. Bush, y un anuncio de tal magnitud pedía un escenario con el
dramatismo apropiado. Pero, ¿cuál era el telón de fondo correcto para la infame
declaración de “nosotros no torturamos”? Con su audacia característica, el
equipo de Bush se instaló en Ciudad de Panamá.
Fue verdaderamente
atrevido. A una hora y media de coche de donde estaba Bush, el ejército
estadounidense organizó la conocidísima Escuela de las Américas (School Of
Americas, SOA) entre 1946 y 1984, una siniestra institución educativa que,
si tenía algún lema, debería haber sido “Nosotros sí que torturamos”. Es aquí en
Panamá, y después en la nueva localización de la escuela, en Fort Benning
(Georgia), donde se pueden encontrar las raíces de los escándalos de tortura
actuales. De acuerdo con los manuales de entrenamiento desclasificados, los
estudiantes de la SOA (militares y oficiales de policía de todo el hemisferio)
se entrenaban en muchas de las mismas técnicas de “interrogatorio forzado” que
desde entonces han viajado a Guantánamo y Abu Ghraib: detenciones a primera hora
de la mañana para maximizar la conmoción, encapuchamiento y vendado de ojos
inmediato, desnudez forzada, privación sensorial, saturación sensorial,
“manipulación” del sueño y la comida, humillación, temperaturas extremas,
aislamiento, posiciones forzadas… y peores. En 1996, la Junta de Descuidos de
Inteligencia del presidente Clinton admitió que algunos materiales de
entrenamiento producidos en EEUU toleraban “la ejecución de guerrilleros, la
extorsión, el maltrato físico, la coacción y el encarcelamiento
erróneo”.
Algunos de los graduados de la escuela de Panamá volvieron a
sus países a cometer los crímenes de guerra más graves del último medio siglo en
el continente: los asesinatos de Arzobispo Oscar Romero y de seis sacerdotes
jesuitas en El Salvador, el rapto sistemático de bebés de prisioneros
“desaparecidos” argentinos, la masacre de 900 civiles en El Mozote en El
Salvador y golpes militares demasiado numerosos para enumerarlos aquí. Basta con
decir que elegir Panamá para declarar que “nosotros no torturamos” es un poco
como dejarse caer por un matadero para declarar a los Estados Unidos una nación
vegetariana.
Aún así, al cubrir el anuncio de Bush, ni un solo noticiero
de los medios de comunicación mayoritarios mencionó la sórdida historia de su
localización. ¿Cómo podrían? Hacerlo requeriría algo totalmente ausente del
debate actual: admitir que el abrazo de la tortura por parte de oficiales
estadounidenses es muy anterior a la administración Bush y ha sido, de hecho,
una parte esencial para la política exterior estadounidense desde la guerra de
Vietnam.
Es una historia exhaustivamente documentada en una avalancha de
libros, documentos desclasificados, manuales de entrenamiento de la CIA,
transcripciones del parlamento y comisiones de investigación. En su próximo
libro, A Question of Torture, Alfred McCoy sintetiza este voluminoso
conjunto de evidencias, y es un informe indispensable y cautivador sobre cómo
experimentos creados por la CIA con pacientes psiquiátricos y prisioneros en los
años cincuenta se convirtieron en una plantilla para lo que él llama “tortura
sin contacto”, basada en la privación sensorial y en el dolor autoinfligido.
McCoy rastrea cómo esos métodos fueron probados sobre el terreno por agentes de
la CIA en Vietnam como parte del programa Phoenix y fueron después importados a
América Latina y Asia con el pretexto de ser programas de entrenamiento de
policías.
No son sólo los apologistas de la tortura los que ignoran esto
cuando culpan de los maltratos a “unas cuantas manzanas podridas”; también hacen
lo propio muchos de los oponentes a la tortura más prominentes. Olvidando
aparentemente todo lo que una vez supieron sobre los contratiempos
estadounidenses en la guerra fría, un alarmante número ha empezado a apuntarse a
una narrativa antihistórica en la que la idea de torturar prisioneros se le
ocurrió por primera vez a los oficiales estadounidenses el 11 de Septiembre de
2001, cuando los métodos de interrogatorio utilizados en Guantánamo
aparentemente aparecieron, en su forma actual, de lo más recóndito de los
sádicos cerebros de Dick Cheney y Donald Rumsfeld. Hasta ese momento, nos dicen,
Estados Unidos combatió a sus enemigos mientras su humanidad seguía
intacta.
El propagador principal de este relato (lo que Garry Wills
denominó “ausencia de pecado original”) es el Senador John MCain. McCain, en un
escrito reciente en el Newsweek sobre la necesidad de abolir la tortura, dice
que cuando era prisionero de guerra en Hanoi, se agarró rápidamente a la
creencia de que “nosotros éramos diferentes de nuestros enemigos… que nosotros,
si se intercambiaran los papeles, no nos deshonraríamos cometiendo o aprobando
tales maltratos hacia ellos”. Es una imponente distorsión histórica. En la época
en que McCain fue hecho prisionero, la CIA ya había puesto en marcha el programa
Phoenix y, según escribe McCoy, “sus agentes dirigían cuarenta centros de
interrogación en Vietnam del Sur en los que se asesinó a más de veinte mil
sospechosos y se torturó a miles más”, una denuncia que respalda con páginas de
citas de reportajes de prensa así como de investigaciones del Congreso y el
Senado.
¿Disminuye de alguna manera los horrores del presente el admitir
que no es ésta la primera vez que el gobierno de EEUU ha utilizado la tortura
para quitar del camino a sus adversarios políticos, que ha tenido prisiones
secretas con anterioridad, que ha apoyado activamente regímenes que han
intentado eliminar la izquierda arrojando a estudiantes desde aviones? ¿Que en
casa se cambiaban y vendían fotografías de linchamientos como si fueran trofeos
y advertencias? Parece que muchos así lo creen. El 8 de noviembre, el
congresista demócrata Jim McDermott realizó ante la Cámara de los Representantes
la asombrosa afirmación de que “nunca se ha cuestionado la integridad moral de
América, hasta ahora”. Molly Ivins, expresando su conmoción porque los Estados
Unidos tuvieran un gulag, escribió que “se trata simplemente de esta
administración… y de entre ellos, parece que se trata sobre todo del
Vicepresidente Dick Cheney”. Y en la entrega del mes de noviembre de Harper’s,
William Pfaff argumenta que lo que separa en realidad a la administración Bush
de sus predecesores es “la instalación de la tortura como parte sustancial del
ejército estadounidense, y las operaciones clandestinas”. Pfaff reconoce que
mucho antes de Abu Ghraib había quienes denunciaban que la Escuela de las
Américas era una “escuela de la tortura”, pero dice que se “inclina a dudar que
en realidad lo fuera”. Quizá es hora de que Pfaff eche un vistazo a los libros
de texto de la SOA que enseñan técnicas de tortura ilegales, todos fácilmente
disponibles en español e inglés, así como a la creciente lista de graduados de
la SOA.
Otras culturas solucionan un legado de torturas con la
declaración “¡Nunca más!”. ¿Por qué hay tantos estadounidenses que insisten en
despachar la crisis de las torturas actual gritando “¡Nunca antes!”? Sospecho
que tiene que ver con un deseo sincero de comunicar la gravedad de los crímenes
de esta administración. Y el abrazo abierto de la administración Bush a la
tortura no tiene, de hecho, precedentes, pero dejemos claro qué es lo que no
tiene precedentes: no es la tortura, sino lo abierto que es el abrazo. Otras
administraciones mantuvieron tácitamente sus “operaciones negras” en secreto; se
sancionaron los crímenes, pero se practicaron en la sombra, denunciados y
condenados oficialmente. La Administración Bush ha roto este acuerdo: tras el 11
de septiembre, demandó el derecho a torturar sin vergüenza, legitimado por
nuevas definiciones y nuevas leyes.
A pesar de todo lo hablado sobre las
torturas infligidas por extranjeros, la verdadera innovación de la
administración Bush han sido las torturas infligidas desde dentro, con
prisioneros que han sufrido malos tratos por parte de ciudadanos de EEUU en
prisiones dirigidas por EEUU y transportados a terceros países por aviones de
EEUU. Es este abandono de la etiqueta clandestina, más que los crímenes reales,
lo que ha puesto a la comunidad militar y de inteligencia en pie de guerra: al
atreverse a torturar impunemente y a campo abierto, Bush impide que nadie niegue
las torturas con credibilidad.
Para aquellos que se pregunten
nerviosamente si es la hora de empezar a usar palabras alarmistas como
totalitarismo, este cambio es enormemente significativo. Cuando la tortura se
aplica de modo encubierto pero repudiada oficial y legalmente, aún existe la
esperanza de que si las atrocidades se conocen, la justicia prevalezca. Cuando
la tortura es pseudo-legal, y cuando los responsables meramente niegan que eso
sea tortura, lo que muere es lo que Hannah Arendt llamó “la persona jurídica
personificada”; así, las víctimas no se preocupan más de buscar justicia, tan
seguros están de la futilidad (y el peligro) de esa búsqueda. Esta impunidad es
una versión masiva de lo que pasa dentro de la cámara de tortura, cuando se les
dice a los prisioneros que pueden gritar todo lo que quieran porque nadie puede
oírlos y nadie los va a salvar.
En América Latina, las revelaciones de la
tortura estadounidense en Irak no se han recibido con conmoción e incredulidad,
sino con un poderoso deja vu y con miedos resucitados. Héctor Mondragón,
un activista colombiano que fue torturado en los 70 por un oficial entrenado en
la Escuela de las Américas, escribió: “Fue difícil ver las fotos de la tortura
en Irak porque yo también fui torturado. Me vi a mí mismo desnudo con los pies
pegados y las manos atadas a mi espalda. Vi mi propia cabeza tapada con una
bolsa de tela. Recordé mis sensaciones: la humillación, el dolor”. Dianna Ortiz,
una religiosa estadounidense que fue torturada brutalmente en una cárcel
guatemalteca, dijo “ni siquiera puedo mirar esas fotografías… Muchas de las
cosas de las fotografías también me las hicieron a mí. Fui torturada con un
perro terrorífico y también con ratas. Y ellos filmaban todo el
rato”
Ortiz ha testificado que los hombres que la violaron y la quemaron
con cigarros más de cien veces se sometían a un hombre que hablaba español con
acento estadounidense al que llamaban “Jefe”. Es una de tantas historias
contadas por prisioneros de América Latina sobre misteriosos hombres de habla
inglesa entrando y saliendo de sus salas de tortura, proponiendo preguntas,
dando propinas. Algunos de estos casos están documentados en el poderoso nuevo
libro de Jennifer Harbury: Truth, Torture, and the American
Way.
Algunos de los países que fueron malheridos por regímenes
torturadores respaldados por EEUU han intentado reparar su tejido social a
través de comisiones de investigación y juicios por crímenes de guerra. En la
mayoría de los casos, la justicia ha sido escurridiza, pero los maltratos del
pasado han entrado en la historia oficial y sociedades enteras se han hecho
preguntas no sólo sobre la responsabilidad individual, sino sobre la complicidad
colectiva. Estados Unidos, a pesar de ser un participante activo en estas
“guerras sucias”, ha atravesado un proceso de introspección nacional sin
precedentes.
El resultado es que la memoria de la complicidad
estadounidense en crímenes lejanos es frágil, sobrevive en artículos de
periódicos viejos, libros descatalogados y tenaces iniciativas de base como las
protestas anuales en la puerta de la Escuela de las Américas (que ha cambiado de
nombre, pero que en gran medida continúa sin cambiar). La terrible ironía del
actual debate antihistórico sobre la tortura es que en nombre de erradicar
futuros maltratos, esos maltratos pasados se están borrando de la historia. Cada
vez que los estadounidenses repiten el cuento de hadas sobre su inocencia
pre-Cheney, esas ya borrosas memorias se oscurecen aún más. La cruda evidencia
sigue existiendo, por supuesto, cuidadosamente archivada en las decenas de miles
de documentos desclasificados disponibles en el Archivo de Seguridad Nacional.
Pero en la memoria colectiva de EEUU, los desaparecidos vuelven a desaparecer
una y otra vez.
Esta amnesia fortuita hace un flaco favor no sólo a las
víctimas de esos crímenes, sino también a la causa de intentar apartar la
tortura del arsenal político de EEUU de una vez por todas. Ya hay signos de que
la Administración se encargará del actual alboroto de torturas volviendo al
modelo de la guerra fría de negación plausible. La enmienda McCain protege a
cada “individuo bajo la custodia o bajo el control físico del Gobierno de los
Estados Unidos”; no dice nada sobre el entrenamiento para torturar o la compra
de información a la industria de la extorsión de interrogadores interesados. Y
en Irak el trabajo sucio ya se ha encargado a escuadrones de la muerte iraquíes,
entrenados por comandantes de EEUU como Jim Steele, que se preparó para el
trabajo estableciendo unidades ilegales similares en El Salvador. El papel de
EEUU en entrenar y supervisar al Ministro del Interior iraquí se ha olvidado,
sobre todo recientemente, con el descubrimiento de 173 prisioneros en una
mazmorra del Ministerio, algunos torturados de tal manera que su piel se caía a
cachos.
“Miren, es un país soberano. El gobierno iraquí existe”, dijo
Rumsfeld. Sonó igual que cuando el agente de la CIA William Colby fue preguntado
en una comisión del Congreso en 1971 sobre los miles de personas asesinados bajo
el programa Phoenix (un programa que él ayudo a lanzar) y replicó que
ahora era “un programa enteramente sudvietnamita”.
Y ése es el problema
de hacer creer que la Administración Bush inventó la tortura. “Si no comprendes
la historia, y la profundidad de la complicidad institucional y pública”, dice
McCoy, “entonces no puedes empezar a emprender reformas significativas”. Los
legisladores responderán a la presión eliminando una pieza pequeña del aparato
de tortura: cerrando una prisión, acabando con un programa, incluso pidiendo la
dimisión de una auténtica manzana podrida como Rumsfeld. Pero, según dice McCoy,
“preservarán la prerrogativa de torturar”.
El Centro para el Progreso
Estadounidense acaba de lanzar una campaña publicitaria llamada “Torture is
not US” [Juego de palabras entre Torture is not us (Nosotros no
torturamos) y Torture is not US (La tortura no es estadounidense). N. del
T.] . La cruda realidad es que al menos durante cinco décadas lo ha sido. Pero
no tiene por qué serlo.
• Título original:
'Never before'
Our amnesic torture debate
• Autor: Naomi Klein
• Origen: ZNet Activism; Martes 03 de Enero, 2006
• Traducido por Miguel Montes Bajo y revisado por Genoveva
Santiago
|