Naomi Klein - rodelu.net |
26 de marzo de 2007
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La
Jornada de México - 24 de marzo de 2007
Guerra de clases en el tribunal de Conrad
Naomi
Klein*
Durante
la selección del jurado en el proceso judicial por fraude en
contra de Conrad Black, en Chicago, el juez sondeó a los potenciales
miembros de éste sobre sus impresiones del hogar de Black en Canadá. "País
socialista", contestó uno. Según los reportes de la prensa, Black, alguna
vez el tercer magnate de la prensa en el mundo, volteó a ver a su esposa,
Barbara Amiel, y compartieron una sonrisa. Al fin un jurado coincidía con
sus corazones -durante años, la pareja había acusado a canadienses.
El proceso Black es una bestia extraña: un canadiense que renunció a su
ciudadanía para ser lord inglés fue procesado en Estados Unidos
acusado de haberse embolsado decenas de millones de dólares que
pertenecían a los accionistas de Hollinger International, con sede en
Chicago. Cada giro del caso es noticia internacional de primera plana,
pero la mayoría de los estadunidenses no tienen ni idea de quién es Black.
En sus comentarios iniciales, el abogado de Black, Edward Genson, aseguró
al jurado que "en su Canadá e Inglaterra es un nombre conocido".
Es lógico que lord Black no sea nadie en Chicago. Nunca tuco
que preocuparse por la política en Estados Unidos -en lo que a él
concernía, el país era prácticamente perfecto. Era el resto del mundo
angloparlante el que requería de las rimbombantes lecciones ideológicas de
Black. Impartirlas era su misión de vida.
Black es el mayor defensor del anglosphere (el mundo inglés),
movimiento que llama a la creación de un bloque de países angloparlantes.
Los adherentes aseguran que Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá,
Australia y Nueva Zelanda deben unir fuerzas contra el mundo musulmán y
cualquier otro que represente una amenaza. Para él, Estados Unidos no es
sólo el líder lógico del anglosphere, sino modelo económico y
militar que todos los países anglo deberían emular, en contraste con la
blanda Unión Europea.
Si bien la consolidación del anglosphere como bloque político
recibe mucho menos escrutinio que las intervenciones militares, ha sido
crucial en los proyectos imperialistas de Washington. Recientemente el
movimiento adquirió cierta notoriedad, cuando se supo que el 28 de febrero
la Casa Blanca fue anfitriona de un "comida literaria" para el nuevo
escritor favorito de George W. Bush y Dick Cheney, el historiador
ultraderechista británico Andrew Roberts, autor de A history of the
english-speaking peoples, since 1900 (Historia de los pueblos
angloparlantes, desde 1900), un manifiesto del anglosphere.
Pero Black es quien ha sido el eje de las campañas en favor del
anglosphere. Durante las pasadas dos décadas usó sus diarios
ingleses y canadienses para abrazar en colectivo a su amado Estados
Unidos. En Gran Bretaña lo hizo a través del Daily Telegraph, al
cual usó como línea ofensiva contra la "integración europea" e insistiendo
en que el futuro de Gran Bretaña está no con la Unión Europea, sino con
Washington. Esa visión alcanzó su zenit, claro, con el trabajo de equipo
de Bush y Blair en Irak.
En Canadá, donde Black controlaba cerca de la mitad de los diarios, el
empuje por estadunidizar fue aún más energético. Cuando fundó el
diario National Post, en 1998, fue con el explícito fin de
quitarnos a los canadienses nuestro sistema de seguridad social (una
"hamaca") y formar un partido nuevo de la "derecha unida" para sacar a los
gobernantes liberales.
Así, si Black iba a lograr en algún lugar un jurado que lo
comprendiera, debería haber sido en Estados Unidos, donde la gente común
venera a los ricos, porque están convencidos de que ellos podrían ser los
próximos (a diferencia de esos envidiosos, sobregravados y sobre-regulados
europeos y canadienses). Quizá en el año 2000, en la cima de la burbuja de
la bolsa de valores, Black hubiera enfrentado un jurado compuesto por
cuates que lo apoyaban, que hubieran visto su extraña habilidad para
desviar las ganancias de Hollinger a sus cuentas personales y hubieran
dicho "más poder para ti". Pero en 2007, Black se enfrentó contra las
víctimas del colapso del boom y de la revolución ideológica que
tan agresivamente globalizó. Cuando el juez interrogaba al grupo de 140
potenciales miembros del jurado para escoger a 12, más ocho suplentes, se
encontró con hombres y mujeres que "perdieron todo centavo" en el colapso
de WorldCom, cuyas pensiones se evaporaron en la bolsa de valores, que
fueron despedidos debido a la subcontratación en el extranjero
(outsourcing) y cuyas finanzas fueron devastadas por el robo de
identidades.
Al preguntarle qué pensaba de los ejecutivos que ganan decenas de
millones de dólares, el jurado, casi por unanimidad, respondió de manera
negativa. "¿Quién podría trabajar tanto o ser así de capaz?", preguntó
uno. Un sindicalizado aprendiz de mecánico señaló que no importaba cuánto
trabajara, "a duras penas la libro, viviendo en casa". Nadie dijo "más
poder para ti".
Al parecer, muchos ven a los ultrarricos de Estados Unidos del mismo
modo que los rusos ven a sus oligarcas: aunque hubiera sido legal la forma
en que amasaron sus fortunas, no debería haberlo sido. "Nadie debería
conseguir tal cantidad de dinero de una compañía, como de Enron y
WorldCom", escribió un miembro del jurado. Otros dijeron: "siento que hay
corrupción por todos lados"; a cualquiera que le hayan pagado tanto como a
Black, "probablemente lo robó"; "estoy seguro de que esto ocurre todo el
tiempo y espero que los agarren". John Tien, contador de 40 años de
Boeing, se enfrascó a tal grado en un elaborado discurso sobre las
endémicas estafas contables del corporativo estadunidense, que los
abogados de Black pidieron al juez que lo interrogaran en privado, para
prevenir que sus puntos de vista influyeran en otros potenciales miembros
el jurado.
Más allá de lo que ocurra con la saga Black, el proceso de selección
del jurado fue una extraordinaria ventana sobre cómo perciben a sus elites
los estadunidenses normales, seleccionados aleatoriamente: no como héroes,
sino como ladrones. En lo que concierne a Black, todo esto es
terriblemente injusto: lo están "aventando a la turba" debido a su rabia
con el sistema y, a diferencia de los estadunidenses multimillonarios, no
se viste "con pantalones de pana" ni dona su fortuna a organismos de
caridad contra el sida. Sus abogados hasta argumentaron (sin éxito) que su
cliente no podía conseguir un proceso justo, porque el hombre común de
Chicago "no habita en más de una residencia, no tiene sirvientes ni
chofer, ni disfruta de lujosos muebles ni hace costosas fiestas".
No hay duda de que lo que ocurre en esa sala de justicia no se parece
tanto a un proceso por fraude como a una guerra de clases, una que está en
el corazón del anglosphere. Aunque gane Black, será más difícil
vender al mundo un modelo ideológico tan profundamente vilipendiado en
casa.
Copyright Naomi Klein 2007. www.nologo.org. Este texto fue publicado en The Nation.
Traducción: Tania Molina Ramírez
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