Naomi Klein Naomi Klein - rodelu.net
27 de mayo de 2007

La Nación de Chile - 29 de abril de 2007

Desde el imperio

Wolfowitz, el lobo expiatorio

En el fondo, la corrupción nunca ha sido una prioridad alta para el Banco Mundial y el FMI: sus funcionarios entienden que, al enrolar políticos para avanzar en una agenda económica que les garantiza ganar furiosos enemigos en casa, tiene que haber por lo general algo para esos políticos en cuentas bancarias del exterior
Naomi Klein

No es el acto en sí mismo, es la hipocresía. En esa línea tratan a Paul Wolfowitz las páginas editoriales alrededor del mundo. Pero no es ninguno de los dos: no es el acto (transgredir las normas para obtener un aumento salarial para su novia) ni es la hipocresía (el hecho de que la misión de Wolfowitz como presidente del Banco Mundial sea luchar por “buena gobernabilidad”). Primero, ocupémonos del supuesto problema de hipocresía. “¿Quién quiere ser sermoneado acerca de corrupción por alguien que le dice: haga como lo digo y no como lo hago?”, preguntaba un periodista. Nadie, por supuesto. Pero esa resulta una descripción bastante buena del tipo de póquer que es nuestro sistema global de comercio, en el que Estados Unidos y Europa (a través del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio) le dicen al mundo en vías de desarrollo: “Ustedes deben eliminar sus barreras comerciales y nosotros mantendremos las nuestras”. Desde los subsidios agrícolas al escándalo de Dubai Ports World, la hipocresía es el principio orientador de nuestro orden económico. El único crimen de Wolfowitz fue haberse tomado a pecho la postura internacional de su institución. El hecho de que haya reaccionado al escándalo contratando a un abogado de celebridades y buscando un “adiestrador” de liderazgo, sólo representa una mayor evidencia de que absorbió plenamente la fórmula del Banco Mundial: cuando haya dudas, revienta el presupuesto con consultores sobrepagados y llámalo ayuda.

La mentira más seria en el centro de la controversia es la connotación de que el Banco Mundial era una institución de impecables credenciales éticas hasta que, según 42 ex ejecutivos del banco, su credibilidad quedó “fatalmente comprometida” por Wolfowitz (muchos liberales estadounidenses se han acogido a este cuento de hadas, adictos al pasatiempo consistente en obligar a renunciar a neoconservadores). La verdad es que la credibilidad del banco quedó fatalmente comprometida cuando obligó a cobrar aranceles en las escuelas de Ghana a cambio de un préstamo; cuando exigió que Tanzania privatizara su sistema de agua; cuando hizo de la privatización de las telecomunicaciones una condición para la ayuda tras el huracán Mitch; cuando exigió “flexibilidad” laboral tras el tsunami asiático en Sri Lanka; cuando presionó por la eliminación de los subsidios a los alimentos en la postinvasión de Irak.

A los ecuatorianos les importa poco la novia de Wolfowitz; más apremiante para ellos es que en 2005 el banco retuvo 100 millones de dólares prometidos, cuando el país osó gastar parte de sus ingresos petroleros en salud y educación. ¡Vaya una organización contra la pobreza! Pero el área donde el Banco Mundial menos puede reclamar autoridad moral es en la lucha contra la corrupción. Casi en todas partes donde se ha dado el pillaje masivo del Estado durante las últimas cuatro décadas, el banco y el FMI han estado primero en la escena del crimen. Y no, no estuvieron mirando para otro lado mientras los locales se llenaban los bolsillos; estuvieron escribiendo las reglas del juego para el robo y gritando: “¡Más rápido, por favor!”… Un proceso conocido como terapia de shock bajo fuego tupido.

Rusia, bajo el liderazgo del extinto Boris Yeltsin, fue un caso de éstos. A partir de 1990, el banco encabezó la ofensiva para que la ex Unión Soviética impusiera de inmediato lo que llamó “reformas radicales”. Cuando Mijail Gorbachov se negó a acatarla, asumió Yeltsin. Este verdadero bulldozer no permitiría que nada ni nadie se interpusiera en el camino del programa ideado en Washington, incluyendo a los políticos rusos electos. Después que ordenó a los tanques del Ejército abrir fuego contra manifestantes, el 3 de octubre de 1993, matando a centenares y dejando al Parlamento ennegrecido por las llamas, quedó listo el escenario para las privatizaciones a precios de liquidación por incendio de los más valiosos activos estatales, a favor de los así llamados oligarcas. Por supuesto, el banco estuvo allí. Del frenesí legislativo democrático que siguió al golpe de Yeltsin, Carl Blitzer, el economista jefe del Banco Mundial en Rusia, dijo al “Wall Street Journal”: “Nunca me había divertido tanto en mi vida”.

Cuando Yeltsin dejó el cargo, su familia se había hecho inexplicablemente rica, mientras que varios de sus adjuntos estaban inmersos en escándalos de sobornos. Estos contratiempos fueron informados en Occidente, como siempre sucede, como desafortunados incidentes puntuales en un ético proyecto de modernización económica. De hecho, la corrupción se anidaba en la idea misma de terapia de shock. La velocidad de torbellino del cambio era crucial para superar el extendido rechazo a las reformas, pero significaba también, por definición, que no podía haber supervisión. Más aún, los sobrepagos a los funcionarios locales eran un incentivo indispensable para que los “aparatchiks” de Rusia crearan el mercado abierto que Washington exigía. En el fondo, la corrupción nunca ha sido una prioridad alta para el banco y el FMI: sus funcionarios entienden que, al enrolar políticos para avanzar en una agenda económica que les garantiza ganar furiosos enemigos en casa, tiene que haber por lo general algo para esos políticos en cuentas bancarias del exterior.

Rusia está lejos de ser un caso único: desde el dictador chileno Augusto Pinochet, que acumuló más de 125 cuentas bancarias mientras construía el primer Estado neoliberal, hasta el ex Presidente argentino Carlos Menem, que conducía un Ferrari Testarossa rojo mientras liquidaba a su país, o los “miles de millones desaparecidos” de Irak, existe hoy, en cada país, una clase de políticos ambiciosos y de mentalidad sangrienta que están dispuestos a actuar como subcontratistas de Occidente. Recibirán un honorario, y ese honorario se llama corrupción: el socio silencioso pero siempre presente en la cruzada por privatizar al mundo en desarrollo. Las tres instituciones principales al centro de esa cruzada están en crisis: no por las pequeñas hipocresías, sino por las grandes.

La Organización Mundial de Comercio no puede retomar el rumbo; el FMI está yendo a la quiebra, desplazado por Venezuela y China. Y ahora el Banco Mundial se está viniendo abajo. El “Financial Times” informa que, cuando los directivos del Banco Mundial ofrecen consejos, “ahora se ríen de ellos”. Tal vez todos deberíamos reírnos del banco. Lo que no deberíamos hacer en ningún caso, sin embargo, es participar en el esfuerzo por blanquear la ruinosa historia del banco repitiendo el absurdo relato de que la reputación de una organización antipobreza, en sí misma loable, ha sido mancillada por un hombre. Comprensiblemente, el banco quiere lanzar a Wolfowitz por la borda. Yo digo: dejen que el barco se hunda con el capitán.

© The New York Times Syndicate

 
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