Naomi Klein - rodelu.net |
12 de junio de 2007
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La Nación
de Chile - 10 de junio de 2007
Desde el imperio
Bagdad arde, Calgary florece
En Canadá también tenemos esquivas armas de destrucción masiva.
Están cerca de Fort McMurray, en los alquitranes negros bajo la
corteza de la Tierra. Y con la ayuda de camiones, bombas de succión,
vapor y gas, estas armas están siendo detonadas.
Naomi
Klein
La invasión de Irak generó lo que podría ser el mayor auge
petrolero de la historia. Todas las señales estaban presentes:
multinacionales libres para englobar según su voluntad a las
empresas nacionales, enviar a casa ganancias ilimitadas, goce de
“licencias tributarias” y pagos de un irrisorio 1% en royalties al
Gobierno. Este no es el auge que desatarán en Irak las nuevas leyes
petroleras propuestas: eso vendrá después. Este auge está ya en
pleno curso y está ocurriendo al norte de la provincia de Alberta,
en Canadá. Mientras Bagdad arde, desestabilizando a toda la región y
disparando al alza los precios, Calgary florece. Aquí es donde el
caos de Irak desató lo que el “Financial Times” calificó
recientemente como “el mayor auge de recursos en Norteamérica desde
la carrera del oro de Klondike”. Los habitantes de Alberta siempre
han sabido que en la parte norte de su provincia hay vastos
depósitos de barros bituminosos, un alquitrán negro mezclado con
arena, arcilla, agua y petróleo, que alcanza a 2,5 billones de
barriles: los mayores depósitos de hidrocarburos del mundo. Es
posible convertir este crudo de Alberta en petróleo, pero es
terriblemente difícil.
Un método consiste en faenarlo mediante grandes tajos abiertos:
hay que despejar los bosques y arrasar los suelos. Enseguida,
grandes máquinas extraen el material y lo cargan en gigantescos
camiones. Se lo diluye con agua y solventes en máquinas gigantes que
lo agitan hasta que el petróleo emerge, mientras que los residuos
masivos se vierten en estanques. Otro método es separar el petróleo
donde está: grandes perforadoras imprimen vapor en el subsuelo, lo
que disuelve el alquitrán, mientras otras bombas lo succionan y lo
conducen a otras etapas de refinación, la mayoría mediante gas
natural. Ambas técnicas son costosas: entre 18 y 23 dólares por
barril. Hasta hace muy poco, ello no tenía sentido económico. A
mediados de los años 80, el petróleo se vendía a 20 dólares el
barril; entre 1998 y 1999 bajó a 12 dólares. Los principales actores
no tenían intenciones de pagar más por extraer el petróleo del
precio por el que podían venderlo.
Pero luego vino la invasión de Estados Unidos a Irak. En marzo de
2003, el precio del petróleo alcanzó los 35 dólares el barril. Ese
año, la United States Energy Information Administration “descubrió”
petróleo en las arenas de alquitrán. Anunció que Alberta, donde se
pensaba había sólo cinco mil millones de barriles de petróleo,
estaba en realidad montada sobre a lo menos 174 mil millones de
barriles “económicamente recuperables”. Al año siguiente, Canadá
superó a Arabia Saudita como el principal proveedor de petróleo
extranjero de Estados Unidos. El auge petrolero de Irak no ha sido
postergado, sino que ha sido relocalizado. Todos los grandes, salvo
BP, han corrido hacia el norte de Alberta: Exxon Mobil, Chevron y
Total, que, sólo éste, piensa gastar entre nueve mil y 14 mil
millones de dólares. En abril, Shell pagó ocho mil millones para
tomar control de su subsidiaria canadiense. La ciudad de Fort
McMurray, el “piso cero” del boom, no tiene donde alojar a decenas
de miles de nuevos trabajadores, y una compañía construyó su propia
pista aérea para poder traer a la gente que necesita. El 75% del
petróleo proveniente de las arenas de alquitrán va directamente al
vecino del sur. En ello hay cierta ironía: Estados Unidos invadió
Irak, por lo menos en parte, para asegurar acceso al petróleo.
Ahora, gracias a los reveses económicos provocados por esa decisión,
ha descubierto que la “seguridad” que buscaba estaba al lado suyo.
Se ha puesto de moda predecir que los altos precios del petróleo
detonarán una respuesta del mercado al cambio climático, generando
una “explosión de innovaciones alternativas”, como escribió
recientemente el columnista del “New York Times” Thomas Friedman.
Alberta desmiente esa aseveración. Los altos precios efectivamente
han llevado a extravagancias de investigación y desarrollo, pero
esto se ha enfocado en cómo sacar el más sucio petróleo de los
sitios más difíciles. Shell, por ejemplo, está trabajando en un
“novedoso proceso de recuperación térmica”, por la vía de instalar
enormes calefactores eléctricos en los depósitos: literalmente,
cocinando la tierra. Es decir, la industria que más contribuye al
cambio climático seguirá aumentando frenéticamente la temperatura.
El proceso de refinar barros bituminosos emite de tres a cuatro
veces la cantidad de gases con efecto invernadero producidos por la
extracción de los pozos tradicionales. Los 100 mil millones de
dólares en inversiones proyectadas en las arenas de alquitrán han
convertido también a Canadá en un renegado global del clima. Esa
inversión es la principal razón por la cual, en la próxima cumbre
del G-8 en Heiligendamm, el Primer Ministro Stephen Harper, tan
amigo del petróleo, se unirá a George W. Bush para oponerse a todo
intento serio por limitar o reducir los gases invernadero. En casa,
su Gobierno apoya totalmente los planes de triplicar la producción
de arenas de alquitrán hacia 2020, sin final previsible. Si los
precios siguen altos, pronto se hará rentable extraer 141 mil
millones de barriles adicionales de la arena de alquitrán, lo que
ubicaría las mayores reservas de petróleo del mundo en Alberta.
Desarrollar las arenas está devorando árboles y vida silvestre.
El Pembina Institute, la principal autoridad en el impacto
medioambiental de las arenas de alquitrán, advierte que las selvas
boreales arriesgan ser arrasadas, y el principal río que provee a la
industria de las cantidades masivas de agua que necesita está en
peligro. Los científicos del clima dicen que la caída en los niveles
de agua es el resultado (coherentemente) del calentamiento
climático.
Al contemplar la locura colectiva en Alberta, me impacta que
Canadá haya terminado siendo más que el desplazado auge petrolero de
Irak. También tenemos sus esquivas armas de destrucción masiva.
Están cerca de Fort McMurray, en los alquitranes negros bajo la
corteza de la Tierra. Y con la ayuda de camiones, bombas de succión,
vapor y gas, estas armas están siendo detonadas.
© The New York Times Syndicate
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