Naomi Klein - rodelu.net |
24 de junio de 2007
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SinPermiso
- 17 de junio de 2007
Israel, laboratorio para un mundo fortificado
Gaza, en manos de Hamas, con militantes
enmascarados sentados en la silla del presidente; la franja
occidental, en el filo; campamentos del ejército israelí,
precipitadamente levantados en los Altos del Golán; un satélite
espía sobre Irán y Siria; la guerra con Hezbollah, a pique de
estallar; una clase política rebosante de escándalos, que ha perdido
todo crédito público.
Naomi
Klein
A primera vista, las cosas no parecen ir
bien para Israel. Pero he aquí el enigma: ¿por qué, en medio de
tamaño caos y de tal carnicería, florece desapoderadamente la
economía israelí como no lo hacía desde 1999, con un rugiente
mercado de valores y tasas de crecimiento cercanas a las chinas?
Thomas Friedman ofreció recientemente en el
New York Times su teoría:
Israel "nutre y recompensa la imaginación individual", de manera que
sus gentes no dejan de acometer ingeniosas empresas de alta
tecnología, cualesquiera que sean los desastres que provoquen sus
políticos. Después de leer atentamente proyectos de clase realizados
por estudiantes de ingeniería y ciencias de la computación de la
Universidad Ben Gurion, Friedman lanzó uno de sus famosos
pronunciamientos falsarios: Israel habría "descubierto petróleo".
Ese petróleo, aparentemente, estaría en las mentes de los "jóvenes
innovadores y emprendedores capitalistas" israelíes, demasiado
ocupados haciendo supernegocios con Google como para dejarse
distraer por la política.
He aquí una teoría alternativa: la economía
de Israel no es próspera a pesar del caos político que acapara
titulares, sino a causa, precisamente, de ese caos. Esa fase de
desarrollo data de mediados de los 90, cuando Israel estaba en la
vanguardia de la revolución de la información –la economía más
dependiente de la tecnología en el mundo—. Tras el estallido de la
burbuja del punto.com en 2000, la economía de Israel quedó
devastada; fue su peor año desde 1953. Luego vino el 11 de
septiembre, y, subitáneamente, se abrieron nuevos horizontes de
beneficio para cualquier compañía que se declarara capaz de detectar
terroristas en masa, sellar fronteras frente a cualquier ataque y
arrancar confesiones a prisioneros mudos.
En tres años, buena parte de la economía
tecnológica de Israel ha sido radicalmente reorientada. Dicho en
términos friedmanescos: Israel pasó de inventar instrumentos
reticulares para el "mundo plano" a vender vallas para un planeta
trocado en apartheid.
Muchos de los más exitosos empresarios del país utilizan el
status de Israel como estado-fortaleza, rodeado de furiosos
enemigos, como una especie de sala de espectáculo permanente, como
un ejemplo vivo de que se puede gozar de relativa seguridad en medio
de una guerra ininterrumpida. Y la razón de que Israel experimente
hoy un supercrecimiento es que esas compañías están exportando
frenéticamente ese modelo al mundo. Eso hace de Israel la cuarta
potencia del mundo en comercio armamentístico, por encima de Gran
Bretaña.
Las
discusiones en torno al comercio militar de Israel se centran
habitualmente en el flujo de armamentos que llega al país: en los
bulldozers oruga,
fabricados en EEUU y empleados para destrozar hogares en la franja
occidental, así como en las compañías británicas que suministran
piezas para los F-16. Lo que se pasa por alto es el gigantesco
negocio israelí en expansión. Israel vende ahora 1.200 millones de
dólares de productos de "defensa" a EEUU, un incremento
espectacular, si se compara con los 270 millones del año 1999. En
2006, Israel exportó 3.400 millones de dólares de productos de
defensa, más de mil millones más de lo que recibió en ayuda militar
norteamericana.
Buena parte de su crecimiento procede del
llamado sector de "seguridad interior". Antes del 11 de septiembre,
la seguridad interior apenas existía como industria. Para fines del
presente año, las exportaciones israelíes en el sector llegarán a
los 1.200 millones de dólares, un incremento del 20%. Los productos
y servicios clave son vallas de alta tecnología, zánganos no
tripulados, procedimientos biométricos de identificación, equipos
audiovisuales de vigilancia, sistemas de detección de pasajeros
aéreos y de interrogación de presos: en fin, y precisamente, todos
los instrumentos y tecnologías de que se ha servido Israel para
clausurar los territorios ocupados.
De aquí que el caos en Gaza y en el resto de
la región no sólo no represente un serio problema para Tel Aviv,
sino que llegue incluso a inducir su prosperidad económica. Israel
ha aprendido a hacer de una guerra interminable un recurso económico
marca de la casa, convirtiendo su actividad de desarraigo, ocupación
y contención del pueblo palestino en una ventaja comparativa de
cincuenta años en la "guerra global al terror".
No es casual que los proyectos de los
estudiantes en Ben Gurion que tanto impresionaron a Friedman lleven
nombres como: "Matriz de covarianza innovativa para detección de
blancos en imágenes hiperespectrales", o: "Algoritmos para la
detección y elusión de obstáculos". Sólo en el último semestre, se
han creado en Israel treinta compañías de seguridad interior,
gracias en parte a espléndidos subsidios gubernamentales que han
transformado el ejército israelí y las universidades del país en
incubadoras de seguridad y nuevos desarrollos armamentísticos (algo
que habría que tener en cuenta, cuando se discute sobre el boicot
académico a Israel).
La próxima semana, las más consolidadas de
esas compañías viajarán a Europa para la Muestra Aeronáutica de
París, el equivalente a la Semana de la Moda de la industria
armamentista. Una de las compañías israelíes que participa en la
Muestra es Suspect Detections Systems (Sistemas de Detección de
Sospechosos, SDS), que exhibirá su Cogito 1002, un garito de
seguridad blanco, como de ciencia ficción, que pide a los pasajeros
de avión que contesten a una serie de preguntas, generadas por
computador, sobre sus países de origen, al tiempo que estudia su
mano con un sensor de "biofeedback". El ingenio lee las reacciones
del cuerpo a las preguntas, y determinadas respuestas marcan al
pasajero como "sospechoso".
Como otros cientos de inventos de seguridad
israelíes, el SDS se jacta de haber sido creado por veteranos de la
policía secreta israelí y de haber sido puesto a prueba sobre la
marcha con palestinos. No sólo ha instalado la compañía terminales
de biofeedback en un
puesto de control de la franja occidental; sostiene que "la idea
está avalada y se ha visto robustecida gracias al conocimiento
obtenido y asimilado a partir del análisis de miles de estudios de
casos de personas-bomba suicidas en Israel".
Otra estrella de la Muestra Aeronáutica de
París será el gigante de la defensa israelí Elbit, que planea
exhibir sus Hermes 450 y 900, aeronaves no tripuladas. Hace apenas
unas semanas, en mayo, de acuerdo con informes periodísticos, Israel
utilizó esos zánganos no tripulados en misiones de bombardeo en
Gaza. Una vez probados en esos territorios, están listos para
exportar: el Hermes ha sido usado ya en la frontera de Arizona con
México; terminales de Cogito 1002 están siendo ahora auditadas en un
aeropuerto estadounidense del que se ignora el nombre; y Elbit, una
de las compañías que está detrás de la "barrera de seguridad" de
Israel, se ha asociado con Boeing para construir la valla fronteriza
"virtual" alrededor de EEUU, financiada por el Departamento de
Seguridad Interior con 2.500 millones de dólares.
Puesto
que Israel comenzó su política de sellar los territorios ocupados
con puestos de control y muros, los activistas de derechos humanos
suelen comparar Gaza y la franja occidental con cárceles al aire
libre. Pero lo que a mí me llama la atención al investigar el
explosivo auge del sector de seguridad interior de Israel (un asunto
que estudio con gran detalle en mi próximo libro: The Shock Doctrine: The Rise of
Disaster Capitalism) es que son también otra cosa: laboratorios
en los que los terroríficos instrumentos de nuestros estados de
seguridad son puestos a prueba. Los palestinos –vivan en la franja
occidental o en lo que los políticos israelíes acostumbran ahora a
llamar Hamasistán— no son sólo blancos. Son
también conejillos de Indias.
En cierto modo, pues, Friedman lleva razón:
Israel ha descubierto petróleo. Pero el petróleo no está en la
imaginación de sus tecno-empresarios. El petróleo está en la guerra
al terror, en el estado de miedo constante que crea una demanda sin
límites de ingenios de vigilancia, escucha, contención e
identificación de "sospechosos". Y el miedo, a lo que se ve, es el
último grito en recursos renovables.
Naomi Klein es la autora de
No Logo: Taking Aim at the Brand Bullies (Picador) y, más recientemente,
Fences and Windows: Dispatches From the Front Lines of the Globalization Debate
(Picador).
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
The Nation, 15 junio 2007
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