Estímulos
La calificadora Moody’s asegura que la clave para resolver los
problemas económicos de Estados Unidos es recortar de modo drástico el
gasto en seguridad social. La Asociación Nacional de Manufactureros dice
que la solución es que el gobierno federal adopte su lista de deseos de
nuevos recortes fiscales. Para el Investor’s Business Daily, la
respuesta es hacer perforaciones petroleras en el Refugio Nacional Ártico
de la Vida Silvestre, “quizá el más importante estímulo de todos”.
Naomi
Klein
Pero, de todos los intentos cínicos por vestir los esfuerzos pro
empresariales por acaparar dinero como “estímulos económicos”, el premio
tiene que ser para Lawrence B. Lindsey, ex asistente en política económica
de George W. Bush y su asesor durante la pasada recesión. El plan de
Lindsey es resolver la crisis, disparada por préstamos mal hechos a través
de proveer muchos más cuestionables créditos. “Una de las cosas más
fáciles que se podría hacer es permitir que los manufactureros y los
minoristas” –de modo notable Wal Mart– “abran sus propias instituciones
financieras, mediante las cuales podrían prestar y pedir prestado dinero”,
escribió recientemente en The Wall Street Journal.
No importa que un número creciente de estadunidenses dejó de pagar sus
tarjetas de crédito, atraca sus cuentas 401k (un tipo de fondo de retiro
en acciones. N de la T) y pierde sus hogares. Si Lindsey se saliera con la
suya, Wal Mart, en vez de perder ventas, podría simplemente prestar dinero
para mantener a los consumidores comprando, transformando, en los hechos,
las cadenas de megatiendas en tiendas de raya, al viejo estilo, a las
cuales los estadunidenses podrían deber sus almas.
Si este tipo de oportunismo en tiempos de crisis suena familiar, es
porque lo es. Durante los pasados cuatro años he estado investigando un
área poco explorada de la historia económica: la manera en que las crisis
han pavimentado el camino para la marcha de la revolución económica de
derecha alrededor del mundo. Una crisis pega, se difunde el pánico, y los
ideólogos llenan la brecha rápidamente reconstruyendo sociedades, acatando
los intereses de los grandes jugadores empresariales. Es una maniobra que
yo llamo “el capitalismo de desastre”.
A veces, los desastres que permitieron esto fueron golpes físicos:
guerras, ataques terroristas, desastres naturales. Más seguido, fueron
crisis económicas: espirales de deuda, hiperinflaciones, choques
monetarios y recesiones.
Hace más de una década, el economista Dani Rodrik, entonces en la
Universidad de Columbia, estudió las circunstancias en las cuales los
gobiernos adoptaban políticas de libre comercio. Sus hallazgos fueron
impactantes: “Ningún caso significativo de reforma comercial en un país en
desarrollo en los años 80 tuvo lugar fuera del contexto de una seria
crisis económica”. Los años 90 mostraron, de modo dramático, que tenía
razón. En Rusia, el desplome económico puso el escenario para el remate de
las empresas estatales. Luego, la crisis económica asiática en 1997-1998,
abrió los “tigres asiáticos” a una frenética actividad de apropiarse de
las empresas por parte de extranjeros, un proceso que The New York
Times llamó “la mayor venta-por-cierre del mundo”.
Los países desesperados normalmente harán lo que haga falta para
conseguir que los rescaten. Un ambiente de pánico también libera las manos
de los políticos para que puedan rápidamente promover cambios radicales
que de otra manera serían extremadamente impopulares: la privatización de
servicios esenciales, el debilitamiento de las protecciones laborales, los
acuerdos de libre comercio. En una crisis, el proceso democrático y el
debate pueden hacerse a un lado como lujos que no están al alcance del
bolsillo.
Las políticas de libre mercado empaquetadas como si fueran curas de
emergencia, ¿de verdad remedian las crisis del momento? Para los ideólogos
involucrados, eso poco ha importado. Lo que importa es que, como una
táctica política, el capitalismo de desastre funciona. El
fallecido economista del libre mercado Milton Friedman, en 1982, en el
prefacio a su manifiesto Capitalism and Freedom (Capitalismo y
libertad), fue quien articuló la estrategia más sucintamente. “Sólo una
crisis –de verdad o percibida– produce un cambio real. Cuando esta crisis
ocurre, las acciones que se toman dependen de las ideas que andan por ahí.
Eso, creo, es nuestra principal función: desarrollar alternativas a
políticas existentes, mantenerlas vivas y a la mano hasta que lo
políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.
Una década más tarde, John Williamson, consejero clave del Fondo
Monetario Internacional y del Banco Mundial (mejor conocido por acuñar la
frase “el consenso de Washington”), fue más allá. Le preguntó a una
conferencia llena de encargados de políticas públicas de alto nivel “si
podría ser concebible que tuviera sentido pensar en deliberadamente
provocar una crisis para quitar del camino de la reforma el atasco
político”.
Una y otra vez, la administración del presidente George W. Bush ha
tomado las crisis como una oportunidad para romper los obstáculos a las
piezas más radicales de su agenda económica. Primero, una recesión puso el
pretexto para hacer un drástico recorte fiscal. Luego, la “guerra contra
el terror” abrió la puerta a una era de privatización de la seguridad
interna y militar sin precedentes. Tras el huracán Katrina, el
gobierno proveyó de condonaciones fiscales, normas laborales reducidas,
cerró proyectos de vivienda pública y ayudó a transformar Nueva Orleáns en
un laboratorio para escuelas charter (escuelas públicas
controladas por una junta autónoma). Todo en nombre de la “reconstrucción”
a partir del desastre.
Con este historial, los cabilderos de Washington tenían todo para creer
que el miedo a una recesión provocaría una nueva ronda de regalos para los
empresarios. Sin embargo, parece que el público se vuelve sabio en lo que
se refiere al capitalismo de desastre. Seguro, el paquete de 150
mil millones de dólares es poco más que un disfrazado recorte fiscal,
incluyendo un nuevo lote de “incentivos” para los negocios. Pero los
demócratas vetaron el más ambicioso intento republicano de apalancar la
crisis a través de establecer los recortes fiscales de Bush e ir tras la
seguridad social. Por ahora, parece que una crisis creada por un tenaz
rechazo a regular los mercados no será “resuelta” a través de darle a Wall
Street más dinero de los contribuyentes con el cual apostar.
Sin embargo, si bien los demócratas en la Cámara logran (apenas)
mantenerse firmes, al parecer renunciaron a extender los beneficios para
el desempleo e incrementar la asistencia alimentaria y el Medicaid
(programa de salud para individuos y familias con bajos ingresos,
financiado por los gobiernos federal y estatales, N de la T), como parte
del paquete de estímulo. Más importante aún, fracasan rotundamente en usar
la crisis para proponer una agenda alternativa, una que contenga
soluciones reales a un status quo marcado por crisis periódicas,
ya sea ambientales, sociales o económicas.
El problema no es que falten las ideas “vivas y a la mano”, por tomar
prestada la frase de Friedman. Hay bastantes por ahí, desde el seguro de
salud universal a legislar un salario digno. Cientos de miles de empleos
de “cuello verde” (se refiere a empleos relacionados con la
sustentabilidad ambiental, N de la T) pueden ser creados a través de
reconstruir la debilitada infraestructura pública, de modo que incluya más
transporte público y energías renovables. ¿Necesitan fondos para comenzar?
Cierren el vacío fiscal para los fondos de riesgo e impongan el impuesto
Tobin, propuesto desde hace mucho tiempo para las transacciones
monetarias. ¿El extra? Un mercado menos volátil y menos propenso a las
crisis.
La manera en que elegimos responder a las crisis siempre tiene una gran
carga política, una lección que parece que los progresistas han olvidado.
Hay una ironía histórica: las crisis han abierto la puerta a algunas de
las mayores políticas progresistas. Destaca un caso: tras la dramática
falla del mercado, en el crack de 1929, la izquierda estaba
lista, con ideas: pleno empleo, enormes obras públicas, campañas
sindicales masivas. El sistema de seguridad social que Moody’s está tan
entusiasmado por quitar fue una respuesta directa a la Gran Depresión.
Toda crisis es una oportunidad, alguien la explotará. La pregunta que
enfrentamos es ésta: la actual turbulencia, ¿se volverá un pretexto para
transferir aún más riqueza pública a manos privadas, para acabar con los
últimos vestigios del Estado de bienestar social, todo en nombre del
crecimiento económico? ¿O este último fracaso de los mercados sin
restricción será el catalizador que se necesita para revivir un espíritu
de interés público, para tomar en serio las apremiantes crisis de nuestros
tiempos, desde la abismal desigualdad al calentamiento global a una
fracasada infraestructura?
Los capitalistas del desastre han llevado las riendas durante tres
décadas. El tiempo ha llegado, una vez más, para el populismo del
desastre.
© 2008 Naomi Klein. http://www.naomiklein.org./
*Autora de La doctrina del shock, el auge del capitalismo del
desastre.
Traducción: Tania Molina Ramírez.