Naomi Klein |
9 de noviembre de 2008
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La Nación
de Chile - 2 de noviembre de 2008
La estrategia republicana ante la inminente salida del poder en las elecciones presidenciales
El regalo de despedida de la pandilla de Bush
Las principales instituciones financieras estadounidenses quieren saber en qué medida tendrán acceso a los 700 mil millones de dólares ofrecidos por el Gobierno para paliar la crisis financiera. Su interés, lejos de reponer el flujo de crédito hacia los contribuyentes, está destinado a saber si tendrán acceso a los fondos antes del traspaso de mando. El sistema creado por Bush parece estar destinado a asegurar su existencia sin ningún tipo de riesgo, ni responsabilidad, teniendo el mejor de todos los avales: el Estado. ¿Quién paga su existencia? Toda la ciudadanía a través de los impuestos.
Naomi Klein
En los días finales de la campaña presidencial, los republicanos parecen haber renunciado a la lucha por el poder. Pero a no equivocarse: eso no significa que se estén relajando. Si usted quiere ver verdadera grasa de codo republicana, observe la energía que están poniendo en agarrar grandes porciones del salvataje de 700 mil millones de dólares que espera ante la puerta. En una reciente sesión del comité bancario del Senado, el republicano Bob Corker estaba obsesionado con esta tarea, y con una clara fecha final en su cabeza: el traspaso de mando. "¿Cuánto de esto piensa usted que puede gastarse hasta el 20 de enero, o por ahí?", le preguntó Corker a Neel Kashkari, el ex banquero de 35 años de edad a cargo del paquete de rescate. Cuando los colonialistas europeos se daban cuenta de que no tenían otra opción que entregar el poder a los ciudadanos indígenas, se concentraban a menudo en despojar al tesoro local de su oro y en apoderarse del ganado más valioso. Si eran realmente malvados, como los portugueses en Mozambique a mediados de los años 70, echaban concreto en los huecos de los ascensores. La pandilla de Bush no es tan bárbara. Más que un saqueo abierto, prefiere instrumentos burocráticos como remates de "activos en problemas" y el "programa de compras de acciones". Pero no hay que equivocarse, porque el objetivo es el mismo de los portugueses derrotados: un frenético saqueo final de la riqueza pública antes de devolver las llaves de la caja fuerte.
¿De qué otra manera entender las extrañas decisiones que han determinado la asignación del dinero del salvataje? Cuando la administración Bush anunció que inyectaría 250 mil millones de dólares en los bancos estadounidenses a cambio de acciones, el plan fue ampliamente descrito como una "nacionalización parcial", una medida radical necesaria para hacer que los bancos vuelvan a prestar. Se nos dijo que Henry Paulson, el secretario del Tesoro, había visto la luz y estaba siguiendo el ejemplo de Gordon Brown. De hecho, no ha habido nacionalización, ni parcial ni de ningún otro tipo. Los contribuyentes estadounidenses no han obtenido ningún control significativo sobre los bancos, por lo que los bancos son libres para gastar el nuevo dinero como gusten. En Morgan Stanley pareciera que gran parte de este dinero caído del cielo cubrirá los bonos de este año. Citigroup ha insinuado que usará sus 25 mil millones de dólares para comprar otros bancos, mientras que John Thain, el jefe ejecutivo de Merrill Lynch dijo a los analistas que "por lo menos durante el próximo trimestre, será sólo un amortiguador". El gobierno de Estados Unidos, mientras tanto, se ve reducido a solicitar a los bancos que al menos gaste una porción del dinero de los contribuyentes en préstamos, que es, oficialmente, la razón de todo el programa.
¿Cuál es entonces el motivo real del salvataje? Mi temor es que esta prisa por amarrar acuerdos sea algo mucho más ambicioso que un regalo por una sola vez a las grandes empresas: que la versión de Bush de "nacionalización parcial" esté destinada a convertir al Tesoro estadounidense en una máquina sin fondo de dinero en efectivo para los bancos durante muchos años. Recuerden que la principal preocupación de los grandes actores del mercado, particularmente de los bancos, no es la falta de crédito sino los golpeados precios de sus acciones. Los inversionistas han perdido la confianza en la honestidad de los grandes actores financieros, y con buenas razones. Aquí es donde la participación accionaria del Tesoro rinde grandes frutos. Al comprar acciones en estas instituciones financieras, el Tesoro está enviando una señal al mercado de que ellas son una apuesta segura. ¿Por qué segura? No porque el nivel de riesgo haya sido por fin rigurosamente evaluado. No porque hayan renunciado al tipo de instrumentos exóticos y a las irritantes tasas de apalancamiento que generaron la crisis. Sino porque el mercado estará ahora contando con el hecho de que el gobierno de Estados Unidos no dejará que fallen estas compañías específicas. Si se meten en problemas, los inversionistas presumirán ahora que el gobierno seguirá consiguiendo más dinero para rescatarlas, pues permitirles que se desplomen significaría perder las inversiones accionarias iniciales, muchas de ellas por miles de millones de dólares. (Basta con mirar al gigante de los seguros AIG, que ya ha vuelto a recurrir a los contribuyentes y probablemente lo volverá a hacer). Esta atadura del interés público a compañías privadas es el propósito real del plan de salvataje: Paulson está entregándoles a las compañías admitidas en el programa (un número potencialmente de miles) una garantía implícita del departamento del Tesoro. Para los traviesos inversionistas que busquen ahora lugares seguros para estacionar su dinero, estos negocios de acciones serán todavía más tranquilizadores que una triple A por parte de la agencia calificadora Moody’s. Un seguro como ese no tiene precio. Pero para los bancos la mejor parte es que el Gobierno les está pagando por aceptar su sello de aprobación. Para los contribuyentes, por su parte, todo el plan es extremadamente riesgoso y podría muy bien costar significativamente más que la idea original de Paulson de comprar 700 mil millones de dólares en malas deudas. Ahora, los contribuyentes no sólo están expuestos a las deudas: también se puede sostener que están expuestos al destino de toda corporación que les venda acciones.
Es interesante que gigantes de los fondos hipotecarios como Fannie Mae y Freddie Mac disfrutaron de esta clase de garantía tácita antes de que fueran nacionalizados al comienzo de la crisis. Durante décadas, el mercado entendió que, dado que estos actores privados estaban ligados al Gobierno, se podía contar con que el Tío Sam siempre salvaría el día. Era, como muchos lo han indicado, el peor de los mundos. No sólo se privatizaron las utilidades mientras se socializaban los riesgos, sino que el respaldo implícito del Gobierno creó poderosos incentivos para prácticas comerciales irresponsables. Con el nuevo programa de compra de acciones, Paulson ha tomado el desacreditado modelo de Fannie y Freddie y lo ha aplicado a un enorme pedazo de la industria bancaria privada. Nuevamente, no hay razón para abstenerse de apuestas riesgosas, debido especialmente a que el Tesoro no le ha impuesto estas exigencias a los bancos (aparentemente no quiere "micro-administrar"). Para incentivar aún más la confianza del mercado, el Gobierno federal también ha anunciado garantías públicas ilimitadas para los depósitos en muchas cuentas bancarias. ¡Ah!... y por si eso no fuera suficiente, el Tesoro ha estado alentando a los bancos a fusionarse, asegurándose de que las únicas instituciones que queden sean "demasiado grandes para quebrar", por lo que se les garantiza un salvataje. Al mercado se le está diciendo de tres maneras, fuerte y claro, que Washington no permitirá que las instituciones financieras carguen con las consecuencias de sus conductas. Esta podría ser la innovación más creativa de Bush: el capitalismo sin riesgo.
Hay un atisbo de esperanza. En respuesta a la pregunta del senador Corker, el Tesoro está teniendo en realidad dificultades para dispersar los fondos del salvataje. Hasta ahora, ha pedido unos 35 mil millones de dólares de los 700 mil, pero gran parte de ellos todavía no han salido. Mientras tanto, todos los días queda más claro que el salvataje se le vendió al público bajo falsos pretextos. Está claro que nunca estuvo dirigido a mantener el flujo de préstamos. Siempre apuntó a hacer lo que se está haciendo: convertir al estado en una gigantesca agencia de seguros para Wall Street, una red de seguridad para las personas que menos la necesitan, subsidiada por las personas que más protecciones estatales necesitarán en las tormentas económicas que vendrán. Esta duplicidad es una oportunidad política. Quienquiera gane el 4 de noviembre, tendrá una enorme autoridad moral. Debiera usarla para llamar a un congelamiento en la dispersión de los fondos de salvataje, no después del cambio de mando sino de inmediato. Todos los acuerdos debieran ser renegociados, y esta vez con el público obteniendo las garantías. Es arriesgado, por supuesto, interrumpir el proceso de salvataje. Nada podría ser más arriesgado, sin embargo, que permitir que la pandilla de Bush haga su regalo de despedida a las grandes empresas el regalo que se seguirá recibiendo.
The Guardian
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