Naomi Klein Naomi Klein
7 de diciembre de 2008

La Nación de Chile - 23 de noviembre de 2008

Desde el Imperio

Una transición accidentada

Presumo que la verdadera razón de que los demócratas no han actuado hasta ahora está relacionada con el miedo: tienen miedo de que la bolsa de valores, cuyo temperamento es el de un bebé malcriado de dos años, vuelva a ponerse rabiosa y estremezca al mundo financiero.

Naomi Klein

A medida que emergen más detalles, resulta más claro que la forma en que Washington manejó el plan de rescate de Wall Street no es solamente incompetente: bordea en lo delictivo.

En un momento de gran pánico a fines de septiembre, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, de forma unilateral, impulsó un cambio radical en la manera en que las fusiones de bancos serán gravadas, un cambio que la industria venía buscando desde hacía mucho tiempo. Pese al hecho de que esa acción privará al gobierno de unos 140 mil millones de dólares en recaudaciones impositivas, los legisladores descubrieron eso sólo después de ocurrido. Según "The Washington Post", más de una docena de abogados expertos en impuestos coincidieron en que "el Departamento del Tesoro carece de autoridad" para cambiar las leyes impositivas.

Otra acción de dudosa legalidad fue el acuerdo del Departamento del Tesoro con muchos bancos del país para evitar que fueran a la quiebra. Según el legislador Barney Frank, uno de los arquitectos de la ley que permite los acuerdos, "cualquier uso de los fondos para otro propósito que no sea el de prestar, por ejemplo, para bonificaciones (de los ejecutivos), para dividendos, para la compra de otras instituciones, es una violación de la ley". Sin embargo, exactamente de esa manera están siendo usados los fondos.

Y también están los casi dos billones de dólares que la Reserva Federal ha entregado en préstamos de emergencia. De manera asombrosa, la Reserva Federal no ha revelado qué corporaciones han recibido esos préstamos o qué garantías recibió. Según la agencia Bloomberg News, ese secreto viola la ley y ha presentado una demanda federal reclamando una divulgación completa de los acuerdos.

Pero, pese a la potencial ilegalidad de esas acciones, los demócratas siguen defendiendo de manera abierta al gobierno de Bush, o negándose a intervenir. "Hay un solo Presidente por vez", ha dicho Barack Obama. Eso es cierto. Pero cada acuerdo ilegal que concreta el gobierno de Bush amenaza con afectar la forma en que Obama puede cumplir con sus promesas de cambio.

Para citar un solo ejemplo: esos 140 mil millones de dólares en recaudaciones impositivas desaparecidas es casi la misma suma que el costo del programa de energía renovable propuesto por Obama.

Sí, hay un solo Presidente por vez, pero ese Presidente necesitaba el respaldo de los poderosos demócratas, incluido Obama, para conseguir que fuera aprobado el plan de rescate. Ahora, resulta claro que el gobierno de Bush está violando los términos del acuerdo elaborado por ambos partidos. Por lo tanto, los demócratas no sólo tienen el derecho sino la grave responsabilidad de intervenir con vigor.

Presumo que la verdadera razón de que los demócratas no han actuado hasta ahora está relacionada con el miedo: tienen miedo de que la bolsa de valores, cuyo temperamento es el de un bebé malcriado de dos años, vuelva a ponerse rabiosa y estremezca al mundo financiero. Según se nos ha dicho, revelar la verdad acerca de quien está recibiendo préstamos federales podría hacer que el mercado apueste a la baja contra esos bancos. Si se cuestiona la legalidad de los acuerdos para rescatar las instituciones bancarias, o esa renuncia a una recaudación impositiva de 140 mil millones de dólares, podría ocurrir lo mismo.

"No queremos que nos culpen por arruinar esas fusiones y crear otra Gran Depresión", explicó el asesor de un congresista que pidió no ser identificado.

Peor aún, los demócratas, incluido Obama, parecen creer que durante el período de transición lo más importante es tranquilizar al mercado. Y es por eso que, apenas días después de la eufórica victoria en que el lema fue "cambio", ahora se habla de una "transición suave" y de la "continuidad".

Basta ver a quien Obama eligió como el secretario general del gabinete. Se trata de Rahm Emanuel, el representante demócrata que ha recibido la mayor cantidad de donaciones del sector financiero. Eso envía a Wall Street el mensaje de que todo estará en buenas manos. Cuando se le preguntó en el programa periodístico "This week with George Stephanopoulos" si Obama aumentará los impuestos a los millonarios, Emanuel no respondió a la cuestión.

Lo que sabemos con seguridad es que el mercado reaccionará con violencia ante cualquier señal de que el nuevo Presidente podría imponer una regulación verdadera, o invertir en el pueblo o acabar con el regalo de dinero a las corporaciones.

En resumidas cuentas, los mercados piensan lo contrario de lo que hace el grueso de los norteamericanos. Una reciente encuesta USA Today/Gallup determinó que un 60% de los entrevistados están en favor de "regulaciones más estrictas a las instituciones financieras". Apenas un 21% respaldó la ayuda a compañías financieras.

Por supuesto, toda acción para cambiar curso tendrá como secuela un shock del mercado en el corto plazo. La buena noticia es que una vez resulte claro que las nuevas normas serán aplicadas con justicia, el mercado se estabilizará y ajustará. Además, la oportunidad de esta turbulencia es inmejorable. Durante los últimos tres meses los shocks del mercado han sido tan frecuentes que su estabilidad resultará una sorpresa. Eso ofrece a Obama una ocasión para desechar los pedidos de una transición suave, y hacer primero lo más difícil.

Muy pocos podrán culparlo por una crisis que lo precedió, o acusarlo de acatar los deseos del electorado. Pero, si espera mucho tiempo, la gente comenzará a olvidarse.

Cuando se transfiere el poder de un régimen que funciona, y es confiable, todos esperan una transición suave. Pero, cuando se trata de un régimen marcado por actos delictivos y por una ideología en bancarrota, un poco de estremecimiento al comienzo puede ser una buena señal.

(The New York Times Syndicate)


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