Lo que sé de Gabriel
Álvaro Mutis
Conocí
a Gabriel García Márquez hace 42 años, una noche de tormenta, en el
barrio de Bocagrande, en Cartagena. Me lo presentó Gonzalo
Mallarino, su compañero de facultad de Derecho en la Universidad
Nacional, y ya su admirador irrestricto. Las palmeras casi tocaban
el suelo por las fuerzas del viento y los cocos verdes se
estrellaban en el pavimento con su ruido sordo, ya
faulkneriano.
Dos cosas me sorprendieron en él, entonces apenas
autor de La noche de los alcaravanes, cuento que me había parecido
magistral y lleno de inagotables promesas —¿por qué será que las
promesas siempre son inagotables?—, y las dos siguen siendo rasgos
definitorios de su carácter: una devoción sin límites por las
letras, desorbitada, febril, insistente, insomne entrega a las
secretas maravillas de la palabra escrita (sólo Don Quijote en su
discurso sobre “Las armas y las letras” había mostrado parecido
fervor) y una madurez varonil, un sentido común infalible que en
nada concordaban con sus 20 años a los que había entrado ya con su
ceño de bucanero y su corazón a flor de piel.
Esta ha sido otra
constante en la vida de Gabriel: una indulgencia inteligente para
todos sus semejantes y un sentido de vigilante servicio en la
amistad. No conozco amigo igual, pero tampoco conozco otro que la
cultive con más amoroso rigor, con tan sereno equilibrio. He pensado
a menudo que Gabriel nació ya maduro, viejo no, nunca lo ha sido ni
creo que lo será ya; tiene un aura de intemporalidad que lo asimila
a sus personajes.
Me cuesta mucho trabajo decir algo sensato
sobre su obra literaria. He leído todos sus originales antes de que
fueran publicados. Sigo pensando que su obra más acabada y perfecta
es El coronel no tiene quién le escriba; la que se considera su obra
prima, Cien años de soledad, no puedo leerla sin cierto sordo
pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo
americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria
tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para
juzgarla.
Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha
dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación
lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas
poco podrán contra él.
Hemos compartido juntos, Gabriel y yo,
muchas horas de felicidad desbordada y no pocas de incertidumbre y
estrechez. Hemos viajado por tres continentes, hemos compartido
libros, músicas y amigos. Todo lo vivido con él ha sido para mí como
un premio extraordinario en el oscuro azar de los días. Compartí con
él las primeras horas de su Premio Nobel. Luchaba contra el
entusiasmo, tratando de ser el mismo de siempre. Lo logró en pocos
minutos. Bebimos hasta pasada la media noche. Evocamos amigos
ausentes y tornamos a reír en compañía con nuestras esposas,
Mercedes y Carmen, de las mismas gozosas remembranzas con las que
está tejido nuestro destino común. En verdad, casi pudimos decir que
no había pasado nada. O mejor, que ninguna sorpresa del presente
podía opacar ni alejar la milagrosa presencia de un tiempo
compartido que ha sido para nosotros una auténtica y siempre
presente “Moveable feast”.
(Texto publicado en la edición conmemorativa
de Cien años de soledad,
que acaba de lanzar la Asociación de Academias de la Lengua Española, pp. XIII-XIV)