Cien años de soledad cumple cuatro décadas
El libro y el viaje que hicieron historia
Tomás Eloy Martínez
En 1967, García Márquez vino al país por única
vez; llegó como un completo desconocido; diez días después, era una celebridad
literaria; un testigo privilegiado evoca aquella visita
Agosto
de 1967 fue el mes que cambió la vida de Gabriel García Márquez. Había
cumplido 40 años el 6 de marzo de ese año, y en septiembre anterior había puesto
punto final a Cien años de soledad, su novela de gloria. Todavía no tenía
editor. Lo más probable era que terminara cediéndola a Era, el sello mexicano
independiente que acababa de publicar El coronel no tiene quien le escriba.
En mayo, cuando la revista Mundo Nuevo adelantó en París el fragmento
sobre el insomnio en Macondo, una ráfaga de deslumbramiento corrió entre los
lectores hispanoamericanos. Se estaba ante la completa novedad de un lenguaje
sin antecedente y de una osadía narrativa que sólo podía compararse con
Rabelais, con Kafka y con los cronistas de Indias. Aun así, el autor seguía
siendo casi un desconocido. En su casa de San Angel Inn, al sur de la infinita
ciudad de México, seguía enredado en apuros económicos que le impedían pagar a
tiempo el alquiler y obligaban a su mujer, Mercedes Barcha, a pedir que les
fiaran sin término los alimentos en el mercado. Llevaban ya seis meses de
insolvencia cuando el propietario de la casa llamó a la puerta y les preguntó si
tenían idea de cuándo podrían saldar la deuda. García Márquez contó así el
episodio en Cartagena:
"Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a
su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz:
-Podemos pagarle
todo junto dentro de seis meses.
-Perdone señora -le contestó el
propietario-, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?
-Me
doy cuenta -dijo Mercedes, impasible-, pero entonces lo tendremos todo resuelto,
esté tranquilo."
A mediados de julio de 1967, los García Márquez fueron
invitados por el gobierno venezolano a participar en un congreso de literatura
al que también asistirían Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Arturo Uslar
Pietri. Al final de las deliberaciones se iba a entregar por primera vez el
premio Rómulo Gallegos, que ascendía entonces a cien mil bolívares, unos
veinticinco mil dólares. Los candidatos eran Tres tristes tigres , de
Guillermo Cabrera Infante; El siglo de las luces , de Alejo Carpentier;
Juntacadáveres , de Onetti, y La casa verde , de Vargas Llosa.
García Márquez y Mercedes llegaron a Caracas el 3 de agosto. En el
aeropuerto los esperaban Soledad Mendoza, que era amiga de ambos desde 1958, y
Mario Vargas Llosa, que sólo conocía algunas páginas de Cien años de
soledad y se moría de ganas de abrazar al autor.
"Esa fue la primera
vez que nos vimos las caras", escribiría después Vargas Llosa en Historia de
un deicidio . "Recuerdo muy bien la suya, desencajada por el espanto
reciente del avión, incómoda entre los fotógrafos y periodistas. Nos hicimos
amigos y estuvimos juntos las dos semanas que duró el Congreso, en esa Caracas
que con dignidad enterraba a sus muertos [los del terremoto que había destruido
parte de la capital una semana antes]."
Vargas Llosa ganó el premio
Rómulo Gallegos con La casa verde . La novela de García Márquez había
sido publicada en Buenos Aires sólo un par de semanas antes y, por lo tanto,
estaba fuera de concurso. Apenas terminó el Congreso, Mercedes y él volaron a
Bogotá, donde confiaron a la familia el cuidado de Rodrigo y Gonzalo, sus dos
hijos pequeños, y el 16 de agosto a la madrugada llegaron a Buenos Aires,
invitados por la editorial Sudamericana y por el semanario Primera Plana
, del que yo era jefe de redacción.
Días difíciles
El
vuelo de Avianca desde Bogotá, con una larga escala en Lima, aterrizó en Ezeiza
a las 3.15. Los García Márquez soñaban con ver las cumbres de la cordillera de
los Andes, pero no había luna esa noche y el cielo cubierto de nubes apagaba
todos los paisajes.
-Vimos la Cordillera con su luz cuando regresamos a
Bogotá con una escala en Santiago de Chile -contará Mercedes cuarenta años
después.
-Eran las tres de la tarde. Las montañas estaban nevadas y el
aire era transparente. Aquella visión nos cortó el aliento -dirá Gabriel.
Durante tres días, primero en la ciudad de México una tarde de noviembre
de 2006, y luego durante dos noches de marzo de 2007 en Cartagena de Indias, los
tres repasamos los detalles de aquel inolvidable viaje a Buenos Aires, que selló
para siempre la gloria de García Márquez.
No sólo a mí me interesaba
tener los hechos claros. También a él, porque la historia de Cien años de
soledad abrirá el segundo volumen de las memorias que empezaron con Vivir
para contarla . Parte de ese relato fue adelantada en el discurso que
pronunció el 26 de marzo en el Centro de Convenciones de Cartagena. La prensa ha
prestado especial atención a las declaraciones de humildad del autor -"ni en el
más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien años de soledad
, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición
de un millón de ejemplares"-. Pero al resto del discurso se le concedió menos
importancia, quizá porque los incidentes que contó García Márquez se daban como
sabidos.
No es así. En las noches de Cartagena y de México cotejamos la
versión autorizada por el autor con la que dio al llegar a Buenos Aires en 1967.
Juntos corregimos los horarios y las estadísticas alteradas por el vértigo de
los años y coincidimos en detalles que ahora transcribo puntualmente.
A
los García Márquez no les alcanzaban los ahorros para completar los 58 pesos
mexicanos que costaba enviar por correo el manuscrito de la novela -unas 590
carillas- y tuvieron que dividirlo en dos paquetes. Gabriel cree que los 500
dólares que la editorial Sudamericana iba a pagarles como adelanto por la
publicación llegaron a tiempo para sacarlos de aprietos, pero en Buenos Aires,
cuarenta años antes, habían contado que Mercedes debió empeñar en el Monte de
Piedad la licuadora que Soledad Mendoza les regaló cuando se casaron. Así
volvieron al correo con los veinte pesos que necesitaban y, cuando salieron de
allí aliviados, Mercedes dijo:
-¡Ay, Gabito! Lo único que falta ahora es
que la novela te haya salido mala.
Le había salido buenísima, y los dos
lo sabían, pero no querían decirlo en voz alta porque son supersticiosos como
todos los hijos del Caribe, y cantar victoria antes de tiempo hubiera atraído la
mala suerte, la pava, como se llama ese estigma en la costa colombiana.
El primer amanecer
Al aeropuerto de Ezeiza llegó Mercedes
con un vestido de lanilla suelto, que acentuaba la elegancia de su porte y la
esbeltez de su cuello, alto y airoso como el de la reina Nefertitis. Usaba
entonces el pelo corto y se movía con la seguridad de quien jamás duda de su
importancia en el mundo. García Márquez contó esa noche que en marzo de 1965,
antes de sentarse a escribir la novela, le entregó a su mujer los mil quinientos
dólares que había ganado en un trabajo para una agencia de publicidad y le dijo:
-Vas a tener que arreglarte con esto para los gastos de la casa, Meche.
Yo tengo que encerrarme a escribir la novela.
-¿Cuánto te parece que vas
a tardar, Gabito?-Seis meses, cuanto mucho.
Fueron dieciocho, un año y
medio. En ningún momento lo interrumpió Mercedes para confiarle las deudas en
que se estaba comprometiendo y ni un solo día dejó García Márquez de cumplir con
el trabajo de galeote que se había impuesto.
En Buenos Aires recordó que
sólo una vez, apremiado por una feroz sed de alcohol, se puso a gritar:
-¡Carajo, en esta casa ni siquiera hay whisky!
Pero Mercedes
diría en Cartagena que ella se las había arreglado siempre para que el whisky no
faltara. Lo que sí escaseaba a veces era el papel de escribir, porque Gabriel,
en vez de tachar cuando cometía un error, volvía a mecanografiar con dos dedos
la página completa, y así los cestos se llenaban rápido de hojas maltratadas.
A Buenos Aires llegaron los dos con unas ganas irreprimibles de comer un
bife de chorizo. Gabriel vestía la misma chaqueta caribe de colores eléctricos
con la que Ernesto Schoo lo había fotografiado en México y que estaba
reproducida en la tapa de la revista Primera Plana del 20 de junio.
Durante años se atribuyó por error a esa portada insólita -que
introducía a un escritor desconocido con un título estruendoso: "García
Márquez-La gran novela de América"- la fama instantánea que cayó sobre el autor
en Buenos Aires y que se expandió con una fuerza evangélica por todos los
meridianos de la lengua castellana. A Primera Plana , sin embargo, no le
corresponde mérito alguno, excepto el de haber advertido a tiempo la grandeza de
ese libro. La historia tal como fue es tan sencilla que cabe en pocas líneas.
En septiembre de 1966, alertado por Carlos Fuentes, el crítico chileno
Luis Harss entrevistó a García Márquez en México, leyó fragmentos de la novela y
decidió incorporar de inmediato al escritor al grupo de los diez más grandes
narradores vivos de América latina. El libro se llamó Los nuestros e
incluía entrevistas con Borges, Onetti, Miguel Angel Asturias, Juan Rulfo, Alejo
Carpentier, João Guimarães Rosa, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos
Fuentes.
Al regresar a Buenos Aires, Harss aconsejó a Francisco Porrúa
-director editorial de Sudamericana- que comprara los derechos de la novela.
Porrúa la leyó entusiasmado y me invitó a su casa de San Telmo una noche de
lluvia para que compartiera el deslumbramiento. No había duda. Se trataba de una
obra maestra y, además, reveladora de los poderes infinitos de una ficción bien
contada. Porrúa y yo acordamos que la editorial y el semanario unirían esfuerzos
para invitar al autor a Buenos Aires. Ramiro de Casasbellas, subdirector del
semanario, opinó que el lanzamiento sería incompleto si no se entrevistaba al
autor. Ernesto Schoo partió entonces a México y tuvo con García Márquez una
conversación de antología.
En esos tiempos precarios, los autores no
presentaban sus libros al público ni las editoriales los llevaban de viaje para
promoverlos. Había que buscar, entonces, otro pretexto. Sudamericana y
Primera Plana patrocinaban un premio de novela y ya estaban elegidos dos
de los jurados: Leopoldo Marechal y Augusto Roa Bastos. Como hacía falta un
tercero, García Márquez calzaba a la perfección.
El y Mercedes fueron
alojados en un hotel modesto de la calle Arenales, del que jamás se quejaron.
Durante los primeros días, García Márquez -famoso por su disciplina de monje- se
aplicó a la lectura de los 57 manuscritos presentados al premio, y pasó revista
de todos los textos que le pusieron por delante. Así celebró los cuentos de Juan
José Hernández como "los mejores que se están escribiendo en este país de
grandes cuentistas" y, una vez que decidió votar por El oscuro, de Daniel
Moyano, en el concurso, pidió todos los libros anteriores de Moyano para leerlos
en el avión de regreso.
Al principio, nadie lo reconocía. Me pidió
prestado el automóvil que yo tenía en esa época para ir a besarse con Mercedes
en los bosques de Villa Cariño, y una mañana de jueves, a eso de las diez,
cuando estábamos desayunando en la esquina de Santa Fe y Suipacha, se levantó de
pronto de la mesa, tomó a Mercedes de la mano y la llevó hacia la mitad de la
avenida, interrumpiendo el tránsito. Allí la levantó en vilo, como a una novia,
y la besó en la boca.
-Lo hizo porque yo era más delgada -dirá Mercedes
en Cartagena, cuarenta años más tarde.
-No lo repitas -contestará
Gabriel-, porque soy capaz de volver a hacerlo ahora mismo.
El viernes
ya lo aplaudían en los teatros, lo abrazaban en las calles y el representante
del café de Colombia en la Argentina le daba una gran fiesta en su casa de
Acassuso. Allí vi a García Márquez ejercer sus entonces desconocidos poderes de
mago, que ahora son famosos. Hacia la medianoche, Patricia Peralta Ramos estaba
meditabunda en un rincón. Gabriel se le acercó y le dijo unas pocas palabras al
oído. Ella quedó instantáneamente bañada en lágrimas y, cuando estuvo a punto de
sollozar, salió al jardín.
-¿Por qué la hiciste llorar? -le dije-. ¿Qué
le dijiste?
-Nada -respondió él-. Le pregunté por qué se sentía tan
sola.
-¿Cómo supiste que estaba sola?
-¿Acaso has conocido a una
mujer de veras que no se sienta sola?
Patricia se acordaba perfectamente
de la historia cuando la encontré en Washington a mediados de 1983 y seguía
emocionándose al evocarla.
El lunes 20 de agosto de hace cuarenta años,
cuando llegué al hotel para llevar a García Márquez a la redacción de Primera
Plana , donde lo esperaban cincuenta ejemplares de su novela para
autografiar, noté que Mercedes estaba incómoda y le pregunté qué le pasaba.
-Nada -dijo-. Ya he usado toda la ropa que traje. Cuando vuelva a Bogotá
tendré que comprarme algo.
-¿Por qué no compras acá? -le sugerí-. Es
agosto y en todas partes hay liquidaciones de saldos.
-No creo que nos
alcance el efectivo que trajimos.
Tanto ella como su marido son
extremadamente pudorosos con el dinero. García Márquez no tenía un centavo para
comer cuando vivía en París y estaba escribiendo La mala hora . Los
amigos le ofrecían préstamos que él siempre rechazaba. Ese código familiar
enaltece aún más los malabarismos que hizo Mercedes para mantener la casa sin
acudir a nadie durante los dieciocho meses que duró la escritura de Cien años
.
Pero aquella tarde del día lunes 20 la situación era distinta.
-La novela lleva vendidos ya once mil ejemplares -dije-. Al autor le
corresponden unos setenta mil pesos. Podemos pedirle a la editorial que adelante
parte de esa suma.
Era una cifra enorme, más de veinticinco mil dólares.
Desde el vestíbulo del hotel hablé por teléfono con el presidente de
Sudamericana, Antonio López Llausás, y le expliqué lo que pasaba.
-La
novela sigue vendiéndose sin parar -me dijo-. Nunca hemos hecho antes un pago
anticipado como éste. Dígale a García Márquez que mañana, apenas abran los
bancos, le llevaré personalmente treinta mil pesos y dos o tres mil dólares.
Subí a contárselo a Gabriel. Lo hice con discreción, para no afrontar el
enojo de Mercedes.
-Dile que me lo traiga en billetes pequeños -se
obstinó el autor.
-¿Para qué pequeños?
-Nomás eso dile. Billetes
de cien y de cincuenta pesos, dólares de veinte y de diez.
-Es un bulto
enorme -observé-. López Llausás tendrá que pedir ayuda.
A la mañana
siguiente, el presidente de Sudamericana y un asistente llegaron al hotel con
dos maletines repletos.
-Hágame el favor, don Antonio -dijo García
Márquez-. ¿Puede arrojar todos los billetes sobre la cama?
Se formó una
parva alta de varios colores. Si alguien abría las ventanas, los papeles podían
salir volando. El escritor tomó un puñado, seis a ocho mil pesos, lo puso sobre
la bandeja del desayuno, retiró una rosa del florero y, con una reverencia, se
lo ofreció a Mercedes.
-Para que te compres toda la ropa que quieras -
dijo-. Si ves algo que te gusta y no puedes pagarlo, vuelve para decírmelo.
Puedo escribir otra novela, y ésa va a ser mejor que Cien años de soledad
.
El peso del mundo
Desde aquella fiesta de Acassuso,
García Márquez y Mercedes se me perdieron de vista. Nos hablábamos todos los
días por teléfono, nos encontrábamos fugazmente en el último piso del edificio
del semanario mientras él discutía con Marechal y Roa Bastos sus lecturas de los
manuscritos para el premio de novela, y a veces tomábamos un café de pie cerca
de su hotel. Fundamos entonces una amistad honda que los años no han quebrado ni
atenuado. En Barcelona, en México, en Nueva York, en Bogotá y en Cartagena
emprendimos proyectos ambiciosos -algunos de los cuales siguen en pie, como la
Fundación para un Nuevo Periodismo- y hasta le pedí consejo para algunas penas
de amor. El ha respetado mis serios reparos al régimen de Castro; yo he
respetado su amistad sincera con Fidel.
Cuando brindamos en Cartagena
por sus 80 años, le dije:
-Brindemos por tus cien, pero en Buenos Aires.
-¿Por qué esperar hasta entonces? -me contestó-. ¿Por qué no vuelves a
invitarme ahora, como en 1967?
-Te espero. Ya no necesitas que nadie te
invite.
Me disculpé entonces, con cuarenta años de tardanza, por no
haber ido al aeropuerto a despedirlo cuando se marchó de Buenos Aires. Porrúa y
yo habíamos estado solos con nuestras almas en Ezeiza aquella madrugada gélida
del 16 de agosto. La mañana en que se fue, había, sin embargo, una multitud de
amigos nuevos. Me había llamado por teléfono ese día temprano, el sábado 26. Le
pregunté si el viaje lo había hecho feliz.
-Me voy lleno de besos y
abrazos -dijo-. Tu ciudad es maravillosa, pero no le descubro las mañas.
-¿Qué harás ahora, a la vuelta de tanta gloria?
-Desaparecer.
Mercedes y yo vamos a buscar a los niños en Bogotá, y luego iremos a pasear por
Asunción, Lima, Montevideo, no lo sé. Dentro de un mes nos instalaremos en
Barcelona. Está a orillas del mar, es barata, y porque mientras no me llene de
amigos tendré la paz debida para escribir otra novela. ¿Por qué no vienes con
nosotros?
-Ahora no. Iré a visitarte cuando menos lo esperes. Ve a
buscar a los niños y quédate en Buenos Aires. Cuando se acostumbren a verte por
la calle dejarán de abrazarte. ¿No viste lo que le pasa a Borges? Camina por
todas partes inadvertido.
-Ustedes son los que no saben dónde están.
Buenos Aires queda en el confín del mundo. Cuando llegas a esta ciudad, ya no
puedes ir a ninguna parte. Aquí se acaban todos los caminos. Si te pones a mirar
los mapas, te asfixias. Sientes que el planeta te pesa en las espaldas y que te
puede caer encima en cualquier momento.
-¿A qué horas es tu vuelo a
Bogotá? -le pregunté.
-A la una, creo.
Salí de mi casa a las
12.30. Había un accidente en la Avenida del Trabajo, que entonces era el camino
obligado al aeropuerto, y eso me dio el pretexto perfecto para llegar tarde. El
día estaba encendido por una luz cegadora y en el cielo no había una sola nube.
Desde el acceso al aeropuerto vi la silueta del avión colombiano que se elevaba
con una osadía vertical y me quedé un rato allí, alzando tontamente una mano en
señal de adiós. El avión entró en el círculo del sol, se convirtió en un punto
diminuto, y al cabo de un rato se perdió en su luz de gloria.
(Artículo publicado en el diario La Nación,
Buenos Aires, 30 de mayo de 2007
)