Testimonio personal del crítico
literario peruano sobre la irrupción de la gran novela
del Nobel colombiano.
José Miguel Oviedo
Para A. S., con gratitud
El
pie de imprenta reza textualmente:
"Se terminó de imprimir el día treinta de mayo del año mil
novecientos sesenta y siete en los Talleres Gráficos de
la Compañía Impresora Argentina, S.A., calle Alsina N°
2049 – Buenos Aires".
Ese libro cumple ahora, por lo tanto,
exactamente cuarenta años de haber visto la luz y su
título lo conoce todo el mundo: Cien años de soledad. Al
mismo tiempo, este año su autor Gabriel García Márquez,
a quien todos llaman Gabo, lo conozcan o no, lo hayan
leído o no, cumplió ochenta de vida. Esta feliz
coincidencia de fechas ha producido y sin duda producirá
abundantes homenajes en forma de libros, números
especiales de revistas y suplementos, simposios y otras
formas de celebración. De paso es oportuno recordar que
la fecha exacta de nacimiento de Gabo es el 6 de marzo
de 1927, y no de 1928, como durante un largo tiempo se
había afirmado en varias biografías sobre el
autor.
La novela tuvo un impacto instantáneo y
general apenas fue publicada en Buenos Aires por la
editorial Sudamericana. Incluso en círculos bastante
ajenos a la actualidad literaria no se hablaba de otra
cosa: era la noticia del momento. Recuerdo con bastante
claridad (escribo este texto muy lejos de casa y de mis
libros y notas personales) la carátula de la revista
Primera Plana que saludaba la salida de la novela como
un acontecimiento de trascendencia mayúscula, con una
foto en la que el autor aparecía sonriente, exhibiendo
sus bigotes de brocha gorda y su clásica camisa a
cuadros de leñador, ocupando así un lugar de preferencia
que estaba comúnmente reservado a políticos, artistas de
cine y modelos de televisión. Los escritores y la
literatura habían llegado por fin, con Gabo, a ser
noticia de actualidad.
Esa primera edición (cuya cubierta
presentaba un abigarrado diseño que evocaba un paisaje
de selva tropical, muy apropiado a la obra) fue seguida,
casi de inmediato, por numerosísimas reimpresiones y
reediciones que, en un tiempo récord, la convirtieron en
la novela hispanoamericana más vendida del siglo XX.
Poco más tarde, con ediciones en otros países y
traducciones a prácticamente todas las lenguas del
mundo, la novela llegó a ser un nuevo clásico de nuestra
literatura y uno de los libros más conocidos de todas
las épocas. En verdad, es una de esas obras cuyo mundo
imaginario resulta tan convincente que todos tienen la
sensación de haber estado, gracias a ella, en Macondo y
de que es una realidad concreta, no sólo verbal. El
significado de esa enorme repercusión es mayor si se
considera que en esa misma década estaba en pleno
florecimiento el fenómeno conocido como "el boom",
nombre que el periodismo (notoriamente la misma revista
Primera Plana) aplicó a ese significativo momento de
esplendor que la novela hispanoamericana alcanzó por
entonces, gracias a obras como El Siglo de las Luces
(1962) de Carpentier, La muerte de Artemio Cruz (1962)
de Fuentes, Rayuela (1963) de Cortázar, La ciudad y los
perros (1963) de Vargas Llosa y otras que renovaron
sustancialmente el género. Es decir, Cien años... era
una obra maestra entre otras obras maestras.
Como esa época está hoy lejos de la
experiencia histórica de muchos lectores, que sólo la
sienten como un mero dato perdido entre otros en nuestro
proceso literario, haré referencia a ciertos episodios
que ayudaron a definir ese período, algunos
desconocidos. Los recobro aquí de memoria, aunque
tratando de ser lo más fiel posible a los hechos tal
como los viví, pero también tal como los recuerdo ahora.
Contacto epistolar
Mi primer contacto con Gabo fue epistolar. Yo había
publicado una reseña de su espléndida novela breve El
coronel no tiene quien le escriba (1961), impresa por la
editorial Era, de México –donde el escritor vivía desde
hacía un buen tiempo–, en las páginas del Dominical de
El Comercio. También lo había hecho con uno o dos libros
de poemas de Álvaro Mutis, uno de los más entrañables
amigos de Gabo, quien, gracias a sus frecuentes viajes
por Lima como agente de la Twentieth Century Fox para
vender series (Batman, entre ellas) a las compañías de
televisión de América Latina, se hizo amigo mío y de
algunos otros escritores peruanos. Debió ser Álvaro
quien le pasó mi dirección a Gabo, pues un día recibí
una carta manuscrita de éste en la que me pedía las
señas de Vargas Llosa en París. Le contesté de inmediato
y así quedamos conectados.
Cuando a comienzos de 1967 fui invitado
como jurado de Casa de las Américas a La Habana, tuve
que pasar necesariamente por México, que era el único
país del continente que mantenía relaciones diplomáticas
con la isla. Advertí de mi viaje, junto con mi esposa, a
Álvaro, que también vivía allí, y él muy amablemente me
dijo que me esperaría en el aeropuerto. Cuando yo le
informé que nuestro vuelo llegaría a la seis de la
mañana, supuse que él, prudentemente, se abstendría de
darse ese madrugón. Nuestra gran sorpresa fue ver en un
neblinoso y frío amanecer mexicano, no sólo la alta
figura de Álvaro, sino a alguien envuelto en una espesa
ruana colombiana, que reconocí por los grandes bigotes:
era Gabo. Éste resultó ser un hombre de estatura
mediana, de ensortijado pelo negro, nervudo y musculoso,
que hablaba con la cuidada dicción característica de los
colombianos. Recuerdo que tras los cálidos abrazos y de
dejarnos en el hotel, Gabo nos invitó a todos a su
pequeña casa a almorzar unos reconfortantes frijoles
preparados por su esposa Mercedes. Tras devorar el plato
nos quedamos largas horas en una charla maravillosamente
caótica, llena de bromas, anécdotas e historias
inverosímiles.
Así me enteré de algunos detalles de la
redacción de Cien años... que Gabo acababa de entregar a
su editorial. Uno de ellos era que, si cometía un error
mecanográfico, arrancaba la página de la máquina y
volvía a escribirla, de tal modo que Sudamericana tenía
un original del todo impecable. Otro, que luego sería
divulgado en muchos libros, era que la absoluta
concentración de Gabo durante la preparación de su
novela se logró gracias a un acuerdo con Mercedes: le
dio la cantidad de dinero suficiente para la casa, se
encerró en su escritorio para trabajar
ininterrumpidamente y no salió de allí hasta tener
terminada su obra. Recordando que yo era amigo de Vargas
Llosa, me confesó algo más: me dijo que él se había
demorado varios años, durante los cuales publicó otras
narraciones, para aprender a escribir Cien años...,
mientras –según él– "Mario había comenzado sabiendo
escribir bien desde su primera novela".
En los meses anteriores a la aparición
de Cien años... algunas revistas, como Mundo Nuevo, que
dirigía Emir Rodríguez Monegal desde París, Amaru,
dirigida por Emilio Adolfo Westphalen en Lima, habían
publicado algunos adelantos de la novela. Recuerdo que
Vargas Llosa, quien publicaría dos años más tarde en la
mencionada Amaru un artículo titulado "El Amadís en
América", que iría a formar parte de su libro García
Márquez: historia de un deicidio, el primero sobre el
autor, me comentó lo siguiente al leer uno de esos
adelantos: "Si todo es como ese fragmento, la novela
debe ser una maravilla". La expectativa general fue
largamente superada por la realidad y a partir de
entonces el nombre del autor y el título de su obra
clave estarían para siempre ligados y ocuparían una
posición central en toda nuestra literatura del siglo
XX. Es curioso que este libro hubiese aparecido
exactamente un siglo después de otro clásico de la
novela colombiana: María de Jorge Isaacs, ambas
fundamentales en el desarrollo del género en las letras
de ese país.
Cuando la novela llegó a mis manos la leí con creciente
admiración y me sentí a la vez deslumbrado e intrigado
por la fascinante riqueza narrativa del libro, que me
recordaba otros grandes textos (desde la Biblia hasta el
Orlando de Virginia Woolf, pasando por las crónicas de
la conquista) y al mismo tiempo no se parecía a ninguno
de ellos. Decidí escribir una nota sobre la novela, que
resultó más larga de lo que esperaba y tuve que apelar a
la comprensión del director del Dominical de El Comercio
para que me concediese una doble página del suplemento,
lo que era insólito. Esto me permitió incluir un cuadro
sinóptico con el árbol genealógico de los Buendía para
hacer más claro mi comentario; este diagrama sería
reproducido, sin yo saberlo por anticipado y con ciertas
correcciones, en varios trabajos críticos y en algunas
reediciones de la obra.
Volvería a encontrarme con Gabo en
Caracas a mediados de 1967. Vargas Llosa había obtenido
el premio "Rómulo Gallegos" por La Casa Verde y Gabo,
muchos escritores y yo habíamos sido invitados a la
ceremonia. El acto de entrega del premio se realizó el 4
de agosto, en un local atestado de público; esa noche no
había otra cosa más importante en la ciudad que ese acto
y todo el mundo estaba allí o quería estar allí. Aunque
el premiado era Vargas Llosa, la otra gran figura era
Gabo, y ambos eran entrevistados, celebrados, invitados
y asediados por todas partes. En esa ocasión, Mario leyó
el famoso discurso conocido bajo el título "La
literatura es fuego", en el que recordaba al poeta
Carlos Oquendo de Amat como paradigma de la vocación
literaria y del compromiso del escritor. Horas antes de
la entrega del premio, me encontré con Gabo quien me
dijo que Mario le había dado a leer el texto de su
discurso. Le pregunté: "¿Qué tal?" Gabo respondió: "Es
perfecto".
Después de Caracas Mario, Gabo y yo
paramos en Bogotá, donde los periódicos locales
saludaban la vuelta del autor de Cien años... con
artículos de homenaje y hasta editoriales; uno de ellos
se titulaba "Bienvenido, Gabito". Mario y yo llegamos a
Lima y Gabo siguió rumbo a Buenos Aires, para atender
compromisos relacionados con su novela. Cuando volvió de
esa ciudad, en septiembre de 1967, se detuvo por unos
días en Lima, lo que aproveché para invitarlo a la
Universidad Nacional de Ingeniería, donde yo era por
entonces Director de Extensión Cultural. Se me ocurrió
organizar un diálogo entre él y Mario sobre la novela
hispanoamericana. Busqué el local más amplio que había
en el campus y tuve que contentarme con el polvoriento y
poco presentable auditorio de la Facultad de
Arquitectura. Media hora antes de comenzar el acto,
había dos veces más público del que el lugar permitía.
Aunque me ocupé de reservar una fila para invitados
especiales, por supuesto nadie había respetado ese
privilegio y, cuando el embajador de Colombia, que se
había hecho presente vestido con un impecable traje
azul, entró al lugar, no tuve más remedio que acomodarlo
en el único espacio disponible: el sucio suelo del mismo
escenario.
Al año siguiente la transcripción de ese
encuentro fue publicada en Lima en un breve volumen
titulado: La novela en América Latina: diálogo; alguna
vez Gabo me diría en privado que ese libro era uno de
los más pirateados de su bibliografía.
Cuarenta años después de su aparición, la obra crítica
sobre esta novela y su autor configura una enorme biblioteca
donde el lector puede hallar todos los enfoques, perspectivas,
metodologías y análisis que puedan imaginarse, pues van
de lo más riguroso a lo más insólito, y a veces
disparatado. Incluso, en años recientes, ha sido objeto
de ciertas posiciones de negación o ironía más o menos
veladas. Aparte de que esto es normal en todo proceso
literario, en el que, después de un tiempo, los maestros
resultan incómodos y sufren los embates de las nuevas
generaciones que los leen de otro modo y tienden a
desplazarlos, en el caso de Cien años... hay un factor
adicional que debe tenerse en cuenta: la asimilación de
la novela a la fórmula –que devendría canónica– del
llamado "realismo mágico". Puede decirse que el autor ha
sufrido las consecuencias de haber resultado, para
muchos, el padre de este modelo estético que, en verdad,
es bastante anterior a él, pero que sólo alcanzó
difusión popular en la literatura y la subliteratura
hispanoamericanas después de su obra cumbre.
Sin ánimo de entrar en esa polémica y
sin querer agregar nada particularmente novedoso a lo
que ya sabemos sobre el libro, quiero señalar aquí lo
que, en mi opinión personal, Cien años... representó y
sigue representando aún hoy; es decir su significado
permanente como obra literaria. La novela realiza de
modo magistral tres grandes síntesis: la del universo
ficticio del narrador; la de la historia política
colombiana y, por extensión, latinoamericana; y la del
lenguaje literario clásico y contemporáneo. Cien años...
no es, por cierto, la primera obra que el novelista
escribió, pero sí es indudablemente el centro al que
quería llegar desde el principio, lo que explica todos
los demás relatos suyos y a los que da un sentido
definitivo. Todo lleva a Cien años... y todo regresa a
Cien años... . En segundo lugar, siendo esenciales sus
elementos míticos, fantasiosos y prodigiosos, la obra
sienta sus bases sobre una visión histórica muy profunda
que muestra en forma admirable nuestra conducta
colectiva como pueblos a través de los siglos. Esto
tiene que ver con el particular peso del pasado que
lastra nuestra evolución histórica en los tiempos
modernos y que crea un efecto recurrente y casi
arcaizante, que otorga al relato un tono característico:
el de una historia que se repite sin cesar a través de
ciclos. Por último, uno de los aspectos más celebrados
del libro es el de ser a la vez una narración de sutil
complejidad y de insuperable transparencia, de tener
sentidos recónditos y secretos y de ser natural, de
provocar las más sofisticadas interpretaciones
post-estructuralistas y el placer instantáneo del lector
más inocente. No deja de ser deslumbrante, además, la
habilidad del escritor para envolver en su historia
otras historias y jugar con los repliegues del tiempo
narrativo, generando así una serie de ondas y rizos que
van y vuelven, lo que le otorga un movimiento
circulatorio semejante al del mar. En ese movimiento
incorpora todo, incluyendo modelos literarios que
parecen muy alejados de su temple creador y de la
naturaleza de la novela, tan ligada a la realidad
colombiana; uno de los más significativos es el de
Borges, cuya presencia se siente aquí detrás de los
juegos de García Márquez con espejos, insomnios,
presagios e infinitas reiteraciones.
Creo que eso es lo que debemos celebrar
al cumplirse las cuatro décadas de Cien años... y al
festejarse el octogésimo aniversario de vida de su
autor. Sólo cabría agregar que, en verdad, ninguna de
sus otras obras anda muy lejos de esa cumbre, lo que es
una hazaña artística que pocos pueden
igualar.
(Artículo publicado en el diario La República,
Lima, 29 y 30 de abril de 2007)