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27 de octubre de 2007

García Márquez
García Márquez
Cuando
Cien años de soledad
llegó al mundo

Testimonio personal del crítico literario peruano sobre la irrupción de la gran novela del Nobel colombiano.
José Miguel Oviedo
Para A. S., con gratitud

El pie de imprenta reza textualmente:

"Se terminó de imprimir el día treinta de mayo del año mil novecientos sesenta y siete en los Talleres Gráficos de la Compañía Impresora Argentina, S.A., calle Alsina N° 2049 – Buenos Aires".

Ese libro cumple ahora, por lo tanto, exactamente cuarenta años de haber visto la luz y su título lo conoce todo el mundo: Cien años de soledad. Al mismo tiempo, este año su autor Gabriel García Márquez, a quien todos llaman Gabo, lo conozcan o no, lo hayan leído o no, cumplió ochenta de vida. Esta feliz coincidencia de fechas ha producido y sin duda producirá abundantes homenajes en forma de libros, números especiales de revistas y suplementos, simposios y otras formas de celebración. De paso es oportuno recordar que la fecha exacta de nacimiento de Gabo es el 6 de marzo de 1927, y no de 1928, como durante un largo tiempo se había afirmado en varias biografías sobre el autor.

La novela tuvo un impacto instantáneo y general apenas fue publicada en Buenos Aires por la editorial Sudamericana. Incluso en círculos bastante ajenos a la actualidad literaria no se hablaba de otra cosa: era la noticia del momento. Recuerdo con bastante claridad (escribo este texto muy lejos de casa y de mis libros y notas personales) la carátula de la revista Primera Plana que saludaba la salida de la novela como un acontecimiento de trascendencia mayúscula, con una foto en la que el autor aparecía sonriente, exhibiendo sus bigotes de brocha gorda y su clásica camisa a cuadros de leñador, ocupando así un lugar de preferencia que estaba comúnmente reservado a políticos, artistas de cine y modelos de televisión. Los escritores y la literatura habían llegado por fin, con Gabo, a ser noticia de actualidad.

Esa primera edición (cuya cubierta presentaba un abigarrado diseño que evocaba un paisaje de selva tropical, muy apropiado a la obra) fue seguida, casi de inmediato, por numerosísimas reimpresiones y reediciones que, en un tiempo récord, la convirtieron en la novela hispanoamericana más vendida del siglo XX. Poco más tarde, con ediciones en otros países y traducciones a prácticamente todas las lenguas del mundo, la novela llegó a ser un nuevo clásico de nuestra literatura y uno de los libros más conocidos de todas las épocas. En verdad, es una de esas obras cuyo mundo imaginario resulta tan convincente que todos tienen la sensación de haber estado, gracias a ella, en Macondo y de que es una realidad concreta, no sólo verbal. El significado de esa enorme repercusión es mayor si se considera que en esa misma década estaba en pleno florecimiento el fenómeno conocido como "el boom", nombre que el periodismo (notoriamente la misma revista Primera Plana) aplicó a ese significativo momento de esplendor que la novela hispanoamericana alcanzó por entonces, gracias a obras como El Siglo de las Luces (1962) de Carpentier, La muerte de Artemio Cruz (1962) de Fuentes, Rayuela (1963) de Cortázar, La ciudad y los perros (1963) de Vargas Llosa y otras que renovaron sustancialmente el género. Es decir, Cien años... era una obra maestra entre otras obras maestras.

Como esa época está hoy lejos de la experiencia histórica de muchos lectores, que sólo la sienten como un mero dato perdido entre otros en nuestro proceso literario, haré referencia a ciertos episodios que ayudaron a definir ese período, algunos desconocidos. Los recobro aquí de memoria, aunque tratando de ser lo más fiel posible a los hechos tal como los viví, pero también tal como los recuerdo ahora.

Contacto epistolar

Mi primer contacto con Gabo fue epistolar. Yo había publicado una reseña de su espléndida novela breve El coronel no tiene quien le escriba (1961), impresa por la editorial Era, de México –donde el escritor vivía desde hacía un buen tiempo–, en las páginas del Dominical de El Comercio. También lo había hecho con uno o dos libros de poemas de Álvaro Mutis, uno de los más entrañables amigos de Gabo, quien, gracias a sus frecuentes viajes por Lima como agente de la Twentieth Century Fox para vender series (Batman, entre ellas) a las compañías de televisión de América Latina, se hizo amigo mío y de algunos otros escritores peruanos. Debió ser Álvaro quien le pasó mi dirección a Gabo, pues un día recibí una carta manuscrita de éste en la que me pedía las señas de Vargas Llosa en París. Le contesté de inmediato y así quedamos conectados.

Cuando a comienzos de 1967 fui invitado como jurado de Casa de las Américas a La Habana, tuve que pasar necesariamente por México, que era el único país del continente que mantenía relaciones diplomáticas con la isla. Advertí de mi viaje, junto con mi esposa, a Álvaro, que también vivía allí, y él muy amablemente me dijo que me esperaría en el aeropuerto. Cuando yo le informé que nuestro vuelo llegaría a la seis de la mañana, supuse que él, prudentemente, se abstendría de darse ese madrugón. Nuestra gran sorpresa fue ver en un neblinoso y frío amanecer mexicano, no sólo la alta figura de Álvaro, sino a alguien envuelto en una espesa ruana colombiana, que reconocí por los grandes bigotes: era Gabo. Éste resultó ser un hombre de estatura mediana, de ensortijado pelo negro, nervudo y musculoso, que hablaba con la cuidada dicción característica de los colombianos. Recuerdo que tras los cálidos abrazos y de dejarnos en el hotel, Gabo nos invitó a todos a su pequeña casa a almorzar unos reconfortantes frijoles preparados por su esposa Mercedes. Tras devorar el plato nos quedamos largas horas en una charla maravillosamente caótica, llena de bromas, anécdotas e historias inverosímiles.

Así me enteré de algunos detalles de la redacción de Cien años... que Gabo acababa de entregar a su editorial. Uno de ellos era que, si cometía un error mecanográfico, arrancaba la página de la máquina y volvía a escribirla, de tal modo que Sudamericana tenía un original del todo impecable. Otro, que luego sería divulgado en muchos libros, era que la absoluta concentración de Gabo durante la preparación de su novela se logró gracias a un acuerdo con Mercedes: le dio la cantidad de dinero suficiente para la casa, se encerró en su escritorio para trabajar ininterrumpidamente y no salió de allí hasta tener terminada su obra. Recordando que yo era amigo de Vargas Llosa, me confesó algo más: me dijo que él se había demorado varios años, durante los cuales publicó otras narraciones, para aprender a escribir Cien años..., mientras –según él– "Mario había comenzado sabiendo escribir bien desde su primera novela".

En los meses anteriores a la aparición de Cien años... algunas revistas, como Mundo Nuevo, que dirigía Emir Rodríguez Monegal desde París, Amaru, dirigida por Emilio Adolfo Westphalen en Lima, habían publicado algunos adelantos de la novela. Recuerdo que Vargas Llosa, quien publicaría dos años más tarde en la mencionada Amaru un artículo titulado "El Amadís en América", que iría a formar parte de su libro García Márquez: historia de un deicidio, el primero sobre el autor, me comentó lo siguiente al leer uno de esos adelantos: "Si todo es como ese fragmento, la novela debe ser una maravilla". La expectativa general fue largamente superada por la realidad y a partir de entonces el nombre del autor y el título de su obra clave estarían para siempre ligados y ocuparían una posición central en toda nuestra literatura del siglo XX. Es curioso que este libro hubiese aparecido exactamente un siglo después de otro clásico de la novela colombiana: María de Jorge Isaacs, ambas fundamentales en el desarrollo del género en las letras de ese país.

Cuando la novela llegó a mis manos la leí con creciente admiración y me sentí a la vez deslumbrado e intrigado por la fascinante riqueza narrativa del libro, que me recordaba otros grandes textos (desde la Biblia hasta el Orlando de Virginia Woolf, pasando por las crónicas de la conquista) y al mismo tiempo no se parecía a ninguno de ellos. Decidí escribir una nota sobre la novela, que resultó más larga de lo que esperaba y tuve que apelar a la comprensión del director del Dominical de El Comercio para que me concediese una doble página del suplemento, lo que era insólito. Esto me permitió incluir un cuadro sinóptico con el árbol genealógico de los Buendía para hacer más claro mi comentario; este diagrama sería reproducido, sin yo saberlo por anticipado y con ciertas correcciones, en varios trabajos críticos y en algunas reediciones de la obra.

Volvería a encontrarme con Gabo en Caracas a mediados de 1967. Vargas Llosa había obtenido el premio "Rómulo Gallegos" por La Casa Verde y Gabo, muchos escritores y yo habíamos sido invitados a la ceremonia. El acto de entrega del premio se realizó el 4 de agosto, en un local atestado de público; esa noche no había otra cosa más importante en la ciudad que ese acto y todo el mundo estaba allí o quería estar allí. Aunque el premiado era Vargas Llosa, la otra gran figura era Gabo, y ambos eran entrevistados, celebrados, invitados y asediados por todas partes. En esa ocasión, Mario leyó el famoso discurso conocido bajo el título "La literatura es fuego", en el que recordaba al poeta Carlos Oquendo de Amat como paradigma de la vocación literaria y del compromiso del escritor. Horas antes de la entrega del premio, me encontré con Gabo quien me dijo que Mario le había dado a leer el texto de su discurso. Le pregunté: "¿Qué tal?" Gabo respondió: "Es perfecto".

Después de Caracas Mario, Gabo y yo paramos en Bogotá, donde los periódicos locales saludaban la vuelta del autor de Cien años... con artículos de homenaje y hasta editoriales; uno de ellos se titulaba "Bienvenido, Gabito". Mario y yo llegamos a Lima y Gabo siguió rumbo a Buenos Aires, para atender compromisos relacionados con su novela. Cuando volvió de esa ciudad, en septiembre de 1967, se detuvo por unos días en Lima, lo que aproveché para invitarlo a la Universidad Nacional de Ingeniería, donde yo era por entonces Director de Extensión Cultural. Se me ocurrió organizar un diálogo entre él y Mario sobre la novela hispanoamericana. Busqué el local más amplio que había en el campus y tuve que contentarme con el polvoriento y poco presentable auditorio de la Facultad de Arquitectura. Media hora antes de comenzar el acto, había dos veces más público del que el lugar permitía. Aunque me ocupé de reservar una fila para invitados especiales, por supuesto nadie había respetado ese privilegio y, cuando el embajador de Colombia, que se había hecho presente vestido con un impecable traje azul, entró al lugar, no tuve más remedio que acomodarlo en el único espacio disponible: el sucio suelo del mismo escenario.

Al año siguiente la transcripción de ese encuentro fue publicada en Lima en un breve volumen titulado: La novela en América Latina: diálogo; alguna vez Gabo me diría en privado que ese libro era uno de los más pirateados de su bibliografía.

Cuarenta años después de su aparición, la obra crítica sobre esta novela y su autor configura una enorme biblioteca donde el lector puede hallar todos los enfoques, perspectivas, metodologías y análisis que puedan imaginarse, pues van de lo más riguroso a lo más insólito, y a veces disparatado. Incluso, en años recientes, ha sido objeto de ciertas posiciones de negación o ironía más o menos veladas. Aparte de que esto es normal en todo proceso literario, en el que, después de un tiempo, los maestros resultan incómodos y sufren los embates de las nuevas generaciones que los leen de otro modo y tienden a desplazarlos, en el caso de Cien años... hay un factor adicional que debe tenerse en cuenta: la asimilación de la novela a la fórmula –que devendría canónica– del llamado "realismo mágico". Puede decirse que el autor ha sufrido las consecuencias de haber resultado, para muchos, el padre de este modelo estético que, en verdad, es bastante anterior a él, pero que sólo alcanzó difusión popular en la literatura y la subliteratura hispanoamericanas después de su obra cumbre.

Sin ánimo de entrar en esa polémica y sin querer agregar nada particularmente novedoso a lo que ya sabemos sobre el libro, quiero señalar aquí lo que, en mi opinión personal, Cien años... representó y sigue representando aún hoy; es decir su significado permanente como obra literaria. La novela realiza de modo magistral tres grandes síntesis: la del universo ficticio del narrador; la de la historia política colombiana y, por extensión, latinoamericana; y la del lenguaje literario clásico y contemporáneo. Cien años... no es, por cierto, la primera obra que el novelista escribió, pero sí es indudablemente el centro al que quería llegar desde el principio, lo que explica todos los demás relatos suyos y a los que da un sentido definitivo. Todo lleva a Cien años... y todo regresa a Cien años... . En segundo lugar, siendo esenciales sus elementos míticos, fantasiosos y prodigiosos, la obra sienta sus bases sobre una visión histórica muy profunda que muestra en forma admirable nuestra conducta colectiva como pueblos a través de los siglos. Esto tiene que ver con el particular peso del pasado que lastra nuestra evolución histórica en los tiempos modernos y que crea un efecto recurrente y casi arcaizante, que otorga al relato un tono característico: el de una historia que se repite sin cesar a través de ciclos. Por último, uno de los aspectos más celebrados del libro es el de ser a la vez una narración de sutil complejidad y de insuperable transparencia, de tener sentidos recónditos y secretos y de ser natural, de provocar las más sofisticadas interpretaciones post-estructuralistas y el placer instantáneo del lector más inocente. No deja de ser deslumbrante, además, la habilidad del escritor para envolver en su historia otras historias y jugar con los repliegues del tiempo narrativo, generando así una serie de ondas y rizos que van y vuelven, lo que le otorga un movimiento circulatorio semejante al del mar. En ese movimiento incorpora todo, incluyendo modelos literarios que parecen muy alejados de su temple creador y de la naturaleza de la novela, tan ligada a la realidad colombiana; uno de los más significativos es el de Borges, cuya presencia se siente aquí detrás de los juegos de García Márquez con espejos, insomnios, presagios e infinitas reiteraciones.

Creo que eso es lo que debemos celebrar al cumplirse las cuatro décadas de Cien años... y al festejarse el octogésimo aniversario de vida de su autor. Sólo cabría agregar que, en verdad, ninguna de sus otras obras anda muy lejos de esa cumbre, lo que es una hazaña artística que pocos pueden igualar.

(Artículo publicado en el diario La República, Lima, 29 y 30 de abril de 2007)
 
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