Cien años de soledad, o la magia sin fin
Teodosio Fernández
Han
pasado cuarenta años desde la aparición de Cien
años de soledad y todavía hoy se mantiene intacta la magia de ese mundo
centrado en Macondo, con el prolongado y laberíntico proceso que lo lleva desde
la inocencia de sus orígenes hasta una prosperidad precaria y luego a un final
apocalíptico, con el ascenso y la caída de la estirpe de los Buendía, marcada
por la obsesión y el temor del incesto. Otros hitos de la narrativa
hispanoamericana habían abierto el camino por el que Gabriel García Márquez
transitaba entonces, como Pedro Páramo, la extraordinaria novela con la
que Juan Rulfo arraigó la imaginación mítica en suelo mexicano, o como El
reino de este mundo y las demás obras con las que Alejo Carpentier trató de
llevar a la ficción su voluntad de descubrir lo real maravilloso en un paisaje
virgen, donde indios y negros mantenían vivo su caudal de mitologías, en el
territorio donde los conquistadores españoles habían tratado de encontrar la
fuente de la Eterna Juventud y la áurea ciudad de Manoa, y donde en tiempos de
la Revolución Francesa aún salían expediciones en busca de El Dorado o de la
Ciudad Encantada de los Césares. García Márquez era un heredero declarado de esa
actitud, dispuesto a resaltar la presencia de aspectos extraordinarios en la
vida cotidiana de América Latina: más de una vez recordaría que a fines del
siglo XIX un explorador norteamericano vio en los territorios amazónicos un
arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humana provocaba aguaceros
torrenciales, y que en la costa argentina de la Patagonia los vientos se
llevaron un circo entero para que las redes de los pescadores capturasen al día
siguiente cadáveres de leones y jirafas. Esa atmósfera propicia a lo insólito se
acentuaría en el ámbito de su Aracataca natal, en ese ámbito del Caribe donde
Cristóbal Colón pudo encontrar plantas fabulosas y seres mitológicos, donde
arraigó la magia traída desde África por los esclavos negros y discurrieron las
andanzas de piratas capaces de montar un teatro de ópera en Nueva Orleans y de
llenar de diamantes las dentaduras de las mujeres.
Las raíces de esa visión de América Latina eran ya
entonces profundas, alimentadas por una convicción que desde los años veinte
relacionaba el mito con el modo de pensar de los hombres primitivos, carentes de
memoria histórica. Esa América, un continente joven a los ojos de una cultura
europea que entonces se decía en decadencia y se mostraba ávida de maravillas,
inevitablemente había de estar habitado por las leyendas y los mitos ya
desaparecidos ante los avances de la razón y de la ciencia en otras partes del
mundo. Por otra parte, la literatura parecía ahora capaz de trazar con nitidez
los perfiles de una identidad cultural que antes había resultado esquiva a los
numerosos esfuerzos que los intelectuales latinoamericanos habían dedicado a su
búsqueda. Determinada por esa visión, Cien años de soledad venía a
consolidar una imagen de la realidad y de la historia de América Latina
inseparable de esa condición que la convertía en el territorio de lo mágico y
legendario, de lo maravilloso y lo fantástico, en un mundo irreducible a los
modelos racionalistas europeos y a la represión de los instintos y de la
imaginación que se consideró característica de la civilización occidental.
Esa imagen de América Latina continúa hoy vigente en
buena medida, aunque ya no lo estén algunos de los presupuestos en que se
apoyaba, como la discutible contraposición entre la fantasía latinoamericana y
el pragmático racionalismo europeo o norteamericano, racionalismo que
precisamente sació su sed de maravillas y de exotismo con ésa y otras muestras
de «realismo mágico» que la literatura de Hispanoamérica le proporcionaba. Por
otra parte, hoy es difícil defender la relación de la América Latina mítica e
insólita con la vitalidad que mostraba entonces su novela, género que ni se
agotó en latitudes que habían olvidado sus orígenes míticos o legendarios, como
a veces se auguró, ni allí fue capaz de ofrecer por mucho tiempo resultados
capaces de mantener la supremacía internacional conseguida en los años sesenta.
Es evidente que el éxito extraordinario de Cien años de soledad tuvo
que ver con la visión maravillosa y maravillada de la realidad y de la historia
que proponía, pero en el secreto de tal éxito estaba también una manera de
narrar: nadie había conseguido ni conseguiría una conjunción más lograda de
ingredientes míticos y folclóricos para transformar lo inverosímil en cotidiano,
ni una voz más adecuada a tal propósito que ésa que García Márquez asoció a la
de su abuela cuando le contaba las historias de fantasmas que habían inquietado
su niñez; la voz de un narrador imperturbable que entreveraba sin estridencias
lo familiar y lo extraordinario. La propuesta de un universo fascinante
resultaba, pues, inseparable de las habilidades de un gran escritor.
Con el paso del tiempo, Cien años de soledad ya
no es sólo el hito con que culminó un largo proceso de la literatura
hispanoamericana del siglo XX . Hoy poco queda ya de las convicciones que
favorecieron aquella fascinación ante una realidad que se creía diferente,
fascinación exigida por la necesidad de regresar a los orígenes y de beber en
las fuentes aún vivas de la magia y el mito, por la voluntad de encontrar una
dimensión atemporal ajena a las desventajas de la historia y de la civilización.
Con lucidez admirable, como adivinando el futuro, Cien años de soledad
proponía la mejor concreción literaria de lo real maravilloso de América y
a la vez su cuestionamiento: merece especial atención el momento de la novela en
que Aureliano Babilonia descubre que los manuscritos del gitano Melquíades
refieren toda la historia de los Buendía, y comprende que Macondo, esa ciudad de
los espejos y de los espejismos, será arrasada y desterrada de la memoria de los
hombres en el mismo instante en que él acabe de leer los pergaminos. En
consecuencia, Cien años de soledad no es otra cosa que la lectura de
los manuscritos de Melquíades, lo que no sólo habla de la fatalidad que rige la
historia de una estirpe condenada de antemano, y de la incapacidad del hombre
para alterar un destino preescrito; también insinúa que esa insólita realidad
latinoamericana mostrada en el relato no tiene otra existencia que la que le
proporciona la literatura. Precisamente en la concreción literaria que
representó su expresión cultural más lograda, la realidad maravillosa de América
encontraba a la vez su cuestiona-miento y su parodia.
Ahora que el realismo mágico es un capítulo cerrado de
la historia de la literatura hispanoamericana, Cien años de soledad
revela su capacidad inagotada para tolerar y aun proponer nuevas
significaciones, y entre ellas merece atención la que cabe relacionar con García
Márquez y con su necesidad de dejar testimonio de su infancia, trascurrida en
una casa grande y muy triste, con una hermana que comía tierra, una abuela que
adivinaba el porvenir, un abuelo que evocaba recuerdos incesantes de una
interminable guerra civil y numerosos parientes de nombres iguales que nunca
alcanzaron a percibir claramente los límites que separaban la demencia y la
felicidad. Desde esa perspectiva, Cien años de soledad ha podido dejar
paulatinamente de ser una imagen y un testimonio de la realidad latinoamericana
para convertirse cada día más en un ejercicio íntimo y personal de la memoria,
determinado por la nostalgia. No es imposible que esta relectura ayude a
rectificar las interpretaciones que vanamente trataron de conciliar las
inquietudes y aspiraciones de un tiempo de esperanza, también muy presente en la
literatura del momento, con el destino de una ciudad y de una estirpe condenadas
a cien años de soledad y a no tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
En efecto, el destino de Macondo y de los Buendía obliga a matizar la visión
de aquellos años sesenta como un tiempo dominado por las utopías revolucionarias,
utopías destinadas a desvanecerse en las décadas siguientes, cuando las
difíciles circunstancias políticas y económicas, y tal vez el agotamiento de las
fórmulas literarias de los años anteriores, determinaron el proceso que
paulatinamente llevó a los narradores a enfrentarse con la dura realidad de
América Latina, a abandonar el mito para acercarse a la historia, no sin dejar
en evidencia que la fantasía podía ser utilizada también para ocultar las
carencias y justificar las derrotas. Nadie mejor que García Márquez para seguir
la crisis del realismo mágico y de la voluntad de crear atmósferas míticas. Tras
El otoño del patriarca y tras el período de silencio con que el
escritor quiso condenar la dictadura militar impuesta en Chile por Augusto
Pinochet, el alcance voluntariamente menor de Crónica de una muerte
anunciada y El amor en los tiempos del cólera significaba un
alejamiento consciente de aquella práctica literaria empeñada en proponer
imágenes de Latinoamérica y en aproximarse a una identidad que otra vez se
mostraba inasible. Entre los muchos aspectos de interés que ofrecen esas
novelas, sólo me interesa señalar esta vez que el narrador de la primera trataba
de recomponer con su relato «el espejo roto de la memoria», y que en la segunda
no sólo prevalecen los aspectos relacionados con el amor sino también los que
tienen que ver con los recuerdos personales y familiares del autor. En su
condición de novela histórica, El general en su laberinto
inevitablemente constituía una recuperación del pasado, esta vez para
evocar los últimas días de Simón Bolívar y extraer una reflexión desencantada y
plena de significación en ese tiempo contemporáneo que parecía asistir al fin de
las utopías. Las nuevas ficciones parecían crear la atmósfera adecuada para
volver a Cien años de soledad y descubrir ahora que ante todo se
trataba de un esfuerzo de García Márquez para dejar «constancia poética» de su
infancia, como él mismo insistiría en explicar. Quienes descubrieron en Cien
años de soledad la realidad maravillosa de América, aquel mundo fascinante
donde lo cotidiano alcanzaba caracteres de leyenda, pueden volver sobre ella
para reencontrar aquel ámbito mágico y para evocar con el autor las fantasías y
la inocencia de la niñez perdida, y también para recuperar con ella una parte
considerable de la memoria colectiva de los tiempos recientes.
(Artículo publicado en la revista Ínsula, N° 723,
Madrid, marzo de 2007)