- rodelu.net
27 de octubre de 2007

Queremos tanto a Gabo

Lino Contreras

Edición conmemorativa de Cien años de soledad

La edición conmemorativa de Cien años de soledad, publicada en el mes de marzo de 2007, y con la cual la Asociación de Academias de la Lengua Española celebra los 40 años de la publicación de esta novela y los 80 años de su autor, resulta sencillamente espléndida. Lo es porque, además de una versión revisada por García Márquez, cuenta con una presentación y una nota al texto signadas por los editores (es decir, por las academias de la lengua), tres comentarios de escritores contemporáneos del Nobel colombiano (Álvaro Mutis, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa), dos estudios elaborados para esta edición por académicos destacados, y un apartado que consta de cuatro escritos de sendos personajes importantes en la escritura y crítica literaria de nuestro continente, que versan sobre el autor y su novela en la literatura hispanoamericana. Por si todo ello fuera poco, el libro incluye la portada de la primera edición y también la portada encargada a Vicente Rojo que, al no estar lista en mayo de 1967, apareció en la segunda edición, datada en el mes siguiente del mismo año. Además, el libro tiene un árbol genealógico de los Buendía, una bibliografía utilizada, un glosario y los nombres propios de todo tipo mencionados en Cien años de soledad. No podía faltar una foto del autor, con una mirada directa a la cámara que interpela al lector, y vistiendo su ya clásico saco a cuadros, sin corbata. Todo ese arsenal acompañante, a manera de un arcón navideño, le da brillo conmemorativo al motivo central: la caudalosa imaginación que mana de la novela latinoamericana más leída en la historia editorial reciente, y quizá, de la historia latinoamericana toda. Sí, una edición sencillamente espléndida.

El comentario inicial de Álvaro Mutis, titulado “Lo que sé de Gabriel”, es constancia de la amistad que une desde hace muchos años ya (60 de creer a Mutis) a estos dos grandes escritores latinoamericanos. Mutis reconoce el enorme trabajo que le cuesta decir algo sensato acerca de la obra literaria de García Márquez, a pesar de haber leído todos los originales antes de que fueran publicados. Una dificultad que nace de la profunda amistad que ambos cultivan. Sin embargo, dice que Cien años de soledad “es un libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra él”. Le vaticina un futuro de clásico de la literatura universal. Un futuro que comenzó desde la primera edición.

Por su parte, Carlos Fuentes hace remembranza de cuando conoció a García Márquez, en el ya lejano 1962, en la casa de Manuel Barbachano Ponce, en Córdoba 48, ciudad de México. Fuentes menciona que, al terminar de leer Cien años de soledad, escribió una carta a Julio Cortázar en la que desde entonces comparó la novela del colombiano con Don Quijote: “He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas”.

De especial importancia es el texto de Mario Vargas Llosa, titulado “Cien años de soledad. Realidad total, novela total”, por varios motivos. En primer lugar, porque este escrito es el capítulo VII, ligeramente modificado para que se ajustara a la edición conmemorativa, del libro García Márquez: historia de un deicidio, que Vargas Llosa dio a la imprenta en 1971, y que luego retiró de la circulación. En segundo lugar, porque es un estudio de corte académico, muy riguroso, elaborado por un escritor del boom latinoamericano a pocos años de publicado Cien años de soledad. En tercer lugar, porque parece ser el inicio de una reconciliación largamente esperada. Vargas Llosa señala que Cien años de soledad es una novela total en la medida que compite “con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes”. Por ello es que considera a García Márquez un suplantador de Dios, y, más aún, señala que incurre en el grave y emancipador delito del deicidio. El texto de Vargas Llosa indaga, también, en los diferentes planos en que se mueve la novela: lo mágico, lo míticolegendario, lo milagroso y lo fantástico. Es un texto sin complejos, sin remilgos, sin envidias, de un gran escritor acerca de otro gran escritor, cosa poco vista. El libro completo de Vargas Llosa es un estudio que ha sido citado con mucha frecuencia en los posteriores análisis, abundantes ya, de la obra de García Márquez hasta Cien años de soledad. Por ello es deseable que vuelva a circular íntegro para beneplácito de los interesados en ambos escritores: habla acerca de García Márquez, pero dice mucho de quien lo escribió.

Víctor García de la Concha y Claudio Guillén realizan sendos estudios, no exentos de rigor teórico, en que la poética y múltiples recursos retóricos —entre ellos la hipérbole como eje articulador de la narración— son instrumentos y a la vez sujetos de análisis para mostrar caminos concretos de acceso al texto de la novela.

En la parte final están los escritos de cuatro personalidades latinoamericanas que discurren acerca de Cien años de soledad en el contexto de la novela latinoamericana: Pedro Luis Barcia, Juan Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez. Destaco aquí el texto de Gonzalo Celorio porque aborda la novela con la misma herramienta con la que la leyó por primera vez en septiembre de 1967: la pasión literaria. Nos dice Celorio que el libro se le quedó pegado a las manos y que ni el trabajo, el sueño o el hambre lo pudieron sustraer de la lectura de la novela. Y luego apunta: “apenas publicada en mayo de 1967, Cien años de soledad pasó enseguida a manos del lector común; fue leída por oficinistas, amas de casa, médicos, abogados, y por quienes nunca habían leído un libro en su vida y después de Cien años de soledad se aficionaron a la lectura”.

Debo decir que leí por primera vez Cien años de soledad a los 14 años, y cuando vi en la primera página que “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras blancas y enormes como huevos prehistóricos”, paré de inmediato pensando que ya había leído ese texto anteriormente, y al terminar el fragmento en que Melquíades dice que “las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”, recordé en dónde había leído eso antes.

Fui a buscar en mis antiguos libros de texto gratuitos, y en el de lecturas de español de sexto grado encontré que alguien había incluido ese fragmento con el título “Macondo”. Desde los años setenta y hasta hoy, este fragmento, junto con otro titulado “La casa de José Arcadio Buendía”, son leídos por los niños de sexto grado de las primarias públicas del país. Tiene razón Gonzalo Celorio, el libro fue leído por muchos y a muchos aficionó a la lectura. Pero algo más señala Celorio: el autor de Cien años de soledad fue reconocido y admirado por los lectores, “pero, sobre todo, fue querido, muy querido, como era su deseo y el más hondo de los propósitos de su escritura”. La pasión literaria se transmite y suscita la querencia.

Mucho se ha escrito ya de Cien años de soledad. Libros, tesis doctorales, estudios, artículos, comentarios, entrevistas. Se ha dicho bastante sobre su calidad literaria, sobre la exacerbación del realismo mágico en sus páginas, de los ejes que giran ordenando la narración y que lo seguirían haciendo si no fuera porque esos mismos ejes se gastan, de la constante repetición de personalidades y destinos en la familia Buendía, de Melquíades y José Arcadio, del lenguaje poderoso con que está escrito y del tono impertérrito del narrador a pesar de los prodigios que narra, de Remedios, la bella, que se elevó a los cielos mientras colgaba unas sábanas en el patio, y de muchos otros episodios, asuntos y detalles que permiten diferentes interpretaciones, significados y sentidos de ese gran texto. Y se seguirá escribiendo sobre Cien años de soledad. Lo cierto es que el mejor cumplido para el libro y su autor es la lectura y la relectura de esta novela que seduce y subyuga hasta a los más reacios. Borges decía que un libro es clásico porque en la soledad del acto de leer los diferentes lectores lo cuestionan, y para cada uno de ellos ese libro tiene una respuesta. Así sucede con Cien años de soledad, que tendrá la posibilidad de ser interpretado y reinterpretado, una y otra vez, por los lectores de los siglos venideros que jubilosos dirán, parafraseando al gran cronopio: “queremos tanto a Gabo”.

(Artículo publicado en la revista Nexos, N° 354, México, junio de 2007)
 
PORTADA LA HOJA VOLVER