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30 de julio de 2003
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Un
siglo de revistas culturales
En 1994 se han
realizado en la Casa de las Américas, entre otros, sendos coloquios
internacionales sobre el cincuentenario de la revista Orígenes
y sobre José Carlos Mariátegui en su siglo. Para ambos escribí
algunas páginas, que me exigieron leer cosas nuevas y releer otras
poco recordadas. Mariátegui y Waldo Frank fueron muy amigos: incluso
éste dedicó a aquél su libro América hispana
(1931). Era pues explicable que regresara a ese libro, como hice. Y ya
en el mundo de Frank, quien tanta huella dejó en seres de la complejidad
de Ezequiel Martínez Estrada, volví a otras obras del estadunidense.
Por ejemplo, su España virgen (1926), título evidentemente
deudor de Ganivet. Lo releí en la traducción que de él
hiciera León Felipe, y con el prólogo que para tal traducción
escribió en septiembre de 1941 el gran amigo y riguroso coetáneo
de Frank que fue Alfonso Reyes. Y empezaron a saltar los azares.
españolas e hispanoamericanas Roberto Fernández RetamarAlain explicó que la razón por la cual leyó tempranamente La comedia humana fue que la obra se encontraba en la biblioteca de su familia. No pienso hacer ahora un ensayo sobre el «azar de lecturas» de que habló nuestro Samuel Feijoo, pero no pude menos que recordar aquella observación del pensador francés cuando hace poco tiempo la casualidad, llamémosla así, se me volvió a presentar armada de todas sus armas. Algunos se
habían preguntado si la coincidencia en el tiempo de un homenaje
a Orígenes (que necesariamente era también un homenaje
a Lezama) y otro a Mariátegui (que no menos necesariamente era también
un homenaje a Amauta), más allá de obvias similitudes
formales, no tendría algo del consabido encuentro fortuito del paraguas
y la máquina de coser sobre la mesa de disección. Y he aquí
que Frank vino a darles inesperadamente una respuesta, negativa. Se sabe
que hay autores que nos regalan sus fuentes: Reyes y Mariátegui
están entre ellos; y autores que, por el contrario, parecen borrarlas,
como dicen que hace con su cola un animal no sé si real o fantástico:
Martí y Lezama los ejemplifican. Pues bien: no hay duda de que Frank
fue una de las fuentes de este último. Lezama lo cita explícitamente,
no sin producir cierta extrañeza, en su coloquio con Juan Ramón;
y en cuanto a las líneas que dedicara a Ortega a raíz de
su muerte, en 1955 («Ya lo podemos complacer, [...] ya le podemos
decir Ortega el americano»), téngase en cuenta que en su prólogo
a España virgen Reyes había escrito: «Después
de su primer viaje a la Argentina, José Ortega y Gasset —que ya
antes había declarado que América era el mayor honor y la
mayor responsabilidad histórica de España— me confesó
que le agradaría ser apodado "Ortega el Americano", como se dijo
en la Antigüedad: "Escipión el Africano"». Así
pues, el heterodoxo Frank, que creyó en España y en América
y en un porvenir mejor, como hoy abundan los que en nada creen salvo en
su sórdido interés presentero, resultó ser un punto
de convergencia entre los heterodoxos Mariátegui y Lezama: quienes,
por cierto, tienen otras convergencias en las que no voy a insistir, pues
no es ése mi tema de esta tarde. Mi tema es introducir el ciclo
de conferencias que, con numeroso patrocinio, inauguramos hoy en la Casa
de las Américas. Esas conferencias abordarán una cuestión
de suma importancia: las principales revistas culturales españolas
e hispanoamericanas publicadas entre 1898 y 1992: algunas de ellas, naturalmente,
viven aún, y ojalá sea por mucho tiempo; pero era menester
detenerse en algún momento, y 1992 parece fecha adecuada para serlo.
No
hay que ser nada zahorí para reparar en la significación
de las fechas entre las cuales está acotado el ciclo. En España
llaman (o llamaban) a los sucesos de 1898, El Desastre. Su vasto
Imperio colonial, el primero del mundo moderno, que había empezado
a construirse cuatro siglos antes, entró ese año en su ocaso,
y apareció en escena, como indeseado convidado de piedra, un Imperio
emergente, que sería la nueva metrópoli de nuestra América.
Pero lo que interesa ahora es que en esa fecha, a la luz de una aventura
espiritual cuyas dos alas se llamaron modernismo y 98, España y
sus excolonias americanas iniciaron una relación nueva, interpares.
España dejó de sernos presentada como la retórica
«madre patria» que algunos irritados llamaban madrastra, para
asumir su condición de gloriosa y adolorida hermana antigua. Los
americanos pudimos verla a partir de entonces de manera distinta: pudimos
amarla de veras, y así ocurrió, así ocurre. En esto,
como en tantos hechos trascendentes, nos había precedido José
Martí. Y entre 1936 y 1939 la trágica guerra española
reveló la intensidad de ese amor, que muchos de los más altos
poetas de este lado del Atlántico expresaron de modo entrañable.
Si 1992 es año
que en sí mismo carece de connotación comparable a 1898,
y ha sido escogido por su cercanía en el tiempo y porque es cifra
menos deshilachada que 1991 ó 1993, evoca necesariamente el traumático
acontecimiento que medio milenio atrás dio un inmenso vuelco a la
historia, al hacer posible que naciera la modernidad. No hay manera de
juzgar en serio lo ocurrido entonces y desde entonces sin juzgar a la vez
a la modernidad toda, y ésa no puede ser tarea de nuestro ciclo.
Por otra parte, recordar sólo la conquista que se inició
a partir de 1492, y que como toda conquista fue mala, es recordar poco.
En vez de seguir azuzando el odio siempre estéril, hagamos nuestras
las sabias palabras que Reyes escribió a finales de 1941, precisamente
para inaugurar una de las más importantes revistas que van a ser
consideradas en este ciclo: Cuadernos Americanos. Dijo en esa ocasión
mi maestro mexicano:
Lo que vamos a contemplar en este ciclo es un pedazo de esa herencia ibérica, tal como se manifestó (y en algunos casos se manifiesta aún), a lo largo de la última centuria, en esas singulares creaciones que son las revistas culturales. Y aquí de nuevo aparecen Frank y el azar. En su España virgen, Frank no sólo nombra a Ortega y Gasset, a quien llama con justicia «el maestro espiritual más significativo de la nueva generación española», sino que entre las revistas a las que agradece haber acogido previamente materiales de esa obra cita, junto a algunas de su idioma, Revista de Occidente. La relevancia de ella no necesita subrayarse. En su momento, su impacto fue enorme: en primer lugar, en España e Hispanoamérica, a las que fundamentalmente se dirigía, como fue dicho en los «Propósitos» de su número inicial; pero también en buena parte del resto del mundo. Y hoy, vista a la distancia la tarea admirable que cumplió desde su fundación en 1923 hasta que en 1936 desapareció en el torbellino de la guerra, y a punto de extinguirse este siglo tan infeliz, soy de los que creen que la Revista de Occidente hecha durante aquellos años fue la más importante de nuestra lengua en la centuria. Ello explica sobradamente que sea la primera revista del ciclo a la cual se le consagrará una conferencia entera. Frank, que ha venido sirviéndome de involuntario hilo rojo en estas páginas, dijo igualmente en su América hispana:
El scholar que también fue Frank (por cierto, graduado de una Universidad que quiero, la de Yale) traza aquí como sin proponérselo un panorama de las principales revistas culturales hispanoamericanas en torno al momento en que escribe: julio de 1931. El año anterior, había tenido un encuentro particularmente fértil con alguien que iba a desempeñar papel capital en el mundo de las revistas: Victoria Ocampo, de quien ofrece una delicada semblanza casi al final de su América hispana. La propia Victoria, tan generosa testimoniante, tan generosa en tanto, ha contado aquel encuentro, en el cual no faltaron lágrimas, que contribuyó decisivamente a que naciera Sur, con ella a su cabeza y en su corazón. Y también ha contado que fue Ortega, por teléfono (quizá Victoria fue la primera intelectual nuestra que dio al teléfono un uso que hubiera envidiado Cocteau), quien nombró la revista. Si el libro inicial de la argentina, De Francesca a Beatrice a través de La Divina Comedia (1924), había aparecido en la Biblioteca de la Revista de Occidente, con galante epílogo de Ortega, no fue extraño que él, desde su Occidente, bautizara en gesto cardinal Sur. Pero esta última, a la que John King dedicara un libro espléndido, no fue en absoluto un epifenómeno de aquélla. Con justicia equivalente, merecerá la segunda conferencia completa en el ciclo. No quiero despedirme de Frank, por quien siento un afecto que va más allá de las letras, sin destacar esa capacidad suya de haber estado presente en muchas de las revistas sobre las que se va a hablar en este ciclo, además de haber tenido participación en otras de su propio país, como Seven Arts, y de otros países. Para sólo mencionar algunas de las nuestras, colaboró en Revista de Occidente, Repertorio Americano, Amauta, Revista de Avance, Sur (donde integró permanentemente su Comité de Colaboración) y muchas más. Puedo ofrecer el testimonio personal de que, respondiendo a solicitudes que le hiciera, en 1959 me envió un texto para la Nueva Revista Cubana, y en 1965 me prometió otro para Casa de las Américas, promesa que no llegó a cumplir seguramente debido a cuestiones de salud que ya lo aquejaban mucho. Por eso, cuando leo que Waldo Frank está olvidado, no pienso lo mejor de los practicantes de ese olvido. Quien fuera amigo de seres tan diversos e intensos como Ortega, Reyes, León Felipe, Mariátegui, Victoria; quien influyera en los difíciles Martínez Estrada y Lezama, bien puede disfrutar unas vacaciones lejos de la primera plana. Si su estilo rapsódico ha pasado, según parece, todos los estilos acaban por pasar, sin excluir los de los especialistas en empujar a otros al olvido. Regresará lo que merezca regresar. Borges escribió, enigmáticamente: «Sólo una cosa no hay. Es el olvido.» Vuelvo a las revistas. Pero no tiene sentido que me detenga en cada una de las que van a ser estudiadas en el ciclo, pretendiendo en vano suplantarlo. Las más de esas revistas han sido objeto de cuidadosas bibliografías. Varias, sobre todo las mexicanas ya desaparecidas, y también otras como Amauta y Orígenes, cuentan con ediciones facsimilares completas. (A propósito: estas dos últimas no serán consideradas por separado, ya que fueron objeto entre nosotros de los coloquios aludidos, aunque desde luego no dejará de tomárselas en cuenta en sus respectivos momentos.) De no pocas se han hecho buenas antologías. Y sobre muchas hay estudios rigurosos. Éstos, a veces consideran más de una publicación, como hizo Fanny Rubio en su minuciosa tesis sobre las revistas españolas de poesía entre 1939 y 1975. Otras veces se detienen en una, como hizo King con Sur. El más reciente libro de este segundo tipo que conozco es el de Pablo Rocca sobre Marcha. Por otra parte, hace años vienen celebrándose en La Sorbona encuentros dedicados a revistas culturales latinoamericanas, muchas de cuyas conferencias han sido editadas en volúmenes. Supongo que de modo similar se han estudiado las homólogas españolas (1). Es posible, sin embargo, que el ciclo que hoy comienza, y que abordará tanto las españolas como las hispanoamericanas publicadas a lo largo de los últimos cien años, sea pionero. De ser así, que le sean toleradas sus posibles faltas en gracia a la novedad del empeño. En uno de aquellos encuentros franceses, Beatriz Sarlo presentó un trabajo, agudo como suyo, con el título «Intelectuales y revistas: razones de una práctica». Se trata de un valioso aporte a la teoría de la revista cultural. En ese trabajo, junto a la meditación, es perceptible la experiencia de quien tiene las manos en el fuego, ya que Sarlo es hacedora de ágiles revistas, como lo prueba su Punto de Vista. Muchas cosas me parecen dignas de atención en ese texto, como las que atañen a la distinción entre la sintaxis de la revista y la del libro. Menos me atraen observaciones como la de que «de algún modo, nada es más viejo que una revista vieja». Esta sentencia aplica a la revista una variante de lo que es corriente oír del diario, y los razonamientos apenas difieren en ambos casos. Sin embargo, no obstante las evidentes similitudes entre un diario y una revista cultural (por ejemplo, ambos son periódicos, viven atentos al presente, jerarquizan sus materiales mediante procedimientos espaciales y tipográficos), vale la pena esforzarse por señalar la especificidad de la revista cultural, que Sarlo conoce bien, aunque no haya querido renunciar al disparo de su frase. No me propongo en estas escasas páginas entrar en la manigua de la teoría de la revista, pero no me es posible dejar de decir algo sobre la cuestión. Indudablemente, una revista aspira a ser leída en el momento de su aparición, y a incidir sobre él. Por lo cual, maridada como está con el tiempo, al transcurrir éste se convierte de cierta forma en otra cosa. No se trata tanto de que se vuelva vieja, hecho inevitable, como de que se vuelve otra. Pero ello no lo comparte sólo con el diario (el cual tampoco merece siempre ser vilipendiado), sino con cualquier producto cultural. La teoría de la recepción ha convertido esto en un lugar común. Los poemas homéricos, el teatro clásico español y el isabelino que ahora leemos, difieren considerablemente de los que los coetáneos respectivos oían. Y entre ellos y nosotros, ha habido muchísimas otras recepciones. No es en esencia distinto el destino de la revista cultural. ¿Qué quiere decir, en consecuencia, que ésta, pasado cierto tiempo, se ha vuelto lo más viejo del mundo? Fuera de ser una expresión para la galería, creo que no quiere decir casi nada. Volveré a mencionar el coloquio sobre la revista Orígenes que, con motivo de su cincuentenario, se celebró el pasado junio en la Casa de las Américas. Cincuenta años (y más estos últimos cincuenta años) no son una bicoca. Y, sin embargo, no me parece que el ambiente vivaz de ese coloquio autorizara a decir que se estaba hablando de algo viejo. Aunque, como es habitual en reuniones así, no faltara una que otra mirada académica, lo que primó fue el ardor de la contemporaneidad. O, mejor, de las contemporaneidades. Porque lo que sí fue evidente, era que no siempre se estaba hablando de lo mismo. Orígenes se había hecho otra, otras, incluso para algunos de sus protagonistas, no digamos para muchos cuyas versiones siempre habían diferido, necesariamente, de las de los primeros, aunque no repararan en ello. Convertirse en clásico no significa quedar inmutable, sino, por el contrario, abrirse a una pluralidad de interpretaciones. Y Orígenes es ya una revista clásica. No puede decirse lo mismo de todas las revistas que serán estudiadas en este ciclo, pero sí de las más importantes. Por lo que no nos espera, en las conferencias que seguirán, una sucesión de beaterías, para usar un vocablo del arsenal orteguiano. Cada una de las revistas realmente grandes que serán consideradas es merecedora del verso de Darío «Se juzgó mármol y era carne viva». Esa carne viva que se resiste a petrificarse es el espíritu mismo de tal revista. Y no obstante la diversidad a veces notable entre revistas, pueden señalarse ciertos denominadores comunes que intentaré presentar sumariamente, comenzando por recordar lo que distingue a la revista del libro. Además de esa diferencia entre la sintaxis de la revista y la del libro que señaló con acierto Sarlo, y del evidente diálogo con el tiempo que supone la periodicidad de la revista, y la acerca más al diario que al libro, otras diferencias hay entre éste y aquélla. Así, mientras el libro suele suponer una entidad cerrada, aunque conste de varios volúmenes, la revista es por definición una opera aperta. Lo característico de sus textos, incluso de los que no son trozos de conjuntos mayores, es su invitación a que se los tome como momentos de un itinerario. Ello da a las revistas, con frecuencia, cierto aire de laboratorio o taller. Taller fue nombrada explícitamente una memorable revista mexicana; Cuadernos del Taller San Lucas, otra nicaragüense; y «taller renacentista» llamó una vez a Orígenes, hablando de mí, Lezama: aunque no faltará quien hubiera preferido que la llamara taller barroco. Ese aire lo ratifica el hecho de que, si es frecuente que los textos aparecidos en revistas se reúnan luego en libros, no es raro que los autores les nieguen a aquéllos esa segunda vida, o los sometan a modificaciones más o menos rudas antes de concedérsela. Esto último, como se sabe, provoca la felicidad de quienes realizan ediciones críticas. Otra diferencia apreciable es el carácter mayoritariamente individual del libro, y el colectivo de la revista. Pero la línea divisoria no es tajante. Un libro puede ser la obra de más de un autor, desde luego. Sobran los ejemplos: ahí están los de los hermanos Goncourt, Álvarez Quintero y Machado; los de Ellery Queen, Patrick Quentin, H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch. Es significativo, sin embargo, que en estos últimos ejemplos se haya optado por forjar un seudónimo («Biorges», sugirió para dos casos un chusco) en el cual se funden las individualidades; y en los primeros, la hermandad les dé cierto carácter de sociedad anónima. En todo caso, se trata de excepciones. Algunos anuarios parecen o son revistas lentas. Más complicado es el caso de ciertas antologías, que pueden ser relativamente homogéneas, pero también complicados bricolages. Aun así, es dable distinguirlas de verdaderas revistas o de revistas habituales (pues una revista puede ser también el vehículo de una antología, confundiendo aún más los límites). Precisamente uno de los reproches que suelen hacerse a determinadas revistas es que no parecen tales, sino antologías: y, por valiosos que sean sus textos, una revista es siempre algo más que la suma de ellos. Ese algo más es su especificidad, y cuando la revista tiene un perfil definido, es inconfundible, y de ninguna manera se agota en sus editoriales y demás declaraciones explícitas. El carácter colectivo de la revista no se refiere sólo, ni primordialmente, al hecho de que en ella aparezcan materiales de varios autores (existen incluso números monográficos en que esto se encuentra atenuado). Se refiere sobre todo a que es la obra de un equipo, o de varios. Lo que no está reñido con el papel por lo general importante que en ella desempeña una persona, la cual puede llamarse Darío, Gómez Carrillo, Juan Ramón, Bianchi, Giusti, Gómez de la Serna, García Monge, Ortega, Ortiz, Mariátegui, Giménez Caballero, Victoria, Bergamín, Alberti, Guillén, Arciniegas, Paz, Quijano, De Rokha, Laín Entralgo, Ridruejo, Nora, Silva Herzog, Villaurrutia, Canito, Cano, García de la Concha, Lezama, Rodríguez Feo, Nilita, Otero Silva, Cardoza y Aragón, Picón Salas, Westphalen, Molina, Cuadra, Bayley, Feijoo, Liscano, Gaitán Durán, Gerbasi, Cela, Rodríguez Monegal, Rosales, Maravall, Grande, Garmendia, Castillo, Aray, Masoliver, Batlló, Benedetti, Galeano, Rama, Teitelboim, Sarlo, Richard, Zea, Soler, Gabetta y de mil modos más. Personas así son los conductores, a veces en el seno de pequeños colectivos, y es difícil imaginar una revista sin ellos, como es difícil imaginar una orquesta sin director, si bien las ha habido. Pero lo definitivamente imposible, con la venia de Cage, es una orquesta sin orquesta. Y a una orquesta (con músicos que se invitan y aumentan constantemente) se parece el equipo que se expresa a través de una revista. Para algunos, se trata de una generación. Cuando empezaba a cundir la manía generacional, Julius Petersen llegó a decir que a menudo las revistas juveniles son formadoras de generaciones: lo que siempre me pareció un dislate, sin negar el hecho ostensible de que es frecuente que una revista joven nuclee en torno suyo a un número más o menos apreciable de integrantes de una generación; pero de ahí a decir que ella forma a una generación, va un trecho largo. Por otra parte, una revista madura, y más si logra alcanzar cierta edad, no se contenta con los integrantes de una generación, y en cambio reúne a los de varias, llegando incluso a renovar su equipo. Esto último, lógicamente, se observa sobre todo en revistas de larga vida, como Cuadernos Americanos, Ínsula o Cuadernos Hispanoamericanos. Y ocurre incluso si la dirección central no cambia: piénsese en ejemplos como el de Marcha, donde fueron significativos los papeles desempeñados sucesivamente, siempre bajo la conducción de Quijano, por Onetti, Rodríguez Monegal, Benedetti, Rama y Ruffinelli. En el otro extremo de las revistas añosas están las que sólo llegaron a publicar escasas entregas y, sin embargo, ejercieron cierta influencia: fue fenómeno característico (aunque no exclusivo) de la vanguardia, chisporroteante de ismos casi siempre efímeros que nadie presentó con más fervor y gracia que Ramón. De Torre, Maples Arce, Borges, Vallejo, Larrea, Huidobro, García Lorca, Diego, Altolaguirre, Prados, Pellegrini, Neruda impulsaron revistas de este tipo, que a veces tuvieron direcciones colegiadas, al menos formalmente. Es bien conocido el papel de muchas little mags en el desarrollo de la literatura, y en especial de la poesía. Cuando hablo de equipos con referencia a revistas, estoy pensando no sólo en grupos y no en generaciones, sino sobre todo en el cuerpo de ideas, actitudes, producciones, que tales equipos defienden o rechazan. La revista es locus privilegiado para tales defensas y rechazos. Y esas ideas, actitudes y producciones son de muy variada naturaleza: filosóficas, estéticas, literarias, políticas, religiosas, científicas. El énfasis se pondrá en unas u otras, de acuerdo con una gran diversidad de intereses. Es frecuente que las revistas arranquen con certidumbres que en lo fundamental conservan. Además de revistas ya nombradas, tales son casos como los de Caras y Caretas, Revista Nueva, Helios, Renacimiento, Mundial,Prometeo, Cuba Contemporánea, España, Cosmópolis, Ultra, Martín Fierro, Los Pensadores, La Gaceta Literaria, Los Nuevos, Cruz y Raya, Revista de las Indias, Hora de España, Multitud, Escorial, Romance, El Hijo Pródigo, Moradas, Espadaña, Número, Revista de Guatemala, Saker Ti, Viernes, Mito, Contorno, Papeles de Son Armadans, Eco, Tabla Redonda, Cuadernos de Ruedo Ibérico, Ventana, Unión, Guajana, Mundo Nuevo, Cuadernos para el Diálogo, Imagen, Alero, Tareas, Signos, Crisis, Los Libros, Pensamiento Crítico, Camp de l'Arpa, La Quinta Rueda, Aleph, Hispamérica, República de las Letras, Puesto de Combate, Araucaria, Nexos, Alternativa Latinoamericana, El Paseante, Nicara,'uac, Anthropos, Revista de Crítica Cultural, La Maga, Canelobre, Simpson Siete, Graffiti, Travesía, Barcarola, Kollaysuyo, Ko-Eyu Latinoamericano, Revista Atlántica, Cuatro Semanas. La lista es interminable, aun sin nombrar ahora suplementos culturales, anuarios, revistas especializadas, universitarias y similares. Otras veces, se producen alteraciones más o menos grandes durante la vida de las revistas. O cambios de títulos, por diversas razones (2): así, Poesía Española se convirtió en Poesía Española e Hispanoamericana, y luego en Poesía Hispánica (3); El Grillo de Papel se hizo El Escarabajo de Oro, y aun El Ornitorrinco (4); Asomante se volvió Sin Nombre; Plural pasó a ser Vuelta, quedando el nombre anterior para una revista distinta (5). No falta alguna ocasión en que ha habido un faux de,'part, el cual obligó a empezar de nuevo, aunque ello no siempre se hiciera explícito. Lo que no debe confundirse con reapariciones como las de la Revista de Occidente y Crisis. A menudo, la tarea de una revista la lleva a desbordar sus límites y engendrar empresas editoriales y aun otras entidades en cierta forma emparentadas, o a asociarse íntimamente con ellas, si no nació ya de esa manera. Lo que se explica por esa defensa y ese rechazo que son el alma misma de una revista, y que buscan nuevos ámbitos donde ejercerse. Por lo cual resulta imposible escribir la historia cultural (y a veces la historia a secas) de un período, sin tomar en cuenta los testimonios ofrecidos por las revistas culturales que en él vivieron, no importa lo contradictorios que puedan ser entre sí tales testimonios: ¿quién ignora que la realidad es plural y contradictoria? De ahí que las exposiciones a que se asistirá en este ciclo, no a pesar de que traten de revistas culturales, sino precisamente por ello, desplegarán ante nosotros un panorama discutidor de los últimos años de la historia del mundo hispánico: desde el dramático 98 hasta los estertores de este siglo, pasando por procesos revolucionarios como los de México, Guatemala, Cuba, Chile y Nicaragua, y por supuesto la guerra civil española, en todos los casos con sus antecedentes y consecuencias; desde la madurez modernista, los remansos y extremos posmodernistas (en el sentido original del término que forjó De Onís) y las aventuras vanguardistas, hasta los aportes posvanguardistas y los de la contemporaneidad; y por la asimilación y el rechazo en el mundo hispánico de ideas y producciones que nos llegaron del resto del planeta o, mejor, los fuimos a buscar allí. Enumerarlos, es desplegar el pensamiento, la literatura, el arte, la ciencia de este siglo. Sin olvidar que el mundo hispánico no sólo recibe y busca, sino también ofrece sus elaboraciones propias, varias de las cuales, en distintos momentos de esta centuria, recibirían reconocimiento internacional. Muchas de estas elaboraciones asomaron en nuestras mejores revistas. * * * Hoy, 20 de octubre, es considerado entre nosotros el Día de la Cultura Cubana, y este acto es parte de la contribución de la Casa de las Américas a la celebración de dicho Día. Después de todo,las revistas desempeñan en la cultura cubana funciones de primer orden. Especialmente desde que en el primer tercio del siglo XIX aparecieron El Habanero (1824-1826), indisolublemente unida al Padre Félix Varela (de quien se dijo que es el primero que nos enseñó a pensar) y a su temprana prédica por la independencia, y la Revista Bimestre Cubana (1831-1834), que Pedro Henríquez Ureña consideró la mejor del género en nuestra área durante su momento. Muchos de los nombres más altos de las letras y el pensamiento cubanos estarían desde entonces vinculados a grandes revistas cubanas o de cubanos: baste mencionar, además de a Varela, a José Antonio Saco, José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Juan Clemente Zenea, Enrique Piñeyro, Rafael María Merchán, Enrique José Varona, Manuel Sanguily, José Martí o Julián del Casal, para detenernos en vísperas de la fecha que se ha escogido como inicio de nuestro ciclo. Más allá de esa fecha, lo que haya que decir se dirá en el seno de aquél. Pero no quiero dejar de mencionar, antes de concluir, algo que desborda al ciclo, y por eso mismo está lleno de futuro. Me refiero a que en los arduos momentos que vivimos, y llevan el eufónico nombre de período especial, junto a la persistencia y al remozamiento de algunas revistas cubanas ya existentes (es digno de destacarse el ejemplo de La Gaceta de Cuba), se están preparando ahora mismo, por gentes jóvenes, nuevas revistas que entrarán a la liza sacando fuerzas de flaqueza, y papel de no sé dónde. Cuando se habla con esperanza (prefiero decir esperanza antes que optimismo, pues aquélla no está reñida con una actitud realista) de los nuevos vientos que soplan, e incluyen la creciente solidaridad que recibimos, el rechazo mundial al bloqueo y el incremento de nuestras relaciones diplomáticas y comerciales, la creación de empresas mixtas, contactos necesarios con compatriotas que viven fuera de Cuba pero no la desaman, la firma de acuerdos migratorios con los Estados Unidos y el mejoramiento de las comunicaciones telefónicas con ese país, las pintorescas ferias populares que tanto me gustan, el aumento de trabajos por cuenta propia, la apertura de mercados agropecuarios y de otros que son inminentes, la recuperación en marcha del peso cubano y demás hechos que miran a salvar nuestra nación y preservar nuestros logros, es justo añadir realidades de la naturaleza de las revistas: las que contra viento y marea se han mantenido en estos nuevos años de prueba, y las que se anuncian y serán bienvenidas como la lluvia después de la sequía. Tenga cada cual los amores que quiera y pueda. Es evidente que entre los míos se cuenta, en alto grado, el amor a las revistas, con lo que ellas implican. Bécquer dijo que mientras exista una mujer hermosa habrá poesía, lo que me complace suscribir, si bien quiero escuchar el parecer de las mujeres poetas sobre este punto. Por mi parte, creo que mientras existan revisteros entusiastas que en medio del mal tiempo sueñen con hacer revistas, y hagan verdad su sueño, no hay razón para desesperar. Al iniciar pues este ciclo donde se hablará de las revistas de una centuria que se acaba, el corazón se me va tras las revistas de la centuria que comienza y seguirán existiendo en mi patria chica, que algún día dejará de estar acosada para honor de la humanidad. Notas(1)
En la actualidad, la mayoría de las existentes se reúne en
la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE). Una
carta que ella nos enviara fue una de las incitaciones que nos movieron
a organizar el presente ciclo.
(2) La desaparición
(felizmente temporal) de la Revista de Filología Española
en Madrid, llevó a publicar en Buenos Aires la Revista de Filología
Hispánica, que al cabo recaló en México como Nueva
Revista de Filología Hispánica.
(3) Son varias
las revistas que llevan en su título el género que acogen.
Por ejemplo, Poesía Buenos Aires, La Poesía Sorprendida,
Poesía
de América, Poesía Libre, Hora de Poesía,
Diario de Poesía,
El Cuento,
Puro Cuento.
(4)
Sobre todo a partir de la década del 60, pero también desde
antes, la naturaleza (en especial la fauna) recibió generosa acogida
en títulos de revistas como Gallo, Caballo Verde para
la Poesía, El Morrocoy Azul, La Isla de los Ratones,
El
Pez y la Serpiente, El Guacamayo y la Serpiente, Pájaro
Cascabel, Rayado sobre El Techo de la Ballena, La Rosa Blindada,
La
Bufanda del Sol, Cormorán y Delfín, Manatí,
El
Urogallo, Ojarasca, El Ñandú Desplumado.
Supongo que se pueden adscribir sin desdoro a esta heterogénea familia
(donde abunda la poesía) Mandrágora, El Corno Emplumado,
Rocinante,
Quimera.
(5)
No es la única vez, por supuesto, que un mismo título ha
albergado publicaciones diferentes. Los ejemplos son numerosos, y me limitaré
a unos pocos: Acento, Amaru, América Libre,
Babel,
Claridad,
Horizonte, Índice,
Litoral,
Mediodía,
Orfeo,
Presencia, Sí, Síntesis,
Trilce,
Zona
(esta última, sola o con distintos añadidos). El hecho abarca
también a revistas anteriormente nombradas, pero no quiero complicar
más el panorama.
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