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30 de julio de 2003
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"Babel",
revista de arte y crítica
(1921-1951)
El mandato del presidente Yrigoyen ha entrado en su último año. Estamos en el clima de la primera posguerra, cuando aún están encendidos los fervores que suscitó la revolución rusa. La reforma universitaria nacida en Córdoba está irradiándose por el país y el continente. Una nueva generación de intelectuales irrumpía en el campo de la cultura al mismo tiempo que otros hombres jóvenes habían ingresado en el campo de la política bajo las banderas del radicalismo. La década del 20 verá convivir el socialismo, el antiimperialismo y el americanismo, por un lado; el modernismo, el realismo social y las vanguardias, por otro. En los primeros días de abril de 1921 aparece el primer número de Babel. Revista de Arte y Crítica. En su primera etapa, de edición más modesta pero prolija, se asemeja a un boletín: formato 19, 50 cm. x 28, 50 cm., 16 páginas interiores, tapa y contratapa a dos colores (negro y rojo). Un escueto editorial esquivo a los lugares comunes («venimos a llenar un vacío, trataremos de contribuir con nuestro grano de arena a la cultura del país, etc.»), advierte: «No vamos a exponer aquí el inevitable programa de acción ni la acostumbrada plataforma de promesas que suelen publicar las revistas que se inician. No somos políticos, ni salimos a ganar elecciones. Hombres jóvenes y libres, los que nos decidimos a hacer Babel creemos en la necesidad de negar un programa y presentar, simplemente, la revista». Los jóvenes, o los más jóvenes, que acometen la empresa son el editor Samuel Glusberg y el poeta catamarqueño Luis Franco. Algunos años mayores, acompañan el proyecto Ezequiel Martínez Estrada, el humorista Arturo Cancela, así como una «poetisa» que acaba de editar un poemario y que este primer número celebra así: «la señorita Storni ha escrito el más bello libro de versos del año pasado». Los jóvenes han conseguido que la revista sea apadrinada por la generación anterior: Leopoldo Lugones, Roberto Payró, Horacio Quiroga, Ricardo Rojas. La periodicidad quincenal pasa a ser, después de los primeros números, mensual. Las siguientes entregas mantienen este carácter abierto, un tanto ecléctico, donde caben tanto los poemas paganos de Luis Franco, los versos sencillos de Fernández Moreno y el más que clásico «Romancero» de Don Leopoldo Lugones. Por un lado, se publican aquí por primera vez los trípticos morales de José Ingenieros (reunidos después de su muerte en Las fuerzas morales); por otro, el primer avance que hace Roberto Arlt de El juguete rabioso, bajo el título «Recuerdos del adolescente», Babel, nº 11, enero de 1922 (1). Su director, Samuel Glusberg (1898-1987) fue un narrador, ensayista y editor que perteneció a la llamada «generación del 24». Nacido en Kischinev, su padre, el rabino Bensión Glusberg, emigró con su familia después de los pogroms desatados contra la población judía de la ciudad rusa en 1905. Animado por una pasión febril por conocer y divulgar que lo acompañó toda su vida, editó su primera revista en los años del colegio normal en Lomas de Zamora. Por esos mismos años, un tío que lo estimula en la lectura le hace conocer a Payró y a Gerchunoff, y él descubre, deslumbrado, a Lugones y Quiroga. Se convierte, inmediatamente, en un apasionado cultor del modernismo literario americano. Dispuesto a difundir sus hallazgos literarios, decide lanzar una colección de folletos que llamó Ediciones Selectas América. Cuadernos mensuales de Letras y Ciencias. Los ejemplares se agotaban y era necesario reimprimirlos dos y hasta tres veces. Eran los años de la cultura del folleto barato, de salida periódica, un lejano antecedente del fascículo de los años 60 y 70. A la publicación de los cuadernos siguió la edición de libros. Según el recuerdo de su ex condiscípulo Estrella, «A poco de la aparición de los cuadernos América, salieron los primeros volúmenes de la Editorial Babel, cuyos tomos blancos, deslumbrantes, con el ex-libris de la torre epónima, llenaban las vidrieras de las librerías y empezaban a ser una garantía para los lectores. Las ediciones Babel lanzaron nombres nuevos al público, que luego alcanzaron gran nombradía. Así ocurrió con Conrado Nalé Roxlo, cuyo primer libro, El grillo, obtuvo el premio de la editorial». Glusberg se había convertido, a los veinte años, no sólo en el difusor de los nuevos valores, sino también en el editor preferencial de sus maestros. A mediados de los años 20, había editado más de sesenta títulos, entre ellos Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Arturo Capdevila, José Pedroni, Alberto Gerchunoff, Martínez Estrada, Benito Lynch, Alfonsina Storni, Roberto Payró, Evar Méndez... Sus libros combinaban un precio de venta muy bajo (entre 1 y 2 pesos de entonces) con la pulcritud de la edición: en nombre BABEL no sólo remitía a la torre bíblica, sino que Glusberg, no sin humor, lo había convertido en las iniciales de «Biblioteca Argentina de Buenas Ediciones Literarias». En 1921 decidió convertir los cuadernos en una revista que acompañase su política editorial y es así que aparece el primer número de Babel. La revista, además de publicar poemas, cuentos y ensayos de los autores citados, propició encuestas (sobre la educación, el arte, etc.), promovió concursos, y dedicó números especiales a los autores preferidos de Glusberg, que volverán una y otra vez en sus ediciones y en su escritos: Horacio Quiroga, Luis Franco, Heinrich Heine... En lo que hacía a su propia producción literaria, Glusberg prefería mantenerse en un oculto segundo plano, reservándose a sí mismo la figura del difusor, del animador o del propiciador. Con todo, alcanzó cierto reconocimiento con La levita gris (1924), libro en que reunió una serie de «cuentos judíos de ambiente porteño» publicados con el seudónimo de Enrique Espinoza. Retornó a la narrativa varios años después con otro volumen de cuentos (Ruth y Noemí, 1934) y dos relatos de viaje (Compañeros de viaje, 1937 y Chicos de España, 1938). La escena intelectual argentina estuvo marcada en los 20 por la polarización entre la literatura vanguardista y la realista, reagrupada —no sin complejos entrecruzamientos— en lo que dio en llamarse, respectivamente, los grupos de Florida y Boedo. No es fácil clasificar a Glusberg y su revista según esta oposición: muchos de sus autores están fuera de uno y otro grupo, como Nalé, Franco, Cancela o Pedroni. Y si su propia narrativa lo aproxima más a cierto realismo social —la gran literatura rusa del siglo XIX había sido el punto de partida de su formación cultural— y su fervor lugoniano lo alejan de cualquier actitud parricida, en 1924 aparece ligado nada menos que a la fundación de la revista vanguardista Martín Fierro. La segunda etapa de Babel La primera etapa de Babel se cierra en 1928, con el nº 31, en momentos en que Glusberg emprende la publicación de otra revista, en nuevo formato (tabloid): La Vida Literaria (1928-1931). Muchos de los colaboradores de Babel reaparecen en su sucesora, pero integrados ahora en en un proyecto que parece haber definido mejor su política editorial. La Vida Literaria se encuadra dentro de lo que podría denominarse un americanismo cultural, cuyos referentes continentales son Waldo Frank en Estados Unidos, y José Carlos Mariátegui en el Perú. Glusberg promueve por medio de su revista, además de la difusión de la obra de sus dos amigos americanistas, el primer viaje de Frank a la Argentina (1929), y la instalación de Mariátegui en Buenos Aires, proyecto frustrado por la muerte del escritor peruano en 1930. La Vida Literaria desaparece en 1931 y la difícil coyuntura económica pone en jaque el proyecto editorial de Babel. Los primeros 30, con su aguda crisis económica, social e institucional, y con su característica convulsión intelectual, inducirán a Glusberg, por momentos al escepticismo, por otros a la radicalización política. A medidos de la década se instala en Santiago de Chile, donde no tardará en reunir un cenáculo con el que relanzar su revista. Su grupo íntimo se irá conformando con el narrador libertario argentino/chileno Manuel Rojas, de humilde origen social y luego el celebrado autor de Hijo de ladrón; el crítico chileno Hernán Díaz Arrieta (Alone), el humorista J.S. González Vera, el ensayista libertario chileno Laín Diez y el escritor y periodista chileno Ernesto Montenegro. El administrador y diseñador de la revista fue Mauricio Amster, un anarquista español exiliado en Santiago. Con su ayuda, y con las colaboraciones regulares que desde Argentina envían Martínez Estrada y Luis Franco, relanza Babel, que se editará ininterrumpidamente desde Santiago entre 1940 y 1951. La etapa chilena de Babel, a pesar de preservar el nombre, señalaba un corte claro con la etapa de la Babel argentina y con La Vida Literaria. Estas se habían abierto a un amplio abanico ideológico que en la Babel chilena se cerrará por izquierda. En la primera Babel y en La Vida Literaria, la estrategia de Glusberg consistió, antes que nada, en desentenderse de ciertos clivajes políticos, generacionales, de escuela y de grupo, en aras de sus «campañas» culturales: por entonces, cuantos más escritores lograra sumar a su «campaña Quiroga», su «campaña Frank» o su «campaña Mariátegui», tanto mejor. Y es notable hasta donde llegó: por ejemplo, para reclamar la libertad del director de Amauta encarcelado en Perú por la dictadura de Leguía había logrado reunir firmas de peso; el número de La Vida Literaria destinado a recibir a Mariátegui, y que luego se convirtió en homenaje póstumo, había aunado autores como Luis Franco y Leopoldo Lugones, Arturo Capdevila y Ezequiel Martínez Estrada, Alberto Gerchunoff y Ramón Doll, Horacio Quiroga y Enrique Méndez Calzada, Luis Emilio Soto y Leónidas Barletta, Alvaro Yunque y César Tiempo, entre otros (La Vida Literaria, nº 20, mayo 1930). Se ha hablado del carácter «ecléctico» de estas publicaciones, pero habría que añadir que las que hoy se nos aparecen como líneas antitéticas, todavía podían coexistir en esos finales de los 20 y principios de los 30, años cargados de crisis, virajes súbitos y entrecruzamientos insospechados. Sin ir más lejos, ¿no habían coexistido en la mismísima Sur liberales y nacionalistas, al menos hasta 1936? Pero la consolidación del stalinismo en la Unión Soviética, por una parte, y el estallido de la revolución y la guerra españolas, por otro, van a marcar otro corte decisivo que recompondrá nuevamente el campo intelectual y el campo político. Sur, después de cierta confusión inicial, se orientará hacia un liberalismo conservador, antifascista y anticomunista. Babel, desde Santiago, será un vocero del pensamiento socialista libertario. Conmocionado por los acontecimientos españoles y por los procesos de Moscú en su Rusia natal, Glusberg buscó un acercamiento a Trotsky y a la oposición de izquierda internacional, siempre más interesado en la dimensión ético-política del mensaje trotskista que en su propuesta organizacional. Es así que Babel va a abrir sus páginas al autor de la Historia de la revolución rusa, al poumista español Juan Andrade, al anarco-trotskista Víctor Serge, al líder trotskista americano James P. Cannon, así como a otros escritores que por entonces rompían con el comunismo sin dejar de reivindicarse como socialistas revolucionarios, como Jean Paul Sartre, Paul Mattick, Madeleine Paz, Edmund Wilson o Dwight Mac Donald. Otros de los autores publicados por Babel se sostenían por entonces como escritores de izquierda independientes, aunque en años posteriores sucumbirán al clima anticomunista de la guerra fría (Ignacio Silone, André Gide, Arthur Koestler, Sidney Hook, Bertram Wolfe, André Malraux). Todos ellos colaboraron en la nueva Babel, además de otras prestigiosas firmas, como Albert Camus, Hanna Arendt, Luis Araquistain, Thomas Mann, Arthur Rosenberg. Desde Argentina, además de Franco y Martínez Estrada, le enviaban regularmente colaboraciones Rodolfo Mondolfo, Renato Treves, Héctor Raurich. Babel dedicó números especiales a la muerte de Trotsky, a los diez años de la revolución española, a Guillermo Enrique Hudson, a la situación de los escritores en la URSS, a la obra de Franz Kafka... Glusberg y su grupo mantuvieron la pulcra edición de estos cuadernos trimestrales paralelamente a una profusa actividad político-cultural, propiciando la edición de libros, apadrinando escritores (como al peruano exiliado Ciro Alegría, cuya celebrada novela El mundo es ancho y ajeno fue escrita a instancias de Glusberg), y promoviendo pronunciamientos y encuentros políticos de escritores, como, por ejemplo, con motivo del asesinato de Trotsky (1940), de los veinte años de la muerte Mariátegui (1950) o de la situación de los judíos en la URSS (1968). Glusberg dio por terminada su labor de editor de revistas en 1951, año en que se despidió de Babel, y se consagró a editar libros de sus amigos y a concluir los proyectos propios largamente postergados. Viajó entonces por Europa, Israel y América, siguió adelante con su múltiple correspondencia y se entregó a darle forma a sus propios libros, otros tantos testimonios de sus «campañas culturales», siempre con el seudónimo de Enrique Espinoza. En Conciencia histórica (1952) reunió sus mejores ensayos sobre pensadores socialistas; en El espíritu criollo (1951) sus ensayos sobre Sarmiento, Hernández y Lugones; en Tres clásicos ingleses en la pampa (1952) sus retratos de Hudson, Cunningham y Head. En 1969 tiene incluso el atrevimiento de dirigir una carta pública, en verso, a Pablo Neruda, donde entre reconocimientos y alabanzas, no deja de señalarle sus complicidades con el stalinismo («Te vas haciendo, Pablo, a estos virajes/y los aceptas a regañadientes... Me consta que de ser mezquino distas/pero grandes halagos te doblegan/y en "cuadro" te convierten a ojos vistas»). En 1973, dos semanas antes del golpe militar que derroca al gobierno de la Unidad Popular, retorna para siempre a Buenos Aires. Aquí concluye el libro que resume su profesión de fe americanista: El castellano y Babel (1974), una réplica a Babel y el castellano, de Arturo Capdevila. La vejez lo encuentra escribiendo nuevos libros, construidos sobre la base de ensayos anteriores que va retocando una y otra vez, notas breves, recuerdos personales, en torno a sus autores favoritos: Manuel Rojas, narrador (1976), Heine, el ángel y el león (1971), Spinoza, ángel y paloma (1978), Trayectoria de Horacio Quiroga (1980), González Vera, clásico del humor (1983) y, finalmente, Imágenes de Lugones (1984). Muere, casi nonagenario, en su casa de Ing. Maschwitz, provincia de Buenos Aires, el 23 de octubre de 1987, rodeado de sus libros, sus papeles, su pequeño entorno familiar. Solo, porque las nuevas generaciones lo desconocen y porque todos los amigos de su generación, salvo Luis Franco (1898-1988), han ido desapareciendo antes que él. ¿A qué seguir viviendo, si las «campañas literarias» ya se han cumplido, se editó lo que debía editarse y no hay más amigos con quienes seguir carteándose? El mismo Glusberg, cuando dio por clausurado el ciclo de Babel, había escrito para sí este epitafio: «Un epitafio en verso, amigos, quiero/para esta torre que yo mismo he sido./Siento que con su muerte un poco muero/como con cada compañero ido». Notas(1) Dato que ha escapado incluso a un bibliógrafo tan escrupuloso como Omar Borré. V. su monumental Arlt y la crítica (1926-1990), Buenos Aires, América Libre, 1996. |
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