31 de Octubre de 2003
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La carta del editor

Sin la pompa, el fasto ni la publicidad fácil e interesada que en 1984 tuvieron los festejos de la novela Mil novecientos ochenta y cuatro (1948), el 25 de junio último se conmemoró el centenario del nacimiento de George Orwell (1903-1950). Pese a que fueron más sencillas y menos sonoras, esta vez las celebraciones tuvieron otro talante y resultaron más sustantivas y trascendentales que las anteriores, en la medida que contribuyeron a poner las cosas en su lugar y terminaron de rescatar a Orwell del incómodo lugar en que vanamente había tratado de confinarlo el anticomunismo y el conservadurismo en general. De este modo, gracias a obras como La victoria de Orwell (2003), de Christopher Hitchens, que en cierta forma fueron precedidas por el Orwell (1984), de José Gutiérrez Álvarez, hoy insurge clara y diáfana la figura de un Orwell que, tanto en su experiencia vital y cotidiana como en sus novelas y ensayos literarios, arriesgando en algunos casos hasta su propia vida, buscó identificarse con el hombre común y corriente, se aferró a su fe en el socialismo libertario y no vaciló en combatir a los tres grandes «ismos» de su tiempo: el imperialismo, el fascismo y el stalinismo.

A partir de estos presupuestos, muchas de las principales novelas de Orwell han empezado a recuperar su densidad y complejidad y, despojadas de la instrumentación anticomunista de que fueron objeto, pueden leerse como lo que realmente son: obras de ficción, que, en algunos casos, son verdaderas obras maestras de la literatura del siglo XX. Eso, por ejemplo, fue lo que ocurrió con Rebelión en la granja (1945), la sátira política que, un poco al estilo de Los viajes de Gulliver, de Swift, Orwell concibió con el fin expreso de criticar al stalinismo –que venía desnaturalizando los objetivos de la Revolución de Octubre y de contribuir al resurgimiento del movimiento socialista. Sin embargo, por obra y gracia de los Hermanos Mayores de la Guerra Fría y de los manipuladores del lenguaje de siempre, lo que era una sátira del stalinismo terminó presentándose como una crítica a la idea de la revolución en general, mientras que lo que era una apuesta a favor del socialismo libertario acabó propagandizándose como una defensa del orden imperante. En ese sentido, no deja de llamar la atención que, en el prólogo a la edición ucraniana (1947) de Rebelión en la granja, el mismo Orwell se haya visto obligado a escribir lo siguiente: «Nada –dice  ha contribuido tanto a corromper la idea original del socialismo como la creencia de que Rusia es un país socialista y que cada acción de sus dirigentes debe disculparse, cuando no imitarse. De este modo, durante los últimos diez años me he convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si deseábamos el resurgimiento del movimiento socialista».

A este tipo de conmemoración que reivindica al Orwell que creía firmemente en el futuro del socialismo libertario es que pretende sumarse el número 85 de La Hoja Latinoamericana, con una edición íntegramente dedicada a la vida y obra de este gran escritor inglés. Para tal efecto, la edición abre con «Por qué escribo» (1946), uno de los más importantes textos autobiográficos de Orwell, que puede leerse en la antología A mi manera, que en 1976 publicó Ediciones Destino, de Barcelona, o en la colección Escritos (1940-1948), que en 2001 lanzó Ediciones Octaedro, también de Barcelona. El ensayo de Orwell resulta interesante no sólo por lo que el autor revela acerca de Días de Birmania (1934), Homenaje a Cataluña (1938) y Rebelión a la Granja, que son algunas de sus principales obras literarias; sino también por la forma tan clara en cómo describe su poética: «Lo que más he querido hacer durante los diez años pasados –afirma allí- es convertir los escritos políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo: "Voy a hacer un libro de arte". Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención y mi preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo de revista, si no fuera también una experiencia estética».

A continuación, La Hoja Latinoamericana recoge una interesante selección de artículos que muestra cómo, durante el centenario de su nacimiento, Orwell fue reivindicado, desde diversas variantes del pensamiento crítico contemporáneo, como uno de los más importantes testigos del siglo XX. Estos artículos fueron escritos por Miquel Berga, Paul Foot y Rolando Pérez Betancourt para La Vanguardia, de España, Socialist Review, de Inglaterra, y Gramma, de Cuba, en forma respectiva. Por último, la edición cierra con tres importantes trabajos de Italo Calvino y Thomas Pynchon, que son dos novelistas muy conocidos, y Bernard Crick, uno de los más grandes biografos de Orwell, que se abocan a estudiar Una bocanada de aire (1939) y Homenaje a Cataluña, buscan revelar la génesis y trascendencia de Mil novecientos ochenta y cuatro y, como si lo anterior fuese poco, tratan de destacar la gran calidad de su ensayística.

 
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