La
carta del editor
Sin la
pompa, el fasto ni la publicidad fácil e interesada que en 1984
tuvieron los festejos de la novela
Mil novecientos ochenta y cuatro
(1948),
el 25 de junio último se conmemoró el centenario del nacimiento
de George Orwell (1903-1950). Pese a que fueron más sencillas y
menos sonoras, esta vez las celebraciones tuvieron otro talante y resultaron
más sustantivas y trascendentales que las anteriores, en la medida
que contribuyeron a poner las cosas en su lugar y terminaron de rescatar
a Orwell del incómodo lugar en que vanamente había tratado
de confinarlo el anticomunismo y el conservadurismo en general. De este
modo, gracias a obras como La victoria de Orwell (2003), de Christopher
Hitchens, que en cierta forma fueron precedidas por el Orwell (1984),
de José Gutiérrez Álvarez, hoy insurge clara y diáfana
la figura de un Orwell que, tanto en su experiencia vital y cotidiana como
en sus novelas y ensayos literarios, arriesgando en algunos casos hasta
su propia vida, buscó identificarse con el hombre común y
corriente, se aferró a su fe en el socialismo libertario y no vaciló
en combatir a los tres grandes «ismos» de su tiempo: el imperialismo,
el fascismo y el stalinismo.
A partir de estos presupuestos, muchas
de las principales novelas de Orwell han empezado a recuperar su densidad
y complejidad y, despojadas de la instrumentación anticomunista
de que fueron objeto, pueden leerse como lo que realmente son: obras de
ficción, que, en algunos casos, son verdaderas obras maestras de
la literatura del siglo XX. Eso, por ejemplo, fue lo que ocurrió
con Rebelión en la granja (1945), la sátira política
que, un poco al estilo de Los viajes de Gulliver, de Swift, Orwell
concibió con el fin expreso de criticar al stalinismo –que venía
desnaturalizando los objetivos de la Revolución de Octubre y de
contribuir al resurgimiento del movimiento socialista. Sin embargo, por
obra y gracia de los Hermanos Mayores de la Guerra Fría y de los
manipuladores del lenguaje de siempre, lo que era una sátira del
stalinismo terminó presentándose como una crítica
a la idea de la revolución en general, mientras que lo que era una
apuesta a favor del socialismo libertario acabó propagandizándose
como una defensa del orden imperante. En ese sentido, no deja de llamar
la atención que, en el prólogo a la edición ucraniana
(1947) de Rebelión en la granja, el mismo Orwell se haya
visto obligado a escribir lo siguiente: «Nada –dice ha contribuido
tanto a corromper la idea original del socialismo como la creencia de que
Rusia es un país socialista y que cada acción de sus dirigentes
debe disculparse, cuando no imitarse. De este modo, durante los últimos
diez años me he convencido de que la destrucción del mito
soviético era esencial si deseábamos el resurgimiento del
movimiento socialista».
A este tipo de conmemoración
que reivindica al Orwell que creía firmemente en el futuro del socialismo
libertario es que pretende sumarse el número 85 de La Hoja Latinoamericana,
con una edición íntegramente dedicada a la vida y obra de
este gran escritor inglés. Para tal efecto, la edición abre
con «Por qué escribo» (1946), uno de los más
importantes textos autobiográficos de Orwell, que puede leerse en
la antología A mi manera, que en 1976 publicó Ediciones
Destino, de Barcelona, o en la colección Escritos (1940-1948),
que
en 2001 lanzó Ediciones Octaedro, también de Barcelona. El
ensayo de Orwell resulta interesante no sólo por lo que el autor
revela acerca de Días de Birmania (1934), Homenaje a Cataluña
(1938) y Rebelión a la Granja, que son algunas de sus principales
obras literarias; sino también por la forma tan clara en cómo
describe su poética: «Lo que más he querido hacer durante
los diez años pasados –afirma allí- es convertir los escritos
políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo
contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo:
"Voy a hacer un libro de arte". Escribo porque hay alguna mentira que quiero
dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención
y mi preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no podría
realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo
de revista, si no fuera también una experiencia estética».
A continuación, La Hoja
Latinoamericana recoge una interesante selección de artículos
que muestra cómo, durante el centenario de su nacimiento, Orwell
fue reivindicado, desde diversas variantes del pensamiento crítico
contemporáneo, como uno de los más importantes testigos del
siglo XX. Estos artículos fueron escritos por Miquel Berga, Paul
Foot y Rolando Pérez Betancourt para La Vanguardia, de España,
Socialist
Review, de Inglaterra, y Gramma, de Cuba, en forma respectiva.
Por último, la edición cierra con tres importantes trabajos
de Italo Calvino y Thomas Pynchon, que son dos novelistas muy conocidos,
y Bernard Crick, uno de los más grandes biografos de Orwell, que
se abocan a estudiar Una bocanada de aire (1939) y Homenaje a
Cataluña, buscan revelar la génesis y trascendencia de
Mil
novecientos ochenta y cuatro y, como si lo anterior fuese poco, tratan
de destacar la gran calidad de su ensayística.