Orwell
y el porqué de su fama continua
Miquel
Berga
El 25 de
junio de 2003 Eric Blair habría cumplido 100 años. El hecho
pasaría desapercibido si no fuera porque lo que en realidad commemoramos
es la transformación del ciudadano Blair en el escritor George Orwell,
seudónimo literario de fama mundial con el que conocemos al autor
de Rebelión en la granja. La presencia y persistencia de
Orwell y su consolidación como figura canónica en la literatura
inglesa del siglo XX son el resultado de una historia personal y un proyecto
literario singulares que han entrado, contra muchos pronósticos,
a ocupar una plaza sólida en el imaginario colectivo (especialmente
en el mundo anglófono, dónde llevan publicadas no menos de
seis biografías completas del autor además de incontables
estudios parciales). En una de las más vigorosas reivindicaciones
de la figura del escritor, Christopher Hitchens (La vic- toria de Orwell,
2003) sostiene que Orwell «acertó» en relación
a los tres grandes «ismos» que cruzaron el siglo: acertó
en su antiimperialismo, su antifascismo y su antiestalinismo. Es posible
que Hitchens acierte también en lo esencial de su diagnóstico
y quizás esto tenga relación directa con el aura de Orwell
como escritor de victorias póstumas. Lo que hace casi único
a Orwell, sin embargo, es el hecho de que vivió en su propia piel
esas tres infamias ideológicas y, aún más importante,
que supo articular un discurso pasando sus experiencias por el filtro de
la imaginación literaria.
Orwell, hijo de un funcionario imperial
y de una maestra, nace en un remoto destacamento de India del Raj en 1903.
Cuando cumple cuatro años se le traslada a la metrópolis
para asegurarle una educación acorde con las aspiraciones de su
clase social. Es una clase social que el mismo Orwell, con cierta sorna,
definió años más tarde como «baja clase media
alta». Es decir, alta en apariencias y baja en recursos económicos.
El niño es sometido a los ciclos formativos propios de dicha clase
social en la Inglaterra eduardiana. Su periplo escolar concluye brillantemente
gracias a la obtención de una beca para preparar su entrada en la
Universidad en Eton, el colegio rancio y elitista por excelencia (que aun
hoy funciona con escrupolosa fidelidad a sus principios fundacionales del
siglo XV). El paso por Eton en los años cruciales de la adolescencia
es una marca indeleble que Orwell va a arrastrar en sus intentos de confraternización
con los más desfavorecidos, sean vagabundos urbanos, mineros o milicianos
revolucionaios. Sin embargo, la inversión educativa que supone Eton
y que generalmente revertía en una plaza segura en las ofertas universitarias
de Oxbridge no es la que utiliza Orwell. Sorprendentemente quizás
por tradición familiar, quizás por impulso aventurero Orwell
encuentra salida profesional al servicio de la policía imperial
británica en Birmania. Es una experiencia iniciática que
le pone en contacto con la cara más odiosa y represiva del imperio.
Al cabo de cinco años, renuncia a seguir por aquel camino y se propone
un doble proyecto personal: convertirse en escritor profesional y, en una
especie de ejercicio de expiación por su pasado ligado a las clases
más poderosas, en explorador de las condiciones de vida de los más
desfavorecidos. Tiene 23 años.
Su inmersión en los barrios
bohemios de París y sus excursiones disfrazado literalmente de vagabundo
por las casas de caridad del East End londinense en plan Jack London tendrán
como resultado la publicación de su primer libro, Sin blanca
por París y Londres (1933), y la adopción del pseudónimo
George Orwell. Constituye el inicio de una intensa carrera literaria, llena
de imprevistos y dificultades, que va a durar tan sólo 16 años
y que culmina con la publicación de Mil novecientos ochenta y
cuatro, ya fatalmente enfermo y a pocos meses de su muerte prematura
a los 46 años en enero de 1950. El éxito relativo de esta
primera publicación y el interés que la sociedad británica
de entre- guerras siente por la literatura de reportaje auspician el encargo
que el editor izquierdista Victor Gollancz le hace a Orwell: un retrato
de las condiciones de vida de los mineros en el norte industrial de Inglaterra.
Nada mejor para las preocupaciones del joven escritor. El libro se convierte
en El camino a Wigan Pier, una selección del Left Book Club
que hace furor no tanto por la parte de reportaje social como por las reflexiones
críticas que Orwell introduce sobre las actitudes personales de
un tipo de intelectuales que el llama socialistas à l'anglaise.
El editor del libro se siente obligado a escribir un prólogo especial
para expresar sus discrepancias con el autor y matizar las opiniones de
Orwell en un intento de tranquilizar a sus suscriptores. Pero para estas
fechas Orwell ya ha llegado a Barcelona dispuesto a «matar fascistas»
en defensa de la República española. Como tantos ingleses
crecidos en la depresión (en todos los sen- tidos) que sigue a la
Primera Guerra Mundial y que observan alarmados el imparable avance del
fascismo, cruzar la frontera española se ha convertido en la prueba
que superar para la conciencia moral de una generación.
Orwell llega a Barcelona el día
de San Esteban de 1936. Se encuentra con una ciudad aún marcada
por el fervor revolucionario que se había desatado a partir del
19 de julio. Entre atónito y fascinado, Orwell intenta discernir
las posiciones políticas de una multitud de siglas que luchan al
lado de la República. La ciudad, dice el escritor, parece sufrir
una plaga de iniciales. El antifascista que viene, ante todo, a colaborar
en la lucha contra Franco se alista casi por azar en las milicias del POUM,
el partido marxista que lideran Joaquim Maurín y Andreu Nin. Sin
él saberlo, Agustí Centelles documentó el momento
en una célebre foto que descubrimos en sus archivos cuando, en 1980,
el profesor Crick preparaba la primera biografia de Orwell. Es también
el complemento visual a la primera frase de Homenaje a Cataluña:
«En el cuartel Lenin de Barcelona, un día antes de alistarme
en las milicias populares... ». Después de varios meses con
las milicias del POUM intentando en vano tomar Huesca en un frente poco
activo, Orwell regresa a Barcelona de permiso a finales de abril de 1937.
Viene con la firme decisión de pedir un cambio de destino para poder
seguir la guerra encuadrado en las Brigadas Internaciona- les y convencido
de que, después de todo, la posición comunista de reorganizar
el ejército popular de una manera militarmente más convencional
y de concentrar los esfuerzos para «ganar la guerra primero y hacer
la revolución después» es la más sensata.
Sin embargo, sus días de permiso
en la ciudad coinciden con los enfrentamientos callejeros conocidos como
los Hechos de Mayo. Una nueva Semana Trágica de Barcelona que se
salda con cientos de muertos y un millar de heridos. El intento del gobierno
de la Generalitat de tomar por la fuerza la Telefónica, hasta entonces
en manos de los anarquistas, acaba provocando una explosión violenta
que da salida a la tensión ambiental de las últimas semanas.
La grieta entre las tendencias libertarias y las autoritarias que divide
las fuerzas de izquierda se escenifica durante aquellos días de
mayo en Barcelona. Orwell los vive desde la terraza del Poliorama, en la
Rambla, protegiendo los locales de la ejecutiva del POUM que se encuentran
en frente. Aquellos días y sus consecuencias operan como una epifanía
política para el escritor que va a convertirse en decisiva en la
definición de su posición ideológica y de su proyecto
literario.
Cuando se impone el orden de nuevo
en la ciudad, Orwell regresa al frente. A los pocos días una bala
fascista le atraviesa el cuello, aunque salva la vida milagrosamente. Convaleciente,
regresa a una Barcelona que para cualquiera relacionado con el POUM se
ha convertido en una ciudad de terror. El partido ha sido declarado ilegal
por el nuevo gobierno de Negrín y sus líderes son encarcelados.
Se les acusa de provocar los Hechos de Mayo y de colaborar con las tropas
franquistas. Nin ha sido secuestrado, torturado y asesinado. La disolución
del pequeño partido revolucionario es el trofeo que exige Stalin
para mantener su apoyo a la República. Orwell pasa cinco días
escondiéndose en Barcelona hasta conseguir huir con su mujer y dos
compañeros ingleses. Aquellas experiencias miserables le hacen sentirse
definitavemte poumista y portavoz de su causa perdida. Así nace
Homenaje
a Cataluña, un libro en el que por primera vez, magistralmente,
el escritor sabe poner sus mejores estrategias narrativas al servicio de
una causa política. El relato es considerado hoy por muchos como
su obra más memorable y eficaz. Después, y muy directamente
ligados a sus vivencias españolas, llegan sus dos grandes denuncias
del totalitarismo y sus mecanismos que, además, se convierten en
impresionantes éxitos comerciales: Rebelión en la granja
y Mil novecientos ochenta y cuatro. Su lugar en la historia de la
literatura está asegurada. Dijo Andrés Trapiello que los
escritores fascistas ganaron la guerra pero perdieron la historia de la
literatura. Orwell la perdió por dos lados y su testimonio tuvo
que superar múltiples dificultades para ser escuchado, pero, ciertamente,
está entre los que ganaron, finalmente, la historia de la literatura.
En relación a España,
su reputación literaria está garantizada: Homenaje a Cataluña,
como narrativa de guerra, ha adquirido con el tiempo status de clásico.
En cuanto a su percepción política de lo que realmente estuvo
en juego en el conflicto español y de las consecuencias que conllevó,
la historiagrafía más sosegada que por fin va apareciendo
tiende a valorar en su justa medida el testimonio de Orwell. Con motivo
del octavo aniversario del inicio de la guerra, cuando aún no había
acabado la guerra mundial, escribió en un artículo para The
Observer (16/VII/1944) algunas frases que ilustran, a mi entender,
la prematura solidez de sus intuiciones políticas y su capacidad
para expresarlas en la clara, ejemplar, prosa del mayor ensayista político
que dio la Inglaterra del siglo XX: «Franco entró en Madrid
a comienzos de 1939 y se aprovechó de su victoria con la máxima
crueldad... La historia es repugnante a causa de la sórdida conducta
de las grandes potencias y de la indiferencia del mundo en general. Los
alemanes y los italianos intervinieron para aplastar la democracia española,
para apoderarse de un importante punto estratégico de la futura
guerra y, de paso, para probar sus aviones de bombardeo con poblaciones
indefensas... Los rusos entregaron una pequeña cantidad de armas
y obtuvieron a cambio el máximo de control político. Los
británicos y los franceses se limitaron a volver la cabeza mientras
sus enemigos se alzaban con la victoria. La actitud británica es
la más imperdonable, porque fue insensata a la par que deshonrosa...
Los británicos dejaronque Franco y Hitler vencieran y que fuera
Rusia y no Gran Bretaña quien se hiciera acreedora de la simpatía
y gratitud de los españoles. Durante un año o más,
el gobierno de la República estuvo de hecho bajo dominio ruso, básicamente
porque Rusia fue el único país que le echó una mano.
El crecimiento del Partido Comunista de España, que de contar con
unos miles de afiliados pasó a tener un cuarto de millón,
fue obra directa de los conservadores británicos... Ha habido una
acentuada tendencia a ocultar estos hechos, incluso a reivindicar la hostil
"neutralidad" de Franco como un tiunfo de la diplomacia británica.
La verdadera historia de la guerra civil española debería
recordarse siempre como un ejemplo de la insensatez y mezquindad de la
política de las potencias. Lo único que la compensa es la
valentía de los combatientes de ambos bandos y la entereza de la
población civil de la España republicana, que durante años
pasó hambre y penalidades que nosotros no hemos conocido ni en los
peores momentos de la guerra».