A
cien años del nacimiento de Orwell
Paul
Foot
Como diría
Glenda Slagg, «¿George Orwell? ¿No están hartos
de él?». Mientras el centésimo aniversario de su nacimiento
25 de junio de 1903 es un acontecimiento los periodistas de los medios
de comunicación gráficos parecen haberle dado vacaciones
a sus cerebros. Se han producido tres nuevas biografías para agrandar
una pila enorme de las ya existentes. La vida amorosa bastante mediocre
de Orwell llena las columnas de la chismografía y el Guardian
consagra su portada y el artículo principal en su reseña
semanal a una viejo artículo, publicado por primera vez (en el Guardian)
hace siete años, sobre cómo Orwell le dio a una mujer que
le atraía que trabajaba para el servicio secreto una lista de nombres
de las personas que sospechaba de ser «compañeros de ruta»
o agentes comunistas.
Nosotros, los socialistas, tenemos
razones para estar aturdidos. ¿Cuál es la verdad sobre este
notable escritor? ¿Acaso no es obvio que es una criatura de la derecha,
o incluso de la extrema derecha? ¿No fue celebrado por el establishment
imperialista norteamericano por lo menos durante tres décadas? ¿Acaso
sus sátiras más famosas, Rebelión en la granja
y 1984, no fueron lectura obligatoria para los hijos e hijas de
la Nortemérica y la Europa imperialistas durante todo el largo período
de la Guerra Fría? O incluso antes de eso, ¿no fue salvajemente
atacado como un snob y un diletante por Harry Pollitt en el Daily
Worker (diario del PC británico) en 1936? ¿Acaso no fue
un viejo egresado de la exclusiva escuela Eton y un oficial de policía
en Birmania que nunca renegó de esa desgraciada educación?
¿Sus reflexiones sobre el pueblo inglés durante la guerra
no eran acaso nada más que vanidosas expresiones de patrioterismo?
¿Es el césped en Inglaterra mucho más verde que en
cualquier otra parte del mundo, como proclamaba? ¿No era un homofóbico
declarado? ¿No era el odioso epíteto «mariquita»
uno de su favoritos cuando describía a los poetas socialistas Auden,
Spender, Isherwood de los años treinta? ¿No eran sus
actitudes hacia las mujeres abiertamente sexistas? ¿No eran sus
novelas (aparte de las sátiras) de relativa poca calidad, vacías
de toda comprensión o apreciación real del espíritu
humano? Y, sobre todo, ¿no era acaso un rupturista, si no incluso
un agente de Franco, en la Guerra Civil española así como
el más ardiente opositor del siglo a la Revolución rusa y
a todo lo que surgió de ella, y sus escritos acaso no desmintieron
a todos los socialistas de su generación y de la próxima
que defendieron a la revolución y a sus líderes?
De este calibre fueron las acusaciones
contra Orwell que eran la opinión común en la izquierda por
toda una generación y todavía siguen siendo sostenidas por
lo que queda del stalinismo en la izquierda británica. Buena parte
de la acusación es difícil si no imposible de responder.
Pero prácticamente toda ella está cruzada por un cuadro bastante
diferente de la vida y la obra de George Orwell. ¿Cómo encaja
el cuadro de Pollitt del snob reaccionario con el vagabundo y el
mozo que reniega de toda la riqueza de este mundo para poder reunir el
pasmante relato de desesperada pobreza en Sin blanca en París
y Londres (1933) o El camino a Wigan Pier (1936)? ¿Cómo
encaja la imagen del rupturista con el joven que fue a España para
matar fascistas pero donde la única cosa que logró romper
fue su propia garganta, atravesada por una bala de los fascistas? ¿Cómo
encaja su supuesto apoyo al macartismo y a la Guerra Fría con sus
continuas y vehementes afirmaciones de que él no tenía nada
que ver con ninguna de ambas cosas? ¿Cómo encaja su odio
hacia la Revolución rusa con su admiración por Lenin (admitamos
que ocasional, pero no obstante enfática)?
La clave para las respuestas a todas
estas preguntas (y a la hostilidad casi paranoica por parte de los stalinistas
de todas las épocas, inclusive de la actual) es que George Orwell
fue el primer y más elocuente escritor británico en reivindicarse
socialista revolucionario y todavía denunciar la influencia y la
propaganda de la fuerza más poderosa que se describiera como socialista
-el stalinismo-. Según él mismo reconoció, mostró
poco o ningún interés en la Revolución rusa cuando
esta ocurrió a sus 14 años. No escribió casi nada
en la materia hasta que fue a España en 1936. En Barcelona se maravilló
con la revolución obrera. Las primeras páginas de su Homenaje
a Cataluña, donde «la clase obrera llevaba las riendas»,
siguen siendo uno de los más finos escritos de inspiración
revolucionaria. En el frente, junto a camaradas de armas españoles
y británicos, observó con creciente terror el aplastamiento
de ese fervor revolucionario por parte de agentes del gobierno ruso. Tales
personas, dedujo, no era en absoluto socialistas sino crueles emisarios
de un «mezquino capitalismo de estado con intactas intenciones de
aferrarse en el poder». Pudo observar cómo sus camaradas eran
secuestrados uno por uno para ser interrogados, torturados y finalmente
asesinados por la policía secreta stalinista. Su furia contra este
proceso le duró para el resto de toda su corta vida. Gracias a ella
llegó a la comprensión, absolutamente a contramano del pensamiento
de la izquierda convencional de aquél tiempo, de que cualquier política
promovida por los stalinistas era nada más ni nada menos que propaganda
para el gobierno ruso, y por consiguiente fuera reaccionaria y anti-socialista.
A su vuelta de España se unió
al Partido Laborista Independiente la única organización
reconocida opuesta a la guerra, pero cuando los ejércitos fascistas
se alinearon para invadir Gran Bretaña giró repentinamente
a la derecha. Incluso sus expresiones más nacionalistas estaban
matizadas con un anhelo por el tipo de revolución democrática
y socialista que había visto en España. La guerra no podría
ganarse, pensó, erróneamente, sin una revolución de
ese estilo en Gran Bretaña. Y entre los enemigos de esa revolución
estaban los comunistas que hicieron campaña para los conservadores
y los imperialistas en las elecciones parciales.
Orwell consiguió un trabajo
en el Tribune donde escribía una columna semanal llena de
heterodoxia. Todo el personal del periódico eran partidarios del
sionismo, salvo Orwell. Él se opuso debido al efecto que acarrearía
para el pueblo de Palestina, y por supuesto fue denunciado en ese entonces
y posteriormente por antisemita. Su sátira Rebelión en
la granja fue ambigua sobre la revolución que la empieza. «El
Viejo», el cerdo revolucionario que la inspira, no es Lenin, pero
ni él ni la revolución tienen un carácter reaccionario.
Orwell nunca desarrolló su punto de vista en el conocido debate
sobre si Lenin llevaba en germen a Stalin. En una ocasión pensó
que sí; en otra estuvo de acuerdo que Lenin se habría opuesto
a la política stalinista. De cualquier modo, su apoyo a la idea
de la revolución le duró hasta el final de su vida, cuando
finalmente sucumbió ante las penumbras de la Guerra Fría
y la tuberculosis.
A los socialistas que (como es mi
caso) se han inspirado por el manifiesto fervor de Orwell y su diáfano
estilo de escritura, pero que se han desconcertado por las preguntas que
él nunca contestó les recomendaría que leyeran La
política de Orwell de John Newsinger más que cualquiera
de las interminables biografías que ahora existen. John muestra
cómo una apreciación más precisa de la obra de Orwell
le debe mucho al ya fallecido Peter Sedgwick, uno de los fundadores de
los International Socialists, precursores del actual Socialist Workers
Party (SWP) británico. El artículo de Sedgwick en International
Socialism (había prometido otro más pero nunca se materializó)
fue el primer esfuerzo real en la izquierda para explicar la atracción,
la inspiración y las contradicciones en la obra de Orwell. Para
muchos socialistas como nosotros, en aquél momento, el artículo
fue una liberación intelectual. En mi caso me llevó a una
mayor lectura y deleite con las obras de Orwell, y a una comprensión
mucho mayor de la inspiración revolucionaria y las contradicciones
reaccionarias que había en ellas. Una de las tantas campañas
por la libertad de expresión de Orwell fue con motivo del pedido
de publicación de las Memorias de un revolucionario de Víctor
Serge, un libro que llegó a publicarse a comienzos de los 60, bellamente
traducido por Peter Sedgwick. Como Orwell, Serge fue parte de una tradición
sumergida de pensamiento revolucionario y socialista anti-stalinista, una
tradición que la ofuscación combinada de ambos lados en la
Guerra Fría no puede suprimir para siempre.