3 de Noviembre de 2003
-
 
A cien años del nacimiento de Orwell
Paul Foot
Como diría Glenda Slagg, «¿George Orwell? ¿No están hartos de él?». Mientras el centésimo aniversario de su nacimiento 25 de junio de 1903  es un acontecimiento los periodistas de los medios de comunicación gráficos parecen haberle dado vacaciones a sus cerebros. Se han producido tres nuevas biografías para agrandar una pila enorme de las ya existentes. La vida amorosa bastante mediocre de Orwell llena las columnas de la chismografía y el Guardian consagra su portada y el artículo principal en su reseña semanal a una viejo artículo, publicado por primera vez (en el Guardian) hace siete años, sobre cómo Orwell le dio a una mujer que le atraía que trabajaba para el servicio secreto una lista de nombres de las personas que sospechaba de ser «compañeros de ruta» o agentes comunistas. 

Nosotros, los socialistas, tenemos razones para estar aturdidos. ¿Cuál es la verdad sobre este notable escritor? ¿Acaso no es obvio que es una criatura de la derecha, o incluso de la extrema derecha? ¿No fue celebrado por el establishment imperialista norteamericano por lo menos durante tres décadas? ¿Acaso sus sátiras más famosas, Rebelión en la granja y 1984, no fueron lectura obligatoria para los hijos e hijas de la Nortemérica y la Europa imperialistas durante todo el largo período de la Guerra Fría? O incluso antes de eso, ¿no fue salvajemente atacado como un snob y un diletante por Harry Pollitt en el Daily Worker (diario del PC británico) en 1936? ¿Acaso no fue un viejo egresado de la exclusiva escuela Eton y un oficial de policía en Birmania que nunca renegó de esa desgraciada educación? ¿Sus reflexiones sobre el pueblo inglés durante la guerra no eran acaso nada más que vanidosas expresiones de patrioterismo? ¿Es el césped en Inglaterra mucho más verde que en cualquier otra parte del mundo, como proclamaba? ¿No era un homofóbico declarado? ¿No era el odioso epíteto «mariquita» uno de su favoritos cuando describía a los poetas socialistas Auden, Spender, Isherwood  de los años treinta? ¿No eran sus actitudes hacia las mujeres abiertamente sexistas? ¿No eran sus novelas (aparte de las sátiras) de relativa poca calidad, vacías de toda comprensión o apreciación real del espíritu humano? Y, sobre todo, ¿no era acaso un rupturista, si no incluso un agente de Franco, en la Guerra Civil española así como el más ardiente opositor del siglo a la Revolución rusa y a todo lo que surgió de ella, y sus escritos acaso no desmintieron a todos los socialistas de su generación y de la próxima que defendieron a la revolución y a sus líderes? 

De este calibre fueron las acusaciones contra Orwell que eran la opinión común en la izquierda por toda una generación y todavía siguen siendo sostenidas por lo que queda del stalinismo en la izquierda británica. Buena parte de la acusación es difícil si no imposible de responder. Pero prácticamente toda ella está cruzada por un cuadro bastante diferente de la vida y la obra de George Orwell. ¿Cómo encaja el cuadro de Pollitt del snob reaccionario con el vagabundo y el mozo que reniega de toda la riqueza de este mundo para poder reunir el pasmante relato de desesperada pobreza en Sin blanca en París y Londres (1933) o El camino a Wigan Pier (1936)? ¿Cómo encaja la imagen del rupturista con el joven que fue a España para matar fascistas pero donde la única cosa que logró romper fue su propia garganta, atravesada por una bala de los fascistas? ¿Cómo encaja su supuesto apoyo al macartismo y a la Guerra Fría con sus continuas y vehementes afirmaciones de que él no tenía nada que ver con ninguna de ambas cosas? ¿Cómo encaja su odio hacia la Revolución rusa con su admiración por Lenin (admitamos que ocasional, pero no obstante enfática)? 

La clave para las respuestas a todas estas preguntas (y a la hostilidad casi paranoica por parte de los stalinistas de todas las épocas, inclusive de la actual) es que George Orwell fue el primer y más elocuente escritor británico en reivindicarse socialista revolucionario y todavía denunciar la influencia y la propaganda de la fuerza más poderosa que se describiera como socialista -el stalinismo-. Según él mismo reconoció, mostró poco o ningún interés en la Revolución rusa cuando esta ocurrió a sus 14 años. No escribió casi nada en la materia hasta que fue a España en 1936. En Barcelona se maravilló con la revolución obrera. Las primeras páginas de su Homenaje a Cataluña, donde «la clase obrera llevaba las riendas», siguen siendo uno de los más finos escritos de inspiración revolucionaria. En el frente, junto a camaradas de armas españoles y británicos, observó con creciente terror el aplastamiento de ese fervor revolucionario por parte de agentes del gobierno ruso. Tales personas, dedujo, no era en absoluto socialistas sino crueles emisarios de un «mezquino capitalismo de estado con intactas intenciones de aferrarse en el poder». Pudo observar cómo sus camaradas eran secuestrados uno por uno para ser interrogados, torturados y finalmente asesinados por la policía secreta stalinista. Su furia contra este proceso le duró para el resto de toda su corta vida. Gracias a ella llegó a la comprensión, absolutamente a contramano del pensamiento de la izquierda convencional de aquél tiempo, de que cualquier política promovida por los stalinistas era nada más ni nada menos que propaganda para el gobierno ruso, y por consiguiente fuera reaccionaria y anti-socialista.

A su vuelta de España se unió al Partido Laborista Independiente la única organización reconocida opuesta a la guerra, pero cuando los ejércitos fascistas se alinearon para invadir Gran Bretaña giró repentinamente a la derecha. Incluso sus expresiones más nacionalistas estaban matizadas con un anhelo por el tipo de revolución democrática y socialista que había visto en España. La guerra no podría ganarse, pensó, erróneamente, sin una revolución de ese estilo en Gran Bretaña. Y entre los enemigos de esa revolución estaban los comunistas que hicieron campaña para los conservadores y los imperialistas en las elecciones parciales. 

Orwell consiguió un trabajo en el Tribune donde escribía una columna semanal llena de heterodoxia. Todo el personal del periódico eran partidarios del sionismo, salvo Orwell. Él se opuso debido al efecto que acarrearía para el pueblo de Palestina, y por supuesto fue denunciado en ese entonces y posteriormente por antisemita. Su sátira Rebelión en la granja fue ambigua sobre la revolución que la empieza. «El Viejo», el cerdo revolucionario que la inspira, no es Lenin, pero ni él ni la revolución tienen un carácter reaccionario. Orwell nunca desarrolló su punto de vista en el conocido debate sobre si Lenin llevaba en germen a Stalin. En una ocasión pensó que sí; en otra estuvo de acuerdo que Lenin se habría opuesto a la política stalinista. De cualquier modo, su apoyo a la idea de la revolución le duró hasta el final de su vida, cuando finalmente sucumbió ante las penumbras de la Guerra Fría y la tuberculosis. 

A los socialistas que (como es mi caso) se han inspirado por el manifiesto fervor de Orwell y su diáfano estilo de escritura, pero que se han desconcertado por las preguntas que él nunca contestó les recomendaría que leyeran La política de Orwell de John Newsinger más que cualquiera de las interminables biografías que ahora existen. John muestra cómo una apreciación más precisa de la obra de Orwell le debe mucho al ya fallecido Peter Sedgwick, uno de los fundadores de los International Socialists, precursores del actual Socialist Workers Party (SWP) británico. El artículo de Sedgwick en International Socialism (había prometido otro más pero nunca se materializó) fue el primer esfuerzo real en la izquierda para explicar la atracción, la inspiración y las contradicciones en la obra de Orwell. Para muchos socialistas como nosotros, en aquél momento, el artículo fue una liberación intelectual. En mi caso me llevó a una mayor lectura y deleite con las obras de Orwell, y a una comprensión mucho mayor de la inspiración revolucionaria y las contradicciones reaccionarias que había en ellas. Una de las tantas campañas por la libertad de expresión de Orwell fue con motivo del pedido de publicación de las Memorias de un revolucionario de Víctor Serge, un libro que llegó a publicarse a comienzos de los 60, bellamente traducido por Peter Sedgwick. Como Orwell, Serge fue parte de una tradición sumergida de pensamiento revolucionario y socialista anti-stalinista, una tradición que la ofuscación combinada de ambos lados en la Guerra Fría no puede suprimir para siempre.

 
PORTADA LA HOJA VOLVER