Las
predicciones de Orwell
Rolando
Pérez Betancourt
Sin bombos
ni platillos por parte de aquellos que durante la Guerra Fría lo
exaltaron como si fuera un dios de las letras, se están cumpliendo
cien años del nacimiento del inglés George Orwell, el ingente
crítico del Estado soviético y también del fascismo,
y cuya sublime obsesión fue transformar en arte la literatura política.
Múltiple y contradictorio,
en ocasiones profundo, en otras ingenuamente cismático a partir
de un utópico concepto de independencia, Orwell se ganó la
desconfianza de conservadores y anarquistas, de estalinistas y socialdemócratas.
Sus dos últimas novelas, sin
embargo, lo convertirían en oriflama del anticomunismo internacional:
Rebelión
en la granja (1945) y 1984, que vio la luz en 1949, un año
antes de su muerte por tuberculosis.
Como dejó esclarecido en su
obra The Lion and the Unicorn (1941), Orwell quería para
su país el triunfo de un socialismo inglés, libre de las
influencias soviéticas. Para rivalizar contra ese «modelo
foráneo», al que no le faltaban numerosos simpatizantes en
Europa, escribió Rebelión en la granja, una sátira
de animales que apuntaba directamente a quien él consideraba responsable
de desviaciones en la Revolución rusa: Stalin. Pero el punto final
de su novela coincide con la paliza que dan los soviéticos a los
alemanes y ninguna editorial inglesa quiere arriesgarse a publicar algo
que va contra los aplausos y agradecimientos de medio mundo. Finalmente
hay una edición de 25 mil ejemplares en Inglaterra y la novela cruza
el Atlántico para llegar a los Estados Unidos.
¡Gran sorpresa! La edición
norteamericana de 1946 vende cerca de 600 mil ejemplares. El New Yorker,
siempre parco en elogios, asegura que el libro es «absolutamente
magistral», trae a colación comparaciones relacionadas con
Voltaire y Swift y recomienda comenzar a pensar en Orwell como un autor
de primera línea.
Como asegura el escritor norteamericano
Michael Shelden en su biografía sobre George Orwell, «Rebelión
en la granja hizo impacto en la imaginación popular en un momento
en que la Guerra Fría empezaba a hacerse sentir. Durante muchos
años el "anticomunismo" utilizó el libro como arma de propaganda,
tergiversando de este modo el espíritu con que Orwell lo había
concebido».
En plena guerra, Orwell había
escrito: «Pienso que si la URSS fuera conquistada por algún
país extranjero, la clase obrera de todo el mundo se descorazonaría,
al menos por el momento, y los cretinos capitalistas que nunca han dejado
de sospechar de Rusia se sentirían estimulados... Yo no querría
ver a la URSS destruida y pienso que habría que defenderla si es
necesario».
Ese «anticomunismo» sonoramente
difundido en tiempos de la Guerra Fría y del que hablara el biógrafo
Shelden, también impulsa como buque insignia la novela 1984,
una obra que sin haberla leído pero lastrados por la propaganda
muchos la toman como supuesta referencia contra las ideas socialistas de
Marx, y hablan de «universo orweliano» y otros conceptos desacreditadores
prefigurados por el constante batallar de las derechas globales.
Pero lo cierto es que 1984 no
es una novela anticomunista, sino contra los totalitarismos de cualquier
tendencia. En ella se describe un futuro tétrico y opresivo dominado
por una Policía del pensamiento. Se desarrolla en Londres, donde
Winston Smith es un funcionario del Ministerio de la Verdad responsabilizado
con «corregir» datos históricos, de manera que estos
coincidan siempre «con lo que se quiere» por parte de los dominadores.
Unos dueños de medio mundo con ansias de sojuzgar el Universo y
cuyas consignas principales son: «La Guerra es la Paz», «La
Libertad es la Esclavitud» y «La Ignorancia es la Fuerza».
Todo ello dominado por unas telepantallas, ojos y oídos del gobierno,
de ese Gran Hermano empeñado en saberlo todo y de eli minar la más
mínima intimidad.
Más de cincuenta años
han transcurrido desde que Orwell escribiera este libro premonitorio del
cual, luego de su febril exaltación anticomunista, en los últimos
tiempos apenas se habla por parte de aquellos que lo glorificaron. Habría
que sospechar.
Hoy un totalitarismo neoliberal con
cabeza norteña pretende dominar el mundo y en él las tres
consignas anteriormente citadas se amoldan como anillo al dedo: El Gran
Hermano esgrime una manzana y miente como la bruja de Blanca Nieves
para luego transmitir en sus pantallas lo que se le antoje; crea superministerios
del espionaje, indaga en las bibliotecas lo que leen sus ciudadanos, controla
teléfonos y otros medios de comunicación, acusa de antipatriotas
a los que no los acompañan en las aventuras guerreristas (hace unos
días a Tim Robins y Susan Sarandon les oscurecieron la pantalla
mientras hablaban en directo en Today Show acerca de la libertad
de expresión), les cortan los contratos a los contestatarios (el
caso del actor Sean Penn y otros más), compra (como informó
la AP) «el acceso a bancos de datos sobre cientos de millones de
habitantes de países latinoamericanos», llama a filas a los
fantasmas del macarthismo y crea una consigna máxima, sin espacio
para ningún matiz: Los que no están con ellos, están
en contra de ellos. 1984 llamó Orwell a su novela y sobran
indicios para pensar que le faltaron veinte años para no quedarse
corto.