3 de Noviembre de 2003
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George Orwell o el ensayista perfecto
Bernard Crick
El crítico estadounidense Irving Howe calificó a Orwell como «el mayor ensayista inglés desde Hazlitt, quizá desde el doctor Johnson»; y podía haber mencionado a Bacon y Swift. Como mínimo, Orwell debe ser leído como una figura de peso en esta tradición literaria antaño famosa y específicamente inglesa (por más que detrás de todos los escritores ingleses aceche la curiosidad especulativa de la figura tutelar del género, Montaigne). Los ensayos de Orwell no son meros apéndices agradables de sus libros, sino que muy bien pueden constituir su perdurable baza para alcanzar la grandeza como escritor. 

Kipling preguntó: «¿Qué sabrán de Inglaterra quienes sólo conocen Inglaterra?». En unas conferencias para profesores de inglés en Checoslovaquia y Polonia, poco después del colapso soviético, me sentí inclinado a preguntar: «¿Qué saben de Orwell quienes sólo conocen Mil novecientos ochenta y cuatro y Rebelión en la granja?». Y es que esos dos últimos libros son los que, casi por sí solos, le han dado fama internacional. Muy traducidos, son vistos ante todo como sátiras contra el comunismo: no cabe duda de que ante todo es así, pero no sólo son eso. Como ocurre en muchas grandes sátiras, los objetivos son más amplios y diversos. Quizá si mis amigos de Europa oriental hubieran conocido mejor al Orwell ensayista, al especulador, el humorista y el provocador burlón, habrían leído Mil novecientos ochenta y cuatro menos literal y morbosamente, y más como la «risa de los hombres libres», un poderosa arma satírica contra la tiranía y la opresión, ya sea doméstica o política. 

Sin embargo, rebajar a Orwell desde la categoría de profeta hasta la de ensayista o quizá promocionarlo desde novelista menor hasta gran ensayista implica enfrentarse a ciertas dificultades de la lectura del ensayo en general y de los suyos en particular. Hay que pagar un precio por la estrategia literaria de Eric Blair de crear (o, de modo más preciso, dejar evolucionar) el personaje adoptado de «George Orwell», el hombre sencillo, franco, honrado; un amigo no tanto del «proletariado» sino del «hombre común». Hay peligros en su elogiada sencillez estilística. Se pueden decir mentiras o contar cuentos con palabras simples y frases cortas. 

Cuando trabajaba en mi biografía de Orwell [George Orwell: A Life, London, Secker and Warburg, 1980], un hombre ya mayor me dijo que no había sido Eric Blair el niño golpeado con un vara por orinarse en la cama en el colegio, como escribió Orwell en «Such, such were the joys», sino otro niño. ¿Quién sabe? Sin embargo, ¿importa mucho que Orwell no asistiera a un ahorcamiento ni matara un elefante? La distinción entre un ensayo y un cuento no es absoluta. «Such, such were the joys», «A Hanging» y «Shooting an Elephant» podían igualmente imprimirse en una antología de cuentos y los dos primeros textos en una antología de escritos polémicos. Tanto el cuento como el ensayo basados en la experiencia directa o que pretendían estarlo fueron una forma típica en la literatura británica de la década de 1930. 

Sin embargo, el desarrollo por parte de Orwell de su particular máscara literaria tuvo tanto éxito que acabó reportándole críticas. Cuando uno se construye una reputación basada en la honestidad y las narraciones directas, el lector común llegará a admirar lo que lee más por la verdad literal que por el valor artístico y la verdad simbólica, a admirar la honradez del hombre más que la escritura; por lo tanto, quizá sienta después, si resulta que alguna parte de la narración no es cierta (es improbable que Orwell asistiera a un ahorcamiento en Birmania o que estuviera hospitalizado tanto tiempo como parece implicar), que tanto el ensayo, el cuento o el artículo (o lo que sea) como el hombre quedan disminuidos. Y los críticos literarios podrían llegar a subestimar sus poderes imaginativos y su capacidad crítica. 

Sin embargo, Orwell decidió escribir con estillo sencillo porque pensaba que era el mejor modo de llegar al lector común y transmitirle verdades. Percibía que el lector común era en potencia el idealizado «hombre común» de Thomas Jefferson e Immanuel Kant (quizá también con un toque Jean-Jacques Rousseau): una criatura de sentido común y decencia, ni servil ni necesitado de sirvientes, capaz de hacer casi todas las cosas con sus propias manos y que llevaba sin darle importancia cualquier conocimiento formal. El hombre común era la mejor esperanza para la civilización, más que el proletario, las aristocracias o las elites de cualquier tipo. Creyó haber encontrado al hombre común en bloque entre el POUM y los anarquistas de la Barcelona de 1936. Orwell intentaba seguir las huellas de Dickens y H. G. Wells escribiendo, por motivos literarios y políticos, para aquellos cuya única universidad había sido la biblioteca pública. 

La forma ensayística encajaba bien con Orwell, como descubrió poco a poco. Examinemos el famoso pasaje de «Why I write» (1946): «Lo que más he deseado hacer a lo largo de los diez últimos años es convertir el escrito político en arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento partidista, una sensación de injusticia. Cuando me siento a escribir un libro, no me digo: "Voy a producir una obra de arte". Lo escribo porque hay una mentira que quiero desenmascarar, algún hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es conseguir un público. De todos modos, no conseguiría hacer el trabajo de escribir un libro, ni siquiera un artículo largo para una revista, si no fuera también una experiencia estética». 

El ensayo es una forma de escritura extraña pero razonablemente específica. Puede ser moral, didáctico y serio, incluso propagandístico hasta cierto punto; pero no es un sermón ni un discurso, tiene más informalidad y flexibilidad; por encima de todo, deja al lector con cierta dosis de incertidumbre acerca de lo que va a decirse a continuación, cómo se desarrollará el razonamiento discursivo; y el razonamiento no será concluyente ni estructurado lógicamente, un ensayo se puede contentar planteando una cuestión, haciendo que el lector se fije en ella, pero luego cavilar y especular sobre ella sin peroratas ni pontificaciones; por encima de todo, parecerá personal y no objetivo, trasmitirá la sensación de estar escuchando a un individuo extraño pero interesante. Un ensayo puede referirse a hechos, pruebas y autoridades, pero sólo de pasada. No es, como una defensa legal, un razonamiento ordenado expuesto con lógica paso a paso. Un ensayo especula e inquiere, como si el autor estuviera pensando en voz alta; no tiene que parecer demasiado artificioso, sino más bien como un conjunto de asociaciones libres realizadas por una mente sensible y bien dotada. 

El verdadero polemista o propagandista sabe exactamente qué quiere decir, pero un ensayista natural como Orwell, incluso cuando se propone escribir una polémica, dirá como observa él mismo muchas cosas que son irrelevantes. Se detiene a explorar cuestiones secundarias y disfruta con el juego entre la imaginación y el acto real de escribir siempre demasiado para ser un polemista solvente o un sociólogo plenamente objetivo. El estilo sencillo y la gran habilidad de Orwell en su utilización del ensayo como modo de expresión son parte de su culto de lo corriente, su fe en el sentido común y el hombre común. Esto me parece muy atractivo. La idea de Orwell de una sociedad igualitaria no era una sociedad donde sólo se discutieran los grandes temas, sino donde hubiera tiempo para sentarse y mirar, disfrutar de la naturaleza y el ocio; semejantes ideales no deben olvidarse, sobre todo en tiempos de profunda crisis. 

Claro que primero hay que haber elegido lo que uno elogia o acepta como corriente; pero una explicación de cómo se ha dado ese paso sólo podría ser un tratado sobre fenomenología al modo alemán o francés, no un ensayo inglés. Al examinar lo que parece corriente o importante para Orwell, no habría que olvidar que las pruebas de sus prioridades en cualquier momento concreto son necesariamente incompletas. Sólo tras el éxito de Rebelión en la granja alcanzó la fama y pudo elegir el tipo de periodismo y ensayos que deseaba escribir, sin tener que ceñirse a las preferencias de los directores de pequeñas revistas y sin tener que adaptar la escritura a la forma, cuando no al color, de una publicación determinada. Como el buen retórico de Aristóteles, el ensayista no sólo tiene que conocer un tema y tener algo que decir sobre él, sino también conocer un público y saber cómo llegar a él. A diferencia de un ensayista-columnista moderno, Orwell no tenía que tratar todas las cuestiones importantes del momento, a pesar de que sus mejores escritos eran, en el sentido más amplio, sobre temas políticos. En parte no tuvo oportunidad y en parte deseaba transmitir un conjunto de actitudes humanísticas y democráticas: el tema concreto no importaba. En cualquier caso, el ensayista que es un escritor que aún se está abriendo camino posee mucha más libertad que oportunidad. Quizá por eso tantos excelentes ensayistas británicos han surgido de la oscuridad, incluso de la poreza, lo cual que ha hecho que, al reflexionar sobre la vida corriente, nos parezcan a la mayoría mucho más atractivos e interesantes que los gestos elegantes y neoclásicos de Addison, Steele y los augustos ensayistas del Spectator.

 
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