George
Orwell o el ensayista perfecto
Bernard
Crick
El crítico
estadounidense Irving Howe calificó a Orwell como «el mayor
ensayista inglés desde Hazlitt, quizá desde el doctor Johnson»;
y podía haber mencionado a Bacon y Swift. Como mínimo, Orwell
debe ser leído como una figura de peso en esta tradición
literaria antaño famosa y específicamente inglesa (por más
que detrás de todos los escritores ingleses aceche la curiosidad
especulativa de la figura tutelar del género, Montaigne). Los ensayos
de Orwell no son meros apéndices agradables de sus libros, sino
que muy bien pueden constituir su perdurable baza para alcanzar la grandeza
como escritor.
Kipling preguntó: «¿Qué
sabrán de Inglaterra quienes sólo conocen Inglaterra?».
En unas conferencias para profesores de inglés en Checoslovaquia
y Polonia, poco después del colapso soviético, me sentí
inclinado a preguntar: «¿Qué saben de Orwell quienes
sólo conocen Mil novecientos ochenta y cuatro y Rebelión
en la granja?». Y es que esos dos últimos libros son los
que, casi por sí solos, le han dado fama internacional. Muy traducidos,
son vistos ante todo como sátiras contra el comunismo: no cabe duda
de que ante todo es así, pero no sólo son eso. Como ocurre
en muchas grandes sátiras, los objetivos son más amplios
y diversos. Quizá si mis amigos de Europa oriental hubieran conocido
mejor al Orwell ensayista, al especulador, el humorista y el provocador
burlón, habrían leído Mil novecientos ochenta y
cuatro menos literal y morbosamente, y más como la «risa
de los hombres libres», un poderosa arma satírica contra la
tiranía y la opresión, ya sea doméstica o política.
Sin embargo, rebajar a Orwell desde
la categoría de profeta hasta la de ensayista o quizá promocionarlo
desde novelista menor hasta gran ensayista implica enfrentarse a ciertas
dificultades de la lectura del ensayo en general y de los suyos en particular.
Hay que pagar un precio por la estrategia literaria de Eric Blair de crear
(o, de modo más preciso, dejar evolucionar) el personaje adoptado
de «George Orwell», el hombre sencillo, franco, honrado; un
amigo no tanto del «proletariado» sino del «hombre común».
Hay peligros en su elogiada sencillez estilística. Se pueden decir
mentiras o contar cuentos con palabras simples y frases cortas.
Cuando trabajaba en mi biografía
de Orwell [George Orwell: A Life, London, Secker and Warburg, 1980],
un hombre ya mayor me dijo que no había sido Eric Blair el niño
golpeado con un vara por orinarse en la cama en el colegio, como escribió
Orwell en «Such, such were the joys», sino otro niño.
¿Quién sabe? Sin embargo, ¿importa mucho que Orwell
no asistiera a un ahorcamiento ni matara un elefante? La distinción
entre un ensayo y un cuento no es absoluta. «Such, such were the
joys», «A Hanging» y «Shooting an Elephant»
podían igualmente imprimirse en una antología de cuentos
y los dos primeros textos en una antología de escritos polémicos.
Tanto el cuento como el ensayo basados en la experiencia directa o que
pretendían estarlo fueron una forma típica en la literatura
británica de la década de 1930.
Sin embargo, el desarrollo por parte
de Orwell de su particular máscara literaria tuvo tanto éxito
que acabó reportándole críticas. Cuando uno se construye
una reputación basada en la honestidad y las narraciones directas,
el lector común llegará a admirar lo que lee más por
la verdad literal que por el valor artístico y la verdad simbólica,
a admirar la honradez del hombre más que la escritura; por lo tanto,
quizá sienta después, si resulta que alguna parte de la narración
no es cierta (es improbable que Orwell asistiera a un ahorcamiento en Birmania
o que estuviera hospitalizado tanto tiempo como parece implicar), que tanto
el ensayo, el cuento o el artículo (o lo que sea) como el hombre
quedan disminuidos. Y los críticos literarios podrían llegar
a subestimar sus poderes imaginativos y su capacidad crítica.
Sin embargo, Orwell decidió
escribir con estillo sencillo porque pensaba que era el mejor modo de llegar
al lector común y transmitirle verdades. Percibía que el
lector común era en potencia el idealizado «hombre común»
de Thomas Jefferson e Immanuel Kant (quizá también con un
toque Jean-Jacques Rousseau): una criatura de sentido común y decencia,
ni servil ni necesitado de sirvientes, capaz de hacer casi todas las cosas
con sus propias manos y que llevaba sin darle importancia cualquier conocimiento
formal. El hombre común era la mejor esperanza para la civilización,
más que el proletario, las aristocracias o las elites de cualquier
tipo. Creyó haber encontrado al hombre común en bloque entre
el POUM y los anarquistas de la Barcelona de 1936. Orwell intentaba seguir
las huellas de Dickens y H. G. Wells escribiendo, por motivos literarios
y políticos, para aquellos cuya única universidad había
sido la biblioteca pública.
La forma ensayística encajaba
bien con Orwell, como descubrió poco a poco. Examinemos el famoso
pasaje de «Why I write» (1946): «Lo que más he
deseado hacer a lo largo de los diez últimos años es convertir
el escrito político en arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento
partidista, una sensación de injusticia. Cuando me siento a escribir
un libro, no me digo: "Voy a producir una obra de arte". Lo escribo porque
hay una mentira que quiero desenmascarar, algún hecho sobre el que
quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es conseguir
un público. De todos modos, no conseguiría hacer el trabajo
de escribir un libro, ni siquiera un artículo largo para una revista,
si no fuera también una experiencia estética».
El ensayo es una forma de escritura
extraña pero razonablemente específica. Puede ser moral,
didáctico y serio, incluso propagandístico hasta cierto punto;
pero no es un sermón ni un discurso, tiene más informalidad
y flexibilidad; por encima de todo, deja al lector con cierta dosis de
incertidumbre acerca de lo que va a decirse a continuación, cómo
se desarrollará el razonamiento discursivo; y el razonamiento no
será concluyente ni estructurado lógicamente, un ensayo se
puede contentar planteando una cuestión, haciendo que el lector
se fije en ella, pero luego cavilar y especular sobre ella sin peroratas
ni pontificaciones; por encima de todo, parecerá personal y no objetivo,
trasmitirá la sensación de estar escuchando a un individuo
extraño pero interesante. Un ensayo puede referirse a hechos, pruebas
y autoridades, pero sólo de pasada. No es, como una defensa legal,
un razonamiento ordenado expuesto con lógica paso a paso. Un ensayo
especula e inquiere, como si el autor estuviera pensando en voz alta; no
tiene que parecer demasiado artificioso, sino más bien como un conjunto
de asociaciones libres realizadas por una mente sensible y bien dotada.
El verdadero polemista o propagandista
sabe exactamente qué quiere decir, pero un ensayista natural como
Orwell, incluso cuando se propone escribir una polémica, dirá
como observa él mismo muchas cosas que son irrelevantes. Se detiene
a explorar cuestiones secundarias y disfruta con el juego entre la imaginación
y el acto real de escribir siempre demasiado para ser un polemista solvente
o un sociólogo plenamente objetivo. El estilo sencillo y la gran
habilidad de Orwell en su utilización del ensayo como modo de expresión
son parte de su culto de lo corriente, su fe en el sentido común
y el hombre común. Esto me parece muy atractivo. La idea de Orwell
de una sociedad igualitaria no era una sociedad donde sólo se discutieran
los grandes temas, sino donde hubiera tiempo para sentarse y mirar, disfrutar
de la naturaleza y el ocio; semejantes ideales no deben olvidarse, sobre
todo en tiempos de profunda crisis.
Claro que primero hay que haber elegido
lo que uno elogia o acepta como corriente; pero una explicación
de cómo se ha dado ese paso sólo podría ser un tratado
sobre fenomenología al modo alemán o francés, no un
ensayo inglés. Al examinar lo que parece corriente o importante
para Orwell, no habría que olvidar que las pruebas de sus prioridades
en cualquier momento concreto son necesariamente incompletas. Sólo
tras el éxito de Rebelión en la granja alcanzó
la fama y pudo elegir el tipo de periodismo y ensayos que deseaba escribir,
sin tener que ceñirse a las preferencias de los directores de pequeñas
revistas y sin tener que adaptar la escritura a la forma, cuando no al
color, de una publicación determinada. Como el buen retórico
de Aristóteles, el ensayista no sólo tiene que conocer un
tema y tener algo que decir sobre él, sino también conocer
un público y saber cómo llegar a él. A diferencia
de un ensayista-columnista moderno, Orwell no tenía que tratar todas
las cuestiones importantes del momento, a pesar de que sus mejores escritos
eran, en el sentido más amplio, sobre temas políticos. En
parte no tuvo oportunidad y en parte deseaba transmitir un conjunto de
actitudes humanísticas y democráticas: el tema concreto no
importaba. En cualquier caso, el ensayista que es un escritor que aún
se está abriendo camino posee mucha más libertad que oportunidad.
Quizá por eso tantos excelentes ensayistas británicos han
surgido de la oscuridad, incluso de la poreza, lo cual que ha hecho que,
al reflexionar sobre la vida corriente, nos parezcan a la mayoría
mucho más atractivos e interesantes que los gestos elegantes y neoclásicos
de Addison, Steele y los augustos ensayistas del Spectator.