19 de Octubre de 2001
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Apogeo y decadencia
de los Estudios Culturales



Francisco de la Peña Martínez

Carlos Reynoso es un antropólogo argentino especialista en teoría antropológica que ha escrito varios ensayos sobre antropología simbólica, antropología cognitiva, antropología psicológica y un trabajo de compilación sobre la antropología posmoderna que le ha dado una gran proyección entre el público mexicano. Su mas reciente libro –Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales. Una visión antropólogica (Barcelona, Editorial Gedisa, 2000)-- es un lúcido y penetrante análisis crítico de los llamados Estudios Culturales. Se trata de un estudio que llena un vacío y aporta una primera visión de conjunto sobre una corriente de ideas que goza de una gran popularidad en el mundo anglosajón.

De lectura amena, bien escrito y erudito, el libro de Reynoso hace una reconstrucción detallada del nacimiento y desarrollo de los Estudios Culturales; describe las diferentes etapas por las que ha atravesado este movimiento, las ideas de los autores que las han representado y los temas, los problemas y los dilemas de este campo de investigación. En todo ello, maneja una masa de información y una bibliografía sobre el tema bastante considerable.

El libro está organizado en torno a una serie de preguntas cuyas respuestas se despliegan a lo largo de nueve capítulos. El autor revisa en primer lugar las definiciones existentes sobre los Estudios Culturales, los temas de estudio más comunes y la especificidad de este campo del saber frente a los llamados Estudios Poscoloniales y el multiculturalismo. Reynoso evoca una típica definición de los Estudios Culturales, según la cual éstos se conciben como un movimiento transdisciplinario, resultado de la actividad crítica de los intelectuales en el marco de la condición posmoderna, que se conforma como una alternativa a la sociología, la antropología, la comunicología y la crítica literaria y cuyo objeto privilegiado de investigación es la cultura (y en particular la cultura popular y de masas).

El segundo capítulo aborda la genealogía de este movimiento, cuyos orígenes reenvían a la sociología y al marxismo inglés, y cuyos padres fundadores, E. P. Thompson, Raymond Williams y Richard Hoggart, se interesaron sobre todo en desarrollar un marxismo antidogmático sensible a los aspectos culturales, subjetivos e identitarios de los sectores populares y a su papel en la lucha de clases. Reynoso analiza cómo a través de Stuart Hall, heredero no muy fiel de este neomarxismo británico, los Estudios Culturales se expanden a Norteamérica y son transformados profundamente al contacto con el pensamiento posestructuralista y posmodernista. Por la vía de Foucault, Lacan, Derrida, Lyotard y Bordieu, los Estudios Culturales a la "americana" tomarán un giro semiológico y textualista cada vez más especulativo y favorecerán la aparición de nuevos gurús intelectuales como Homi Bhaba o Gayatri Spivack.

Si bien los Estudios Culturales se presentan como una praxis transdiciplinaria y subversiva, una antidisciplina liberadora del último bastión de la modernidad, las ciencias sociales establecidas, Reynoso sostiene que en el fondo los Estudios Culturales constituyen una nueva ortodoxia, autoritaria e intolerante, disfrazada de contradisciplina particularista y relativista. En el capítulo cuarto, Reynoso intenta demostrar que, más allá de su presumida superioridad frente a las limitaciones de las ciencias sociales instituidas, los resultados o aportes teóricos de los Estudios Culturales son nulos. El autor se detiene en particular en dos de estos pretendidos aportes, la teoría de la "recepción activa", a la que acusa de falta de originalidad, y la teoría de la "articulación", a la que descalifica por vaga e incoherente. 

Reynoso señala que los Estudios Culturales se caracterizan hoy en día por una verdadera crisis de crecimiento (hay demasiados "culturistas" que no se ponen de acuerdo en qué significa serlo) y por un periódico y sintomático llamado a retornar a sus "fuentes originales", producto de la tensión entre su programa original, de espíritu claramente modernista, y su programa actual, radicalmente afectado por el influjo del posmodernismo.

Dicha tensión da cuenta de la contradictoria evolución política de los Estudios Culturales. Reynoso analiza detalladamente en el séptimo capítulo el declive de la dimensión política que marcó el nacimiento de los Estudios Culturales y la progresiva transformación de estos en una práctica intelectual elitista y superespecializada. La mayor parte de los actuales Estudios Culturales, a pesar de presentarse como subversivos y radicales, destila un claro antiizquierdismo, populismo y anticientificismo, y en ellos el marxismo y sus conceptos estratégicos (clase, ideología, producción, etcétera) han sido evacuados.

El capítulo octavo aborda la relación entre los Estudios Culturales, la sociología y la antropología. El autor constata que, si el primer programa de Estudios Culturales surge en el departamento de Sociología de la Universidad Birmingham, la sociología ha sido desplazada del horizonte en la mayor parte de las instituciones donde se han implantado los Estudios Culturales y lo social ha sido obliterado en el marco de un "giro simbólico" que favorece lo discursivo y lo simbólico.

En lo tocante a la antropología, Reynoso afirma que los Estudios Culturales han pretendido apropiarse tanto de su objeto como de su método, a saber, la cultura y el trabajo etnográfico. A pesar de ello, el autor muestra acertadamente la limitada noción de cultura que manejan los culturistas, una noción asociada a lo popular y lo subalterno más que a la alteridad y la diferencia, más del lado de los objetos materiales que de las formas de vida, interesada en el análisis del consumo cultural de masas y no en el de la producción cultural. Asimismo, cuestiona el uso y la idea que se tiene del trabajo etnográfico, no como visión global producto de una observación prolongada, sino como preocupación puntual por una temática descontextualizada. Con toda razón, Reynoso critica la posición de personas como Marcus o Rosaldo, transfugas de la antropología posmoderna que ven en los Estudios Culturales el futuro de la antropología, la única vía por la cual ésta será revigorizada y sobrevivirá a su "muerte".

Subiendo el tono de sus reproches,y después de definir el programa culturista como una mezcla de "posmarxismo anodino, textualismo inespecífico y etnografía rudimentaria", Reynoso ataca el trabajo de su compatriota Néstor García Canclini, sin duda el más conocido portavoz de los Estudios Culturales en México, a quien, entre otras cosas, acusa de oportunismo intelectual, un rasgo que forma parte del pragmatismo reinante en el culturismo. El último capítulo pasa revista a las más comunes críticas dirigidas a los Estudios Culturales y la actitud de sus defensores, quienes en general suelen tachar de reaccionario todo cuestionamiento a su campo de saber. Las críticas más conocidas reprochan a los Estudios culturales su despolitización, su textualismo, su populismo, sus deficiencias etnográficas, su improductividad teórica, su metodología, su ortodoxia, su autocelebración y su engreimiento "antidisciplinario".

Reynoso concluye su trabajo con una tesis implacable acerca de los Estudios Culturales, según la cual estamos "en presencia del conjunto de propuestas de más bajo estándar de excelencia en el campo de las investigaciones sociales" y lamenta el que los filósofos hayan terminado por desplazar a los científicos en el estudio de la cultura.

Como es evidente, el ensayo de Reynoso, más allá de sus méritos, tiene un tono poco amistoso respecto a los simpatizantes de los Estudios Culturales. El autor, erigido en único árbitro, somete a los Estudios Culturales a un juicio sumario sin complacencias y en algunos casos excesivo. Un cierto aire apocalíptico y paradójico parece dominar a Reynoso cuando advierte sobre la amenaza que los Estudios Culturales representan para la antropología, a la que pretenden absorber y hacer desaparecer: apocalíptico porque si los Estudios Culturales amenazan a la antropología, ello tal vez sea cierto en Estados Unidos o incluso en Argentina, pero no en México, donde la antropología goza de muy buena salud, o en Francia, en donde es mínima la repercusión de las corrientes intelectuales anglosajonas; y paradójico porque Reynoso, queriendo evitar el fin de la antropología, defiende una antropología "científica" que nunca define, frente a los cantos de sirena hermenéuticos, irracionales y transdiciplinarios del posmodernismo y los Estudios Culturales.

Más aún, podría pensarse que la crítica al oportunismo de los "posmodernistas" y"culturistas" no es menos oportunista, pues el rechazo y la condena a la que con talento se dedica Reynoso no sólo sigue estando de moda, sino que se vende bien. La antropología posmoderna y los Estudios Culturales han aportado no pocas ideas críticas que habría que considerar con más calma. En todo caso, el debate está abierto y Reynoso nos brinda una oportunidad ideal para entablarlo.

 
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