19 de Octubre de 2001
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Tres postales:
Lima-Santiago-Estocolmo

Ernesto Gianoli

Una postal es un recuerdo y es también la fotografía que no pudimos tomar. Decidí escribir estas tres postales principalmente para no olvidar lo que vi alguna vez. También para compartirlo con los lectores, aquellos que no pudieron tomar la foto. Estas postales pudieron crecer y transformarse hasta convertirse en ficción, ser materia prima de un cuento, pero quizás sea mejor que queden en esto: una breve crónica de un pedazo de la vida, una página arrancada del libro de cuentas de un simple observador. La fortaleza de estas postales está en su absoluta verosimilitud, su debilidad en la irremediable falla de enfoque del fotógrafo.

I. Lima, 1991. Postal en tres actos.

La avenida Tacna (la misma que cruzara Zavalita momentos antes de preguntarse en qué momento se jodió el Perú, en Conversación en La Catedral) es un rosario de micros, uno tras otro tras otro tras otro. Todos casi detenidos pero todavía en movimiento. El ruido de bocinas, insultos y pregones se escucha como una sinfónica de ciegos. Lima tiene más habitantes que metros cuadrados habitables. Una ventana por amor de Dios, algo en qué distraer la vista mientras transcurren los cinco años que tarda el micro en depositarme en la universidad. Y allí está. Lo veo claramente. Es un loco (manera convencional de referirnos a aquellas personas que viven en la calle, no se asean, y tienen la mirada perdida en un punto inubicable) trotando sobre la avenida. Se le ve muy serio. Quizás se concentra para mantener ese paso notablemente rítmico, ese balanceo casi automotriz. Es que el loco no va por la vereda; ya se dijo que va por la avenida, como un micro cualquiera. Un loco-micro, diría un imaginativo lector.

Un par de meses después se repite la letanía de micros en la avenida Tacna camino a la universidad. Ya no tengo asiento con ventana, pero el sitio en el que mis manos me sujetan del tubo me permite todavía mirar el paisaje del caos. Y allí está otra vez. Poca ropa para este otoño tan húmedo, pelo algo corto para el prototipo de loco callejero, mirada fija y paso rítmico trotador por la avenida. Repetición de escena, se diría. Pero no. El loco lleva un timón en las manos. Sí, un timón grande, de carro antiguo o quizás de micro. Conduce por la izquierda, le tocan bocina y no se inmuta. Va lento pero decidido. Ya no hay que ser tan imaginativo para reconocer al loco-micro.

Semanas después, cuando ya el episodio tiene suficiente para ser contado, otra vez. El loco-micro va manejando (manejándose) por la avenida Tacna, con su trote ahora habitual, con su timón en las manos, y con un letrero de plástico adhesivo (de esos letreros que los micros-micros pegan en la ventana para indicar su recorrido) colgado del cuello. En letras negras sobre fondo amarillo dice “Alcázar”, como en la línea 13 y la 73. Ahora sabemos el recorrido del loco-micro.

García Márquez dijo alguna vez que en esta parte del mundo la realidad supera a la ficción, y que su Macondo tiene menos de hipérbole que de crónica. No sé si el colombiano exagere o no. Pero yo puedo decir que en el año 91 yo vi en Lima a un loco convertirse en micro. Y no lo volví a ver. Tal vez lo atropellaron. Tal vez cayó preso por atropellar a un peatón.

II. Santiago, 1994. Eros y Tánatos.

Cuántas veces hemos leído sobre el Eros y el Tánatos, amor y muerte como temas que resumen casi toda la literatura. Ligar estos dos conceptos ya parece un lugar común, una frase hecha. Uno comienza a sospechar de aquellos textos que, analizando una película de Kieslowski, por ejemplo, vuelven sobre el asunto aquel del amor y la muerte en vínculo indisoluble. Qué falta de originalidad.

Era una fría noche de invierno. Yo salía tarde de la universidad y me disponía a recorrer a paso rápido las siete cuadras que me separaban de mi cuarto. Ese cuarto alquilado de estudiante, donde no me esperaba nadie. Había perdido el amor hacía varios meses y pasarían otros tantos antes que lo volviera a encontrar. Después de caminar una cuadra con las manos en los bolsillos y la mirada en el suelo, me llamó la atención una camioneta que estaba estacionada en la esquina, a veinte pasos de distancia. La camioneta blanca se distinguía perfectamente en la noche oscura... y se balanceaba. Sí, se balanceaba rítmicamente como en las películas yanquis de adolescentes lascivos. Allí adentro, en plena vía pública, a las nueve y media de la noche, una pareja debía de estarla pasando muy bien mientras yo aullaba de hambre y soledad. Lejos de ser atacado por la envidia, me causó gracia el desparpajo ysentí admiración y solidaridad al mismo tiempo por esa pareja de irreprimidos. Todavía sonriendo llegué al costado de la camioneta, que no cesaba de moverse, y, debo confesarlo, cedí a la súbita tentación del voyeurismo. Quería ver, al menos por un instante, a los hedonistas de Santiago. Sólo un segundo, voltear sólo un segundo, me prometí. Sin detenerme, me prometí (uno tampoco es un voyeur de verdad). Y bastó ese segundo para descubrir que la camioneta blanca era en realidad una ambulancia, donde adentro un paramédico no cesaba de apretarle el pecho a alguien que se moría.

No voy a describir lo que sentí el resto del camino. Cuando volteaba y seguía viendo el balanceo de la ambulancia en esa esquina. Sí diré que de sólo recordarlo vuelvo a quedar en silencio desde adentro; vuelve a estremecerme aquel viento frío cargado de absoluto.

III. Estocolmo, 1998. Interrupciones.

Hemos salido de la embajada de España con paso rápido. Mi solicitud de visa de turismo está en trámite. Nacionalidad peruana y visa europea no se combinan fácilmente. Pero no han sido descorteses, quizás al sudaca con permiso para residir en Suecia le permitan visitar la madre patria. Caminamos ligero para poder alcanzar el tren de regreso a Uppsala. Ella me va explicando las causas de la desertificación cultural que experimentó España durante siglos. Sencillo: expulsaron de la península a los árabes y a los judíos. Y en el equipaje de regreso al Oriente aquellos se llevaron también las artes, las ciencias y las técnicas. De pronto me distraigo. Allí adelante, parados en mitad de la vereda, hay dos sordomudos conversando animadamente. Ella es bonita, él tiene cara de bueno, los dos son jóvenes. Me quedo observando la sonrisa coqueta de ella y los gestos de cortejo de él. O son pareja o pronto lo serán. Por la velocidad de sus dedos se diría que la conversación se desborda de entusiasmo. Hasta que él le atrapa los dedos a ella, la sujeta con firme delicadeza y, con la mano que le quedó libre, continúa hablándole por unos instantes; después todo se disuelve en sonrisas. La ha interrumpido, me digo. Celebro el hallazgo. Así se interrumpen los sordomudos: sujetándose los dedos. Qué lindo, me digo. Después de buscar la analogía por unos instantes, soy yo el que sonríe. Para interrumpirnos como lo hacen ellos tendríamos que recurrir a una maniobra en verdad arriesgada: sellar los labios del otro con nuestros propios labios. 

 
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