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25 de diciembre
de 2001
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El
quinto decenio de "New Left Review"
Perry Anderson
Las revistas de crítica suelen sobrevivir por más tiempo: Criterion, con sus varias encarnaciones, durante el periodo entre las dos guerras; Scrutiny, de los treinta a los cincuenta. Las razones para el cierre pueden ser externas, hasta accidentales, pero típicamente la vitalidad de una revista se encuentra ligada a aquellas personas que la han creado. En algunos casos heroicos, un sólo individuo puede desafiar al tiempo mediante la creación de un monumento personal: Kraus escribió solo durante veinte años Die Paket; Croce imitó esta hazaña con La Critica. Generalmente el ciclo de vida de las revistas suele ser más adventicio y disperso. Los editores se pelean, cambian de parecer, se aburren o quiebran, casi siempre antes de que ellos mismos se vayan a la tumba. Una revista política está tan sujeta a los incidentes de la mortalidad como cualquier otra. En cierto aspecto, lo está aún más, ya que la política siempre es un Kampfplatz, un campo de batalla, donde se rompen lazos y se fuerzan conflictos. Los naufragios por disputas o escisiones son más frecuentes aquí que en cualquier otra parte. En otros aspectos, sin embargo, las revistas políticas tiene una razón de ser diferente, lo cual hace que el acto de renovación luego de sus primeros ímpetus sea una prueba específica para ellas. Estas revistas representan ciertos principios objetivos y la capacidad de éstos para descifrar el curso del mundo. En ellas, el desvanecimiento de la redacción significa la derrota intelectual. Las presiones materiales o institucionales pueden, por supuesto, cortar de tajo cualquier revista periódica en la flor de su vida, pero fuera de estas circunstancias las revistas políticas no tienen otra opción mas que ser fieles a sí mismas; deben intentar extender su vida más allá de las condiciones o de las generaciones que les dieron origen. Esta revista New Left Review, entrando ya a su quinto decenio, ha llegado a este punto. Cuarenta años representan un periodo significativo, aunque no extraordinario, de actividad; Les Temps Modernes, de donde NLR aprendió mucho en sus inicios, ha durado mucho más. Pero el tiempo ha llegado para hacer un remozado general. Con este número, se inicia una nueva serie de esta revista, marcada por un corte en la secuencia numérica, siguiendo la tradición radical, y una nueva apariencia, ambas como muestras de cambios venideros. Teniendo momentáneamente a mi cargo realizar esta transición a otro estilo de revista, algo que no se logrará de la noche a la mañana, expongo abajo mi opinión particular sobre la situación actual del NLR y las direcciones que debe comenzar a tomar. Aparece bajo el encabezado de artículo de fondo; sin embargo, el resultado es una exposición personal y, por consiguiente, provisional y abierta a la contradicción. Igualmente lo serán los artículos de fondo que aparecerán en los números subsiguientes y que serán escritos por otros sobre temas de su elección, sin presunción de concordancia automática. I Cualquier consideración sobre el futuro de NLR tendrá que comenzar con su differentia specifica. ¿Qué es lo que la ha convertido en una revista distintiva de la izquierda? Habría numerosas maneras de abordar esta pregunta, pero lo más sencillo y sucinto es lo siguiente: ninguna otra revista ha intentado publicar sobre el mismo y amplio terreno -que abarca desde la política hasta la economía, la estética, la filosofía, la sociología- con la misma holgura de detalle y extensión cuando así se requería. Esta amplitud nunca ha sido explorada de manera regular o pareja y se han subestimado las dificultades que existen para moverse entre temas tan completamente discrepantes, a costa de hasta el más paciente de los lectores. Pero es aquí donde el carácter de New Left Review se ha definido efectivamente. Es una revista política con sede en Londres que ha intentado tratar las ciencias sociales y morales -"teoría", si se prefiere- y las artes y costumbres -"cultura", en corto- con el mismo espíritu histórico como se ha abordado la política. La mejor manera de comprender el presente de la revista es mirar hacia el pasado, hacia ese contexto en el cual originalmente se concibió el formato de NLR, es decir, hacia esa combinación de intereses que en su momento se dio. La coyuntura de principios de los años sesenta, que fue cuando la revista se formó bajo un nuevo colectivo, ofrece las siguientes características: -En el ámbito político, un tercio del planeta había roto con el capitalismo. Muy pocos dudaban sobre los extremos del mando estalinista o sobre la falta de democracia en cualquiera de los países que se llamaban socialistas. Pero el bloque comunista, aun en su momento de división, era todavía una realidad dinámica -Isaac Deutscher, escribiendo en las páginas de NLR, vería la separación chino-soviética como un signo de vitalidad (1)-. Jruschov, visto como un "revolucionario romántico" por los actuales historiadores rusos, era portador de la promesa de reformas en la URSS. El prestigio de la China maoísta estaba casi intacto. La revolución cubana era una nueva almenara para América Latina. Los vietnamitas estaban peleando con cierto éxito en contra de Estados Unidos en el sudeste de Asia. El capitalismo, aunque estable y próspero en las latitudes norteñas, era acosado -y así se sentía a sí mismo- en la mayor parte del mundo. Hasta en casa, en Europa occidental y en Japón, algunos movimientos comunistas de masas libraban una batalla contra el orden existente. -Intelectualmente el descrédito de la ortodoxia estalinista después de 1956 y el declive del conformismo doméstico respecto a la Guerra Fría después de 1958 liberó un proceso de tradiciones izquierdistas y marxistas reprimidas que, en las condiciones sedientas británicas, se convirtieron en una fiebre teórica. Variantes alternativas de un marxismo revolucionario ligado a una política de masas -luxemburguistas, trotskistas, maoístas, comunistas cogestionarios- empezaron a circular. Simultáneamente, los diferentes legados de un marxismo occidental que nació a raíz de la derrota de la política de masas, de la era de Lukács, Korsch y Gramsci en adelante, empezaron a ser rescatados. Un elemento crucial para la influencia de estas tradiciones marxistas fue su continuidad hacia el presente: Sartre, Lefebvre, Adorno, Marcuse, Della Volpi, Colletti, Althusser, fueron algunos de los autores contemporáneos que estaban escribiendo textos nuevos al tiempo que NLR mandaba sus ediciones a la imprenta. El aislamiento británico de tales tendencias continentales hacía que el encuentro repentino e intenso con ellas fuera aun más fogoso. -Culturalmente, la salida de esa atmósfera conformista de los años cincuenta fue un fenómeno de mucha mayor envergadura y la ruptura, por consiguiente, mucho más abrupta. Los dos hechos más marcados de este periodo fueron por un lado el surgimiento de la música rock, una onda sonora de rebelión juvenil que impregnaba todo, contrastando con la música sacarinosa del periodo anterior y que era una forma popular que reclamaba para sí tanto la innovación estética como la insurgencia social. Gran Bretaña fue el país de punta en esta transformación, cuyos efectos posteriores aún no se volvían cuestión de rutina. El segundo cambio crítico fue el surgimiento del cine de autor como concepción y como proyecto. En esto, la influencia de Cahiers du Cinema y la Nouvelle Vague que resultó de allí fue decisiva. La posición que los cineastas franceses otorgaron a los directores clásicos de Hollywood abrió un recodo que definió en gran parte este periodo. En efecto, el nuevo predominio del cine y de la música liberó una dialéctica entre dos planos de referencia, lo "alto" y lo "bajo" de la vida cultural de los años sesenta que retrospectivamente se observa como algo distintivo de este periodo. Seria o juguetona, la fácil circulación entre estos dos planos -la ausencia de tensiones- se debe en gran medida a la corriente teórica más importante, aparte del marxismo, de ese momento: el estructuralismo. Aquel momento en que el temprano Barthes y el Levi-Strauss de Mythologies o Tristes Tropiques utilizaron un método en común para su estudio fue crítico para la mediación entre las formas altas y bajas. Habiendo recuperado la herencia del formalismo ruso, éste era un estructuralismo cuyas preocupaciones aún podían ser perfectamente congruentes con las de la izquierda cultural. II Dentro de este triple contexto, NLR inició una gama de programas que fueron innovadores en ese momento para el mundo angloparlante. Políticamente, la revista ajustó su brújula hacia el movimiento antimperialista en el Tercer Mundo y, a pesar de que dentro de la izquierda británica aún se daban reflejos de estrechas miras, logró reunir a un equipo de trabajo cuyos intereses eventualmente abarcaron casi todo el mundo. América Latina, Africa negra, el Medio Oriente, el sur de Asia y el Lejano Oriente, todos encontraron representación en sus páginas. En casa, se desarrolló un conjunto de argumentos específicos sobre el Reino Unido que llegó a tener una cierta influencia. Así, cuando se produjo la explosión en el occidente de fines de los sesenta propiciada por la guerra en Vietnam -primero la rebelión estudiantil y luego la insurgencia laboral- NLR se encontraba en óptima situación para jugar un papel en el tumulto que se produjo y para ganarse a los lectores internacionales hacia mediados de los años setenta. Intelectualmente, la revista dedicó gran parte de su energía a la introducción y recepción crítica de las distintas escuelas de pensamiento marxista occidental, empresa lo suficientemente grande como para mantenerla ocupada todo un decenio. El estructuralismo, el formalismo, el sicoanálisis, también encontraron cabida en sus páginas -textos canónicos o fuentes que salieron a la luz por primera vez en sus páginas-. En estos frentes, NLR llevaba la delantera y era pionera de un horizonte de referencia más cosmopolita y radical que el que existía en otras partes del mundo angloparlante. Culturalmente la revista desarrolló nuevos estilos enlazando el interés en las artes tradicionales con el involucramiento con formas vanguardistas, con la música o el cine popular. La famosa serie de Peter Wollen sobre directores cinematográficos, o por ejemplo, el artículo "Dialéctica del Miedo" de Franco Moretti ejemplifican la libertad de movimiento entre los terrenos de lo "alto" y lo "bajo". Resulta difícil clasificar de manera nítida las iniciativas que surgieron bajo este fermento. En esos mismos escasos años, NLR se adelantó al redescubrimiento del feminismo durante los setenta y al redescubrimiento de lo laboral en los ochenta. Fue un periodo creativo. III Cuatro decenios después, el contexto en el que NLR tomó forma ha desaparecido prácticamente. El bloque soviético ha desaparecido. El socialismo ha dejado de ser un ideal para muchos. El marxismo ya no predomina en la cultura de la izquierda. Hasta el laborismo se ha disuelto. Decir que estos cambios son enormes sería una subestimación. No puede sostenerse que estos cambios redujeron a la revista al silencio. Los escritores asociados a ella, cada uno a su manera, han respondido con brío a la coyuntura del 89. Algunos textos sobre diferentes temas incluirían: Fin-de-Siècle: el socialismo después de la caída, de Robin Blackburn; Nuestro Pos-Comunismo: la herencia de Karl Kautsky, de Peter Wollen; La Época Dorada está dentro de nosotros mismos, de Alexander Cockburn; Los fines de la Guerra Fría, de Fred Halliday; Las caras del nacionalismo, de Tom Nairn; El radicalismo después del comunismo, de Benedict Anderson; El miedo a los espejos, de Tariq Ali; y la lista podría alargarse (2). Sería interesante trazar la diversidad de reacciones, de éstos y otros autores publicados por la revista. Los juicios de cada uno diferirían. Pero de manera general, la tradición de la revista sale absuelta sin deshonra. Diez años después del colapso comunista, sin embargo, el mundo siguió adelante. Un requisito para relanzar la revista debe ser entonces un enfoque sistemático y específico para analizar el estado actual de este mundo. ¿Cuál es la peculiaridad principal del decenio pasado? Brevemente, se podría definir como una consolidación y difusión universal del neoliberalismo que prácticamente no ha tenido rival. Ello no se previó en toda su magnitud. Si bien los años entre 1989 y 1991 vieron la destrucción del comunismo del bloque soviético, no resultaba tan inmediatamente obvio, aun para sus defensores, que el capitalismo sin cadenas arrasaría tanto en el este como en el oeste. Muchos disidentes de la Europa oriental, progresistas de la Europa occidental, conservadores norteamericanos, previeron algún tipo de "reacomodo" del paisaje global: la izquierda quizá obtendría un nuevo contrato de vida una vez que se viera liberada de la herencia moral debilitadora del estalinismo y una vez que el corporativismo japonés o reniano se mostrara superior, tanto en igualdad social como en eficiencia económica, a Wall Street o al City de Londres. Estas no fueron ideas aisladas, pues emanaban de distinguidos autores. Tan tarde como 1988, Eric Hobsbawm y algunos antiguos colaboradores de Marxism Today todavía proclamaban esperanzadoramente el fin del neoliberalismo (3). En efecto, la tendencia ha sido precisamente la opuesta. Cinco hechos entrelazados han cambiado el escenario drásticamente: -El capitalismo norteamericano ha reafirmado su primacía en todos los terrenos -económico, político, militar, cultural- mediante un auge económico sin precedentes. Sin importar cuán inflados estén los valores bursátiles en Wall Street, cuán agobiadas por deudas se encuentren las economías familiares, o todo lo inmenso que sean los déficit comerciales actuales, no cabe duda que la posición competitiva de los negocios norteamericanos se ha fortalecido de manera crítica. -La socialdemocracia europea, habiendo expandido su poder hacia toda la Unión Europea, ha respondido al bajo crecimiento generalizado y a las altas tasas de desempleo con un giro hacia un modelo norteamericano: acelerando la desregulación y la privatización, no sólo de la industria, sino de los servicios sociales, en muchos casos más allá de los límites impuestos por los regímenes conservadores anteriores. Gran Bretaña se adelantó en este proceso de desregulación, pero Alemania e Italia van alcanzándola y Francia se retrasa más en los dichos que en los hechos. -El capitalismo japonés ha caído en un retroceso económico profundo y junto con Corea está siendo gradualmente presionado a someterse a medidas desregulatorias por el aumento en el desempleo. En otras partes de Asia, la República Popular de China se encuentra ansiosa por ingresar a la OMC casi a cualquier precio, con la esperanza de que las presiones competitivas del capital extranjero depuren sus industrias estatales sin tener que asumir la responsabilidad de hacerlo ella misma, mientras que la India por primera vez acepta voluntariamente depender del FMI. -La nueva economía rusa, el eslabón más débil en el sistema de mercado global, no ha provocado ninguna explosión popular, a pesar del retroceso catastrófico en productividad y expectativas de vida. Por el contrario, se vislumbra la estabilización de su oligarquía financiera bajo un liderazgo plebiscitario capaz de centralizar el poder y de privatizar la tierra. Son cambios socioeconómicos inmensos los que se están dando alrededor del mundo y que ya han encontrado su canonización en el informe entusiasta de Daniel Yerguin y Joseph Stanislaw, The Commanding Heights. Estos cambios se ven acompañados por otros dos cambios político y militar que son complementarios: -Ideológicamente, el consenso neoliberal ha encontrado un nuevo punto estabilizador en la "Tercera Vía" de los gobiernos de Clinton y Blair. La fórmula ganadora para asegurar la victoria del mercado es no atacar sino conservar ese paliativo que presenta la imagen de una autoridad pública compasiva que exalta la compatibilidad de la competencia con la solidaridad. La dura realidad de las políticas gubernamentales continúa siendo el seguimiento del legado Reagan-Thatcher, sólo que en ocasiones con medidas que sus antecesores no se atrevieron a implantar, como la reforma de bienestar social en Estados Unidos y el cobro de cuotas a los estudiantes en el Reino Unido, solo que ahora se encuentran rodeados de algunas concesiones subsidiarias y de una retórica mucho más suave. El efecto de esta combinación que actualmente se está difundiendo por toda Europa es suprimir el potencial conflictivo de los regímenes pioneros de la derecha radical y matar de cuajo cualquier oposición a la hegemonía neoliberal. Se podría decir que por definición There Is Not Alternative (TINA) solo adquiere su fuerza completa una vez que un gobierno alternativo demuestra que verdaderamente no existen políticas alternativas. Para consumar la muerte de la socialdemocracia europea o de la memoria del "New Deal" fueron indispensables los gobiernos de centro-izquierda. En este sentido y adaptando la máxima de Lenin de que "la república democrática es el caparazón político ideal del capitalismo", podríamos decir que la Tercera Vía es el mejor caparazón ideológico del neoliberalismo hoy. No es un accidente que la teorización más ambiciosa e intransigente del capitalismo ultra como nuevo orden global -The Lexus and the Olive-Tree, de Thomas Friedman- sea al mismo tiempo un descarado elogio de la hegemonía mundial de Estados Unidos y una defensa incondicional del clintonismo bajo el eslogan "hoy en día no se atrevería uno a ser un globalizador sin ser un socialdemócrata" (4). -Por último, la Guerra de los Balcanes cierra el decenio con broche de oro mediante una demostración diplomático-militar del dominio de esta constelación de fuerzas. Una comparación con la Guerra del Golfo Pérsico sugiere todo lo fuerte que se ha vuelto el Nuevo Orden Mundial desde comienzos de los años noventa. Bush tuvo que movilizar un vasto ejército para dar un revés a la invasión iraquí de Kuwait en nombre de la protección de los abastos petroleros occidentales y de una dinastía feudal, sin haber tenido éxito en derrocar al régimen de Bagdad ni en atraer a Rusia, aún impredecible en ese momento, hacia la alianza contra Clinton, por el contrario, ha bombardeado a Serbia hasta la sumisión sin que algún soldado hubiera tenido que disparar un tiro, en nombre del imperativo moral de poner un alto al saneamiento étnico; a corto plazo es probable que ello lleve a la remoción del gobierno de Belgrado. Además, logró sin mucho esfuerzo reclutar a Rusia como auxiliar simbólico dentro de las fuerzas de ocupación. Mientras tanto, China -después de la destrucción de su embajada ocurrida inmediatamente después de la respetable visita de su primer ministro a Estados Unidos- ha cooperado dócilmente con el montaje de una pantalla protectora de la ONU para el protectorado de la OTAN en Kosovo y ha dejado muy claro que no permitirá que nada enturbie las buenas relaciones con Washington. Por su parte, la Unión Europea se regocija de su nueva camaradería en las armas con Estados Unidos, así como del propósito común: una generosa reconstrucción en los Balcanes. En este sentido, la victoria en Kosovo no ha sido solamente militar y política. Es también un triunfo ideológico que marca una nueva pauta para las intervenciones alrededor del mundo en nombre de los derechos humanos, según éstos se interpreten en Washington: los chechenios o los palestinos ni deben preocuparse por enviar sus solicitudes. La sociedad creada por ese capitalismo free-for-all de estos últimos veinte años necesitaba una buena conciencia. La Operación Fuerza Aliada se la ha dado. IV El ambiente intelectual en los países desarrollados, y que se extiende más allá de éstos, refleja estos cambios. Si bien el grueso de la intelligentsia occidental siempre se mostró sustancialmente satisfecha con el statu quo, teniendo a una minoría más inquieta e imaginativa a su lado derecho, la izquierda aún era una presencia significativa en la mayoría de los principales estados capitalistas hasta entrados los ochenta, aunque por supuesto había importantes variantes nacionales como, por ejemplo, los británicos que se volvían menos conservadores mientras los franceses o italianos se hacían aún más, y así sucesivamente. Con la homogeneización de la escena política en los noventa, uno esperaría que se hubiera también dado una especie de sincronización, un Gleichschaltung, de la opinión aceptable. Para finales del decenio, esto sucedió y se aceleró el paso. Si observamos el espacio de lo que era la tradicional -otrora socialista- izquierda, vemos que predominan dos tipos de reacción a la nueva coyuntura. La primera es la acomodaticia. En su hora de triunfo general, el capitalismo ha convencido a muchos de aquellos que alguna vez lo creyeron un mal evitable, que es un orden social necesario y, ya puesto en la balanza, hasta saludable. Aquellos que apoyan explícita o tácitamente la Tercera Vía son ejemplos obvios. Pero la gama de formas en que se alcanza la acomodación es muy amplia y bastante compatible con una visión escéptica y hasta mofadora de la hagiografía oficial (Blumenthal-Campbell) del nuevo orden, que va desde el reconocimiento abierto de una superioridad de la empresa privada, sin adornos mitigantes, hasta el simple abandono del tema de regímenes de propiedad. Una consecuencia del cambio en el clima ideológico general es que se vuelve cada vez menos necesario tener que expresar una postura con respecto a estas cuestiones, ya que se salen del perímetro del debate significante. Renegar clamorosamente es raro, más bien la tendencia más común suele ser cambiar de tema. Pero el alcance del acomodo puede medirse a través de episodios como la Guerra de los Balcanes, donde el papel de la OTAN simplemente se tomó como un hecho dado, como una parte normal y deseable del universo político, por un amplio sector de la opinión que hace diez o veinte años jamás hubiera soñado hacer algo semejante. La postura subyacente es: el capitalismo ha llegado para quedarse; debemos hacer las paces con él. El segundo tipo de reacción puede mejor describirse como de consolación (5). Aquí ya no se trata de un acomodo sin principios; no se abandonan los ideales anteriores, sino que pueden incluso reafirmarse con obstinación. Sin embargo, ante enormes adversidades hay una tendencia natural humana de tratar de encontrar lo aterciopelado en lo que de otra forma sería un ambiente abrumadoramente hostil. La necesidad de encontrar algún mensaje esperanzador induce a sobrestimar el significado de procesos contrarios, a otorgar un potencial desinteresado a mediaciones inadecuadas, a alimentar las ilusiones en fuerzas imaginarias. Probablemente ninguno de nosotros desde la izquierda sea inmune a esta tentación, que podría encontrar justificación en la regla general de las consecuencias no intencionadas que fluyen desde cualquier transformación social, el sentido dialéctico mediante el cual las victorias pueden inesperadamente generar vencedores sobre ellas. También es cierto que ningún movimiento político puede sobrevivir sin ofrecer algún desahogo de emociones a sus seguidores, el cual en momentos de derrota inevitablemente incluirá elementos de compensación sicológica. Pero una revista intelectual tiene otras obligaciones. Su primer compromiso debe ser para con una descripción precisa del mundo sin importar cuál pueda ser su relación con los estados de ánimo. Debe serlo aún más porque hay un terreno intermedio donde la consolación y la acomodación pueden traslaparse, es decir, allí donde aquellos cambios en el orden establecido que se calcula lo fortalecerán son recibidos como peldaños hacia su resquebrajamiento, o quizá hasta como una transformación cualitativa del sistema. End of Utopia, la obra reciente de Russell Jacoby, ofrece algunas reflexiones agudas al respecto. V ¿Que postura debería entonces adoptar NLR ante esta nueva situación? Me parece que su enfoque general debería ser uno de realismo intransigente, intransigente en ambos sentidos: rehusando cualquier acomodo con el sistema dominante y rechazando toda piedad y eufemismo que pudiere subestimar su poder. Ningún maximalismo estéril es lo que sigue. La revista deberá siempre seguir en su afán por una vida mejor, sin importar cuán modesto sea su alcance. Puede apoyar movimientos locales o reformas limitadas sin pretender que éstos alteran la naturaleza del sistema. Lo que no puede, y no debe, hacer es dejarse llevar por la ilusión de que el sistema se mueve en una dirección progresiva, o sustentar mitos conformistas como el de que se tiene urgentemente que proteger de fuerzas reaccionarias, actitudes expuestas, para tomar dos ejemplos recientes, en las manifestaciones de apoyo a la Princesa o al Presidente por la izquierda bien-pensant, como si la monarquía británica tuviera que hacerse más popular o la presidencia americana tuviera que ser protegida aún más. Las histerias de esta índole deberán ser fuertemente combatidas. Aquellos llamados para que las venerables
tradiciones o las instituciones establecidas, por así decirlo, vivan
de acuerdo sus propios principios es otro caso por completo. Muchos de
los mejores escritos de la izquierda hoy pretenden tomar las convenciones
reinantes por lo que dicen ser, tratando la hipocresía oficial,
la brecha entre lo dicho y lo hecho, como el homenaje que el vicio debe
pagar a la virtud y que promete un final feliz. Éste fue el enfoque
tradicionalmente favorecido y elocuentemente practicado por la primera
serie de New Left. Muchas colaboraciones a esta revista continuarán
siguiendo esta pauta y deberán ser juzgadas por sus propios y con
frecuencia considerables méritos. Hay, sin embargo, un riesgo en
este estilo. La línea divisoria entre lo deseable y lo posible puede
quedar poco clara, permitiendo así la mistificación de las
realidades del poder y lo que racionalmente puede esperarse de éste.
Lo mejor es no permitir ninguna ambigüedad aquí. La prueba
de la capacidad de NLR para marcar un rumbo político que
lo distinga radicaría en poder tranquilamente escandalizar a sus
lectores llamando al pan, pan y vino al vino, en vez de caer en el bien
intencionado lenguaje o el autoengaño de la izquierda. El espíritu
de la Ilustración en vez del de los Evangelios es lo que hoy más
se necesita.
VI Un decenio no hace una época. El "grand slam" neoliberal de los años noventa no es ninguna garantía de poder perpetuo. Bajo una perspectiva histórica más larga, podría hacerse una lectura más optimista de este momento. Éste ha sido, después de todo, un periodo en el cual se ha derrocado la dictadura de Suharto en Indonesia, se ha debilitado la tiranía clerical en Irán, una oligarquía venal ha sido depuesta en Venezuela, el apartheid terminó en Sudáfrica, varios generales y sus vasallos civiles han sido debilitados en Corea, la liberación fue finalmente conquistada por Timor Oriental. Éstos no fueron movimientos que gozaron de la confianza de los inversionistas del Occidente como los movimientos primaverales de los pueblos de Europa. Una visión optimista los vería como las semillas de un ajuste de cuentas por venir, como los actos más recientes de una continua emancipación de naciones que constituye un proceso real de democratización a escala mundial, cuyo desenlace escasamente podemos imaginar. Otra versión apuntaría hacia un debilitamiento general de la jerarquía de los sexos, donde las presiones en el ámbito mundial por la emancipación de la mujer sería la historia primordial de esta época; o hacia un crecimiento de la conciencia ecológica, la cual hasta los Estados más empedernidos tendrían que reconocer, por lo menos formalmente. Algo común a todas estas visiones es la insinuación de que el capitalismo puede ser invencible pero eventualmente podría ser solucionable, o hasta olvidable, en esas aguas profundas de mayor equidad, sustentabilidad y autodeterminación. De ser así, tales profundidades aún son insondables. La propagación de la democracia como sustituto del socialismo, como esperanza o reclamo, es puesta en ridículo por ese vaciamiento de la democracia en sus países pilares, sin mencionar sus nuevos adeptos poscomunistas: la caída constante de la participación electoral, la corrupción financiera que va en aumento, la sofocante mediatización. En general, lo que tiene fuerza no es la aspiración democrática desde abajo, sino la asfixia del debate público y la diferencia política por el capital desde arriba. La fuerza de este orden no radica en la represión, sino en la disuasión y la neutralización; hasta ahora ha enfrentado los nuevos retos con ecuanimidad. Los logros de los movimientos feminista y ecologista en el mundo desarrollado son verdaderos y bienvenidos; son los elementos más importantes del progreso humano en estas sociedades en los últimos treinta años. Pero hasta la fecha han resultado compatibles con las rutinas de acumulación. Lógicamente, se ha dado en gran medida una normalización política. La actuación de las feministas en Estados Unidos y de los Verdes en Alemania -cada movimiento siendo el más fuerte en su país- al servicio del régimen de Clinton en la Casa Blanca y de la guerra de la OTAN en los Balcanes hablan por sí mismas. Esto no quiere decir que cualquier otra fuerza en los países capitalistas más avanzados haya dado mayor batalla antagonista contra el statu quo. Solo con raras excepciones -Francia en el invierno de 1995- los trabajadores han estado callados por más de veinte años. Su condición no es meramente un producto de cambios económicos o ideológicos. Duras luchas sociales fueron necesarias para subyugarlos en Gran Bretaña, así como en Estados Unidos. Aunque algo menos acobardados en Europa, los trabajadores aún permanecen a la defensiva. El único punto de partida para una izquierda realista hoy es un reconocimiento lúcido de derrota histórica. El capital ha derrotado todas las amenazas a su dominio, las bases de cuyo poder, sobre todo las presiones de la competencia, fueron subestimadas por el movimiento socialista. Las doctrinas de la derecha que han teorizado al capitalismo como un orden sistémico retienen su fuerza con tozudez; los intentos actuales por un supuesto centro radical de dar una mejor imagen a estas realidades son en comparación poco menos que un débil intento de relaciones públicas. Dentro de la lista de quienes siempre han creído en el valor superior del libre mercado y la propiedad privada de los medios de producción, hay muchas figuras de renombre intelectual. En la reciente cosecha de cosmetólogos, quienes tan sólo ayer deploraban los horrores del sistema y que hoy lo venden al mejor postor, no los hay. Para la izquierda, la lección del pasado siglo es una lección que Marx enseñó. Su primera tarea es ver el desarrollo actual del capitalismo como una compleja maquinaria de producción y ganancia en constante movimiento. Robert Brenner en su artículo "La Economía de la Turbulencia Global", en un número completo de NLR, pone el ejemplo apropiado (6). No hay ningún agente colectivo en el horizonte aún capaz de igualar el poder del capital. Este es un momento en que estamos bajo el asedio de la ingeniería genética, donde la única fuerza revolucionaria capaz de perturbar el equilibrio parece ser el progreso científico mismo, es decir, las fuerzas de producción tan poco populares con aquellos marxistas convencidos de la primacía de las relaciones de producción, cuando aún existía un movimiento socialista. Pero si alguna vez volvieran a desatarse las energías humanas por un cambio de sistema, será desde dentro del metabolismo del capitalismo mismo. No podemos voltearle la cara. Sólo en la evolución de éste pueden estar los secretos de otro orden. Éste es el sentido de trabajos como el de Robin Blackburn en NLR acerca de la tendencia de las instituciones financieras (7). No hay certezas aquí; hasta ahora todo lo que es posible son propuestas y conjeturas. VII Ideológicamente, la novedad de la presente situación resalta desde una perspectiva histórica. Puede expresarse de la siguiente manera. Por primera vez desde la Reforma no hay opuestos significantes, es decir, enfoques sistemáticos que sean rivales dentro del pensamiento del Occidente, y escasamente alguno a escala mundial, si descontamos las doctrinas religiosas como arcaísmos inoperantes, como nos lo indican las experiencias de Polonia o Irán. Cualesquiera que sean las limitaciones a su práctica, el neoliberalismo, en cuanto un conjunto de principios, impera alrededor del mundo como la ideología más exitosa en la historia mundial. Lo que esto significa para una revista como NLR es una discontinuidad radical en la cultura de la izquierda según ésta se renueva (si se renueva) generacionalmente. En ningún punto es mayor el contraste con el contexto original de este artículo. El horizonte de referencia dentro del cual la generación de los años sesenta creció ha sido casi completamente eliminado y por igual las marcas dejadas por el socialismo reformista y revolucionario. Para la mayoría de los estudiantes, esa lista que incluye a Bebel, Bernstein, Luxemburgo, Kautsky, Jaurès, Lukács, Lenin, Trotsky, Gramsci, se ha vuelto algo tan remoto como un registro de obispos arios. Cómo entretejer los hilos de significado entre el siglo pasado y el presente sería una de las tareas más delicadas y difíciles de cualquier revista que tomara el término "izquierda" con seriedad. Parecería haber pocas guías que marquen el camino. Si vemos las tradiciones intelectuales más cercanas en tiempo e influencia a las primeras épocas de NLR, la situación no parecería ser mejor. Además, gran parte de la literatura del marxismo occidental ha sido sacada de la circulación general: Korsch, el Lukács de Historia y conciencia de clase, la mayoría de los escritos de Sartre y de Althusser, la escuela dellavolpiana, Marcuse. Lo que mejor ha sobrevivido es lo menos político directamente: la teoría de la escuela de Frankfurt y algunas obras seleccionadas de Benjamin. Domésticamente, Raymond Williams ha sido sacado de la jugada como lo fue Wright Mills en América hace veinte años; Deutscher ha desaparecido; el nombre Miliband se refiere a otra era. Por otro lado, la historia de las ideas no es un proceso darwiniano. Los principales sistemas de pensamiento rara vez desaparecen como si fueran especies extintas. Aunque no se les encuentre dentro de un contexto coherente, algunos hilos de estas tradiciones han demostrado tener una vitalidad notable. Podría decirse que la historiografía marxista británica tiene ahora lectores a escala mundial, cosa que no logró antes, en la obra de Hobsbawm Ages of Extremes; ésta seguramente continuará siendo la interpretación más sugerente sobre el siglo pasado, abarcando hasta el presente, como la historia general de la victoria desde el punto de vista de los vencidos. La obra de Jameson acerca de lo posmoderno, que desciende directamente del marxismo continental europeo, no tiene rival como una versión cultural de la época. Robert Brenner ha hecho el único recuento económico coherente del desarrollo capitalista desde la Segunda Guerra Mundial y Giovanni Arrighi la proyección más ambiciosa sobre su evolución dentro de una perspectiva temporal mayor. Tom Nairn y Benedict Anderson son voces principales en lo que respecta a las ambigüedades políticas del nacionalismo moderno. Régis Debray ha desarrollado una de las teorías más sistemáticas sobre los medios de comunicación que pudiera uno encontrar. Terry Eagleton en el campo literario, T. J. Clark en las artes visuales, David Harvey en la reconstrucción de la geografía, son figuras centrales para todos aquellos interesados en estas disciplinas. Basta registrar estos nombres para darse cuenta de que es inconcebible intentar unificarlos bajo un solo paradigma. La escala de métodos, intereses y acentos diferentes es demasiado amplia. Si ello se debe en parte a la fragmentación de la cultura de la izquierda, también se debe a que es una expresión de la desinhibición y diversificación de las líneas de investigación. Respetándolas, la revista debería intentar presentar un paisaje inteligible, donde tales obras tengan una relación accesible la una con la otra. Al mismo tiempo, hay un prisma intelectual más amplio, con escasos orígenes marxistas, o ninguno, que se define holgadamente como de izquierda y que se encuentra en movimiento hoy. Tomando los campos de la filosofía, la sociología y la economía, se incluirían las obras de Habermas, Derrida, Barry; Bourdieu, Mann, Runciman; Stiglitz, Sen, Desgupta. En ellas, puede observarse un entrecruzamiento de posturas ideológicas, donde algunos pensadores anteriormente moderados se radicalizan según la hegemonía neoliberal se ha vuelto más absoluta, mientras que otros -otrora más radicales- se han reconciliado con posturas más convencionales. Pero algo aún más significativo que estos vaivenes es un factor común a todas estas obras: la combinación de una ambición intelectual atrevida y una amplia síntesis interdisciplinaria con compromisos timoratos y perogrullescos dentro del campo político mismo, lo que dista mucho del mundo robusto y lleno de pasiones de Weber, Keynes o Russell. Las consecuencias del desarraigo de todas aquellas continuidades de la tradición socialista, por más indirectas que éstas sean, son altamente visibles. El resultado es típicamente un espectáculo de impresionante energía y productividad teórica cuya suma social es significantemente menor que sus partes intelectuales. Como contraste, la derecha, regenteando el campo de las construcciones políticas del momento, nos ha provisto de una versión bastante coherente de hacia dónde se dirige el mundo o en dónde éste se ha parado: Fukuyama, Brzezinski, Huntington, Yergin, Luttwak, Friedman. Estos son autores que unifican una sola y poderosa hipótesis además, de hacerlo con un estilo fácil y popular. Este género seguro de sí mismo, sobre el cual América del Norte tiene prácticamente un monopolio, no encuentra su contraparte en la Izquierda. En la izquierda, cuando más se llega a los esquemas normativos de una "democracia cosmopolita" o la "ley de los pueblos", poniendo entre paréntesis o suavizando la situación actual y ésta es la débil alternativa que se ofrece. NLR no se ha metido mucho en este terreno, aunque debería ser una de sus prioridades. Es poco probable que la balanza de ventaja política se altere antes de que haya un cambio en la correlación política de fuerzas, que seguramente permanecerá estable mientras no haya una crisis económica profunda en el Occidente. Parecería que se requeriría de un retroceso de magnitudes iguales al periodo de entre las dos grandes guerras para sacudir los parámetros del consenso actual. Pero ello no es razón alguna para no tomar nota del tiempo, polémico o analítico, en el ínterin. VIII La escena cultural también tiene poca semejanza con aquella en la que floreció - en su primera época. Tres cambios mayores han ocurrido en el intervalo. Primero, ha habido un desplazamiento de proporciones mayores del dominio de los códigos verbales a los visuales, con la primacía de la televisión sobre cualquier otro medio de comunicación, seguido por el surgimiento de la comunicación electrónica, en donde se ha reproducido tecnológicamente este mismo cambio. Este patrón ha, por supuesto, definido el arribo de formas posmodernas en general. Segundo, y una marca de esto último, gran parte de la tensión entre los impulsos insurgentes y opositores desde abajo y el orden establecido ha sido absorbida, ya que el mercado ha institucionalizado y se ha apropiado de la cultura juvenil de la misma manera como antes encasilló las prácticas vanguardistas, pero éste siendo un mercado de masas, lo ha hecho de manera más completa. La apoteosis mercantil de ídolos como Jackson o Jordan son el resultado. Tercero, el voltaje que conectaba los sistemas de arriba y los de abajo, cuyo circuito era una característica de la época moderna, ha producido un corto, ya que la distancia que era uno de sus condiciones se ha colapsado. El resultado es una caricatura mutua, ya que los dos convergen en terreno común: vagando alrededor de la Real Academia y ostentando en los Premios del Óscar, Sensasión y Material de Sueños como formas anversas de kitsch. La literatura empujada hacia el mismo vértice por el dinero de los premios y los presupuestos de publicidad genera a alguien como Eco o el Rushdie de obras recientes. Para la revista, es el lado crítico de la situación el que importa. Aquí se ha invertido el patrón por el lado de la producción. Donde antes había un vívido intercambio entre los niveles alto y bajo, ahora ha ocurrido una polarización que tiende a dejar a cada uno encerrado dentro de sus propios discursos hipertrofiados. Así, las formas altas han caído presas de la deconstrucción filosófica, mientras que las formas populares se han convertido en terreno de juego de los "estudios culturales" de tipo subsociológico. Cada uno tiene su origen en líneas radicales de trabajo de los años cincuenta y sesenta: Hoggart y Williams, por un lado, Bataille y Derrida, por el otro. Formalmente hablando, las respectivas mutaciones siguen identificándose mayoritariamente con la izquierda; de hecho, en sus momentos más grandilocuentes, como los críticos de la derecha se aprestan a apuntar, se identifican como la izquierda, en todo caso en Norteamérica. Sin embargo, a lo que a menudo se reducen es a una opción entre el oscurantismo y el populismo o, pero aún, a una mezcla de los dos en que se combina extrañamente lo demagógico y lo apolítico. El oscurantismo como un impedimento consciente de significado tiene pocos defensores. Por otro lado, algunas veces se piensa que el populismo tiene potencial progresista. Pero si dejamos de un lado sus orígenes legendarios en Rusia, donde se consideraría a los narodniks de acuerdo a esquemas actuales completamente elitistas, lo que el populismo típicamente significa hoy sería un engaño, una igualdad de condiciones entre sufragantes, lectores u observadores, que no existe y sólo sirve para sobreseer en las desigualdades de conocimiento; es terreno fértil dónde una derecha cínica y una izquierda piadosa suelen encontrarse. Es por ello que no sorprende que, de las dos hermenéuticas que se ofrecen, los estudios culturales sean los de mayor influencia y que a la vez sean en sus formas más deterioradas el obstáculo mayor para una reconstrucción de un movimiento entre lo alto y lo bajo que no esté embebido de sí mismo. No es que escaseen los buenos análisis de la cultura de masas, donde se sigan las intenciones originales de la línea de Hoggart y Williams. Sin embargo, son demasiados aquellos estudios como los de los seguidores de la escuela de Birmingham que han abrazado de manera acrítica el mercado como fuente vigorosa de la cultura popular. En estas condiciones, el papel de NLR debería ser torcer la vara en la dirección opuesta, evitando cualquier tentación neoleavisita. Las contribuciones de Julian Stallabrass a la revista han sido una nota requerida, atendiendo de manera crítica tanto a lo más nuevo en los medios electrónicos, en el ámbito de los juegos de video, como a lo más nuevo en pintura británica y cómo ésta le sigue el juego a las galerías de arte. En toda revista radical, siempre hay la posibilidad de tensión entre dos formas de crítica, igualmente necesarias pero marcadamente distintas. Se podría pensar de ellas, por decirlo de manera burda, como enfoques "vanguardistas" y "hegelianos" a la cultura; el primero, comprometido con mostrar una postura agresiva, aunque imperativa; y el segundo, con descifrar de manera más señalada lo inteligible histórica o filosóficamente en un sentido más amplio. Clement Greenberg y Frederic Jameson son los virtuosos respectivos. Lo dos estilos no son mutuamente excluyentes y la revista debe apoyar a ambos. La necesidad por el uno o el otro varía inevitablemente de acuerdo con tema y coyuntura. En un terreno como el del cine, las reflexiones serias sobre el significado del último éxito taquillero de Hollywood o de Elstree, aunque bien intencionadas son una pérdida del espacio de la revista si se compara con el tratamiento que se les da, sobre todo fuera del mundo anglófono, a aquellos directores poco conocidos. Como contrapunto a estos desarrollos negativos en la zona metropolitana en el periodo pasado, puede decirse que ha habido un gran logro cultural: la multiplicación de productores en la periferia de Asia, África, el Medio Oriente y Latinoamérica. Esto ha recibido muy poca cobertura en el Occidente y debería ser una prioridad para la izquierda. Un buen escrito sobre Hou Xiao Xien, Kiarostami, Sembene, Leduc, bien vale cien textos, sin importar cuán críticos, sobre Spielberg o Coppola. Una serie sobre este tema, hecho extensivo al nuevo cine europeo (Amelioi, Reitz, Jacquot, Zonka), sería una secuela natural de esa serie innovadora de Peter Wollen en la primera época de NLR. De manera más general, la especie de geografía literaria que Franco Moretti ha venido desarrollando forma un puente natural entre las zonas de élite y de masas de la cultura porque se enfoca en el mercado al igual que en la morfología de las formas; le da a la vez una "vuelta desde afuera" a los sistemas globales, ofreciendo un modelo de otro tipo. En todos los campos, NLR deberá contrarrestar el provincialismo, o más bien el narcisismo, del mundo angloparlante, enfocándose aunque sea de manera desproporcionada en autores y obras que no sean anglófonas. Algo impactante de la actual escena inglesa (y por fuerza también norteamericana) es que, a pesar de que ahora se estudian mucho más que hace veinte años los idiomas y literaturas extranjeras o la política internacional en las escuelas y las universidades, los referentes culturales de las nuevas generaciones, aun de aquellas más sofisticadas, son más estrechos, debido a que la hegemonía de Hollywood, CNN y Bookerism ha aumentado exponencialmente en el ínterin. IX Publicar una revista con cometidos de esta índole siempre ha sido un acto de malabarismo. Lograr un equilibrio entre campos tan diversos como el económico o el estético, el sociológico y el filosófico, es ya delicado en sí. En este caso, dada la naturaleza de la revista, se les conjunta bajo la primacía de lo político, lo cual presenta sus propios problemas de definición y selección. El diseño de la revista refleja tácitamente su enfoque organizador, donde los artículos de fondo son los que normalmente se ocupan de las cuestiones internacionales del momento. NRL sigue siendo una revista primordialmente política, fuera de cualquier consenso amable o de las pautas de opinión establecidas. Ello no significa que sea una política que absorbe todos los campos que la ocupan. La cultura de cualquier sociedad siempre excede el espectro de actividades políticas dentro de ella; es como una reserva de significados donde sólo una parte delimitada tiene que ver con la distribución del poder, lo cual es el objetivo de cualquier acción política. Una política eficaz respeta este exceso y cualquier intento por utilizar algún terreno teórico o cultural con fines instrumentales siempre resultará inútil o contraproducente, lo cual no significa indiferencia. La izquierda necesita una "política cultural", pero lo que ello significa es un ensanchamiento de los límites de su propia cultura. Por consiguiente, NLR podrá publicar un artículo sin atender a su relación inmediata, o su falta de relación, con conocidas agendas radicales. Un cambio mayor que se ha observado en la época pasada ha sido la extensa migración de intelectuales de la izquierda hacia instituciones de educación superior. Este desarrollo, que es la consecuencia no sólo de cambios en la estructura ocupacional sino del vaciamiento de las organizaciones políticas, del embrutecimiento de algunas casas editoriales y de la atrofia de la contracultura, no parece ser reversible a corto plazo. Ello ha producido ciertas taras notorias. Recientemente Edward Said ha señalado las peores de ellas, entre las que se encuentran normas de redacción que dejarían a Marx y a Morris mudos. Pero la academización también ha causado bajas de otras maneras: armatostes inútiles que sirven a fines de acreditación y no intelectuales, referencias circulares a las autoridades, la costumbre autocomplaciente de citarse a sí mismo, etcétera. NLR busca ser una revista erudita, no una revista académica. Al contrario de muchas revistas académicas, y nada se diga de otras, no deja las notas de pie para el final de los artículos ni tampoco recurre a referencias incultas "Harvard", sino que respeta la cortesía tradicional de colocarlas al pie de cada página para que sean inmediatamente accesibles al lector como indicadores de fuentes utilizadas o como una tangente en la discusión del texto. Cuando las notas de pie son necesarias, los autores pueden utilizarlas libremente como lo hace Moretti en este número (NLR, No. 1, enero-febrero de 2000). Pero su mera proliferación, una verdadera plaga de muchas colaboraciones sometidas actualmente, no se aceptará. Debería ser una cuestión de honor para la izquierda escribir tan bien como sus adversarios, sin necesidad de redundancias o vaguedades. La revista tendrá ahora regularmente una sección de reseñas de libros y fomentará el intercambio polémico. NLR siempre ha disfrutado de una ventaja comparativa no merecida por el idioma en el que se publica, ya que el inglés tiene un público mundial que ningún otro idioma posee de igual forma. Para compensar en cierta medida, debería llevarse a la atención de sus lectores obras importantes que no se encuentran publicadas en inglés, así como las que sí lo están. Las reseñas en este número son una muestra improvisada de lo que podría hacerse. En cuanto a polémicas, la revista ha tenido tradicionalmente muy pocas de ellas y esperamos poder cambiar esto. Este número contiene un par; habrá otras en el próximo número. En este punto, el criterio principal no será lo correcto políticamente, sino la originalidad y vigor del argumento. No se requiere que los colaboradores sean convencionalmente de izquierda; hay muchas áreas, quizá particularmente en el terreno de relaciones internacionales, donde los argumentos en contra de los usuales cánones piadosos progresistas, y que generalmente son avalados por los bastiones respetables del liberalismo, son de calidad superior. Las críticas más devastadoras a la expansión de la OTAN y la guerra de los Balcanes a menudo vinieron de la derecha. La revista debería acoger en sus páginas tales colaboraciones. Lo que sale sobrando son las apologías a las políticas oficiales de la izquierda (y muchas de éstas se dejaron oír cuando despegaban los aviones B-52 hacia Kuwait o Kosovo). A diario se pueden encontrar muestras de ellas en la prensa establecida. El valor del intercambio polémico radicará en alejarse de esta zona cloroformizada. Para concluir, unas palabras en cuanto a ubicación. NLR fue una revista concebida en Gran Bretaña, un Estado que esperaríamos no perdurase más, por las razones mordaces expuestas por Tom Nairn. La revista ha tenido mucho que decir sobre el Reino Unido y seguirá haciéndolo. Sin embargo, muchos de los miembros del consejo editorial viven o trabajan en Estados Unidos, país sobre el cual la revista también ha publicado ampliamente. A lo largo de dos decenios, los escritos sobre Norteamérica de uno de sus colaboradores más coherentes, Mike Davis, han dejado una huella indeleble. Está también el entorno europeo que fue fuente de estímulo para las ideas iniciadoras de esta revista. El alcance de NLR siempre ha sido mayor que esta base occidental. Sin embargo, aunque la revista ha abarcado bien o mal, de acuerdo a la época, al resto del mundo (tercer mundo, segundo y también el primero, cuando estos términos aún se mantenían), sus autores continúan proviniendo de las metrópolis. Esto es algo que nos gustaría cambiar. Deberá llegar el momento en que los colaboradores de la revista sean tan transatlánticos como su contenido. Por el momento, no está a nuestro alcance, pero es un horizonte hacia el cual mirar. Notas (1) Three Currents in Communism"
(Tres corrientes en el comunismo), NLR, 23, enero-febrero, 1964.
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