25 de diciembre de 2001
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Indigenistas e indianistas


Anna Pi i Murugó

Los libros que presentamos tienen una línea de pensamiento y análisis que posiblemente pueda unirse o, al menos, uno puede devenir la continuación del otro. El indigenismo (México, FCE, 1998) de Henri Favre, es un texto teórico y básico para entender el origen, evolución e historia de las teorías que impulsaron y concretaron la práctica indigenista. 

En este libro, el lector podrá conocer los distintos principios y acontecimientos políticos o sociales que convergieron en la concreción de la teoría del indigenismo y cómo éste se ha desarrollado en los distintos países. Asimismo, el libro de Favre nos aproxima a los teóricos básicos que uno debe conocer para entender esta corriente antropológica-práctica. 

Al analizar el indigenismo Favre declara que éste "...arrastra la mala conciencia que los conquistadores europeos, los colonos criollos y los mestizos sienten frente a los indios, sin lograr tranquilizarla" (p. 7).

La fuerte relación que existe entre el nacionalismo y el indigenismo es otro de los puntos que el autor reitera en esta obra. El movimiento indigenista alcanza su auge durante los años 1920-1970, pero sus restos se mantienen en la actualidad. La definición introductoria de Favre sobre la nula participación indígena en el movimiento indigenista y el posterior movimiento indianista que nos describe -y que Díaz-Polanco concreta en su texto- es clara y válida para entender su función en la actualidad. "El movimiento indigenista no es la manifestación de un pensamiento indígena, sino una reflexión criolla y mestiza sobre el indio. De hecho se presenta como tal, sin pretender en absoluto hablar en nombre de la población indígena. Esto no impide que tome decisiones acerca de su destino en sus propios lugares, según los intereses superiores de la nación tal y como son concebidos por los indigenistas. Esto es precisamente lo que le reprocha el indianismo, desarrollado a partir del decenio de 1970, el cual pretende ser la expresión de aspiraciones y reivindicaciones auténticamente indias" (p. 11). 

En un breve apunte histórico sobre los antecedentes coloniales que impulsaron el movimiento indigenista, el lector puede conocer los grandes momentos que en este periodo influyeron en los movimientos indios y su situación. Posteriormente, durante el proceso de Independencia que "...se traduce en todas partes en una degradación sensible de la condición del indio. El régimen republicano refuerza el sistema de explotación en el que España había hecho entrar a la población indígena, despojándola de sus defensas mediante la intensificación de sus aspectos feudales. El colonialismo externo es reemplazado por una forma brutal de neocolonialismo interno que se mantendrá localmente en algunos países de América Latina hasta la mitad del siglo XX, sin experimentar entre tanto considerables modificaciones estructurales" (p. 35). 

Entre las corrientes de pensamiento que conforman el movimento indigenista están el culturalismo, el marxismo y el telurismo. Favre cita a distintos autores, entre los que cabe señalar a Vicente Lombardo Toledano, José Carlos Mariátegui, Gonzalo Aguirre Beltrán o Moisés Sáenz, entre otros. El predominio de autores mexicanos demuestra, una vez más, que en México el indigenismo ha tenido mayor influencia y desarrollo. 

El tercer capítulo del libro es ciertamente interesante ya que abarca algunos aspectos poco conocidos, como las distintas artes que pueden ser calificadas de indigenistas. Así, si bien el estudio de la literatura indigenista ha sido ampliamente desarrollado por distintos autores, no ha sido el caso de la pintura o las artes plásticas, la música, el canto o la danza. Favre describe estas artes de manera profunda, lo que hace posible una visión más amplia de las concreciones del indigenismo. 

En el apartado de la política indigenista el autor describe ciertas acciones políticas en distintos países. El caso mexicano es, otra vez, el más extenso. En este capítulo podemos conocer algunos aspectos de la política indigenista concretada en la legislación, la importancia de la educación en su desarrollo, junto con una breve evaluación de lo que ha sido la política indigenista en su inevitable relación con "...el proyecto nacional, formulado un siglo antes, y que está a punto de cuajar a finales de los años sesenta" (p. 125). 

El último capítulo de la obra de Favre narra la evolución del indigenismo al indianismo. Y en un avance prospectivo del futuro cercano expresa que: "Hoy en día, la globalización del mundo y su tribalización hacen caduco cualquier proyecto nacional. La mundialización hace pasar al indigenismo a la historia. En cuanto a la tribalización, ésta garantiza, dentro de las sociedades fragmentadas, el renacimiento de la indianidad; o más exactamente, el nacimiento de una nueva indianidad" (pp. 149-150). 

El libro de Díaz-Polanco, Autonomía regional. La autonomía de los pueblos indios (México, Siglo XXI, 1996), da seguimiento a lo narrado por Favre. El autor concreta de qué modo se ha llevado a cabo la política indigenista en México. 

En primer término cabe mencionar, como escribe Díaz-Polanco, que "aunque los hombres se han asociado siempre en algún tipo de unidades localizadas, su agrupamiento en estados naciones es una característica moderna cuyo pleno desarrollo es ciertamente un fenómeno esencialmente contemporáneo" (p. 16). 

Otro de los temas que apunta el autor es la problemática de concretar la creación y constitución de los estados nación en las sociedades de Latinoamérica, siguiendo el modelo europeo, que obviamente se desarrolló de acuerdo la idiosincracia y características de las poblaciones europeas. "En Hispanoamérica, pues, se lleva a cabo la tarea de constituir el Estado nacional sin que en las sociedades que se proponen tal empresa exista una burguesía suficientemente conformada, como expresión de una lógica capitalista que hubiera prendido en los fundamentos del sistema" (p. 25). 

La problemática indígena, como ha sido reiterado, sólo se dio dentro de una visión gloriosa de la historia de las grandes culturas prehispánicas. Esta recuperación del pasado indígena "...era una arma poderosa contra el dominio español. Pero no incluía, como queda dicho, ninguna reivindicación del indio vivo" (p. 37). Este fenómeno se seguirá desarrollando a lo largo de la historia del indigenismo y se plasmará en muchas de las actuaciones de las instancias oficiales. Un caso ya conocido y debatido sobre este hecho es la propia construcción, adecuación y presentación al público del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México (Para ampliar sobre este caso en concreto ver Néstor García Canclini: Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, CNCA. México, 1991). Díaz-Polanco confirma la diferencia entre la problemática europea y la latinoamericana y, ante todo, la influencia que esto ha tenido en la evolución del indigenismo propiamente mexicano. El antropólogo escribe: "En Europa, las condiciones económicas, políticas y socioculturales que acompañan al desarrollo capitalista (en especial, la conformación de múltiples nacionalidades en el interior del Estado nación), determinan que el liberalismo asuma cierta tolerancia hacia la diversidad nacional interna, justamente para contrarrestar las desintegradoras tendencias de un fuerte nacionalismo cultural (de raíz relativista e historicista) que acariciaba la idea de un Estado para cada nacionalidad. La alternativa era clara: o se acomodaba tal diversidad en el interior de cada Estado nacional, o se corría el riesgo real de una lucha inmediata de las nacionalidades por la autodeterminación que conduciría a una organización estatal según las identidades culturales" (p. 39). 

En oposición, el caso mexicano -o más ampliamente americano- muestra notables diferencias y por ello: "A diferencia de Europa, en Latinoamérica la nacionalidad dominante criollo-mestiza se enfrenta no a otras nacionalidades con capacidad para disputar el control del Estado o para negociar sus posiciones, sino a un archipiélago de comunidades políticamente desarticuladas y con escasa perspectiva nacional (grupos étnicos). Es en este contexto histórico que, ideológicamente, unidad nacional y pluralidad sociocultural devienen antitéticas" (pp. 39-40). Fruto de estas primeras consideraciones históricas el autor reconoce y analiza el justificado reclamo de autonomía de los pueblos indígenas de México. Ahora bien, "...esa autonomía no puede resultar de una concesión, sino como una conquista del sujeto étnico (necesariamente articulado a otros sujetos populares) cuya constitución y desarrollo han tratado de impedir a toda costa los diversos indigenismos que en Latinoamérica han sido" (p. 41). 

En un estudio de las corrientes indigenistas implementadas se afirma que: "Las diversas políticas indigenistas que han operado a lo largo de nuestra historia son el reflejo -y en varios sentidos la causa- de tal heterogeneidad no resuelta. Los indigenismos implican políticas concebidas y diseñadas por los no indios, para ser aplicadas a los otros; no suponen una consideración del punto de vista y los intereses de otros, sino una negación rotunda de que éstos tengan algo que opinar sobre sus propios asuntos. Los indigenismos reúnen así la doble cualidad de ser inorgánicos (respecto a los grupos étnicos) y extremadamente homogeneizadores". (p. 42). 

Se pueden delimitar "...tres fases de las políticas indigenistas que pueden discernirse entonces: a) la que corresponde a las más de tres centurias de régimen colonial; b) la que se aplica, luego de la independencia, durante el siglo XIX y parte del actual (preconizada y llevada a la práctica especialmente por los sectores liberales), c) finalmente la que desarrollan los modernos estados latinoamericanos, en particular a mediados del siglo XX" (p. 43). 

Otro aspecto que -afirma Díaz-Polanco- es importante señalar es cómo la política segregacionista implementada desde la Colonia ha contribuido en buena parte en la constitución de las actuales identidades y nacionalidades indígenas. Es en este sentido que puede decirse con propiedad que el sistema colonial creó al indio. "En efecto, la estrategia de diferenciación y su concomitante régimen de trabajo (de un modo u otro coercitivo), determinaron relaciones de subordinación, de control social y político, que marcaron profundamente a los indígenas. Por ello, puede afirmarse que las características que en adelante distinguen a los grupos étnicos no provienen del mundo prehispánico, sino que en su mayor parte se gestan durante el periodo colonial (...) la misma política colonial determinó en Hispanoamérica una configuración étnica caracterizada por la atomización casi infinita de pueblos y comunidades". (p. 84-85). 

De la política segregacionista se pasó a otra tendencia, impulsada por el Estado, mediante la cual "Se busca ahora convertir al indio en un miembro más de la sociedad nacional, eliminando cualquier fuero o privilegio. En el terreno jurídico-político, se proclama la calidad de ciudadanos de los indios y la igualdad formal ante la ley. Ello expresa en verdad el sostenido esfuerzo por esfumar al indígena del horizonte nacional: en adelante existen ciudadanos, no indios" (p. 89). 

Así, "El indigenismo contemporáneo, de carácter 'integracionista', es bautizado y formalizado en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, que tuvo lugar en México (Pátzcuaro, Michoacán) en 1940" (p. 91). 

El nuevo proceso de inclusión nacional que se propone, ya no habla de compulsión ni de hacer tabla rasa de la cultura autóctona; ahora el procedimiento implica una moderación que expresa la nueva astucia del indigenismo: se muestra respecto hacia las culturas indígenas y, al mismo tiempo, "las comunidades son incitadas a invertir sus propios esfuerzos para lograr su propio mejoramiento y su integración a la nación, para que efectivamente se conviertan en partes integrantes de la misma". (p. 92). 

La definición del autor sobre el indigenismo es suficientemente clara y sirve como final de este tan debatido debate: " Considerando esta alquimia, el indigenismo no se conformó con una teoría antropológica propiamente dicha, sino con una síntesis ecléctica, aunque con un perfil peculiar, de elementos tomados del evolucionismo, el relativismo cultural y el estructural-funcionalismo, con todo lo cual intenta proponer una solución a la indeseable heterogeneidad étnica de numerosos países latinoamericanos. Así constituido, el integracionismo se convirtió oficialmente en la política indigenista de los estados nacionales latinoamericanos." (p. 96) 

En los últimos capítulos del libro, Díaz-Polanco presenta las perspectivas de la autonomía regional que se sucederán en México y, de este modo, describe "...el fantasma de la autonomía... A finales de los ochenta, la meta autonómica surge ya como la principal bandera de lucha de los pueblos indios en todo el continente" (p. 200). 

El autor analiza el caso de los proyectos autonomistas de el Istmo de Tehuanpec, así como los más recientes reclamados por el EZLN en Chiapas. Para el antropólogo existe, frente a la legislación actual, "...la necesidad de crear un nuevo piso en la organización político-territorial, con el doble objeto de que puedan constituir entidades regionales (que agrupen a varios municipios, cuando sea el caso) y se acceda a la autonomía, en especial por parte de aquellas regiones en donde exista una apreciable o mayoritaria presencia de pueblos indígenas" (p. 224). En el último capítulo del libro, titulado "Post Scriptum", podemos conocer las reformas que los distintos países latinoamericanos han realizado a sus constituciones para atender las demandas regionales de autonomía y las posibilidades que el propio autor prevee a cada uno. 

El caso de la insurección en Chiapas, profundamente analizado por Díaz-Polanco es básico, segú él, para el desarrollo autonómico en otras regiones dentro del país y en el continente. 

 
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