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17 de mayo
de 2002
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Escribe Alberto
Hernando
La
literatura es el ámbito donde se virtualiza lo imposible, pero,
también, permite proyectar la potencia (lo que puede ser) de lo
real. En ese sentido, en El pasajero Walter Benjamin (Igitur, Montblanc,
2000), Ricardo Cano Gaviria utiliza el hecho histórico del suicidio
de Walter Benjamin (Port-Bou, 26 de septiembre de 1940) para recrear las
plausibles horas postreras del pensador alemán. Lejos de excéntricas
licencias ficticias o excesos imaginativos y, asimismo, denotando el profundo
conocimiento que el autor tiene sobre el personaje, la novela se ajusta
a los pensamientos que, consecuentes con su trayectoria vital e intelectual,
debieron asaltar a Benjamin en los momentos inminentes a su deceso. Precisamente
por ser una novela -aunque contenga muchos elementos propios del ensayo-
se inventan situaciones y personajes que diferencian la obra, como apunta
Cano Gaviria en el exordio, de una «biografía vergonzante»;
pues, en puridad, el propósito de lo que aquí se trata es
elucidar «la muerte como posibilidad poética, es decir, como
posibilidad de extraer en el proceso de narración, una belleza innombrable
del escueto dibujo de una vida».
Los avatares y circunstancias del último viaje de Benjamin -que a la sazón contaba 48 años- son de sobra conocidos: privado por los nazis de su nacionalidad y exiliado en París desde 1933, al desencadenarse la conflagración mundial y el ejército alemán ocupar Francia, se verá de nuevo obligado a huir. En Marsella logrará un visado para emigrar a EE.UU. Para ello tendrá que embarcar en Lisboa atravesando España. Como quiera que el régimen de Vichy no concedía permisos de salida del país a los refugiados de origen alemán, decidirá cruzar clandestinamente la frontera por los Pirineos. Guiado por Lisa Frittko y acompañado por Henny Gurland, el hijo de ésta, y varias personas que durante la ruta se unen al grupo, tras un largo y penoso recorrido desde Banyuls-sur-mer, llegará Benjamin a la aduana de Port-Bou el atardecer del 25 de septiembre. La policía española les negará el visado de entrada aduciendo órdenes de no otorgar tal permiso a quienes disponen de un pasaporte «sin nacionalidad». El grupo de refugiados tendrá que pasar la noche en un hotel para el día siguiente, obligatoriamente, volver a Francia por el mismo camino. Ante esa perspectiva, enfermo (sufría un cólico al haber ingerido agua estancada) y exhausto física y anímicamente, Benjamin decide suicidarse. No es éste un impulso irreflexivo. Desde hacía años la tentación del suicido acompañaba a Benjamin, según consta en sus diarios de 1931-1933. Los incesantes jaques que la vida le había infligido (separación matrimonial, fracaso universitario, precariedad económica, incomprensión intelectual, acoso del nazismo, exilio...), como si un hado maléfico -el jorobadito- le persiguiera, alcanzan su clímax en la negación del visado de entrada en España. El agotamiento -físico y moral-, así como el temor a ser detenido por la Gestapo, son los estímulos negativos que finalmente -«ya no podía impedir el jaque mate»- le abocarán a abandonar la vida mediante una sobredosis de morfina. Si el acto fue una lúcida determinación personal, bien puede decirse, parafraseando a Artaud respecto de Van Gogh, que Benjamin fue «un suicidado de la sociedad». A partir de estos hechos históricos, Cano Gaviria elabora la ficción novelesca de los dramáticos momentos epigonales de Benjamin. La narración se desarrolla en tres planos discursivos: el recuerdo, los actos conscientes en vigilia y la imaginación febril en duermevela en la que el protagonista confunde realidad y ensoñación. Esos tres ámbitos de voz, donde la realidad se descompone «como en un juego de espejos», están perfectamente ensamblados, sin disonancias, con ritmo armónico, y bien referenciados intelectualmente con citas del propio Benjamín o elegidas ad hoc por Cano Gaviria. La evocación de los hitos más significativos de su vida permiten a Benjamin -«desde la altura de los años hacia el paisaje de la niñez»- vincular pasado con presente, dando así cuerpo y sentido a su trayectoria y existencia: si niñez berlinesa en el seno de una acomodada familia judía, «la melancolía del niño que había aureolado siempre los sueños del adulto»; sus intereses filosóficos y literarios; su impronta saturnina («Teniendo en cuenta que vine al mundo bajo Saturno -el planeta de la revolución lenta, el astro de la indecisión y del retraso»); sus principales amores (Jula, Dora, Asja), sus estancias en París, Capri, Moscú, Ibiza... La narración expresa y transmite excelentemente la densidad emocional de aquellos instantes y la carga simbólica de los ensueños: la pira de gafas huérfanas de dueño en una playa ibicenca (premonición del despojo de objetos personales a los prisioneros hacinados en los almacenes de los campos de exterminio), la metáfora de la rata gorda (el poder y el disfrute del territorio) versus la rata flaca (el perseguido y el ineluctable exilio); la búsqueda de un beau sujet para un lienzo circunstancial (conformar una estética bella a partir de su desolación); el lema Ultima Multis inscrito en el reloj de la torre de una iglesia en Ibiza... La intensidad del relato se acrecenta en las últimas páginas, cuando Benjamin, ya reconciliado consigo mismo, llega puntual al encuentro con al muerte: «A pesar de todos los contratiempos surgidos, no había llegado tarde a la cita, lanzó un suspiro de alivio y cerró apaciblemente los ojos tras sus gruesas gafas de miope». Sólo resta decir que esta obra es una reedición revisada de la publicada en 1989 -galardonada tres años antes con el premio Navarra-, en cuyo título no figuraba el nombre de Walter. Sin embargo, no importa tanto la oportuna coincidencia de su publicación con la celebración del sesenta aniversario de la muerte de Benjamin, como el goce de poder leer una novela -ejemplar en su factura literaria- que actualmente era inencontrable y cuyo contenido, sin que le pesen años, sirve de aviso para navegantes, pues, en estos tiempos que corren, la barbarie vuelve a acecharnos con renovados bríos y ropajes. |
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