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27 de Noviembrede 2002
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¿Es
aún actual la idea de revolución?
Michael Löwy Para
los astrónomos, desde 1727, la "revolución" es la rotación
de un cuerpo alrededor de su eje. Desde el punto de vista socialista, revolución
significa muy exactamente lo contrario: interrumpir el curso monótono
de esta pseudo-civilización capitalista occidental sobre sí
misma, romper ese eje de una vez por todas y crear la posibilidad de un
movimiento diferente, de un movimiento más libre y más armonioso,
de una civilización comunista libertaria de la atracción
apasionada (Fourier), de una realización efectiva de la promesa
utópica que contienen las palabras democracia e igualdad.
La idea marxiana de revolución se caracteriza ante todo por su carácter radicalmente democrático y antiautoritario. Mientras que los socialistas utópicos y los primeros comunistas (discípulos de Babeuf), que se reclaman del materialismo, encomendaban a un déspota ilustrado o a una minoría revolucionaria el cambio de las circunstancias y la liberación del pueblo del oscurantismo, Marx se sitúa en un terreno filosófico y político completamente diferente. Con su ruptura con las premisas del materialismo mecánico, formuló el germen de una nueva filosofía y, al mismo tiempo, los fundamentos metodológicos para una nueva teoría de la revolución. Rechazando a la vez el viejo materialismo mecánico y el idealismo neohegeliano, Marx cortó, con su filosofía de la praxis, el nudo gordiano ideológico de la época, proclamando que en la praxis revolucionaria coinciden el cambio de las circunstancias y la transformación de la conciencia de los seres humanos. Ni César ni tribuno. De ahí se deriva, con rigor y coherencia lógica, su nueva concepción de la revolución, presentada por vez primera en La Ideología Alemana: sólo por su propia experiencia, en el curso de su propia praxis revolucionaria, los explotados y oprimidos pueden romper a la vez las "circunstancias" sociales que les encadenan -el capital, el Estado- y su conciencia mistificada anterior. En otros términos: no hay otra forma de emancipación auténtica que la autoemancipación. Como escribirá más tarde Marx en el Manifiesto inaugural de la I Internacional (1864): "La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos". En el marco de esta visión de la revolución -que se remite, por supuesto, no sólo a la "toma del poder", sino a todo un período histórico de transformación social ininterrumpida- no hay lugar para ningún "déspota ilustrado", individual o colectivo. Los antecedentes del culto al jefe -Stalin, Mao, Kim-il-Sung y gente como Ceaucescu- hay que buscarlos más bien en la historia de las religiones, o en las costumbres del despotismo oriental -bizantino o asiático- más que en el pensamiento del autor del Manifiesto Comunista. ¿Renunciar al cambio? Durante el siglo XX, tras el gran momento insurreccional de 1917-23, la idea marxiana de revolución autoemancipatoria ha sido reemplazada, en la ideología de la izquierda realmente existente, por una suerte de automatismo del "progreso", compartido por el estalinismo y la socialdemocracia: el socialismo era inevitable, era el tren de la historia, bastaba con nadar en el sentido de la corriente. Su victoria estaba asegurada. Según unos por la productividad creciente de las fábricas soviéticas, y según otros por la acumulación de las reformas sociales (en Europa occidental). Hoy, el contexto ha cambiado: según el consenso dominante, el progreso sólo puede realizarse en el horizonte inalterable del orden burgués. En estas condiciones, ¿es aún actual la idea de revolución? ¿No se trata de una pieza de museo, o de una ilusión a la que "hemos amado tanto"? Se nos explica que no existe alternativa al capitalismo, que toda búsqueda de un camino diferente conduce al totalitarismo, o es una ilusión, una utopía, un sueño romántico, un anacronismo anticuado. ¿Hay pues que renunciar a toda esperanza de cambio? Es también, poco más o menos, el argumento socialdemócrata actual. El reformismo ha cambiado profundamente de naturaleza en el curso de los últimos decenios: en su forma socialdemócrata clásica, pretendía suprimir el capitalismo por una sucesión de reformas decretadas por el Parlamento. Hoy, con el social-liberalismo, que encuentra en la "tercera vía" de Blair y el "nuevo centro" de Schröeder su forma más cínica, no se trata ya de una vía reformista hacia el socialismo, sino de un acompañamiento social del neoliberalismo, de la introducción de un suplemento de alma "social" en el capitalismo. La aspiración revolucionaria no es un sueño: se apoya en las contradicciones del sistema, en los conflictos de clase, en los intereses de los oprimidos, y en un análisis lúcido de la realidad, que nos muestra que la "prosperidad" prometida por el sistema capitalista mundial es necesariamente el privilegio de una élite cada vez más reducida. Los países del Sur no podrán nunca "alcanzar" al Norte capitalista avanzado, a la vez porque el sistema imperialista dominante desde hace un siglo no permite ya la incorporación a su dirección de nuevas naciones, y porque la generalización del modo de producción y de consumo de Occidente es imposible por razones ecológicas evidentes. Por otra parte, en los propios países del Norte el número de personas excluidas (pobres, paradas, precarias, inmigrantes) no cesa de crecer, mientras que los economistas explican que el pleno empleo no volverá nunca jamás. Las revoluciones. No hay lugar para ser demasiado optimista: la apuesta revolucionaria, el combate por una nueva sociedad, por una cultura de la solidaridad, de la fraternidad, de la esperanza, contra la cultura capitalista del egoísmo individualista y de la muerte, se enfrenta a obstáculos considerables de los cuales no es el menor la decepción causada por el fracaso de los pretendidos socialismos reales. Sin embargo, acontecimientos como el levantamiento zapatista de 1994, el gran movimiento social de 1995 en Francia, la movilización internacional contra la OMC en Seattle muestran que la aspiración a un cambio de paradigma existe. Pero este cambio, y la realización de los ideales libertarios, igualitarios y democráticos comunes al socialismo, al movimiento de emancipación de las mujeres y a la ecología social, no podrán llevarse a cabo sin atacar a las raíces del desorden establecido: la ley de la ganancia, la explotación capitalista, el imperialismo, el poder de clase del gran capital. Es decir, sin una revolución. La revolución social, escribía Marx en El 18 Brumario, no extrae su poesía del pasado sino del futuro. Estaba a la vez equivocado y en lo cierto. Equivocado, en la medida en que el recuerdo de los grandes momentos revolucionarios del pasado siglo -Petrogrado 1917, Budapest y Munich 1919, Barcelona 1936, La Habana 1959, Saigón 1975, Managua 1979, Chiapas 1994- sigue siendo indispensable: sin una memoria colectiva del pasado, no puede haber sueño de futuro. En lo cierto, porque las revoluciones del siglo XXI serán nuevas, y maravillosamente imprevisibles. |
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