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11 de Marzo de 2003
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Los
fantasmas del siglo XXI
Entrevista con Eric Hobsbawm El
primer aniversario de los atentados terroristas en Estados Unidos inspira
nuevas reflexiones sobre la importancia del suceso que sacudió al
mundo el año pasado. ¿Fue un hecho único o la señal
de un cambio histórico? Si indica una tendencia nueva, ¿cuál
es? En el comienzo de un nuevo siglo, ¿estamos entrando en una era
de extremos, como dijo del siglo XX el historiador británico Eric
Hobsbawm? Nadie puede aclararlo mejor que el propio Hobsbawm, que tiene
85 años y la experiencia personal y profesional de una persona que
ha vivido y estudiado los conflictos del siglo XX.
Silio BoccaneraLos nuevos fantasmas —Usted ha calificado el siglo XX como una época de violencia, de demasiadas guerras. ¿Los primeros indicios del siglo XXI le hacen temer que vaya a seguir la misma dirección? —No
creo que vaya a haber guerras mundiales como las del siglo XX, en gran
parte porque ahora no existen grandes potencias enfrentadas, a no ser que
se produzca una guerra mundial en la que intervengan Estados Unidos y China.
No obstante, no va a ser un siglo pacífico.
—Si se producen
esas nuevas guerras, ¿en qué se diferenciarán de las
del siglo XX?
—Las
guerras del tipo de las del XX seguirán existiendo como guerras
regionales, por ejemplo en Asia. Es posible. Al fin y al cabo, la guerra
entre Irán e Iraq, a la que prestamos muy poca atención,
fue una guerra importante. Nos interesó poco porque no era parte
de la Guerra Fría, el gran enfrentamiento entre Estados Unidos y
Rusia. Ese tipo de conflictos seguirá existiendo, sin duda, aunque
estarán más limitados por el temor a una posible intervención
estadunidense. Lo que habrá será un alto grado de inseguridad,
sobre todo en las zonas del mundo en las que las instituciones del Estado
están desintegrándose.
—¿Cree
que la guerra contra el terrorismo será la nueva versión
de la Guerra Fría?
—Desde
el punto de vista de la política norteamericana, sí; en la
vida real, no. Para empezar, no es una guerra. No hay un adversario contra
el que se pueda luchar como contra una potencia enemiga, un Estado enemigo.
En segundo lugar, el terrorismo no es un enemigo; es un término
propagandístico para calificar los actos de personas que no nos
gustan y que emplean la violencia. Todo el mundo usa la violencia; a los
que nos gustan no los llamamos terroristas, sino combatientes de la libertad
o alguna otra cosa. No es que terrorismo sea una expresión sin sentido,
ni mucho menos. Pero desde el punto de vista de Estados Unidos, es otra
forma de decir: «Vamos a luchar contra cualquiera que nos parezca
que podemos vencer». Y eso significa cualquiera.
—Estas
nuevas guerras, en cierto sentido, se diferencian de las antiguas en que
no hay una declaración de guerra ni un final propiamente dicho.
Eso nos lleva a pensar en la paz. ¿Qué es ahora la paz? ¿No
es nada más que un intervalo, un mantenerse a distancia de las áreas
de conflicto?
—Hay zonas de
paz, pero el mundo, en su conjunto, no está en paz. Durante la mayor
parte del siglo XX, Latinoamérica ha sido una región pacífica,
en la medida en que no ha habido guerras tradicionales entre Estados. Supongo
que el único gran conflicto fue la guerra del Chaco, en los años
treinta. Aparte de eso, prácticamente nada. Desde 1945, también
han sido zonas de paz el centro, norte y oeste de Europa y parece muy poco
probable que vaya a haber una guerra entre Alemania e Italia o entre Francia
y Alemania. Sin embargo, la mayor parte del mundo no está en esa
situación. No es posible hablar de paz si recordamos la definición
del filósofo Thomas Hobbes: «La guerra existe no sólo
cuando se está librando una batalla, sino cuando la batalla puede
comenzar en cualquier momento». Ésa es hoy la situación
en muchos sitios, prácticamente en todos; al fin y al cabo, hay
muchas batallas en marcha en lugares como África.
—Cuando
hablamos de guerra hoy, tendemos a trivializar el término. Es una
palabra que se utiliza para demasiadas cosas: la guerra contra las drogas,
contra el crimen, contra el terrorismo, contra lo que sea.
—Por eso digo
que «guerra contra el terrorismo» es un término propagandístico,
que
cumple los objetivos políticos internos de Estados Unidos, pero
no quiere decir nada desde el punto de vista internacional.
Los
peligros reales
—¿Vamos
a ver, en nombre de esa supuesta guerra contra el terrorismo, violaciones
de los derechos civiles y humanos en Europa y Estados Unidos, como ocurrió
en Latinoamérica durante la guerra contra los rojos, los subversivos,
los izquierdistas?
—Sí,
creo que es un peligro muy real. Uno de los mayores riesgos de las llamadas
guerras contra las rebeliones, el terrorismo o el bandolerismo es que casi
siempre han desembocado en torturas. Latinoamérica ha tenido una
enorme experiencia en este aspecto. Ahora está muy claro que el
peligro existe. Incluso veo que algunos intelectuales de Estados Unidos
o Israel lo justifican y eso me parece un retroceso a la barbarie.
—Habla
usted del mal uso de la terminología. Ahora tenemos la distinción
que se hace entre combatientes y no combatientes, por ejemplo en el caso
de los prisioneros talibanes en Guantánamo, que, por consiguiente,
no cumplen los requisitos para acogerse a la Convención de Ginebra.
¿Las nuevas guerras están eliminando las diferencias entre
combatientes y no combatientes?
—Sí
y no. En ciertos aspectos, la distinción entre combatiente y no
combatiente ha resucitado. En el siglo XX, en la práctica, no existía
esa diferencia y el objetivo principal de las grandes guerras era destruir
a los no combatientes. Gracias a la alta tecnología de la que disponemos
hoy, es posible seleccionar los objetivos con mucha más precisión
que antes y ahora puede distinguirse entre combatientes y no combatientes.
Sin embargo, a la hora de la verdad, estas nuevas técnicas y tecnologías
no son muy de fiar. Se ha podido ver en Afganistán, donde han muerto
muchos más no combatientes que combatientes, por ejemplo ?como usted
dice? en Guantánamo, a los que no nos gustan los calificamos de
no combatientes.
—O se les
califica de tal manera...
—...que queden
excluidos tanto de los derechos de los civiles como de los derechos de
los combatientes.
—Si
examinamos de nuevo los atentados del 11-S, como algo más que una
gran acción terrorista, ¿qué tipo de consecuencias
a largo plazo prevé usted?
—Creo
que los sucesos del 11-S, en sí, no tuvieron gran importancia política
ni militar. Fueron muy espectaculares y trágicos, pero no cambió
nada en la situación internacional. La idea de que Estados Unidos
está verdaderamente en peligro por este motivo es irreal. En mi
opinión, hay que ser conscientes de los límites que tiene
este tipo de actividad terrorista. No creo que se pretendiera acabar con
Estados Unidos. No se podría. Si los atacantes hubieran tenido la
capacidad de movimientos terroristas eficientes, de larga historia y bien
organizados, como ETA en España o el IRA en Inglaterra, quizá
habrían intentado hacer que Estados Unidos se retirara de ciertas
regiones, igual que ETA pretende que España se retire del País
Vasco y el IRA quiere expulsar a Gran Bretaña de Irlanda del Norte.
Estados Unidos, claramente humillado por un golpe tan extraordinario, pensó
que tenía que hacer algo para recuperar su posición internacional.
Seguramente ha ido más allá y ha aprovechado la ocasión
para asentarse como líder hegemónico mundial, sobre todo
en el terreno militar.
-Vimos la
impresionante demostración de fuerza del ejército estadunidense
en Afganistán. El presupuesto militar norteamericano ha aumentado
tremendamente. ¿Es posible que su superioridad se haya hecho tan
abrumadora que hayan perdido importancia no sólo sus enemigos, sino
incluso sus aliados?
-La situación
no ha cambiado. En cierto sentido, ya era evidente, por ejemplo en la Guerra
del Golfo, que, si había un conflicto armado entre las potencias
del Tercer Mundo y las del Primero, éstas ganarían. Podían
ganar cualquier batalla que quisieran. La pregunta es: ¿y después,
qué? ¿Cómo se establece un control permanente o incluso
una intervención permanente en esos países? En el pasado,
se podía hacer porque, en gran parte del mundo, la gente estaba
preparada para aceptar la lógica del poder. Los británicos
consiguieron dirigir el imperio indio, que era mucho mayor que Gran Bretaña.
Gobernaban a cientos de millones de personas con un número mínimo
de soldados y funcionarios británicos, en parte porque los hindúes
siempre han estado sometidos a diversos conquistadores y aceptaban la lógica
de la situación. Además, uno puede establecer su poder a
base de obtener aliados. También en ese caso fue así; el
imperio británico en India dependía, hasta cierto punto,
de sus alianzas con los príncipes indios, que eran sus súbditos,
pero salvaron a los británicos.
-Al mismo
tiempo, el poder británico de la época no era quizá
tan hegemónico como lo es hoy el de EU, en el aspecto militar.
-A escala mundial,
no. El imperio británico, en el sur de Asia, no sólo era
hegemónico, sino que dominaba por completo. Gobernaba la región,
la administraba y podía dirigirla desde Londres. Pero en el mundo
en general no era así, porque los británicos sabían
que eran un país de tamaño medio que disponía temporalmente
de un inmenso poder militar ?era la única potencia naval
del mundo? y una economía muy fuerte. Sin embargo, sabían
que no tenían la fuerza suficiente para dominar del todo. Por ejemplo,
en la Norteamérica colonial, los británicos intervinieron
al comienzo de la lucha por la independencia, pero luego se rindieron.
Decidieron que estaba demasiado lejos. Podían hacerlo, pero no les
mereció la pena.
-Existen
ciertos paralelismos, pues, con el imperio estadunidense de hoy, en cuanto
al poder económico y militar. ¿Pero ve usted signos de decadencia
o pérdida de ese poder?
-Es
difícil decirlo. Desde luego, no veo indicios de decadencia. Veo
signos de debilidad en la economía estadunidense. Soy un hombre
viejo (nací en 1917) que ha vivido gran parte del siglo XX y, si
hay algo que he aprendido, es que los grandes imperios se desintegran a
gran velocidad. Viví la caída de los grandes imperios coloniales.
Viví el intento de los alemanes de establecer un imperio en Europa
y, tal vez, en todo el mundo: el Tercer Reich, para el que preveían
mil años de vida y que no perduró. Viví la gran revolución
mundial, que debía durar para siempre y no fue así.
-La revolución
soviética.
-Sí.
Soy demasiado viejo para ver el final de una hegemonía temporal
en manos de una sola potencia, pero algunos lectores de mi autobiografía
lo verán.
-La beligerancia
del gobierno estadunidense actual, en la retórica o en la práctica,
¿es sólo un fenómeno republicano y de George Bush?
¿O cree que se ha integrado como elemento de la política
nacional, independientemente de quién gobierne después de
Bush?
-La
estúpida beligerancia y el egoísmo cerril de la política
norteamericana son, en mi opinión, propios de Bush. Por ejemplo,
la idea de poner en peligro toda la organización mundial de comercio
mediante la firme protección del acero estadunidense frente a los
demás, porque beneficia propósitos electorales en Pensilvania,
es típica del régimen de Bush. Sin embargo, la convicción
de que Estados Unidos es la potencia dominante en el mundo es una cosa
general en el aparato político, militar e intelectual de Washington.
Antes eran lo bastante realistas como para saber que necesitaban colaborar
con aliados, aunque algunos de esos aliados fueran poco más que
unos subordinados. Uno de los principales objetivos de la política
exterior estadunidense ha sido impedir que los europeos desarrollen un
poder militar propio. Para los norteamericanos, lo ideal ha sido siempre
que las potencias europeas, empezando por la británica, vivan de
las migajas que dejen ellos. Las autoridades estadunidenses hablan mucho
de que Europa no hace los esfuerzos necesarios en el terreno militar, pero
gran parte de su política ha consistido en impedir que Europa pudiera
ser independiente del aparato militar norteamericano.
-¿Cree
que los europeos intentarán servir de contrapeso al poder estadunidense?
-Los
únicos europeos que han intentado no depender de los estadunidenses
han sido los franceses, aunque, por supuesto, se aliaron con ellos contra
la Unión Soviética. Pero se dieron cuenta de que Estados
Unidos podía ser una amenaza comparable porque era una gran potencia.
No creo que ningún país europeo esté en condiciones
de competir con Estados Unidos. La ventaja militar de los norteamericanos
es tal que no creo que nadie pudiera intentarlo, excepto quizá los
chinos.
-¿Qué
pasa con China, entonces? ¿Cree que puede ser un contrapeso del
poder norteamericano hoy o en un futuro próximo?
-En
ciertos aspectos, Estados Unidos no es dominante. Por ejemplo, su economía
no es superior a la europea. Creo que lo mismo puede decirse de China en
el terreno político. China es una potencia independiente. Políticamente,
Europa no es una gran potencia porque los Estados no pueden unirse y militarmente
no cuenta en absoluto. Ahora bien, ¿habrá un conflicto entre
China y Estados Unidos, un enfrentamiento que acabe siendo un gran conflicto
militar? No lo sabemos. Pero existe el riesgo, porque los norteamericanos
tienen un compromiso histórico de defensa de Taiwán y los
chinos tienen el compromiso histórico de incorporar la isla. Ése
es un motivo de conflicto.
-¿Podemos
suponer que, en este nuevo orden mundial, quedará todavía
menos espacio o preocupación para las necesidades de los países
en vías de desarrollo como Brasil, el sur, el Tercer Mundo y otros?
-Desde
el punto de vista político, no hay ya mucho espacio salvo en el
ámbito regional, porque, en cierto sentido, Estados Unidos es el
único país que posee una política mundial, en lo militar
y lo político. Desde el punto de vista económico, creo que
depende del éxito o fracaso del neoliberalismo. Durante los últimos
20 años, hemos tenido el proceso de la mundialización, que
es algo que está ocurriendo en cualquier caso, no una cosa que a
uno le pueda gustar o no gustar. Lo que ocurre es que se ha identificado
esa mundialización con la idea del libre comercio mundial y un mercado
libre incontrolado. Eso, sin duda, ha fortalecido a algunos de los grandes
Estados del norte y ha debilitado a los demás, especialmente a Latinoamérica.
Me irrita oír constantemente a todos los que se preguntan si va
a haber una depresión mundial. Lo que quieren decir es si va a haber
una depresión en Norteamérica y Europa, porque en países
como Brasil las depresiones económicas van y vienen desde 1980.
-¿Quiere
decir que allí ya han visto la depresión?
-La
gente se olvida del 80 por ciento que vive en el sur, en el Tercer Mundo.
Pero creo que esta política concreta, el llamado Consenso de Washington
o como se llame este fundamentalismo de mercado, está llegando a
su fin, porque es evidente que ha fracasado, sobre todo en los últimos
tres o cuatro años. A medida que volvamos a una política
internacional con una economía de mercado en la que el Estado tenga
algún poder para controlar los excesos del mercado libre, habrá
más espacio para las economías del sur.
El
debilitamiento del Estado-nación
-En su libro Historia del siglo XX, termina con la observación de que «no puede mirar el futuro con gran optimismo». ¿Qué le da más miedo? -
Lo que más temo es el debilitamiento gradual del Estado. A lo largo
de los últimos 30 años, en muchos aspectos, ha ido disminuyendo
gravemente el grado de ley y orden, el control de los gobiernos sobre lo
que ocurre en sus territorios. Es una tendencia que se ve en todos los
países, incluso en Estados Unidos. En Latinoamérica, por
ejemplo, es difícil pensar que el gobierno colombiano tiene control
real sobre lo que ocurre en su territorio. Es una situación relativamente
nueva, parecida a la que existía en Latinoamérica a principios
del siglo XIX, pero que se había ido eliminando.
-La
pérdida de control del Estado-nación.
-El
Estado-nación pierde control y eso produce enorme inseguridad y
violencia. También temo el enorme aumento de las desigualdades sociales
que se ha producido en los últimos 20 ó 30 años. Aunque
es verdad que, en conjunto, la mayoría de la gente en el mundo vive
mejor, más tiempo y en mejores condiciones, a lo largo del siglo
XX las desigualdades sociales han crecido. Son unas desigualdades peligrosas.
En mi opinión, eso genera inestabilidad, pero una inestabilidad
imprevisible. Lo que me da miedo es que los que más probabilidades
tienen de sacar provecho político de esa inestabilidad son los reaccionarios.
Están en aumento la xenofobia, el racismo, el fundamentalismo económico
y, sobre todo, el fundamentalismo religioso. Este último, por desgracia,
afecta a todas las religiones.
-¿Ésas
son las amenazas que usted percibe y teme?
-Son las amenazas
que temo, porque la causa de la razón, el progreso y la mejora,
que todos hemos defendido de diversas maneras ?como liberales, socialistas
o comunistas?, está cada vez más debilitada. Temo
el avance político de la gente que provocó las grandes tragedias
del siglo XX. No será el fascismo, pero será el mismo tipo
de ultraderecha nacionalista o fundamentalista, y eso es algo que hay que
temer.
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