![]() |
11 de Marzo de 2003
|
|
|
|
La
virtud del mestizaje
Entrevista
con Edward Said
Nació
en Jesuralén en 1935 y es profesor de Literatura Comparada en la
Universidad de Columbia, en Nueva York. Said era, en realidad, un joven
ensayista americano que casi había olvidado sus orígenes
palestinos cuando, en 1967, Egipto perdió la guerra contra Israel.
Entonces emergió el árabe oculto que había en él
y comenzó a aceptar su condición de hombre que vive entre
dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno de los dos y siendo cuestionado
desde ambos lados. Esa circunstancia, que lo enriqueció desde un
punto de vista personal, como cuenta en su autobiografía, Fuera
de lugar, también sería la base de su trabajo como ensayista.
Se ha pasado la vida buceando en la riqueza de los matices, en el mestizaje.
Eludiendo la parálisis que supondría quedarse con una patria…
Perteneció al Consejo Nacional Palestino entre 1977 y 1991. Se enfrentó
con Arafat, el cual reaccionó prohibiendo sus libros. Este espíritu
crítico, que es Edward Said, ha ganado en libertad desde que enfermó
de leucemia hace 10 años y supo que su enfermedad era incurable.
Desde entonces vive entrando y saliendo del hospital. Su físico
es frágil. La tela de los pantalones se mueve cuando anda como si
fueran un par de banderas. Pero el rostro está lleno de vida y de
serenidad. En cuanto al espíritu, parece estar en inmejorables condiciones.
La presencia de Conrad—Cuando era
pequeño sus padres le llevaron a estudiar a Estados Unidos, ¿cómo
vivió aquel tiempo?
—Me sentía
desgraciado. Pero si uno sonríe y resiste, se hace más fuerte.
Y, en consecuencia, resta importancia a la identidad singular.
—En Fuera
de lugar dice que de pequeño no quería hablar árabe
porque era de moros, no quería hablar francés porque era
una lengua imperialista y no quería hablar inglés porque
era una lengua aborrecible. Todo un lío.
—Ahora, al menos,
soy capaz de hablar y escribir. He intentado crear una lengua propia. Cuando
escribo, lo hago de la misma forma en árabe que en inglés
o en francés. He querido inventar una lengua personal. Ésa
era mi lucha. Encontrar una lengua que pudiera utilizar sin traicionarme.
Es el inglés, pero con muchos ecos del árabe y el francés…
Es un mestizaje. Sin olvidar que la base de mi formación procede
de escuelas norteamericanas e inglesas.
—¿Cómo
se sentía en esas buenas escuelas inglesas, en El Cairo, donde se
formaban los futuros dirigentes de los países descolonizados? Usted
cuenta que sintió el racismo de forma directa.
—Y todavía
lo siento. Sé que para la mayoría de los estadounidenses
yo soy distinto a ellos, estoy aparte. El árabe es casi como un
negro. Es lo opuesto a lo mayoritario en Estados Unidos. Es una situación
difícil. Intento hacer algo para resolverla, convertir la cultura
árabe en algo normal. Hablo mucho de la novela árabe, la
lengua árabe…
—Pero le ha
hecho sufrir…
—Sí. Sufrir,
sufrir… cuando era pequeño. Durante mi juventud, permanecí
en silencio. No hablaba porque no sabía qué decir. Luego
aprendí a comportarme de determinada forma en esta situación
tan difícil, y encontré una lengua y una forma de vivir.
Pero todavía me cuesta ver en televisión cosas contra los
árabes, o leerlas.
—Ha escrito
un libro sobre Joseph Conrad. Parece que es una figura que le ayudó
a comprenderse a sí mismo.
—Es una de las
grandes pasiones de mi vida. Un escritor extraordinario, que pasó
por dos lenguas, el polaco y el francés, antes de llegar al inglés.
Él se movía en el mundo imperialista, no conoció más
que ese mundo. Era un observador extraordinario de la vida del imperio
y sus injusticias, no sólo desde el punto de vista del imperialismo
o de sus víctimas, sino desde una perspectiva un poco alejada, capaz
de ver ambas posiciones, lo que es poco frecuente. Por ejemplo, su contemporáneo
Kipling hablaba sólo desde el punto de vista inglés, mientras
que Conrad era múltiple, tenía varias identidades. Era muy
complejo y, sobre todo, poseía cierta ironía. Sabía
ver las dos perspectivas.
—Lo que no
le impedía, dice usted en Cultura e imperialismo, ver el
mundo bajo un prisma imperialista. Igual que ocurre con toda la novela
del siglo XIX.
—Sí,
pero la idea del imperialismo es separar a los amos de la población
inferior, a los blancos de los negros, y Conrad los mezcló. Como
decía en El corazón de las tinieblas, «es difícil
decir dónde estaban exactamente las tinieblas; ¿era en África,
o aquí, en Inglaterra?». Tenía una imaginación
increíble. En su mejor novela, Nostromo, creó todo
un país en Suramérica, con su historia y todo, la historia
de un país explotado por sus riquezas minerales. Comprendió
la mentalidad española en Latinoamérica, la de los indígenas
y la de los norteamericanos.
—Hábleme
de su interés más personal, de los paralelismos entre su
vida y la de Conrad.
—Eso existe.
Pero Conrad era europeo, en cualquier caso. Y esa es la diferencia entre
él y yo. Salvando las distancias, porque él era un gran escritor.
Y, en efecto, Conrad no comprendió jamás —y esa es su tragedia—
la idea de luchar contra el imperialismo.
—¿Cómo
se manifiesta ahora el imperialismo?
—Es una pregunta
difícil. Creo que el imperialismo se ha desplazado de la literatura
a los medios de comunicación. La centralización de las imágenes,
CNN, eso es imperialismo. Creo que es también el eurocentrismo,
que tiene como referencia el mundo europeo y norteamericano, y lo convierte
en centro de la globalización. La cultura se ha desplazado de las
élites del siglo XIX —novelistas, filósofos, etcétera—
a esos medios, y es más difícil cambiarla porque no es accesible.
Antes podía haber guerras contra el régimen colonial, como
en Argelia o la India, pero ahora no hay regímenes coloniales. Hay
algunos casos aislados, como Israel. Es un régimen colonial y los
israelíes hacen lo mismo que hicieron los franceses en Argelia.
—¿Hay
alguna declaración de los intelectuales norteamericanos judíos
sobre la guerra entre israelíes y palestinos? Gente como Philip
Roth, Saul Bellow o Woody Allen. ¿Por qué no manifiestan
su opinión?
—El sistema lo
hace muy difícil. Empiezan a hablar en las universidades, pero las
figuras no hablan. Tienen miedo. En Estados Unidos el discurso es que Israel
es un país importante y positivo. Es imposible criticarlo. Enseguida
surgen acusaciones de que uno es antisemita o está fuera del sistema.
También ocurre algo aún más lamentable: el hecho de
que los intelectuales, los escritores como Philip Roth, no están
seguros de que Israel no tenga razón. No conocen la realidad ni
quieren conocerla. Philip Roth me envió una vez una carta, hace
unos 10 años, cuando estaba escribiendo esa novela que sucede en
Israel. Me pedía una cita para hablar. Respondí que estaba
dispuesto. Nunca me contestó. No sé, quizá tuvo miedo,
porque en la educación de los judíos norteamericanos hay
una parte fundamental, que es el tratamiento de Israel casi como una religión
laica.
—Pero en esa
novela,
El teatro de sabbath, Roth ironiza mucho y ridiculiza abiertamente
a Israel.
—Sí, en
una novela, pero no en intervenciones públicas. Y no hay que olvidar
que en Estados Unidos hay una tradición de separar el arte de la
política. Cada uno se especializa. Por ejemplo, una persona como
Nadine Gordimer, que es novelista, blanca y judía, y que luchó
contra el apartheid, es imposible en Estados Unidos. Un novelista se dedica
a escribir novelas. Y esto se agudiza en el caso de Israel. Aparte de que
la ignorancia es casi total sobre la realidad y la historia palestina.
En la televisión no se ve más que a personas que lanzan piedras;
los soldados israelíes son altos, y occidentales, y los otros, que
son los indígenas, casi negros.
La sombra de Malik—En su libro
Fuera
de lugar habla de un personaje, Malik, que fue importante para usted.
Era un hombre con carisma en la sociedad árabe. Un pariente suyo
al que usted va a visitar después de la guerra de 1967, que pierden
los árabes, y le pide que haga algo, que se ponga al mando. Su negativa
lo dejó sumido en la tristeza. He pensado que Malik puede ser como
una metáfora de eso que teme usted tanto, el árabe que traiciona
a otros árabes, y que se ha repetido a lo largo de la historia.
—Por lo menos
él era filósofo y tenía verdadera categoría.
Era un personaje que me impresionó porque había estudiado
con Heidegger en Friburgo, con Whitehead en Harvard. Era un hombre brillante
que fracasó y traicionó su vocación al dejar la filosofía
para dedicarse a la política. Y era alguien muy distinto a los dirigentes
árabes actuales, que no tienen ningún carisma. Éstos
son militares o herederos de familias reales o dictadores… en cualquier
caso, cosas poco interesantes y mucho menos importantes que Malik. El nivel
ha descendido mucho. Sobre todo después de la época de Abdel
Nasser. Desde 1970.
—El momento
de la caída de Nasser y el final de la guerra, que terminó
mal para todos los árabes, incluidos los palestinos, ¿actuó
en usted como un revulsivo?
—Después
de la derrota de 1967, la resistencia palestina hizo su aparición
en Jordania. Yo tenía amigos, familiares, gente a la que conocía
muy bien, que estuvieron vinculados al nacimiento de esa resistencia. Sí,
aquello supuso para mí el reencuentro con mi historia personal,
que había permanecido enterrada mientras estudiaba en Estados Unidos.
Entonces, como en Estados Unidos no se sabía nada de los árabes
y lo que se sabía eran falsedades, me propuse actuar y hacer campaña,
como intelectual, para intentar cambiar la opinión pública.
Para contar la realidad del pueblo palestino y su historia.
—¿Cómo
empezó esa labor?
—Fue en 1968-1969,
durante el movimiento contra la guerra de Vietnam. Intenté asociar
ese movimiento con la resistencia palestina, pero fue muy difícil:
los activistas contra la guerra no estaban interesados por la situación
de Palestina porque muchos de ellos eran judíos y no querían
mezclarse en las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Algunos personajes
concretos lucharon a mi lado, pero era un combate largo y duro.
—Antes de
la guerra del 67, ¿cuál era su sentimiento hacia su pueblo?
—Antes de eso,
para mí, el pueblo palestino era mi familia; mis padres, que eran
refugiados y habían vivido en El Cairo o en Ammán. Es decir,
el pueblo palestino eran personas concretas, no un movimiento. Una familia
dispersa, llena de refugiados que habían dejado Palestina, y eran,
por ejemplo, empleados en Beirut o en El Cairo o en Estados Unidos. Me
sentía un poco perdido. Solo. No estaba nada politizado y sí
muy ocupado con mis estudios de literatura inglesa, francesa, etcétera.
Mi conciencia política se desarrolló después del gran
cambio, pero entonces lo hizo rápidamente. Me di cuenta de que estar
solo no era la solución. Necesitaba unirme a otros, pertenecer a
un movimiento. Por primera vez en mi vida sentí que pertenecía
a un pueblo. En Estados Unidos comenzó a formarse un movimiento
entre los palestinos, los árabes expatriados, para intentar modificar
la opinión pública norteamericana. Entonces, todo el mundo
estaba contra los árabes y a favor de Israel. Nos convertimos en
la voz de los árabes.
—Es triste.
Tantos años después, usted sigue en la misma la situación.
Incluso peor, después del 11 de septiembre.
—Sí, hay
que volver a empezar de cero. Ahora, en Estados Unidos, los árabes
tenemos la sensación de que somos el enemigo. Ha habido miles de
árabes, de musulmanes, a los que se ha detenido y encarcelado en
secreto. Y es difícil hablar. Todo el mundo tiene miedo. Le daré
un ejemplo. Un amigo subió como pasajero a un avión después
del 11 de septiembre, abrió un periódico árabe y la
azafata le pidió que lo guardara. «¿Por qué?»,
preguntó. «Porque perturba a los demás pasajeros».
Hay hostilidad contra las personas, y también contra la propia lengua
árabe. Aunque sea un estadounidense el que la utiliza, existe la
sospecha de que esa persona sea un traidor.
—¿Usted
personalmente vive una situación incómoda en Estados Unidos?
— Muy incómoda.
Por desgracia, en ese momento yo no me encontraba bien, porque tengo leucemia.
Después del 11 de septiembre, mi despacho se inundó de llamadas
de los medios de comunicación; querían que hiciera declaraciones.
Pero tenía la impresión de que, para ellos, yo no era más
que un símbolo, alguien conocido a quien querían colocar
en la posición de explicar el terrorismo. Me negué.
—¿No
querían más que eso?
—Claro. Porque
soy árabe, soy un palestino conocido. Y venían con una especie
de asociación mental implícita que consistía en la
cadena, Osama bin Laden-palestinos-terrorismo-Said. Decidí no decir
ni una palabra en las televisiones norteamericanas. Sí intervine
en medios de otros países: árabes, europeos, australianos,
etcétera.
—Pero usted,
al fin y al cabo, es un intelectual estadounidense.
—Sí, soy
completamente estadounidense.
—¿Y
puede verse obligado a escoger entre ser norteamericano o ser palestino?
—Bush dijo: «O
estás con nosotros o estás contra nosotros». Eso crea
una situación muy difícil. Renunciar a mi condición
de intelectual norteamericano es imposible. Vivo allí, allí
enseño en la Universidad. Pero debo cambiar de táctica, sí.
No participar en los debates estúpidos que se realizan en Estados
Unidos, en los que nos obligan a defender el terrorismo o apoyar la política
del Gobierno. No puedo hacer eso.
—¿Nunca
ha habido en Estados Unidos una situación comparable a ésta,
tan de blanco y negro? Usted, que sabe de imperialismo, ¿cree que
esto es el nuevo imperialismo?
—No sólo
eso. Además está el integrismo. Se habla de los fundamentalistas
islámicos, pero también existen los fundamentalistas e integristas
estadounidenses, los que dicen que hay que estar con ellos o contra ellos.
«Nosotros somos el bien, el enemigo es el mal». El mundo no
es así, blanco o negro. Es más bien gris. Ahora, Estados
Unidos ha olvidado su propia historia. Osama bin Laden colaboró
con los norteamericanos en Afganistán en los años ochenta,
durante la invasión soviética. Ahora es el mal en estado
puro, y su objetivo es destruir Estados Unidos, por odio. No se da una
explicación lógica ni se cuentan las intervenciones norteamericanas
en el mundo musulmán; lo que hicieron en Irak en 1991, su apoyo
a Israel frente a los árabes, etcétera. Todo está
olvidado. Lo que importa es que Estados Unidos es el guerrero del bien,
y los otros, los terroristas y criminales. Es la lucha del demonio contra
el ángel. No puedo participar en el debate.
—Usted dice
que el hombre no tiene patria, sino que se la hace. A pesar de todo, su
patria debe ser Nueva York, más o menos.
—No tengo sensación
de tener una patria. Nueva York lo era, en cierto sentido. Llevo allí
39 años. Pero Nueva York no es Estados Unidos. Es una ciudad con
muchas culturas. Y ni siquiera sería Nueva York. Es más bien
la Universidad. Y mi familia, mis amigos, mis colegas, mi alumnos. Eso
es mi patria. No siento apego por Estados Unidos. Ahora, uno de los eslóganes
que se dicen allí es: «Hay que amar a América».
¿Qué quiere decir eso? ¿Qué es eso de amar
a un país como quien ama a un hombre o a una mujer? Me resulta impensable.
—Por un lado,
vivir como vive usted, siendo un intelectual norteamericano y un árabe
palestino, el hecho de pensar y escribir en las dos lenguas, tiene inconvenientes.
Pero imagino que ha encontrado algunas ventajas en ese desarraigo.
—Sí, las
tiene. Y la más importante es que me siento libre. No me siento
obligado a pensar de una manera ni otra. Puedo decidir por mí mismo
qué pensar. Además, durante este periodo he estado muy enfermo
y la lucha más importante para mí ha sido mi salud, curarme,
no morir. Y eso me ha dado fuerza para luchar por la libertad, incluida
la libertad de pensamiento. Es lo que trato de enseñar a mis alumnos.
No sólo hay que adquirir conocimientos y leer libros, sino interpretar
esos libros sin ortodoxias ni dogmas.
—Seguramente,
el ver la muerte de cerca es bueno para atreverse a ser libre.
—Sí, desde
luego. Hace que uno se atreva a resistirse sin cesar. Que es un poco lo
que ocurre en Palestina. Tengo la sensación de pertenecer a una
resistencia común contra la opresión, la ocupación
y, sobre todo, el uso de medios militares. Creo que la muerte es la victoria
del militarismo. Y que el espíritu es más importante que
la fuerza. Es fundamental salvar el espíritu, tener un espíritu
claro y ser capaz de decidir y pensar por uno mismo, no dejarse llevar
por los demás. Ser individual y subjetivo. Que no quiere decir soñar,
porque al mismo tiempo hay que ser realista. Yo tengo en cuenta la realidad
histórica. Eso es lo que falta ahora en Estados Unidos, donde el
debate es muy metafísico, muy abstracto; los americanos contra el
mal.
—¿Cree
que si Bush emprende la guerra contra Irak, podrá hacerse realidad
la lucha de civilizaciones?
—Esa es una idea
estúpida de Huntington. Las civilizaciones no están separadas.
¿Se puede hablar de civilización occidental sin hablar de
las demás? No hay más que ver el ejemplo de España,
donde hay tres culturas, tres civilizaciones: cristiana, musulmana y judía.
—Entonces,
¿qué puede pasar con la guerra? ¿No pasará
nada, excepto que el mundo árabe se fragmentará aún
más; la desunión total?
—Probablemente.
No creo que vaya a haber resultados positivos. La guerra será una
catástrofe para todo el mundo. Temo la guerra, porque los norteamericanos
tienen la capacidad de hacer una guerra exclusivamente aérea y volver
a causar la misma destrucción que en Afganistán y en Irak
hace 11 años.
|
| PORTADA | LA HOJA | VOLVER |