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11 de Marzo de 2003
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Una
opereta con oligarquía limeña
Parece
que el escándalo favorito de la buena sociedad limeña consiste
en un adolescente al mismo tiempo cándido y fogoso caído
en brazos de una bella señora que podría ser su madre: desenfreno
en el que arriesga el destino al que sus dotes y sus apellidos lo encaminan.
Algo así le pasaba a Varguitas, el alucinado estudiante de Derecho
de La tía Julia y el escribidor, y una pasión semejante
arrastraba a Alfonsito en otro libro de Vargas Llosa, Elogio de la madrastra,
una novela de género (erótico). Y le sucede también
al despistado y beato Carlitos Alegre di Lucca, que en El huerto de
mi amada (Barcelona, Planeta, 2002, 286 páginas) cumple 18 años
e ingresa en la Facultad de Medicina, siguiendo los pasos de su padre y
su abuelo, dos dermatólogos eminentes. A ritmo de bolero se enamora
de la bellísima Natalia Larrea y se va a vivir con ella a su «huerto»,
un cortijo con criados italianos, chófer rubio en coche importado
y piscina privada. Entonces no sólo Carlitos, sino toda la novela
cae en el «efecto Siboney', en esa cadencia de larga canción
que todo lo impregna y cuya melodía hipnótica cautiva la
narración en un movimiento circular, que repasa una y otra vez los
mismos asuntos.
¿Qué
más sucede en El huerto de mi amada? Que Natalia se va un par de
veces a Europa y Carlitos la espera con ansiedad; perseguido por los gemelos
Céspedes, osados escaladores sociales que buscan con ahínco
un par de jóvenes herederas para cazarlas, como una superposición
paródica de los Infantes de Carrión con Rosencrantz y Guildenstern
(los falsos amigos de Hamlet, lo que convierte a Carlitos en una curiosa
versión del príncipe melancólico) y con Gogo y Didi
(los payasos que esperan a Godot en la célebre farsa de Beckett).
Que se muere la abuela de Carlitos; que los enamorados, perseguidos por
los recelos de toda Lima, preparan su huida a París. Poca cosa más;
no demasiado para un libro de 300 páginas.
En esa delgadez
del asunto radica precisamente la apuesta de esta novela; dado que
en sus últimos libros Bryce Echenique regresa a la historia del
niño limeño, la que contó en su primera novela -Un
mundo para Julius (1970), el argumento se da en buena medida por sobreentendido
para dejar en primer plano a esa rara, poderosa voz del narrador que constituye
el verdadero motor de sus ficciones. Un narrador transversal, torrencial,
menos omnisciente que ubicuo, capaz de superponer varias voces en una misma
frase o de hacer fundidos a negro. Un narrador que vira toda la tesitura
del relato hacia una ópera bufa, ya no una voz sino un coro majestuoso
que sólo permite la irrupción de los diálogos como
arias en falsete, en las que los personajes hacen caricatura de su propia
máscara.
El mezquino microcosmos
de la oligarquía peruana, que defiende sus blasones frente a los
arribistas inescrupulosos, es sometido por ese narrador musical y corrosivo
a una completa carnavalización, que alcanza hasta los mismos resortes
de su representación novelesca. Como si en ese viaje de regreso
a su mundo de origen el autor necesitara poner una distancia ya no de ironía,
sino de cómico patetismo, de parodia exacerbada por el sentimentalismo
de bolero. «Yo siempre pensando así, como musical, letras
de canciones de ayer y de siempre, música de fondo, verán
ustedes», escribía al principio de La última mudanza
de Felipe Carrillo (1995): y ustedes seguirán viendo aquí
cómo esas canciones se mezclan con retazos de la alta tradición
literaria, en un cortocircuito asociativo que recuerda al Cabrera Infante
de La Habana para un infante difunto, pero que aquí es más
radical, y acaso menos hilarante. Y, en el vértice de ese cruce
entre lo popular y lo sublime, hay que mencionar a Manuel Puig, cuya influencia
Bryce declaró de forma explícita.
Aparece en las
últimas novelas de Bryce Echenique una actitud melancólica
acerca de las posibilidades de contar historias, que es también
una exaltación del trabajo formal: como si todos los argumentos
hubieran sido ya contados -sobre todo la propia historia- y se pudiera
eludir el argumento para mostrar su oculto armazón: el carnaval
de voces en falsete y los bruscos décalages de un narrador omnívoro;
la ontología de la frase hecha y del chisme malicioso, que constituyen
el común denominador de todo sistema burgués de inclusiones
y exclusiones; una memoria cautiva de las citas literarias que se repiten
con el carácter irreflexivo de las melodías pegadizas. Un
libro de Bryce es, entonces, un objeto extraño, para quienes crean
que el humor es algo mucho más inteligente y poderoso que las morisquetas
al uso.
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