Bolivia,
Bush y América Latina
Immanuel
Wallerstein
El
levantamiento boliviano, que ha conseguido echar del país al presidente,
ha contado con una cobertura desacostumbrada por parte de los periódicos
norteamericanos y europeos. En cierto sentido es sorprendente, ya que países
como Bolivia son normalmente ignorados (o se les presta poca atención)
hasta en los mejores periódicos. Se puede tratar del efecto acumulativo
de los acontecimientos de los dos últimos años, que refleja
un cambio de política en América Latina, con lo que ha vuelto
a situarse en el foco de la política mundial.
En la década
de 1960 todo el mundo hablaba de revolución en América Latina.
Cuba se convirtió en símbolo de la marcha hacia el socialismo.
Che Guevara simbolizaba y practicaba lo que se llamaba entonces "foquismo"
o "revolución dentro de la revolución" (lo que lo llevó
a la muerte, precisamente en Bolivia). Los intelectuales latinoamericanos
–el primero de ellos fue Raúl Prebisch, Secretario General de la
Comisión Económica de la ONU para América Latina (CEPAL)–
elaboraron la "teoría de la dependencia" a partir de las ideas de
"centro y periferia" y del "desarrollismo". Esos intelectuales comenzaron
a oponerse abiertamente a los partidos comunistas latinoamericanos, calificándolos
de reformistas, contrarrevolucionarios y colaboradores de facto con Estados
Unidos y el capitalismo mundial. En muchos países se formaron movimientos
guerrilleros que tuvieron un gran impacto, y en Chile fue elegido como
presidente Salvador Allende con un programa de transición al socialismo.
Estados Unidos
comenzó a alentar golpes militares en varios países (Brasil,
Chile, Argentina, Uruguay), tratando de frenar aquella marea. La oleada
revolucionaria comenzó a decaer en la década de 1970, aunque
los sandinistas en Nicaragua representaron un último brote. Durante
la década de 1980 el estancamiento de la economía-mundo comenzó
a dejarse sentir con particular fuerza en América Latina. México
fue el primero de los países latinoamericanos en sufrir la crisis
de la deuda en 1982 (aunque a escala mundial el país que la inauguró
fue Polonia, en 1980). Durante toda esa década se fue produciendo
un retroceso del desarrollismo y un nuevo impulso hacia la "democracia"
(es decir, hacia la política electoral), y un apaciguamiento general
de las aguas. Los distintos movimientos guerrilleros en Centroamérica
se fueron desvaneciendo, aunque salvaron la cara obteniendo el derecho
a participar en la política electoral. El colapso de la Unión
Soviética y de los comunismos de Europa oriental y central desorientó
y desarmó a gran parte de la izquierda latinoamericana.
Durante la década
de 1990 Estados Unidos pudo volver a respirar a sus anchas en América
Latina. México aceptó incorporarse al Acuerdo de Libre Comercio
de América del Norte (ALCAN), y por fin, tras medio siglo ininterrumpido
de gobierno unipartidista del Partido Revolucionario Institucional (PRI),
se eligió como presidente al líder de un partido conservador,
defensor del libre comercio y pro-estadounidense, Vicente Fox. Cierto es
que inmediatamente después de firmar el ALCAN, México contempló
el surgimiento y arraigo de un tipo sorprendentemente nuevo de movimiento
sociopolítico, el de los Zapatistas en Chiapas, que defendía
los intereses de las poblaciones indias oprimidas. Atrajo mucha atención
y apoyo en todo el mundo, pero Estados Unidos no le dedicó mucha
atención, posiblemente porque proclamaba que no estaba interesado
en la toma del poder estatal. Estados Unidos comenzó a promover
la idea de un Asociación de Libre Comercio de las Américas
(ALCA), y convenció a Chile para que fuera el primer país
en firmar un acuerdo bilateral de ese tipo.
Entonces comenzó
a percibirse un lento fragor de descontento político en toda América
Latina. Las formas que cobró en Ecuador, Perú, Venezuela,
Brasil y Argentina fueron diferentes en los detalles, pero todos ellos
compartían una misma característica: Quienes se mostraban
más descontentas eran las poblaciones indias (o mestizas) y los
sectores campesinos y sindicales organizados de la población, mientras
que las clases medias se mostraban relativamente desorientadas a inseguras
sobre sus intereses. En ninguno de esos casos llegó al poder un
gobierno que se pudiera considerar "revolucionario" según los parámetros
de la década de 1960, pero en todos ellos se constataba la oposición,
manos más o menos abierta, a los dictados del Fondo Monetario Internacional
(FMI) y a la creación del ALCA. Todos ellos molestaban a Estados
Unidos, pero no parecía capaz de modificar la situación tan
directa y rápidamente como en la década de 1970. No ha habido
golpes militares de extrema derecha à la Pinochet.
Ése es el
contexto en el que se han producido los acontecimientos de Bolivia, que
es quizá el país más pobre de toda Sudamérica.
Bolivia había sido ya pionera de la primera oleada revolucionaria
en América Latina. En 1952 una revolución llevó a
la nacionalización de las minas de estaño. Aquella revolución
fue encabezada por la Central Obrera Boliviana (COB) que encuadraba a los
mineros del estaño, la mayoría de ellos indios, y supuso
una gran sacudida para Estados Unidos, al combinar como lo hacía
la militancia sindical con la reivindicación de la mayoría
india de jugar un papel político en el Estado. Costó cinco
años contenerla. Cuando el estaño bajó de precio en
el mercado mundial, muchos de los productores indios se volcaron en el
cultivo de coca, lo que les supuso ingresos pero también la ira
de Estados Unidos, empeñado en su campaña anti drogas.
En las últimas
elecciones el líder de los cocaleros, Ivo Morales, al frente del
llamado Movimiento al Socialismo (MAS), con el apoyo de la COB y de los
movimientos indios, perdió por un estrecho margen de votos frente
a un candidato conservador estándar, Gonzalo Sánchez de Lozada.
Se dice que cuando éste se reunió con Bush en Washington
le dijo bromeando que haría lo que se le pedía pero que en
ese caso la próxima vez que lo vería Bush sería probablemente
en el exilio político en Estados Unidos. Y así ha sucedido.
Cuando Sánchez ofreció vender el gas boliviano a bajo precio,
y propuso además llevarlo por un gaseoducto a un puerto en otro
tiempo boliviano pero que fue conquistado militarmente por Chile en el
siglo XIX, el país montó en cólera, sobre todo las
enormes áreas de chabolas del altiplano que rodean a la capital.
Y de repente, estudiantes y obreros que desfilaban por las calles (y la
COB en un documento oficial) aclamaban sin rebozo al Che Guevara.
Estados Unidos
proclamó su apoyo a Sánchez de Lozada, y consiguió
que el sectario general de la Organización de Estados Americanos
hiciera lo mismo. Pero la sublevación era demasiado enérgica,
y el vicepresidente retiró su apoyo al gobierno, abriendo la vía
para hacerse con el puesto. Poco después, para sorpresa de todo
el mundo, el gobierno conservador de Colombia, el aliado más estrecho
de Estados Unidos en el continente, ha perdido las elecciones municipales
en Bogotá (así como en la segunda ciudad del país,
Medellín) frente a un líder sindical ex comunista, "Lucho"
Garzón. El origen del descontento era básicamente el mismo:
los perjuicios ocasionados por el liberalismo y la exigencia estadounidense
de erradicar la coca, así como, en este caso, el desacuerdo con
la línea dura del gobierno que se niega a negociar con el longevo
movimiento guerrillero "Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia" (FARC).
Así pues,
si bien no ha habido revoluciones, se constata una serie de reveses sistemáticos
de las fuerzas conservadoras y de la política de Estados Unidos.
Repasemos todo lo que ha sucedido: En Brasil, "Lula" y el Partido dos Trabalhadores
(PT) ganaron por fin una elección presidencial. En Argentina, escaparate
del FMI, el colapso económico y la agitación política
dieron lugar por fin a un presidente que ha desafiado al FMI, le ha desobedecido
y se ha visto premiado con un fuerte apoyo político a sus candidatos
en las elecciones municipales. En 2003, en una votación decisiva
en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre Iraq, Estados Unidos no consiguió
el apoyo de México ni de Chile. En Cancún, la oposición
a las propuestas estadounidenses fue encabezada, y con éxito, por
Brasil. Y por doquier se ha producido el despertar político de la
población indígena, que en muchos países de América
Latina constituye la mayoría de la población.
Ese renacimiento
ha sido posible gracias a dos fenómenos que han aparecido juntos:
Por un lado, Estados Unidos ya no tiene la capacidad de hacer cuanto se
le antoje en América Latina, especialmente ahora que se ve atado
por sus compromisos militares en Oriente Medio. Y por otro, los líderes
políticos latinoamericanos, especialmente los de centro izquierda,
han aprendido que no tienen la posibilidad de dar grandes y rápidos
pasos, pero sí de envergadura media, y que éstos se pueden
acumular. América Latina se está aprovechando ahora de la
debilidad estadounidense. Las batallas clave son dos: el grado en que los
movimientos indios y otros movimientos campesinos y sindicales mantengan
su vigor e incrementen su influencia política, y el eventual fracaso
de las negociaciones sobre el ALCA, debido a la rigidez estadounidense
con respecto a cualquier concesión significativa.