Valores
de una nueva civilización
Michael
Löwy y Frei Betto
Proponemos
en estas páginas algunos temas posibles para el debate en torno
de la cuestión: "Principios y valores de la nueva sociedad". No
se trata de axiomas, sino de hipótesis de trabajo y sugestiones
para la reflexión. Nosotros, los del Foro Social Mundial, creemos
en ciertos valores que iluminan nuestro proyecto de transformación
social e inspiran nuestra imagen de un nuevo mundo posible. Aquellos que
se reúnen en Davos -banqueros, ejecutivos y jefes de Estado, que
dirigen la globalización neoliberal (o globocolonización)-
también defienden valores. No debemos subestimarlos, pues ellos
creen en tres grandes valores y están dispuestos a luchar por todos
los medios para salvaguardarlos -hasta la guerra, si fuera preciso. Tres
importantes valores, contenidos en el corazón de la civilización
capitalista occidental, en su forma actual. Los tres grandes valores del
credo de Davos son: el dólar, el euro y el yen. Estos tres no dejan
de tener sus contradicciones, pero juntos constituyen la escala de valores
neoliberal globalizada.
La característica
principal común de estos tres valores es su naturaleza estrictamente
cuantitativa: no conocen el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Conocen
apenas cantidades, números, cifras: uno, cien, mil, un millón,
un billón. Quien tiene un billón -de dólares, euros
o yens- vale más que quien tiene sólo un millón, y
mucho más que aquél que sólo tiene mil. Y obviamente,
aquel que no tiene nada, o casi nada, nada vale en la escala de valores
de Davos. Es como si no existiese. Está fuera del mercado y, por
lo tanto, del mundo civilizado. Juntos, los tres valores constituyen una
de las divinidades de la religión económica liberal: la Moneda
o, como se decía en arameo, Mamon. Las otras dos divinidades son
el Mercado y el Capital. Se trata de fetiches o ídolos, objetos
de um culto fanático y exclusivo, intolerante y dogmático.
Este fetichismo de la mercancía, según Marx; o esta idolatría
del mercado -para utilizar la expresión de los teólogos de
la liberación Hugo Assmann y Franz Hinkelammert- y del dinero y
del capital, es un culto que tienen sus iglesias (las Bolsas de Valores);
sus Santos Oficios (FMI, OMC etc.); y la persecución a los herejes
(todos nosotros, los que creemos en otros valores). Se trata de ídolos
que, como los dioses cananeos Moloch o Baal, exigen terribles sacrificios
humanos: en el Tercer Mundo, las víctimas de los planos de ajuste
estructural, hombres, mujeres y niños sacrificados en el altar del
fetiche Mercado Mundial y del fetiche Deuda Externa. Un cuerpo impresionante
de reglas canónicas y principios ortodoxos sirve para legitimar
y santificar estos rituales sacrificiales. Un vasto clero de especialistas
y gestores explica los dogmas del culto a las multitudes profanas, manteniendo
las opiniones heréticas lejos de la esfera pública. Las reglas
éticas de esta religión son las ya establecidas hace dos
siglos por el teólogo económico Sir Adam Smith: que cada
individuo busque, de la manera más implacable posible su interés
egoísta, sin prestar atención a su prójimo, y la mano
invisible del mercado cuidará del resto, trayendo armonía
y prosperidad a toda la nación.
Esta civilización
del dinero y del capital transforma todo en mercancía: la tierra,
el agua, el aire, la vida, los sentimientos, las convicciones, que se venden
al mejor precio. Hasta las personas se vuelven sumisas a la mercancía,
pues subvierte la relación humanitaria persona-mercancía-persona.
Visto esta camisa de algodón, que es una mercancía, para
humanizar mi convivencia social, pues sería extraño que yo
apareciese sin camisa en el trabajo o en un encuentro entre amigos. Ahora,
la relación predominante es mercancía-persona-mercancía.
La marca de la camisa que visto me imprime valor. En otras palabras, si
llego a su casa en ómnibus o bicicleta, tengo un valor Z. Si llego
de BMW, tengo un valor A. Soy la misma persona y, sin embargo, la mercancía
que me reviste me imprime más o menos valor, reificándome.
Ya en el siglo
XIX, un crítico de la economía política había
previsto, con lucidez profética, el mundo de hoy: «Llegó,
al fin, un tiempo en el que todo lo que los seres humanos habían
considerado inalienable se volvió objeto de cambio, de tráfico
y puede alienarse. Es el tiempo en que las mismas cosas que hasta entonces
eran comunicadas, pero nunca trocadas; dadas, pero nunca vendidas; conquistadas,
pero nunca compradas -virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia,
etc- en que todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción
general, de la venalidad universal o, para hablar en términos de
economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral
o física, habiéndose vuelto valor venial, es llevada al mercado
para ser apreciada por su valor adecuado» (1).
Valores cualitativos
De cara a esta
civilización de la mercantilización universal, que ahoga
todas las relaciones humanas en las «aguas heladas del cálculo
egoísta»(2), el Foro Social
Mundial representa, ante todo, un rechazo: «el mundo no es una mercadería»!
Esto es, la naturaleza, la vida, los derechos del hombre, la libertad,
el amor, la cultura, no son mercancías. Pero el FSM encarna también
la aspiración a otro tipo de civilización, basada en otros
valores que no son el dinero o el capital. Son dos proyectos de civilización
y dos escalas de valores que se enfrentan, de forma antagónica y
perfectamente irreconciliable, en el umbral del siglo XXI.
¿Cuáles
son los valores que inspiran este proyecto alternativo? Se trata de valores
cualitativos, éticos y políticos, sociales y culturales,
irreductibles a la cuantificación monetaria. Valores que son comunes
a la mayor parte de los grupos y de las redes que constituyen el gran movimiento
mundial contra la globalización neoliberal.
Podemos partir
de los tres valores que inspiraron la Revolución Francesa de 1789
y, desde entonces, están presentes en todos los movimientos de emancipación
social de la historia moderna: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Como señala
Ernst Bloch en su libro Derecho Natural y Dignidad Humana (1961),
estos principios, inscriptos por la clase dominante en el frente de los
edificios públicos en Francia, nunca fueron por ella realizados.
En la práctica, escribía Marx, ellos fueron muchas veces,
sustituidos por Caballería, Infantería, y Artillería...
Forman parte de la tradición subversiva de lo inacabado, de lo aún
no-existente, de las promesas que no fueron cumplidas. Poseen una fuerza
utópica concreta, que "va más allá del horizonte burgués",
una fuerza de dignidad humana que apunta al futuro, para la "marcha de
cabeza alta" de la humanidad, hacia el socialismo (3).
Si examinamos de cerca estos valores, desde el punto de vista de las víctimas
del sistema, descubriremos su potencial explosivo y su actualidad en el
combate actual contra la mercantilización del mundo.
¿Qué
significa "libertad"? Ante todo, libertad de expresión, de organización,
de pensamiento, de crítica, de manifestación -duramente conquistada
por siglos de luchas contra el absolutismo, el fascismo y las dictaduras.
Pero también, y hoy más que nunca, la libertad en relación
a una y otra forma de absolutismo: la dictadura de los mercados financieros
y de la élite de banqueros y empresarios multinacionales que imponen
sus intereses al conjunto del planeta. Una dictadura imperial -bajo la
hegemonía económica, política y militar de los Estados
Unidos, única superpotencia global- que se esconde por detrás
de las anónimas y ciegas "leyes del mercado", cuyo poder mundial
es bien superior al del Imperio Romano o de los imperios coloniales del
pasado. Una dictadura que se ejerce por la propia lógica del capital,
pero que se impone con la ayuda de instituciones profundamente antidemocráticas,
como el FMI o la OMC, y bajo la amenaza de su brazo armado (la OTAN). El
concepto de "liberación nacional" es insuficiente para dar cuenta
de este significado actual de la libertad, que es, al mismo tiempo, local,
nacional y mundial, como lo demuestra tan bien este movimiento profundamente
original e innovador que es el zapatismo.
Una de las grandes
limitaciones de la Revolución Francesa de 1789, fue haber excluido
a las mujeres de la ciudadanía. La feminista republicana Olympe
de Gouges, que escribió la "Declaración de los derechos de
la mujer y de la ciudadana", fue guillotinada en 1793. El concepto moderno
de libertad no puede ignorar la opresión de género que recae
sobre la mitad de la humanidad, y la importancia capital de la lucha de
las mujeres por su liberación. En este combate tiene particular
significado el derecho de las mujeres de disponer de su propio cuerpo.
Igualdad y Fraternidad
¿Qué
significa «igualdad»? En las primeras Constituciones revolucionarias
se inscribió la igualdad ante la ley. Ésta es absolutamente
necesaria y está lejos de existir en la realidad del mundo de hoy-
más bien insuficiente. El problema de fondo es la monstruosa desigualdad
entre el Norte y el Sur del planeta y, dentro de cada país, entre
la pequena élite que monopoliza el poder económico y los
medios de producción, y la gran mayoría de la población
que vive de su fuerza de trabajo -cuando no está en el desempleo,
y excluida de la vida social-. Las cifras son conocidas: cuatro ciudadanos
de los EE.UU. -Bill Gates, Paul Allen, Warren Buffett y Larry Ellyson-
concentran en sus manos una fortuna equivalente al Producto Interno Bruto
de 42 países pobres, con una población de 600 millones de
habitantes. El sistema de la deuda externa, la lógica del mercado
mundial y el poder ilimitado del capital financiero llevan a un agravamiento
de esta desigualdad, que se profundizó en los últimos 20
años. La exigencia de igualdad y de justicia social -dos valores
inseparables- inspira varios proyectos socio-económicos alternativos
que están a la orden del día. Desde el punto de vista de
una perspectiva más amplia, esto implica otro modo de producción
y distribución.
La desigualdad
económica no es la única forma de injusticia en la sociedad
capitalista liberal: la persecución de los "indocumentados" en Europa;
la exclusión de los descendientes de esclavos negros e indígenas
en las Américas; la opresión de millones de individuos que
pertenecen a las castas de "intocables" en la India; y tantas otras formas
de racismo o discriminación por razones de color, religión
o lengua, son omnipresentes del Norte al Sur del planeta. Una sociedad
igualitaria significa la supresión radical de estas discriminaciones.
Implica también otra relación entre hombres y mujeres, rompiendo
con o más antiguo sistema de desigualdad de la historia humana -el
patriarcado-, responsable por la violencia contra las mujeres, por su marginalización
en la esfera pública, y por su exclusión del empleo. La gran
mayoría de pobres y desempleados en el mundo son mujeres.
¿Qué
significa "fraternidad"? Es la traducción moderna del viejo principio
judaico-cristiano: el amor al prójimo. Es la sustitución
de las relaciones de competencia feroz, guerra de todos contra todos -que
hacen del individuo, en la sociedad actual, un homo homini lupus
(un lobo para los otros seres humanos), por relaciones de cooperación,
ayuda mutua, compartir, solidaridad. Una solidaridad que incluye no sólo
a los hermanos (frater, en latín), sino también a
las hermanas, y que supera los límites de la familia, del clan,
de la tribu, de la etnia, de la comunidad religiosa, de la nación,
para volverse auténticamente universal, mundial, internacional.
En otras palabras: internacionalista, en el sentido que dieron a este valor
generaciones enteras de militantes del movimiento obrero y socialista.
La mundialización
neoliberal produce y reproduce los conflictos tribales y étnicos,
las guerras de "purificación étnica", los expansionismos
bélicos, los integrismos religiosos intolerantes, las xenofobias.
Tales pánicos inducidos por el sentimiento de pérdida de
identidad son el otro lado de la misma medalla, el complemento inevitable
de la globalización imperial. La civilización con que soñamos,
será "un mundo en el cual caben muchos mundos" (según la
bella fórmula de los zapatistas), una civilización mundial
de la solidaridad y de la diversidad. De cara a la homogeneización
mercantil y cuantitativa del mundo, de cara al falso universalismo capitalista,
es más que nunca importante reafirmar la riqueza que representa
la diversidad cultural, y la contribución única e insustituible
de cada pueblo, de cada cultura, de cada individuo.
La democracia
como valor imprescindible
Hay otro valor
que, desde 1789, es inseparable de los otros tres: la democracia. No sólo
en el sentido limitado que este concepto político tiene en el discurso
liberal/democrático -la libre elección de representantes
cada tantos años-, en la realidad deformada y viciada por el control
que ejerce el poder económico sobre los medios de comunicación.
Esta democracia representativa -también fruto de muchas luchas populares,
y constantemente amenazada por los intereses de los poderosos, como lo
demuestra la historia de la América Latina de 1964 a 1985- es necesaria
pero insuficiente. Necesitamos formas superiores, participativas, que permitan
a la población ejercer directamente su poder de decisión
y control -como en el caso del presupuesto participativo del municipio
de Porto Alegre y del estado de Rio Grande do Sul.
El gran desafío,
desde el punto de vista de un proyecto de sociedad alternativa, es extender
la democracia al terreno económico y social. ¿Por qué
permitir en este campo el poder exclusivo de una élite que rechazamos
en el área política? Una democracia social significa que
las grandes opciones socio-económicas, las prioridades de inversiones,
las orientaciones fundamentales de la producción y la distribución,
son democráticamente discutidas y decididas por la propia población,
y no por un puñado de explotadores o por las supuestas "leyes del
mercado" (o aún, variante que ya fue, por un Buró Político
omnipotente). A estos grandes valores, producto de la historia revolucionaria
moderna, debemos agregar otro, que es al mismo tiempo el más antiguo
y el más reciente: el respeto al medio ambiente. Encontramos este
valor en el modo de vida de las tribus indígenas de las Américas
y de las comunidades rurales pre-capitalistas de varios continentes, y
también en el centro del moderno movimiento ecológico. La
mundialización capitalista es responsable por una destrucción
y envenenamiento acelerados -en crecimiento geométrico- del medio
ambiente: polución de la tierra, del mar, de los ríos y del
aire; "efecto de sierra", con consecuencias catastróficas; peligro
de destrucción da capa de ozono, que nos protege de las irradiaciones
ultravioleta mortales; aniquilamiento de las florestas y de la biodiversidad.
Una civilización de la solidaridad no puede ser sino una civilización
de la solidaridad con la naturaleza, porque la especie humana no podrá
sobrevivir si el equilibrio ecológico del planeta fuera roto.
Socialismo
como alternativa
Esta lista no tiene
nada de exhaustiva. Cada uno podrá, en función de su propia
experiencia y de su reflexión, agregar otros. ¿Cómo
resumir en una palabra este conjunto de valores presentes, de una forma
o de otra, en el movimiento contra la globalización capitalista,
en las manifestaciones callejeras de Seattle a Génova, y en los
debates del Foro Social Mundial? Creo que a expresión civilización
de la solidaridad, es una síntesis apropiada de este proyecto alternativo.
Esto significa, no sólo una estructura económica y política
radicalmente diferente, sino sobre todo, una sociedad alternativa que valorice
las ideas del bien común, el interés público, los
derechos universales, la gratuidad. Propongo definir a esta sociedad con
un término que resume, hace casi dos siglos, las aspiraciones de
la humanidad a una nueva forma de vida, más libre, más igualitaria,
más democrática y más solidaria. Un término
que -como todos los otros ("libertad", "democracia" etc.)- fue manipulado
por intereses profundamente antipopulares y autoritarios, pero que no por
esto perdió su valor originario y auténtico: socialismo.
En una reciente
pesquisa de la opinión pública brasilera, encomendada por
la Confederación Nacional de las Industrias (!), el 55% de los interrogados
afirmaron que Brasil precisaba de una revolución socialista. Al
ser preguntados de qué entendían por socialismo, respondieron
citando algunos valores: "amistad", "comunión", "compartir", "respeto",
"justicia" y "solidaridad". La civilización de la solidaridad es
una civilización socialista.
Para concluir:
otro mundo es posible, basado en otros valores, radicalmente antagónicos
a los que dominan hoy. Pero no podemos olvidar que el futuro comienza desde
ahora: estos valores ya están prefigurados en las iniciativas que
orientan nuestro movimiento hoy. Ellos inspiran la campaña contra
la deuda externa del Tercer Mundo y la resistencia a los proyectos de la
OMC; el combate a los transgénicos y los proyectos de impuestos
a la especulación financiera. Están presentes en los combates
sociales, en las iniciativas populares, en las experiencias de solidaridad,
de cooperación y de democracia participativa -desde el combate ecológico
de los campesinos de la India, hasta el presupuesto participativo de Rio
Grande do Sul; desde las luchas por el derecho de sindicalización
en Corea del Sur, hasta las huelgas en defensa de los servicios públicos
en Francia, desde las aldeas zapatistas de Chiapas, hasta los campamentos
del MST. El futuro comienza hoy y aquí, en estas semillas de una
nueva civilización que estamos plantando en nuestra lucha, y con
nuestro esfuerzo de construir hombres y mujeres nuevos, a partir de los
valores subjetivos y éticos que asumimos en nuestras vidas militantes.
Notas
(1)
Karl Marx, Misère de la philosophie, Paris, Ed. Sociales,
1947, p. 33. (volver arriba)
(3)
Ernst Bloch, Droit Naturel et Dignité Humaine, Paris, Payot,
1976, pp.177-179 (volver arriba)