I
Durante
los veintitantos años transcurridos desde la publicación
de Orientalismo (1), la gran
obra de Edward Said, el interés por la historia y el presente de
las culturas no europeas ha ido aumentado de una forma muy considerable
en la mayoría de las universidades estadounidenses. Y también
en las europeas. Uno de los resultados de este interés es la notabilísima
floración de centros e institutos dedicados a estudiar las diversas
formaciones culturales africanas y asiáticas. La atracción
por las culturas no europeas rebasaba así el marco más tradicional
de la antropología cultural para permear también el conjunto
de los estudios históricos, artísticos, literarios, filosóficos
y religiosos, así como los planes de estudio de muchas de las facultades
de humanidades. Tanto que hoy en día no hay en Europa facultad de
humanidades que se precie que no aspire a tener un buen departamento dedicado
a estudios orientales, africanos o asiáticos.
Entre
los factores que han contribuido a este aumento del interés (no
sólo universitario, desde luego) por los estudios de las culturas
no europeas en los últimos años habría que destacar
cuatro. En primer lugar, la globalización de la economía,
con la constante apertura de nuevos mercados y las interrelaciones culturales
implicadas en las migraciones masivas que son el signo de nuestro tiempo.
En segundo lugar, la necesidad que la cultura euroamericana tiene de conocer
más de cerca los complejísimos procesos de descolonización
que se iniciaron en África y Asia en los años sesenta del
siglo XX. En tercer lugar, las consecuencias del importante trasvase de
estudiantes, graduados y licenciados, de origen asiático y africano,
que hoy pueblan las universidades estadounidenses y europeas (la nueva
emigración de cerebros desde el este y el sur a los centros económicos
del Imperio). Y en cuarto lugar, el atractivo que, en el ambiente espiritual
del fin de siglo, ejercían entre los más jóvenes algunas
de las manifestaciones artísticas, científicas, filosóficas
y religiosas no vinculadas a lo que se ha llamado la racionalidad occidental
con su noción de progreso civilizatorio lineal.
Dos de las consecuencias
más patentes de este cambio del tempo histórico o, si se
prefiere decirlo así, del ambiente espiritual de Occidente, son
el revisionismo historiográfico y la atención que ahora se
presta a los estudios culturales. La revisión historiográfica
afecta a nuestra percepción de lo que han sido el colonialismo y
el imperialismo europeo y norteamericano en Asia, África y Oceanía
durante los siglos XIX y XX. Esta revisión debería permitir
vernos a nosotros mismos y a los otros sin las anteojeras que ha creado
ese concepto tan restrictivo de barbarie persistente entre nosotros desde
la cultura griega clásica y sintomáticamente denunciado ya
por Bartolomé de las Casas, a propósito de las culturas amerindias,
en los orígenes del colonialismo moderno. Mientras tanto, los estudios
culturales facilitaban la recepción en Occidente de interesantísimas
manifestaciones de las literaturas poscoloniales de África, Asia
y Australia (con la recuperación de las tradiciones árabe,
islámica, hindú o china) y potenciaban una nueva orientación
comparatista.
Hoy sabemos, sin
embargo, que el comparatismo (como la interdisplinariedad) es una hermosa
premisa metodológica que no siempre da los resultados concretos
esperados. Y no sólo porque sigue habiendo comparaciones odiosas.
Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que los tópicos y los
prejuicios occidentalistas sobre Oriente -precisamente la invención
del mito occidental que Said llamaba "orientalismo"- se están acabando.
Ahí está la tan arraigada ideología de la guerra de
civilizaciones para mostrarnos, una vez más, que sigue habiendo
mucho camino por recorrer en este ámbito. Al desvelar, en Orientalismo,
este mito occidental, Said había llamado la atención acerca
de algo que conviene recordar ahora: la "orientalización" occidental
del Oriente geográfico no ha sido durante siglos simplemente una
frívola fantasía europea (con manifestaciones artísticas,
literarias, filosóficas y políticas) sino algo mucho más
importante que eso; ha sido un cuerpo consistente, aunque variable, hecho
de teorías y de prácticas, en el que los tópicos sobre
el despotismo, el esplendor, la crueldad, la sensualidad y el exotismo
del Otro expresan precisamente el poder atlántico-europeo sobre
un Oriente históricamente vinculado al imperialismo y al colonialismo.
Un corpus intelectual así no se desintegra exclusivamente por la
vía de los estudios académicos. Ya las últimas páginas
de Orientalismo parecen escritas para salir al paso de esa ilusión.
Allí se decía: "Si este libro ha de tener alguna utilidad
para el futuro será como aportación modesta a un desafío
y como una advertencia, a saber: que los sistemas de pensamiento como el
orientalismo, los discursos de poder y las ficciones ideológicas
se hacen, se aplican y se mantienen demasiado fácilmente [...] Si
el conocimiento del orientalismo tiene algún sentido es como advertencia
ante la degradación seductora del conocimiento, de cualquier conocimiento,
en cualquier lugar y en cualquier época. Y ahora tal vez más
que antes".
El propio Said
ha ido aportado, en los últimos años de su vida, numerosos
ejemplos de la persistencia y reiteración del tópico de la
superioridad cultural occidental desde la primera guerra del Golfo Pérsico
hasta la reciente invasión de Irak por las tropas anglo-norteamericanas.
Persistencia y reiteración que se dan tanto en el ámbito
de la política como en los ambientes universitarios. Sirva como
botón de muestra la actitud del académico Bernard Lewis,
una de las autoridades del islamismo y del orientalismo norteamericanos,
con quien se ha medido frecuentemente Said. En 1989 Bernard Lewis interpretaba
una propuesta hecha por estudiantes y profesores de la Universidad de Stanfford,
orientada a introducir más textos no europeos en los programas de
estudios en Humanidades, como si tal extensión fuera a suponer en
el próximo futuro la desaparición del canon y de la cultura
occidentales. Doce años después, algunas de las obras de
Lewis se habían convertido ya en fuente de inspiración para
las especulaciones de Huntington sobre el choque entre civilizaciones y,
lo que es peor, en soporte directo de la guerra preventiva de la administración
Bush contra el "peligro islámico" (2).
Pero para valorar
bien el punto de vista de Edward Said en su polémica con Bernard
Lewis y con otros académicos del orientalismo conviene distinguir
y precisar, pues a veces se junta demasiado apresuradamente la crítica
del discurso etnocentrista sobre países y continentes, cuyas culturas
han sido olvidadas, subalternizadas o tergiversadas, con la crítica
al sexismo o al racismo igualmente persistentes en el mundo académico
occidental (y fuera de él). Como racismo y sexismo han sido históricamente
rasgos compartidos por la mayoría de las culturas occidentales y
orientales, lo razonable es valorar separadamente, por razones metodológicas
y de economía del discurso, las propuestas tendentes a un mejor
conocimiento de civilizaciones distintas de la nuestra y las propuestas
que llaman a prestar mayor atención a subculturas habitualmente
subalternizadas en un mismo marco cultural europeo, euroamericano, africano
o asiático (como las subculturas de las mujeres, de tales o cuales
minorías étnicas o de determinados estratos populares cuyos
hábitos y costumbres no son reductibles a la dirección principal
del canon vigente). Esta distinción no siempre se hace en las propuestas
académicas actuales y da lugar a numerosos equívocos.
Said, que además
de estudioso del orientalismo ha sido un musicólogo sensible y un
hombre con gran conciencia cívica, ha ayudado mucho a evitar esos
equívocos. De él hemos aprendido que se puede y se debe considerar
justa y apropiada la preocupación actual por conocer mejor lo que
han sido y lo que son realmente las otras culturas y subculturas diferentes
de la versión dominante de la cultura europea sin que esto tenga
por qué significar aceptar cierta manía generalizadora consistente
en meter en el mismo saco todo lo olvidado por el etnocentrismo sexista
históricamente dominante. Y todavía más: que distinguir
entre esas dos cosas implica también oponerse a la mera inversión
especular de las representaciones tradicionales occidentales, inversión
que ha dado y sigue dando lugar a la idealización apresurada de
todo lo otro para acabar pensando simplemente lo mismo que se pensaba,
con la única diferencia de que donde antes se situaba el cielo ahora
se sitúa el infierno y viceversa. Una de las cosas más apreciables
del punto de vista de Said es precisamente que no depone el espíritu
crítico cuando de lo que se trata es de valorar el imaginario colectivo
que, a partir de la cultura de la resistencia frente al etnocentrismo occidentalista,
se ha ido construyendo en estos últimos tiempos en Oriente Medio,
África o Asia.
II
Ése era
el contexto, como se ve, bifronte, de la aparición del libro de
Edward Said, Cultura e imperialismo (1993). Este libro completa
y desarrolla el estudio llevado a cabo en Orientalismo. Por una
parte, amplía el marco geográfico de estudio de aquella obra
(cuyas ideas estaban referidas fundamentalmente a Oriente Medio) analizando
diversos escritos europeos sobre África, India, algunas partes del
Lejano Oriente, Australia, el Caribe (y, más tangencialmente, Irlanda).
Pero, por otra parte, Said introducía en su nueva obra la visión
del otro, la visión ilustrada de los vencidos, entendiendo por tal
la respuesta de intelectuales africanos, asiáticos, americanos y
europeos (particularmente irlandeses) a la dominación occidental,
en lo esencial anglo-francesa, que ha culminado en el gran movimiento de
descolonización del llamado Tercer Mundo (Ngugi wa Thiongo, Soyinka,
Walcott, Tayed Salih, Eqbal Ahmad, Faiz Ahmad Faid, Adbelrahman el Munif,
Ali Ahmed Said). Y, junto a esta última, da mucha importancia a
la percepción de intelectuales y escritores que han vivido y se
han formado entre ambos mundos (J.M. Coetzee, Nadine Gordimer, Neruda,
García Márquez, Rushdie, Césaire).
De la ambición
de esta obra de Said habla ya el hecho mismo de que se proponga abordar
a la vez el esquema general y planetario de la cultura imperial y la experiencia
histórico-mundial de la resistencia contra el imperio. Se trata,
por tanto, no de una simple secuela de Orientalismo, sino del intento
de hacer algo distinto y más amplio. Al analizar algunas piezas
literarias muy conocidas de las culturas euro-americanas Said presta especial
atención a sus contextos históricos concretos y al transfondo
político (en un sentido amplio) que pueda haber en ellas: siempre
teniendo a la vista el complejo -y a veces autocontradictorio- mundo de
la relación entre colonialistas y colonizados. Pues Said entiende
la cultura moderna como una especie de teatro en el cual se enfrentan distintas
causas políticas e ideológicas y pone el acento en el análisis
de aquellas ideas sobre la otra cultura que subyacen (muchas veces sin
manifestación explícita) a las grandes narraciones de lo
que suele llamarse la cultura occidental. Este ha sido un aspecto tradicionalmente
olvidado, al analizar las grandes piezas del canon occidental, por la crítica
literaria textual en el ámbito académico europeo, o, en el
lado opuesto, mal tratado, desde una perspectiva sólo política,
por algunos autores africanos y asiáticos o por una parte de la
tradición marxista.
La magnitud del
proyecto, la amplitud de las relaciones analizadas y el espíritu
omnicomprensivo de Cultura e imperialismo puede, sin duda, provocar
reticencias en una época, como la nuestra, que desconfía
de las cosmovisiones. Y, obviamente, ha habido críticas en ese sentido.
Said se anticipaba a esas reticencias declarando su convicción de
que es imposible abarcar en un solo libro todo el imperialismo y toda la
cultura que el imperialismo occidental ha producido en relación
directa o indirecta con las colonias. Él mismo se ha considerado,
temperamental y filosóficamente, contrario a las vastas sistematizaciones
o teorías totalizantes de la historia de los hombres (CI, 38). Y
esto también tiene su reflejo en el producto intelectual, en el
resultado, pues el obligado corte temático que establece en su libro
deja fuera de consideración algunos de los imperios que en el mundo
han sido: el austrohúngaro, el ruso, el otomano, el español
y el portugués.
Said entiende por
imperialismo la práctica, la teoría y las actitudes de un
centro metropolitano que rige y gobierna un territorio distante; y por
colonialismo, casi siempre como consecuencia del imperialismo, la implantación
de asentamientos en estos territorios distantes. Estima, por lo demás,
que la gran era del imperialismo moderno ha terminado, lo cual no equivale
a decir (como están diciendo algunos académicos e incluso
activistas antiglobalizadores) que haya dejado de haber imperio e imperialismo
en nuestro mundo. Precisamente porque el proceso de descolonización
iniciado ya hace décadas ha pasado también a una nueva fase,
a veces descrita eufóricamente como poscolonial, tiene sentido la
pregunta por lo que ha sido la relación entre cultura e imperialismo.
Ahora podemos empezar a ver las cosas con alguna distancia. Y una de las
cosas que se puede ver con la distancia ha sido expresada por Said en términos
muy taxativos: "Me atrevo a afirmar que sin imperio no habría existido
la novela europea tal como la conocemos; y, de hecho, si nos detenemos
en el impulso del cual nació veremos la convergencia, en absoluto
accidental, entre los esquemas constitutivos de la autoridad narrativa
por un lado y la compleja configuración ideológica que subyace
a las tendencias imperialistas, por otro" (CI, 126). O más adelante:
el imperialismo y la novela, artefacto cultural de la sociedad burguesa,
son indisociables el uno de la otra (CI, 127). Esta opinión prolonga
y desarrolla el análisis de la contribución de la narrativa
y de la poesía (Chateaubriand, Hugo, Lamartine, Goethe, Flaubert,
Fitzgerald) a la configuración del estereotipo occidental sobre
el orientalismo.
Es cierto que todos
los grandes documentos de la cultura occidental que tratan directa o indirectamente
del otro mundo (africano, asiático, australiano) pueden ser leídos
o interpretados haciendo abstracción de su relación con la
idea de imperio. Y más aún en la actualidad, cuando muchas
de las grandes realizaciones estéticas propias del imperialismo
son recordadas y admiradas, en la universidad y fuera de ella, sin aquel
acompañamiento (el espíritu de dominación) que poseían
durante el proceso de su gestación y producción. Pero en
las inflexiones y en las huellas de estas manifestaciones literarias el
imperio puede leerse, verse y oírse. En cambio, cuando se prescinde
de estas inflexiones y de estas huellas se acaba reduciendo tales obras
a caricaturas, quizá refinadas, pero caricaturas al fin y al cabo
(CI, 213).
A lo largo del
libro Said ofrece diferentes tipos de matizaciones metodológicas
y prácticas para el análisis concreto de la relación
entre cultura e imperialismo. Por una parte, admite que el concepto mismo
de imperialismo tiene de por sí una carga tal de generalización
que puede lastrar de vaguedad inaceptable la interesante heterogeneidad
de las culturas metropolitanas europeas. Reconocerlo así implica,
desde luego, atender a las diferencias entre las diversas obras de la cultura
en un mismo marco imperial. Pero, una vez admitido eso, oponerse a que
la cultura sea analizada como parte del imperialismo puede convertirse
en una táctica que impida cualquier tipo de estudio serio de las
relaciones entre ambos términos. En cambio, si nos enfrentamos a
ellas con cuidado podemos establecer varias y provechosas formas de vinculación
que complementen y enriquezcan nuestras lecturas de los grandes textos
de la gran cultura (CI, 259).
Edward Said concede
mucha importancia a la tradición de los estudios de literatura comparada,
y en particular al propósito original de este tipo de estudios consistente
en eludir el insularismo y el provincialismo para considerar varias culturas
al unísono y en contrapunto (CI, 90). Pero advierte que la dirección
dominante de estos estudios ha sido casi siempre academicista y ha estado
condicionada por la idea de que Europa y Estados Unidos constituyen el
centro del mundo. En este plano Said hace observar que la literatura comparada
se convirtió en un asunto de seguridad nacional en EEUU, en los
años sesenta, luego de la aparición del Sputnik. Una objeción
fuerte, del mismo tipo, puede hacer el autor a algunas otras corrientes
de la crítica contemporánea: el nuevo historicismo, el deconstruccionismo
e incluso el neomarxismo evitan, por lo general, el horizonte político
de mayor alcance, determinante, de la cultura occidental moderna: el imperialismo
(CI, 112). Pero si se dejan de lado esos aspectos (la persistente idea
compartida del imperialismo reforzado, o el general acuerdo sobre la distinción
ontológica fundamental entre Occidente y el resto del mundo) haríamos
algo parecido a describir una carretera prescindiendo de su localización
en el paisaje.
Lo que Said propone
como alternativa a los estudios comparatistas académicos y a estas
otras corrientes en alza desde la década de los ochenta del siglo
pasado es una lectura de la tradición como un acompañamiento
polifónico de la expansión de Europa, lo cual supone una
lectura, distinta de la académica oficial, de algunos de los clásicos
del canon occidental, como Conrad o Kipling, apoyándose también
en los estudios historiográficos que mente han ido desvelado la
relación entre imperialismo y cultura (Kiernan, Martin Green, Molly
Mahooh, John McClure, Patrick Brantlinger). Said ilustra su análisis
globalizante de algunas importantes piezas culturales de los dos últimos
siglos estudiando personajes o situaciones de narraciones de Dickens (para
el caso de Australia), Thackeray, Ruskin, Conrad (para África y
Suramérica), Kipling (para la India), Verdi (para Egipto) o Camus
(para Argelia), así como, en relación con las obras de estos
autores, declaraciones de Carlyle, los Mill y muchos otros que han considerado
como un hecho sin más la expansión colonial con su imagen
repetida de las razas bárbaras e inferiores.
Edward Said parte
de una convicción compartida, según la cual todas las culturas
tienden a construir representaciones de las culturas extranjeras para aprehenderlas
de la mejor manera posible o controlarlas de algún modo. Pero observa
que no todas las culturas construyen representaciones de las culturas extranjeras
y de hecho las aprehenden y controlan. Esa es la diferencia de las principales
culturas europeas modernas analizadas. En ese contexto Said llama la atención
sobre un hecho que no se suele tener hoy en cuenta suficientemente, a saber:
que hasta mediados del siglo XX la gran mayoría de los escritores
occidentales escribían teniendo in mente únicamente una audiencia
occidental, aunque en determinados casos tratasen de personajes, lugares
o situaciones de los territorios de ultramar dominados por los europeos
(CI, 121). La propuesta que hace en este sentido también es clara
y razonable. Se puede enunciar así: hoy en día debemos leer
las grandes obras canónicas, y tal vez el archivo completo de la
cultura europea y norteamericana premoderna y moderna, haciendo el esfuerzo
de dar voz a lo que allí estaba presente en silencio, o marginalmente,
o representado con tintes ideológicos.
III
Para llevar a cabo
esta propuesta Said propone incorporar al análisis literario la
obra de revisión y deconstrucción intelectual del mundo occidental
que fueron realizando en la segunda mitad del siglo XX intelectuales y
escritores de origen africano, asiático o latinoamericano, como
Fanon, Amilcal Cabral, Chinua Achebe, Ngugi wa Thiongo, Soyinka, Rushdie
o García Marquez, pero también, desde dentro de la misma
cultura europea occidental, Genet, Basil Davidson, Albert Memmi y Juan
Goytisolo.
Así se va
concretando la propuesta metodológica de Cultura e imperialismo:
tomar en consideración la experiencia cruzada de occidentales y
orientales (o mejor, de europeos, asiáticos, africanos y americanos)
en un marco caracterizado por la interdependencia de los terrenos culturales
en los cuales el colonizador y el colonizado coexisten y luchan unos con
otros a través de sus representaciones, sus proyecciones, sus geografías,
sus relatos y sus historias. La idea de entrecruzamiento es aquí
básica y se deriva de lo que podríamos denominar la paradoja
cultural del imperialismo, entendiendo por tal el hecho de que precisamente
uno de los más importantes logros de éste (unir más
el mundo política y económicamente) está en la base
del proceso de separación y distanciamiento de las respectivas imágenes
de europeos y no-europeos, una imagen insidiosa y fundamentalmente injusta,
pero que obliga, en el cambio de siglo y con el paso de tiempo, a considerar
la experiencia histórica del imperio como algo común a ambos
lados. Y ello, "a pesar de la sangre derramada, del horror y del amargo
resentimiento que ha quedado" (CI, 25).
El proceder de
Said consiste en trabajar sobre obras individualizadas (Mansfied Park,
Kim,
Aída, El corazón de las tinieblas,
El
extranjero, El inmoralista) leyéndolas primero como grandes
obras de la imaginación creadora e interpretativa occidental y analizándolas
luego en el marco de la relación histórica y particularizada
entre cultura e imperio. Al introducirse en el campo de la llamada "alta
cultura literaria", y al tratar de poner de manifiesto su relación
con el imperialismo históricamente existente, Said no se propone
ir acumulando condenas morales o políticas del arte occidental (aunque
hay, ciertamente, desarrollos particulares en su obra, cuando trata de
Camus o de Gide, por ejemplo, que pueden dar pie a esa interpretación
reductivista), sino más bien la tarea inversa: examinar de qué
manera los procesos de eso que llamamos imperialismo se producen y concretan
más allá de las leyes económicas y de las decisiones
políticas (CI, 48).
Junto a la idea
de entrecruzamiento cultural hay que subrayar en el libro de Said la propuesta
de una lectura contrapuntística. La lectura en contrapunto debe
registrar simultáneamente el proceso del imperialismo y el de la
resistencia, lo que puede realizarse incluyendo, en el análisis
de las obras literarias, lo que había sido excluido o estaba sólo
supuesto, sabiendo -dice él-- lo que significa que un autor muestre,
por ejemplo, que una plantación colonial de azúcar es importante
para mantener un particular estilo de vida en Inglaterra. Al concretar
más sobre esta lectura contrapuntística, Said afirma que
es necesario leer conjuntamente los textos que proceden del centro metropolitano
y de las periferias sin aceptar ya la dicotomía entre un criterio
que privilegia la "objetividad" por nuestra parte y otro criterio que da
por supuesto el lastre de la "subjetividad" por la suya. La cuestión,
por tanto, no es sólo saber cómo leer, según lo están
proponiendo los partidarios de la deconstrucción, sino también
separar ese aspecto del problema del saber qué se lee. Las ideas
de contrapunto, interrelación e integración representan algo
más que un indicio moderadamente inspirador de lo que puede entenderse
por visión ecuménica y ecuánime. Y en este sentido
Said logra resultados brillantes al comparar, por ejemplo, El corazón
de las tinieblas de Conrad con Época de migración
al norte del sudanés Tayed Salih.
Una de las cosas
más interesantes de Cultura e imperialismo es que, como en
Orientalismo, la mirada entrecruzada de Said permite establecer
un tipo de relaciones entre diversos planos de la cultura y de las culturas
que por lo general escapan a la consideración de la mirada solo
europea porque lo obvio se da por supuesto. Una primera lectura de esta
obra tendrá que subrayar, por tanto, lo que ésta tiene de
complemento de otras lecturas textuales de algunas muestras del canon occidental.
Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso de la lectura que Said hace
de Mansfield Park (1814) de Jane Austen (CI, 141 y ss.). Pero en el libro
hay más cosas. Como suele ocurrir cuando el desplazamiento del ángulo
de la mirada cambia radicalmente el punto de vista tradicional, el tipo
de relaciones que aquí establece Said entre ideas diferentes y entrecruzadas
por la relación imperialismo/cultura permite iluminar algunos aspectos
de determinadas obras singulares que pasaban completamente desapercibidos
en el marco cultural europeo. Entonces la lectura contrapuntística
no sólo complementa otras lecturas textuales sino que abre nuevos
horizontes. Es el caso de los apartados dedicados al Kim de Kipling,
a la Aída de Verdi, al Corazón de las tinieblas
de Conrad y (tal vez con menos acierto) a algunas de las obras de Camus.
V
El apartado sobre
la Aída de Verdi se titula sintomáticamente "el imperio
en acción" (CI, 185 y ss.). El problema de Aída reside
en que no trata de la dominación imperial sino que forma parte de
ella. En ese contexto Said responde a la pregunta de por qué aceptó
Verdi la oferta del virrey Ismail de escribir una ópera especial
para El Cairo y señala que Verdi carecía de toda opinión
formada acerca del Egipto moderno, por lo que el resultado, en la ópera,
fue un Egipto orientalizado, al cual llegó el autor, con su música,
por un camino propio. La identidad egipcia de Aída era sólo
parte de la fachada europea de El Cairo: no podemos ver entre la obra y
El Cairo aquella congruencia que Keats percibía en el friso de una
urna griega y el mundo a que éste le correspondía.
Bajo el epígrafe
"los placeres del imperialismo" Said analiza Kim (1901), de Rudyard
Kipling (CI, 216 y ss.), dialogando con la célebre opinión
de Edmund Wilson sobre los dos mundos en el alma del protagonista y del
autor. Said argumenta que el conflicto entre el servicio de Kim a la colonia
y la lealtad a sus compañeros indios permanece sin resolver no porque
Kipling no pueda enfrentarse a él sino porque para éste no
existía conflicto. Por eso uno de los propósitos de la novela
es mostrar la ausencia de enfrentamiento una vez que Kim se ha curado de
sus dudas. Said lee Kim como una contribución mayor a esa India
orientalizada de la imaginación por la que puede hablarse de "invención
de la tradición".
El corazón
de las tinieblas de Conrad da pie a una interesante la apreciación
de Said cuando, en el marco del análisis de la cultura de resistencia,
escribe que en Época de emigración al norte de Tayeb Salih
el río de Conrad se convierte en el Nilo cuyas aguas rejuvecen a
los pueblos e invierte la primera persona del estilo narrativo inglés
al tratar del viaje de un sudanés a Europa. El viaje al corazón
de las tinieblas se convierte en una hégira sagrada desde el
campo sudanés, todavía agobiado por la herencia colonial,
hasta el corazón de Europa, donde Mustafá Said, espejo de
Kurtz, desencadena la violencia ritual sobre sí mismo, sobre las
mujeres europeas y sobre el entendimiento del narrador. Tan deliberada
es la imitación inversa de Conrad por Salih que hasta la valla adornada
de calaveras de Kurtz encuentra su repetición y deformación
en el inventario de los libros europeos almecenados en la biblioteca secreta
de Said (CI, 329)
Said lee al Camus
de El extranjero (1942), La peste (1947) y El exilio y
el reino (1957) en relación con la experiencia imperial francesa.
Y lo aborda como un caso representativo de cómo, con el tiempo,
se han desvanecido los hechos de la realidad imperial que tan claramente
podrían observarse en las obras de éste. Son novelas que
hoy tienen un interés póstumo: parecen tratar de cosas muy
diferentes a las que aludían en su momento. La lectura actual de
Camus es un ejemplo para ver cómo queda en los márgenes el
tema de la dominación europea del mundo no-europeo diluido en los
temas de la "conciencia europea" y "la condición humana". Said se
interroga acerca de por qué fue Argelia el paisaje de esas obras
cuya referencia principal era otra (la Francia ocupada por los nazis).
Y presenta su lectura como una "restauración interpretativa", reconstruyendo
la pista argelina que se ha borrado: "Considerar las obras de Camus como
un elemento de la geografía política de Argelia metodológicamente
construida por los franceses" (CI, 278).
Said pone esto
en relación con las opiniones de Camus acerca de la lucha por la
independencia de Argelia y afirma que la cerrazón del autor explica
el vacío y la ausencia de historia del árabe muerto por Meursault
y el sentido de la devastación de Orán en La peste,
"que no está concebido para expresar en primer lugar las muertes
de árabes (que después de todo son las cuentan desde el punto
de vista demográfico), sino la conciencia francesa (CI, 285). En
ese contexto Said mantiene que las obras de Camus son más interesantes
, no menos, precisamente porque sus más famosos relatos dependen
en muchas maneras del discurso francés colonial sobre Argelia, se
alimenta de la historia de la dominación francesa en Argelia. Debemos
considerar, pues, las obras de Camus como transfiguración metropolitana
del dilema colonial. La obra de Camus posee una vitalidad negativa en la
que la trágica seriedad humana del esfuerzo colonial alcanza su
última gran culminación antes de que llegue la ruina. Lo
que Camus expresa es esa desolación y esa tristeza de las que no
nos hemos recuperado y que todavía no hemos acabado de comprender
(CI, 292).
VI
No es difícil
enumerar las deudas intelectuales de Said, tanto sustantivas como metodológicas.
Algunas de ellas han sido explícitamente declaradas en los análisis
concretos que se llevan a cabo en el libro. Así, el Frank Fanon
de Los condenados de la tierra, obra de la que se dice que ha representado
un formidable arsenal antiautoritario (CI, 432). Me parece de justicia
la recuperación por Said del olvidado Fanon (y el recuerdo del célebre
prólogo de JP Sartre a la primera edición de Los condenados:
"No existe nada más consistente que un racismo humanista, puesto
que el europeo sólo ha sido capaz de convertirse en hombre creando
esclavos y monstruos"). Fanon es, para Said, el autor que con más
contundencia y decisión ha expresado el inmenso giro cultural que
se ha producido desde el terreno de la independencia nacionalista hacia
el campo teórico de la liberación (CI, 414), "el primer teórico
destacado del antiimperialismo que advirtió que el nacionalismo
ortodoxo seguía el mismo camino trazado por el imperialismo, que
mientras parecía estar concediendo autoridad a la burguesía
nacionalista en realidad continuaba extendiendo su hegemonía".
Otras deudas, también
explícitas, son más difíciles de valorar, puesto que
la explicitación se refiere, por lo general, a aspectos particulares
(sustantivos o metodológicos) de las obras de autores varias veces
citados y a cuyas aportaciones Said había hecho referencia ya en
Orientalismo y en otras obras suyas. Por ejemplo, el Raymond Williams
de los ensayos sobre cultura (a pesar de las limitaciones que Said advierte
precisamente en el tema del imperialismo) y, sobre todo, de The Country
and the City; el T. S. Eliot de "Tradition and the Individual Talent";
el Antonio Gramsci de La cuestión meridional y de la distinción
entre "sociedad civil" y "sociedad política"; el Auerbach de Mímesis;
el Lukács de la Teoría de la novela y de los ensayos
sobre la novela histórica; el Walter Benjamin que declara que no
hay documento histórico de civilización que no sea al mismo
documento de barbarie; el Foucault de La arqueología del saber
y de Vigilar y castigar.
Pero seguramente,
junto a estos autores occidentales repetidamente citados, ha contado mucho
en Said la obra y el ejemplo de algunos de los grandes escritores y literatos
no occidentales cuyo sufrimiento (puesto que apenas se les hizo caso ni
en Occidente ni en sus países de origen) tampoco debilitó
la fortaleza de sus conviccioners: Eqbal Admad y Faiz Ahmad Faiz en Pakistán,
Ngugi wa Thiongo en Kenia, Abdelrahman el Munif en el mundo árabe,
o Partha Chatterjje (miembro del grupo Subaltern Studies). Said
reconoce también el aumento del interés que se ha producido
en las universidades europeas y americanas, al menos desde 1980, por la
literatura africana: Bessie Head, Alex La Guma, Wole Soyinka, Nadine Gordimer,
J.M. Coetzee, Anta Diop, Paulin Hountondjii, V.Y. Mudimbe, Ali Mazrui y
el que considera poeta contemporáneo más importante: Ali
Ahmed Said (Adonis), autor de Al Zabit wa al-Mutahawil (traducción
inglesa: An Introduction to Arab Poetics, Londres, 1990: "ejemplo
soberbio y atrevido del desafío casi en solitario de la persistencia
de una herencia árabe-islámica petrificada y limitada por
la tradición a los que opone los poderes disolventes de la modernidad
crítica", CI, 481) así como de sus compañeros del
periódico Mawakif.
En el apartado
dedicado a los "temas de la resistencia cultural" (326 y ss.), Said menciona
a: James Ngugi (Ngugi wa Thiongo) cuya obra The River Between reformula
El corazón de las tinieblas de Conrad desde la primera página;
el sudanés Tayeb Salih (que vuelve sobre el tema de Conrad en Epoca
de migración al norte; Aimé Césaire dialogando
con el Shakespeare de La tempestad a propósito del derecho
a representar lo caribeño; Roberto Fernández Retamar a propósito
de lo que simbólicamente significan para el llamado Tercer Mundo
Calibán y Ariel; al Salman Rushdie de Los hijos de la medianoche.
Y en ese contexto califica el esfuerzo llevado a cabo por docenas de especialistas,
críticos e intelectuales de la periferia, de viaje de retorno (CI,
336).
Le interesan, por
otra parte, aquellas aportaciones más recientes que se evaden de
las polaridades de Oriente y Occidente tratando de comprender aspectos
de las otras culturas que por su incomodidad no fueron abordados por los
historiadores y orientalistas de la época colonial. Como, por ejemplo,
el estudio de Peter Gran sobre las raíces islámicas del capitalismo
moderno en Egipto, la investigación de Judith Tucker sobre la estructura
de la familia y el poblado egipcios bajo la influencia del imperialismo
o la monumental obra de Hanna Batatu sobre la formación de las instituciones
estatales modernas en el mundo árabe o el estudio de S.H. Atlas
,
The Myth of the Lazy Native, o la obra del investigador indio
de la universidad de Columbia, Gauri Viswanathan, The Marsk of Conquest
(CI, 88-89).
VII
Al valorar la aportación
de Said a una tipología cultural del imperialismo no se puede olvidar
la dimensión personal. Al centrar sus estudios sobre piezas culturales
procedentes de Inglaterra, Francia y Estados Unidos de Norteamérica,
Said no deja de declarar uno de los lados de su propia formación
cultural. El otro es su propio origen: el mundo árabe y musulmán.
Para la comprensión de lo que esto ha significado en su caso vale
la pena atender a lo que dice en sus recuerdos de la infancia, la adolescencia
y la juventud (3). Hay en ellos
un paso muy significativo. Dice así: "Aunque el inglés se
había convertido en mi idioma principal me encontré en una
extraña situación en que no tenía ninguna situación
natural, ni nacional, en donde usarlo. Los tres idiomas se convirtieron
en una cuestión bastante peliaguda cuando yo tenía catorce
años, El árabe estaba prohibido y era "de moro". El francés
era siempre "de ellos" y no mío. El inglés estaba autorizado
pero era inaceptable porque era el idioma de los odiosos británicos.
Desde entonces siempre me ha fascinado de forma exagerada el funcionamiento
de los idiomas y me dedico a cambiar automáticamente a una de las
tres posibilidades. Cuando hablo inglés, a menudo oigo y digo el
equivalente francés o árabe; cuando hablo árabe busco
análogos en inglés o francés y los añado como
quien lleva el equipaje sobre la cabeza, es decir, como algo presente pero
en cierta medida inerte y agobiante. Solamente ahora que tengo más
de sesenta años me siento más cómodo y no traduzco
sino que hablo o escribo directamente en cada uno de estos idiomas, no
con fluidez de un nativo pero casi. Solamente ahora he superado mi alineación
respecto al árabe causada por mi educación y por el exilio
y puedo usarlo con placer".
Desde esta vivencia
de las lenguas y de las culturas se comprende mejor una de las declaraciones
con que arranca Cultura e imperialismo, declaración que allí
parece cobrar un sentido casi metodológico: la de escribir viviendo
en los dos lados y tratando de ejercer de mediador entre ellos (CI, 27).
Al menos en el ámbito en el que un hombre sin poder político
puede hacerlo: el cultural. Hay que tener en cuenta que tanto Orientalismo
como Cultura e imperialismo son libros acerca del nosotros y
el ellos, libros en los que el autor es a la vez, por voluntad propia,
parte de ambos. Y, es además, crítico de lo que considera
exageraciones o extremos de ambos mundos; crítico de la constante
afirmación occidental de superioridad cultural sobre el otro y crítico
de la réplica nativista o indigenista del colonizado que protesta
mediante la mera y simple inversión de la concepción del
mundo del colonialista: imperialismo occidental y nacionalismo tercermundista
se alimentan mutuamente. Y la guerra del Golfo Pérsico, o los últimos
acontecimientos de Oriente Medio, África y Asia así lo ponen,
una vez más, de manifiesto.
Con esa vivencia
y desde ese enfoque metodológico Said pudo escribir, con razón,
que su objeto es una historia sombría y muchas veces descorazonadora,
sólo atemperada por la emergencia de una nueva conciencia intelectual
y política en ambos mundos. Si en lo político, y particularmente
en lo que hace a la cuestión palestina, Said se ha sentido muy solo
en los EE.UU., sobre todo en los últimos tiempos, en lo cultural
no lo estaba. Pues su obra, su aproximación a una tipología
cultural del imperialismo, se benefició no sólo de la experiencia
propia sino también de los cambios que, mientras tanto, se habían
ido produciendo en los estudios sobre Oriente Medio, a partir precisamente
de publicaciones de intelectuales, en origen con experiencias duales y
que han gozado durante años de la disponibilidad de las universidades
de Berkeley, en California, Yale Princeton o Columbia. Él mismo
ha mencionado a este respecto los trabajos de Lila Abu-Lughod, Leila Ahmed,
Fedwa Malti-Douglas, Sara Suleri y Lisa Lowe.
Said lo dice muy
explícitamente: Cultura e imperialismo es el libro de un
exiliado (CI, 32), de un árabe con educación occidental,
que pertenece a los dos mundos sin ser completamente de uno o de otro.
Es interesante, sin embargo, el que al emplear la palabra exiliado añada
que no se refiere a algo triste o desvalido. Él mismo fue consciente
de que no hay mal que por bien no venga, de que esta división del
alma permite tal vez comprender los dos mundos con más facilidad.
Dice escribir como "norteamericano y árabe que ha vivido problemáticamente
en los dos mundos" (CI, 453) y que ha vivido también "la hostilidad
e ignorancia propia de las dos partes de este encuentro cultural complejo
y desigual" (CI, 454). Es como si la idea de exilio cambiara de significado
en los últimos tiempos: se convierte en algo cercano a un hábito,
una experiencia en la que, por mucho que se reconozca y se sufra la pérdida,
se atraviesan barreras y se exploran nuevos territorios superando así
las fronteras canónicas clásicas. No es casual que en ese
contexto aparezca la referencia a Erich Auerbach: nuestro hogar filológico
es el mundo entero y no la nación o el escritor individual (CI,
488). Con esa idea reitera Said su propuesta de lectura contrapuntística
de análisis global frente a las tendencias separatistas y nativistas;
análisis global y contrapuntístico que no debe entenderse
en la forma de una sinfonía (como las primeras nociones relativas
a la literatura comparada) sino más bien bajo la forma de un conjunto
atonal (CI, 489).
Se
ha dicho que uno de los objetivos declarados de Said ha sido tratar de
encontrar un punto de vista que supere al mismo tiempo la unileteralidad
del occidentalismo y del indigenismo característico de la época
poscolonial. Pero él sabía que el presente momento ideológico
presenta grandes dificultades para la consolidación de este tipo
de trabajo intelectual (CI, 89). Said, que ha criticado la evolución
del nativismo y del nacionalismo en el Tercer Mundo, en tanto que mera
inversión del imperialismo occidental, también ha escrito
al respecto: "No quiero que se me malinterprete: no estoy abogando por
una posición simplemente antinacionalista. Es un hecho histórico
que, como fuerza política movilizadora, el nacionalismo (restauración
de la comunidad, afirmación de la identidad, emergencia de nuevas
prácticas culturales) instó y propulsó la lucha contra
la dominación occidental en todo el orbe no europeo. Y es tan inútil
oponerse a eso como a la ley de la gravedad de Newton" (CI, 339).
Lo que Said proponía,
alternativamente, es que aprendamos a centrarnos en el argumento que sostiene
que, una vez adquirida la independencia, se necesitan nuevas e imaginativas
reconceptualizaciones de la sociedad y de la cultura para así evitar
la recaída en antiguas ortodoxias e injusticias. En ese sentido
daba mucha importancia al movimiento de las mujeres en Egipto, en Turquía,
en Indonesia, en China, en Ceilán desde principios de siglo donde
la resistencia nacionalista ante el imperialismo fue siempre autocrítica
(CI, 341). Ese punto de vista se concreta, una vez más, en una orientación
histórica de carácter integrador y contrapuntístico
que considera que las experiencias occidentales y no occidentales se suponen
mutuamente porque están a su vez relacionadas por el imperialismo.
Lo cual implica una visión imaginativa, incluso utópica,
que vuelva a tener en cuenta la teoría y la práctica de la
emancipación como elemento opuesto a la reclusión, apostando
por un tipo particular de energía nómada, migratoria, antinarrativa
(CI, 431).
Por su discreción
en el tratamiento de asuntos en los que generalmente se ha oscilado entre
politicismo y formalismo, por su veracidad, no exenta de dramatismo, este
palestino, que fue miembro del Consejo Nacional y profesor de literatura
comparada en la universidad de Columbia, pero que fue sobre todo un exiliado
postromántico, supo renovar la apuesta cultural de aquellos otros
exiliados sensibles (Auerbach, Arendt, Benjamin, Todorov) que nos han enseñado
a entender mejor lo que somos (y lo que hemos sido) comprendiendo a los
otros, más allá de la presunción, de los estereotipos
y de los prejuicios.
Notas
(1)
Orientalismo,
New York, Pantheon Books, 1978; traducción castellana de María
Luisa Fuentes, Madrid, Prodhufi, 1990. (Volver arriba)
(2)
Principalmente: Los asesinos. Una secta islámica radical,
Barcelona, Alba, 2002 (una obra escrita en 1967, pero recuperada para la
ocasión después del 11 de septiembre de 2001) y ¿Qué
ha fallado? El impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Próximo,
Siglo XXI, 2003. Pero además de eso Lewis ha estado directamente
implicado en las reuniones del loby belicista (Wolfowitz, Rumsfeld, Perle,
Cheney) que presionó para la invasión de Irak. (Volver
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