La autobiografía
de Hobsbawm
Fernando
Muñoz Martínez
Es notable
que un historiador narre su propia biografía, su tránsito
a través del siglo reciente. Es de primera importancia cuando el
historiador disfruta el merecido prestigio que avala la obra de Eric John
Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917). Su formación histórica
y su índole personal evitan al lector referencias ajenas al ámbito
propio de una biografía, referencias a los residuos de la historia
o la política, referencias que ni siquiera llamaríamos privadas,
sino –según una palabra hoy ensuciada– íntimas: las heces
del vaso de la vida.
En la biografía de E. J. Hobsbawm
-Años interesantes. Una vida en el siglo XX (2003)-, que
ofrece en español la editorial Crítica, no podía haber
confidencias invasoras y tóxicas (intumare), sino el rastro de un
ilustre profesor de Historia por un siglo extremo no sólo cronológicamente,
respecto a nuestro presente, sino en su propia estructura política.
Es posible, sin embargo, que el siglo haya resultado políticamente
extremo únicamente hasta el comienzo de los años sesenta,
al menos por lo que respecta a la Europa occidental y, en especial, al
Reino Unido, efectiva patria del profesor Hobsbawm; cuyo carácter
británico se antepone a la Viena o el Berlín de sus años
primeros. Fueron los años que vieron crecer la tormenta del nazismo
en torno a un joven judío, a salvo, merced a su condición
británica, de las hordas de los Hakenkreuzler. A un tal E. Obstbaum
le nacieron en Alejandría del Nilo, una ciudad que, sin embargo,
no pertenece en absoluto a su biografía, toda la cual transcurre,
pese a sus numerosos viajes, ligada a Europa y vertebrada por su condición
de comunista. Una condición adquirida, frente al judaísmo
hereditario.
La vida de Eric Hobsbawm, el historiador
comunista, ha conocido como la de tantos socialistas revolucionarios del
siglo XX una brecha profunda que puede medirse con precisión y que
tiene una fecha tan determinada que puede señalarse entre los días
14 y 25 de febrero de 1956, fecha de celebración del XX Congreso
del Partido Comunista de la Unión Soviética. Los días
en que N. Jrushchev abría paso a la desestalinización.
A muchos de los nacidos en el último
tercio del siglo XX, bajo los sonidos del rock participativo y el signo
de la comunión rebelde, no deja de resultarnos asombrosa la persistente
alineación soviética de algunos de los más prestigiosos
autores del siglo. Este asombro no procede siempre de la actual descomposición
política de las sociedades que algunos llegan a llamar posthistóricas.
En efecto, especialmente para quien siga considerando el marxismo como
la inexorable filosofía de la historia de la que hay que hacerse
cargo en cualquier ensayo de comprensión política del presente,
resultará sobremanera asombrosa la tendencia consciente a elaborar,
por parte de prestigiosos autores cuya vida arranca en el primer tercio
del siglo, una defensa soviética del marxismo, justamente cuando
más necesaria estaba resultando la revisión marxista de la
Unión Soviética. Por nuestra parte desestimamos cualquier
pseudoexplicación de esa persistente alineación por recurso
a categorías psicológicas, pero también éticas
o morales diseñadas desde las dulces orillas de la historia. El
problema consiste precisamente en encontrar el fundamento político
de esta firme decisión.
La adscripción militante de
Hobsbawm al socialismo revolucionario parte del otoño de 1932, fecha
en la que ingresó en la Sozialistischer Schülerbund (SSB),
una organización crecida en el revolucionario Berlín de los
años 20/30, que fructificó entre estudiantes socialdemócratas
y comunistas de las Aufbauschulen, unas escuelas subvencionadas por el
gobierno prusiano en las que jóvenes seleccionados de la clase obrera
podían lograr su Abitur. La formación de esta organización
estuvo impulsada por las Juventudes Comunistas bajo inspiración
de Olga Benario.
En la lucha por la revolución
universal, el Berlín de los años treinta es indudablemente
parte formal del escenario crítico en que se produjeron los movimientos
determinantes de lo que sería, en la segunda mitad de la década,
el rotundo fracaso del socialismo revolucionario en Europa Occidental.
Un fracaso que a menudo se contempla hoy, dada la posibilidad retrospectiva
de definir los factores determinantes del mismo, como un suicidio. Pero
la historia en curso, in medias res, no permite construir la ciencia exacta
de su desarrollo, sólo posteriormente cabe reconocer –siempre tarde
para el presente histórico– los factores sin duda determinantes
del curso pretérito de los acontecimientos (1).
En los planes políticos del KPD habían de estar analógicamente
incorporadas las operaciones de sus enemigos, pero éstas son tales
que no pueden estar presentes de modo prefijado, como si se trata de reflejos
automáticos. Entre otras cosas porque la respuesta de la clase enfrentada
–y en particular del NSDAP– estuvo necesariamente mediada por los propios
planes y programas del KPD.
Acaso haya sido precisamente el olvido
del carácter de ciencia media propio del saber histórico,
en nombre del «socialismo científico», el que haya llevado
a semejante fracaso. La cegadora luz de la presunta ciencia histórico
económica llevaba a considerar que la estabilización del
capitalismo a mediados de los años veinte habría de dar paso
a una nueva y definitiva crisis revolucionaria (2).
Ésta sólo estaría siendo paliada por la política
socialdemócrata de modo que la socialdemocracia aparecía
como el obstáculo fundamental al avance del proceso revolucionario.
El ascenso del NSDAP sólo era percibido como un peligro secundario.
En resumen, el KPD hizo bandera de
la pretendida traición de clase de la socialdemocracia. Semejante
conclusión puede ser considerada hoy no sólo un error histórico,
sino el principio de un programa rayano en el delirio. Sin embargo, ante
la posibilidad de lo (im)posible, el realismo socialdemócrata, que
entendía la política como arte de lo posible, había
de resultar profundamente miserable. El emblema de esta oposición
de los comunistas a los socialdemócratas de Weimar sigue siendo
la huelga de transportes de Berlín en noviembre de 1932 –entre el
triunfo nazi en las elecciones de julio y el nombramiento de Hitler como
canciller en enero del 33–. La huelga convocada por la RGO (Oposición
Sindical Roja) fue apoyada por la organización nazi y celebrada
con éxito contra los sindicatos oficiales de orientación
socialdemócrata. Esta convergencia estratégica coyuntural
no ocultaba el enfrentamiento total del partido comunista con el nazismo.
Por otra parte, la huelga tuvo el efecto episódico, históricamente
despreciable, del aumento del voto comunista en las elecciones del 6 de
noviembre, y el decremento de votos nazi. Pero a escala histórica
figura como signo del error profundo del planteamiento estratégico
comunista.
Hobsbawm reconoce la responsabilidad
del partido comunista en la falsa apreciación de sus movimientos
estratégicos en el difícil año de 1932, de modo que
el error era visible entonces. De hecho, el partido mismo se preparaba
conscientemente para la ilegalización y la persecución. Sólo
la esperanza en el carácter global del socialismo universal y, sobre
todo, la certeza apodíctica en el triunfo de la revolución,
derivada de la pretendida ciencia histórico económica, explica
la firmeza de los jóvenes comunistas dispuestos a la clandestinidad,
la tortura o la muerte.
Así, pues, en la lucha de
poder a poder del fascismo biologicista nazi y el socialismo revolucionario
se sabía que el objetivo inmediato del régimen nacionalsocialista
sería la eliminación de comunistas y socialistas, como de
hecho sucedería. Ahora bien, también el socialismo revolucionario
contaba con su potencia al objeto de la eliminación de las fuerzas
de la reacción. Incluso alcanzada la conquista del Estado por el
NSDAP, éste sería derrotado por una clase obrera que, organizada
por el KPD, sumaba ya en los primeros años treinta un ejército
de unas cuatrocientas mil personas.
Pero este ejército obrero
fue inmovilizado por los movimientos de un subestimado A. Hitler. A nadie
sorprendería que los primeros campos de concentración acogieran
como sus primeros habitantes a un buen número de comunistas, muchos
de los cuales resultaban ser asimismo judíos. Dicho sea de paso,
la idea de una íntima relación entre bolchevismo y judaísmo
no es sólo una construcción propagandística de Hitler.
La efectiva composición judía de buena parte de las organizaciones
revolucionarias en Europa es un problema histórico que ha de plantearse.
«Junto con el cristianismo, el marxismo es otra de las herejías
primordiales del judaísmo» (3).
El hecho es que el NSDAP conquistaría
el Estado desencadenando, en una serie de pasos bien medidos, la suspensión
de la (im)posible revolución en Europa. La ilegalización
no fue inmediata sino medida con precisión, las Tropas de Asalto
(SA Sturmabteilung) así como los Grupos de Defensa del partido nazi
(SS Schutzstaffeln) fueron autorizados a desplegar su fuerza represiva
como una suerte de policía auxiliar. El Reichstag fue inmediatamente
disuelto fijando elecciones para los primeros días de marzo del
33, se decretó el estado de emergencia y restringió la libertad
de prensa. El 24 de febrero, asaltado el cuartel general del KPD, presuntamente
se encontró documentación que demostraría la alta
traición del comunismo a la patria alemana. Pero antes de las elecciones,
la noche del 27 de febrero, todavía habría de arder sospechosamente
el Reichstag, circunstancia que propició la declaración del
estado de excepción. A comienzos de Abril y sólo en Prusia
se contarían en torno a 25.000 «detenidos cautelares».
De este escenario de catástrofe
fue liberado el joven Hobsbawm, de nacionalidad británica. El resto
de su vida el futuro historiador, señalado con la huella de la revolución
frustrada, viviría como ciudadano británico y militante comunista.
La permanencia de Hobsbawm en el Reino Unido resultaría finalmente
determinante en su labor histórica, no sólo por la permisividad
relativa con la que las instituciones británicas trataban a sus
miembros, los casos de Cambridge tanto como de la London School of Economics
son ejemplares, sino también porque, gracias a esta relativa permisividad,
el Reino Unido contemplaría en los años treinta el desarrollo
de la más importante escuela europea de historiadores marxistas.
Esta escuela británica creció no sólo alejada de la
esclerosis teórica soviética, sino del influjo filosófico
europeo de no sólo Lukács, Korsch o la Escuela de Frankfurt,
sino, posterior y fundamentalmente, de Althusser. A pesar de las posibles
virtualidades que esta influencia pudiera haber ejercido, es también
cierto que fue gracias a su relativa independencia doctrinal por lo que
la historiografía británica pudo constituirse sin las trabas
esterilizantes que la filosofía marxista continental, especialmente
la influencia de Althusser, supuso para la historiografía europea.
A E. Palmer Thompson, cuya La
formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) obtuvo un
enorme éxito, le pudo aconsejar Hobsbawm que atendiera antes a su
trabajo como historiador que a la discusión con un pensador cuya
influencia no sobrepasaría la década. Un consejo que en Europa
habría sido considerado aberrante, dado el imperio filosófico
que el pensamiento marxista ejercía sobre la práctica de
los historiadores europeos. En efecto, el marxismo continental pretendía
ser mucho más «teórico», sin embargo, esta densidad
teórica se traducía en ciertas oposiciones escolares del
tipo infraestructura/superestructura, estructura/coyuntura etc. que dieron
lugar a un relativo abandono, en la historiografía continental,
de lo episódico por lo estructural, así en la escuela de
los Annales, tanto como a una cierta desestimación de la ideología
y la política en cuanto componentes «superestructurales»
del proceso histórico. La historiografía británica
supo restituir a la política su centralidad en la evolución
histórica, sin olvidar por ello los factores económicos y
sociales. La obra e E. Palmer Thompson reconstruía en esta línea
los conceptos de «clase» y «lucha de clases» intentando
superar su definición rigurosamente económica, casi mecanicista,
situándolos en el plano real y efectivo de la ideología y
la política de un modo no reductivamente económico. Los esfuerzos
de Thompson contra Althusser en cuanto fuente de efectos esterilizantes
en la práctica histórica (Miseria de la teoría.
1978) pueden considerarse hoy anecdóticos, pero los trabajos del
grupo de la revista Past & Present, con el propio Hobsbawm en
vanguardia como uno de sus fundadores (1952), se deshicieron en buena medida
de las dicotomías dogmáticas de la «teoría marxista».
La guerra mundial asaltaría
a Hobsbawm en el relativamente protegido entorno británico. Su labor
militar resultaría, debido a circunstancias imprevisibles, casi
anecdótica. Ajeno a los intentos de paz con Inglaterra, por parte
de Hitler, y a la presencia de un partido favorable a la firma de la paz
en el propio gobierno de W. Churchill, el joven comunista pudo sentirse
inmerso en un frente firme contra el fascismo. El por lo menos ambiguo
pacifismo británico, que ya se había cubierto de gloria en
los acuerdos de Munich, careció en efecto de la fuerza necesaria
para imponer su posición. Pero si Halifax hubiera hecho posible
la paz, posiblemente la mayoría de los buenos ciudadanos ingleses,
como los franceses tras Pétain, habrían caminado en pos de
su pacífico líder. No habría sido el caso, desde luego,
de Hobsbawm y de las fuerzas revolucionarias que todavía latían
en Gran Bretaña. Por otro lado, las absurdas directrices del partido
que exigían no tomar las armas contra hermanos de clase fueron razonablemente
desoídas en masa también en el Reino Unido. Con la guerra
en el centro de su vida, aunque en un ambiente protegido, dado que Hobsbawm
sufrió la guerra en una llevadera retaguardia, pudo casarse en 1943
con Muriel Seaman. Un matrimonio de la guerra que acabaría fracasando (4).
Fue el mismo año en que se hizo del todo visible el cambio de rumbo
en la «patria de la revolución», ese año Stalin
disolvió la Internacional Comunista y anunció la nueva perspectiva
de una larga coexistencia con el capitalismo en la postguerra. Tres años
después, en febrero del 46 el soldado innecesario E. J. Hobsbawm
abandonó el uniforme para regresar al estudio en Cambridge.
La guerra fría, aunque tuvo
efectos directos sobre la carrera académica del militante comunista,
no se hacía sentir en Gran Bretaña con el gélido aliento
que la acompañaba, desde el inmediato final de la guerra, en los
EE. UU. Esta relativa permisividad explica que fuera nombrado profesor
ayudante del Birbeck College en 1947. Durante los primeros años
tras la guerra el anticomunismo resultó incluso notablemente benévolo,
hasta el punto de admitir a personas de evidente filiación socialista
en programas de reeducación en Alemania. Al respecto Hobsbawm recuerda
que los numerosos judíos que sirvieron en los trabajos de «desnazificación»
vivieron su regreso sin reacciones antialemanas, pese al conocimiento ya
extendido del infierno sin matices que simboliza Auschwitz.
De entre los muchos acontecimientos
que hacen difícil entender la persistente militancia comunista de
E. Hobsbawm hay uno especialmente sangrante para un socialista judío.
La antigua sinagoga de Praga recibió en sus paredes los nombres
de los caídos como resultado de los programas nazis de deportación
y exterminio. Allí pudo Hobsbawm leer los nombres de sus familiares
y conocidos. En los años 70 el comunismo checo eliminó las
inscripciones de estas paredes, con la obscura justificación que
no destacar a ningún grupo de víctimas del fascismo. Esta
exigencia de confusa equivalencia de todas las víctimas armoniza
perfectamente con el más radical relativismo, según el cual
todas las víctimas son iguales y equivalentes todos los crímenes.
Todavía en 1947, sobre el
territorio arrasado de Alemania, la incertidumbre sobre el futuro de la
alianza que ganara la guerra era prácticamente completa. Se anunciaba
incluso un nuevo enfrentamiento sobre los restos calcinados del país.
Ya al año siguiente la tensión creciente se hizo notar de
forma directa: los regímenes orientales que se presentaban como
democracias populares fueron asimilados a la dictadura del proletariado
bajo el imperio del PCUS y se creó una nueva Internacional Comunista
dirigida a Europa (Cominform). El bloque occidental, sin purgar propiamente
sus cuadros, inició una selección que impidiera a los comunistas
confesos el acceso a informaciones de interés público. En
las universidades, aunque no se produjo una depuración en sentido
propio, los nombramientos a comunistas fueron inexistentes durante una
larga década. Pese a todo, Hobsbawm encontraría en 1958 el
encargo por George Weidenfeld de un primer volumen de una historia de los
siglos XIX y XX: La era de la revolución 1789/1848.
Hobsbawm trasluce cierto orgullo
justificado al defender las instituciones académicas británicas
que, a él como otros muchos, les permitieron vivir y trabajar durante
la larga guerra fría, pese a los obstáculos y controles que,
sin duda, existieron. Gran Bretaña no era Estados Unidos (5).
En este contexto su pertenencia a la organización de los Apóstoles
de Cambridge, y el respeto que denota hacia la tradición, es otra
característica de las paradojas de los revolucionarios, los cuales
sin dejar de ser revolucionarios podían ser «apostólicos» (6).
De modo que esta asociación compartía el tiempo del historiador
con la pertenencia a la Agrupación de Historiadores del Partido
Comunista, germen de la escuela británica de historiografía
marxista y fuente de la importante revista Past & Present. La Agrupación
se quebró con la crisis del XX Congreso del PCUS del año
56. Tras los procesos de Moscú o Checoslovaquia no es fácil
entender la pertinaz adscripción comunista de un historiador especialmente
bien informado, que pudo visitar la URSS pocos meses después de
la muerte de Stalin y antes del postestalinismo. Pese a que no quiso repetir
esta visita nunca más, Hobsbawm mantuvo su militancia, aunque a
toda la distancia respecto del régimen ruso que la pertenencia a
un partido comunista toleraba.
Por lo demás, la labor en
un mundo académico que no conocía las dimensiones masivas
de los actuales centros e instituciones educativas y culturales permitía,
reconoce Hobsbawm, un ascenso social casi mecánico. La continuidad
en el espectacular crecimiento económico y la lenta aunque paulatina
distensión de la guerra fría abrió paso a formas de
vida social que podrían considerarse inéditas. Podría
hablarse de una transformación silenciosa, cuya profundidad apenas
hoy podemos medir. El amanecer de la alegre juventud, que comulga
en enormes
auditorios donde su «rebeldía» cobra forma en ritmos
de rock y estilos neorousseaunianos de «liberación»,
puede fechar su aparición en los años 60/70. Frente a este
mercado adolescente, Hobsbawm se ligó durante años como crítico
musical a la atmósfera menos juvenil del Jazz, hasta que pasó
a formar parte del mismo mercado arrasador de una contracultura emancipadora
de viejas cadenas (sexuales, familiares, educativas...) que ha terminado
por entregarnos a más sutiles cadenas psicodélicas y fantasmáticas,
cuya tensión insensible mantiene hoy a los europeos masivamente
deprimidos.
Este ambiente supuso también
para los militantes comunistas una notable distensión. En el ambiente
de la nueva política, vertebrada por los medios de comunicación
de masas, la pertenencia a un partido pareció perder importancia
en nombre ante la oleada de armonismo universalista que subyacía
a las campañas liberadoras, ya del imperialismo colonialista, ya
de la amenaza nuclear, ya de las dictaduras totalitarias, ya de las especies
en peligro de extinción... Hobsbawm nos habla de sus relaciones
con Gales en continuidad con semejante atmósfera libertaria. En
efecto, el incremento del nacionalismo, nostálgico de un pretérito
indefinido, creció acompasado a la oleada de liberación no
sólo del colonialismo real, sino también de las instituciones
disciplinarias o de los hábitos heredados de la vieja sociedad en
materia de relaciones sexuales, de formas de vida familiar etc. Es fácil
entender que la Nueva Izquierda que irrumpía ligada a estas formas
sociales de protesta, no resultara compatible con la Vieja Izquierda, ligada
a las clásicas estructuras políticas. Una Vieja Izquierda
que, a partir de los sesenta, comenzaría a aparecer como resto fósil
demasiado próximo a una época ya sepultada por toneladas
de sedimento histórico.
Acaso las novelas de M. Houellebecq
pongan hoy de manifiesto de manera ejemplar la apariencia ilusoria de la
entusiástica liberación que esta rebelión, cuyo símbolo
es el Mayo del 68, nos proporcionara. Y, dicho sea de paso, el rastro de
desesperación que ha dejado a su paso: «Lo cierto es que los
carteles y grafitos típicos de 1968 no eran en realidad políticos
en el sentido tradicional de la palabra. (...). Los estudiantes rebeldes
recordaban a los observadores el anarquismo bakuninista durante largo tiempo
olvidado, pero, en todo caso, de quienes estaban más cerca era de
los "situacionistas", que habían anticipado una "revolución
de la vida cotidiana" a través de la transformación de las
relaciones personales. (...). Parecía que empleábamos el
mismo vocabulario, pero no hablábamos el mismo idioma. (...). Además,
para los que habíamos sido educados en la historia de 1776, 1789
y 1917, y éramos lo bastante viejos para haber vivido las transformaciones
acaecidas desde 1933, la revolución, por mucho que fuera una experiencia
intensa y emocional, tenía un objetivo político» (7).
Hobsbawm, presente tanto en EE. UU
en el 67 durante el punto álgido de la protesta contra la guerra
de Vietnam y en París en mayo del 68, escribiría al año
siguiente un artículo poco comprensivo hacia los «movimientos
de protesta»: «Revolución y sexo.» Por lo demás,
tenía plena constancia del carácter mitológico de
la liberación cultural: «En sí mismas, la rebelión
cultural y la disidencia cultural son síntomas, no fuerzas revolucionarias.
Cuanto más prominentes son –como resulta evidente en EE. UU.– más
seguros podemos estar de que lo importante no está ocurriendo» (8).
Y, sin embargo, más de treinta
años después y desde el actual estado del mundo, Hobsbawm
considera un error su apreciación. Podríamos establecer cierta
analogía a propósito de las preferencias musicales y las
adscripciones políticas de Hobsbawm: así como el entorno
del jazz reaccionó con profundo desprecio frente al rock, pese a
lo cual en pocos años el rock acabaría eliminando prácticamente
al jazz, así también los nuevos movimientos de izquierda
indefinida anegarían paulatinamente cualquier forma de izquierda
política determinada. Merced a este resultado cabe desde el presente
considerar el error de enfoque de quien no quiso entender el carácter
propiamente «neo-revolucionario» de lo que percibió
como una rebelión psicodramática. Y, sin embargo, Hobsbawm
sigue escuchando con pasión histórica los complejos sonidos
del jazz.
En los años sesenta irrumpe
asimismo el llamado «Tercer Mundo» como una instancia política
de importancia fundamental. Sus signos fueron Vietnam y Cuba, vistos inicialmente
como puntos de resistencia al imperialismo capitalista. Sin embargo, ya
en sus primeros pasos era perceptible el romanticismo político con
que los revolucionarios cubanos eran contemplados desde Europa; sirva de
ejemplo la conocida fotografía de Guevara convertida en marca de
la Nueva Izquierda. La agresión al pintor Siqueiros, sospechoso
de participación en los planes de asesinato de Trotsky, por un grupo
de intelectuales y artistas surrealistas da la medida de la creciente indefinición
en que las izquierdas se confundían: «...nunca quedó
claro hasta qué punto la emprendieron con él por razones
de desacuerdo político o artístico» (9).
En esta creciente indefinición
confusa la fórmula de la revolución internacional serviría
incluso para cubrir a los nacionalismos etnolingüísticos, incluso
biologicistas, del tipo de la primera ETA. Y la par las reclamaciones y
exigencias características de una huida psicológica masiva
se presentaban como políticas: «Durante un breve período
a finales de los sesenta la juventud, o cuando menos los hijos de la antigua
clase media y el sector de la sociedad que subían en masa a ese
mismo estatus gracias a al explosión de la educación superior,
sintieron que estaban viviendo la revolución, bien a través
de una simple salida personal colectiva de los ámbitos del poder,
de los padres y del pasado, bien por una excitación constante, acumulativa,
casi orgásmica de la actividad política, o aparentemente
política, o de los gestos que substituyeron a la acción» (10).
Cuando la oleada del flower-power
empezó a remitir, quedando como restos de la resaca algunos grupos
recubiertos del vocabulario tradicional paramarxista, empezó a resultar
patente la ruina del sueño revolucionario. El historiador lúcido
pudo enfrentarse a grupos que, arropados por el léxico de la Revolución,
poseían objetivamente un carácter reaccionario, cuando no
simplemente delirante. Si con los grupos hispano americanos la disidencia
podía resultar argumentada, los grupos europeos armados resultaban
absurdos o contraproducentes. Los
únicos con alguna posibilidad
política de hacer avanzar sus programas eran los secesionistas irlandeses
o vascos. De entre ellos cabe señalar que por lo menos el IRA no
pretendía adscribirse a ningún género de izquierda,
mientras ETA se arropó, sin embargo, de una cobertura popular izquierdista
que le sirvió de máscara en la indefinida danza de la política
española del último tercio del siglo.
Finalmente los rebeldes europeos
del 68 quedaron convertidos en progresistas que mantenían su fervor,
desarraigado de la práctica política efectiva, en departamentos
universitarios. Otros muchos prosperaron en la política democrática
de partidos adoptando una más efectiva tendencia socialdemócrata:
Lionel Jospin –ex trotskista– o Joscka Fischer –viejo guerrillero urbano–
son ejemplos conocidos.
Si las organizaciones sociales –presuntamente
políticas– quedaban anegadas en el océano de una izquierda
indefinida, cuyos rasgos distintivos no proceden del ámbito político,
sino de los terrenos de la moda, del «estilo de vida», o –en
general– de la noche obscura de La Cultura, cabe señalar que la
producción industrial, auténtica fuerza generadora de esa
clase media masiva que está detrás de la «revolución
cultural» de mercado, cambió efectivamente el mundo. En 1968
la industria francesa del vestido produjo por primera vez más pantalones
de mujer que faldas, mientras los seminarios católicos conocieron
el punto de inflexión que conduce a la profunda «crisis actual
de vocaciones».
Por otra parte, los años sesenta
han supuesto también la aparición de una elite intelectual
itinerante, de la que el propio Hobsbawm forma parte. Desde sus viajes
a Cuba entre el 60 y el 68 a la actualidad un grupo de intelectuales de
prestigio internacional han constituido una nueva clase de observadores
y sabios viajeros que recorren el planeta en una peregrinación que
se mueve entre la propaganda cultural y comercial de promoción editorial
y la antigua labor académica de comunicación y estudio.
A través de su intervención
en las discusiones relativas a la reforma del Partido Laborista y la índole
del thatcherismo, Hobsbawm ha sido reconocido como un importante «observador
político». Una de las voces capaces de poner orden hoy en
la actividad política contemporánea cuyo grado de obscuridad
y confusión alcanza cotas alarmantes, precisamente en los países
desarrollados, herederos del Estado del Bienestar, gestores hoy de una
paz limpia que no quiere reconocer en su propio gesto ecumenista el rostro
de la guerra. Acaso la posición racional que otorga el intenso trabajo
académico y político de estos 86 años explique el
modo en que E. Hobsbawm nos observa desde la fotografía de portada
de esta autobiografía.
Notas
(1)
Cf. Gustavo Bueno, «Sobre el alcance de una "ciencia media" (ciencia
?1) entre las ciencias humanas estrictas (?2) y los saberes prácticos
positivos (?2)», El Basilisco, nº 2 (noviembre-diciembre
1989), págs. 57-72.
(2)
Una absurda ciencia histórica del futuro según una denominación
que utiliza el propio Hobsbawm: «...nuestra victoria ya estaba escrita
en el texto de los libros de historia del futuro.» [Años
interesantes. Una vida en el siglo XX. Barcelona, Crítica editorial,
2003, pág. 76.]
(3)
G. Steiner,
Errata. El examen de una vida. § 5. Madrid, Siruela
editorial, 1998, pág. 82 ss.
(4)
El matrimonio con la imprescindible Marlene, su segunda esposa, es uno
de los fundamentos tácitos pero ubicuos de esta autobiografía.
(5)
Años interesantes..., pág. 177.
(6)
Años interesantes..., pág. 179.
(7)
Años interesantes..., págs. 233-234.
(8)
Años interesantes..., pág. 235.
(9)
Años interesantes..., pág. 240.
(10)
Años interesantes..., pág. 241. |