Recordando
a Julio Cortázar
Carlos
Liendro
En
“Sobre la funciòn del intelectual”, Julio Cortázar, escribía:“Porque
ademàs no se debe olvidar que aparte de las barreras de la opresión
existe en América Latina otra barrera aún más temible
y desesperante: la imposibilidad en que se encuentran enormes masas populares
de acceder a los productos culturales que podrían ayudarlas a pensar
por sí mismas, a elevarse en su conciencia política, a ir
descubriendo las raíces más auténticas de su identidad
nacional y latinoamericana. Me refiero, naturalmente, al enorme porcentaje
de analfabetismo que sigue dándose en la gran mayoría de
nuestros países”.
El había
sido maestro en Bolívar y Chivilcoy (provincia de Buenos Aires)
y profesor de literatura inglesa en la Universidad de Cuyo (Mendoza). Había
nacido en Bruselas en 1914, cuando su padre era diplomático en Bélgica.
A los cinco años viene a Argentina y vive en Banfield, al sur de
la capital. En 1951 obtiene una beca y se va a Francia, trabajará
como traductor de la UNESCO. Cinco años antes, Jorge Luis Borges,
en la revista Los anales de Buenos Aires, le publica su primer cuento
“Casa Tomada”.
Ese primer cuento,
que aparecerá en Bestiario, ha sido interpretado como el
reflejo del momento político que le tocaba vivir. La calidad de
sus cuentos y sus ficciones tienen un alto nivel de simbolismos, donde
lo cotidiano pasa a una brusca dualidad. Es como una realidad escindida:
lo extraño, lo siniestro, se presenta en algo inesperado y posible.
“Casa
Tomada” cuenta la apacible vida rutinaria que llevan dos hermanos de una
clase social media alta (Cortázar detalla los usos y costumbres
de este sector; su porcelana, sus revistas, su forma de tomar el tè,
su mirada a Europa) y que de repente (lo imprevisible) se sienten invadidos
por una fuerza extraña, que les va ocupando por partes su casa.
El cuento ya es un clásico en la literatura de ficción, pero
las interpretaciones posteriores relacionan el ascenso de las masas populares
a través del primer peronismo (1945-1955) como esa “‘fuerza extraña”
que invadía a la oligarquía de Buenos Aires en su moral y
su tranquilidad.
Su
compromiso polìtico comenzará en los 60, después de
la Revoluciòn cubana; posiblemente como al Sartre de la post-guerra
cuando descubrió al marxismo. Comparo a estos dos intelectuales
en el proceso de cambio que tuvieron, ya que Jean Paul Sartre estuvo en
1934 estudiando la filosofìa de Husserl y de Heidegger ( sobre fenomenología
y existencialismo) en Alemania, pero en ese período nunca mencionó
en su literatura o filosofía lo que hacian los SA (tropas de asalto
nazis) que ya perseguían a los judíos, comunistas, socialistas
y a todos los que se opusieran al ascenso total de Hitler al poder.
Julio Cortàzar
conoció Cuba en 1962, invitado por La Casa de las Amèricas
(estuvo junto a Fidel Castro y el Che Guevara), y su concepción
política tuvo un cambio profundo en su compromiso como intelectual,
en todo lo que iba a suceder en Latinoamerica. Sartre había estado
en Cuba en 1960 y escribió sobre su experiencia en la isla:
Huracán
sobre el azúcar.
Cortázar,
junto a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos
Fuentes, formó parte del boom literario de los 60, que, a
traves de la distribución de Carlos Barral, los conoció todo
el mundo. Latinoamérica comenzaba una serie de criminales dictaduras
militares (la primera es en Brasil) dentro del plan seguridad, con préstamos
para la compra de armas y la formaciòn de militares en métodos
que hoy se siguen aplicando en el continente.
Es el período
del exilio, pero también de su mayor producción literararia.
Aparecen no sólo cuentos, sino también sus grandes novelas,
como Rayuela, 62 modelos para armar y Libro de Manuel.
El inicio de la década del 70, lo encuentra con Salvador Allende
en Chile. En sus escritos para distintos periódicos, lucha contra
la dictadura (1976- 1983) en Argentina; hoy éstos están recopilados
en libros como Argentina: Años de alambradas culturales.
Allí aparecen artículos como “Nuevo elogio de la locura”,
“América Latina: exilio y literatura”, “Las estrategias del miedo”,
“Literatura e identidad”, “¡Qué poco revolucionario suele
ser el lenguaje de los revolucionarios!”, “Sobre la función del
intelectual” o “Una maquinación diabólica: la desapariciones
forzadas”. Toda esa literatura estaba censurada en nuestro país,
y pocos sabían todo lo que hizo Julio Cortázar por los exiliados
Latinoamericanos que estaban en Francia, por los Derechos Humanos y contra
la Guerra de las Malvinas, que utilizaron los militares demagógicamente
como una bocanada nacionalista para seguir oprimiendo al pueblo.
Con la revolución
nicarguense, también asume el compromiso. Sus artículos están
reunidos en Nicaragua tan violentamente dulce, donde denuncia la
intervenciòn de la CIA y del gobierno de Reagan, en la ayuda economica
y en armas a la “Contra”. Hoy todo esto está firmemente documentado
de cómo no sólo el congreso norteamericano votaba una ayuda
de 25 millones de dólares para que realizaran sabotajes y matanzas
a maestros, médicos, y destruyeran instalaciones, y sembradios en
Nicaragua, sino de cómo se le informaba a la población estadounidense,
sobre la idea de lo peligroso que era el gobierno sandinista y una invasión
que realizarían a EEUU.
Veinte años
después, es necesario seguir analizando el aparato de propaganda
que son los medios de comunicación. Alcanza con pensar en la CNN
y la guerra de Irak (tanto la primera como la segunda, bajo el gobierno
de los Bush). Cortázar veía esto en nuestro continente. Ya
no se preocupaba por él como escritor (un escritor puede escribir
buenos libros, tener prestigio, etc), lo que le preocupaba era quiénes
leerían. Quienes se beneficiaban (y benefician) con la ignorancia.
En
Latinoamérica han aumentado las cifras de analfabetismo y se han
incrementado las de semianalfabetismo. Las poblaciones rurales e indígenas
siguen aún más excluidas socialmente. “La conquista del poder
es una cosa, pero de nada sirve si no se ve inmediatamente acompañada
por la conquista de una conciencia cultural y política en los niveles
populares”, escribía en uno de sus artículos ya citados.
Cuando
visitó por última vez nuestro paíìs, en la
primavera democrática de 1983, el gobierno radical no lo recibió:
serían los mismos que luego aprobarían leyes del perdón
y obediencia debida, que dejaría impunes a miles de torturadores
y de crímenes contra la humanidad.
En
el teatro Margarita Xirgú, algunos escritores exiliados que habían
vuelto, Las Madres de Plaza de Mayo , defensores de Derechos Humanos, le
rindieron un homenaje a alguien que venía a despedirse. Sabía
que su leucemia no le daría mucho tiempo. En 1984 falleció.
En un discurso
pronunciado unos años antes leyó: “Puede llegar el dìa
en el que uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros, no
deje ver ya la diferencia esencial de sentidos que hay en términos
tales como individuo, como justicia social, como Derechos Humanos, si bien
sean vistos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del
fascismo. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina
mental de lavar y si esa máquina es su inteligencia y su conciencia
con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje polìtico de tantas
adherencias que lo debilitan; solo así lograremos que el futuro
responda a nuestra esperanza y nuestra acción, porque la historia
es al hombre y se hace a su imagen y a su palabra”