Alejandro
Dumas ingresó en diciembre de 2002 en el Panteón. Poco tiempo
antes, Francia asistió, a propósito de la concesión
del premio Goncourt 2002 al libro de Pascal Quignard
Les ombres errantes,
a uno de esos debates estridentes y efímeros cuyo secreto posee.
Una vez más se planteó la cuestión de si la literatura
novelesca francesa no estará agonizando, agotándose en textos
sofisticados e inofensivos. Y si no ha perdido toda capacidad para urdir
la historia de su tiempo.
Hay que establecer
un nexo entre la polémica acerca del Goncourt de Pascal Quignard
y la consagración oficial de Alejandro Dumas? Hacerlo sería,
al menos, aventurado. Porque por un lado, no podemos sino reflexionar sobre
esta constatación irrefutable: efectivamente, no hubo en Francia
ninguna gran novela consagrada a la guerra de Argelia, a mayo del 68 o
a la actual crisis de una sociedad que programa sus exclusiones (no se
alude aquí a los grandes «folletinistas»). Pero por
otro lado, nada permite afirmar que se pueda superar este callejón
sin salida con el mero sueño de volver atrás, de restaurar
los códigos de la «novela histórica» tal como
los había inventado el siglo XIX.
Cabe sostener,
incluso, que esa «novela histórica» (cuya génesis
y evolución analizó en su momento George Lukacs) se ha convertido
en un género obsoleto y anacrónico. En primer lugar, porque
otros tipos de discursos (el reportaje, el periodismo) hicieron suyos los
efectos de verdad que aquél podía proveer. Se hace difícil
encontrar una motivación para buscar en una novela la información
sobre la historia de nuestro tiempo que podríamos encontrar, por
ejemplo, leyendo los diarios… Pero sobre todo porque poco a poco, se ha
impuesto lo siguiente: la principal función de la novela moderna
no es «ilustrar» mediante un relato una concepción del
mundo o de la historia ya elaborada; sino más bien revelar, por
sus vías específicas, «eso que sólo la novela
puede decir» (según la fórmula de Hermann Broch en
La
muerte de Virgilio, retomada y desarrollada por Carlos Fuentes o Milan
Kundera). Es decir, desprender lo no-dicho de la historia oficial, las
zonas de la experiencia humana desatendidas por los historiadores; desestabilizar
las certezas, las ortodoxias, las visiones establecidas del mundo; explorar
el reverso o el negativo de la imagen que nuestras sociedades dan de sí
mismas.
En este sentido,
no es seguro que la vía «realista» (heredada, justamente,
de la novela histórica) sea la más pertinente. Un ejemplo:
en los años 30 y 40, hubo varios escritores que tuvieron la ambición
de sondear el estado de la sociedad (y de las ideologías) que había
desembocado en la carnicería de 1914-1918. Uno de ellos, Louis Aragon,
rompiendo con las turbulencias de su pasado surrealista, intentó
hacerlo plegándose a convenciones «realistas» abiertamente
inspiradas en Balzac y Zola. Sin embargo, al leer sus novelas (1), no cabe
sino constatar lo siguiente: precisamente a causa de esos códigos
y convenciones, Aragon no pudo descubrir sino esa sociedad que Balzac y
Zola ya habían descrito. A la inversa, quienes produjeron una verdadera
revelación sobre ese mundo previo a 1914, sobre el vacío
(o la confusión) de los valores que constituyó el terreno
fértil para la barbarie inminente, lo lograron por haberse atrevido
a dar la espalda a esas convenciones realistas, e inventar formas novelísticas
radicalmente nuevas: Hermann Broch, en Los Sonámbulos, y
Robert Musil en El hombre sin atributos.
Sea como fuere,
esta paradoja parece extenderse considerablemente. Es evidente que el enorme
trastocamiento social y moral introducido, justamente, por la guerra de
1914 fue registrado, en el momento mismo de su aparición y con máxima
lucidez, por un novelista, Marcel Proust, cuyo arte se emancipó
deliberadamente del realismo. Que fue uno de los más innovadores
novelistas, él también en las antípodas del realismo,
Franz Kafka, quien supo anticipar, hasta en sus aspectos más subjetivos,
el mundo totalitario en gestación. Que lo «reprimido»
por la historia oficial (y edificante) de Estados Unidos fue explorado
por ese formidable inventor de formas que fue William Faulkner, mucho mejor
que por cualquier otro heredero de la novela histórica.
Del mismo modo,
más cerca de nosotros: ¿quién nos revela la faz oculta
de Austria, el «crimen cometido en común», según
la fórmula de Freud, sobre el cual ese país no ha dejado
de desplegar un velo de amnesia? No un realista, sino un novelista considerado
de vanguardia, Thomas Bernhard. ¿Quién esclarece igualmente
para nosotros el aspecto criminal no-dicho de la historia de Japón?
No un realista, sino un sutil explorador de las ambigüedades de la
auto-ficción, Kenzaburo Ôé (2).
¿Cuáles
son las novelas que más nos dicen sobre la devastación que
sucedió, en Europa, a la caída del muro de Berlín,
o sobre todos los segundos planos de la guerra de Bosnia? No las de un
realista, sino las ficciones articuladas, complejas, «en abismo»,
de un heredero de Jorge Luis Borges, Juan Goytisolo (en La saga de los
Marx y El sitio de los sitios).
¿Quién
nos ofrece la visión más aguda sobre las sociedades latinoamericanas?
No este o aquel escritor realista, sino aquellos que llevan su arte de
la novela a una dimensión de fábula o leyenda (Gabriel García
Márquez) o a una polifonía de voces y temporalidades entramadas
(Carlos Fuentes (3)). ¿Quién despliega, igualmente, la imaginación
propia de los emigrantes, en una situación poscolonial de fusión
cultural? No un realista, sino un novelista casi joyceano, que no excluye
lo fantástico, Salman Rushdie (4).
¿Quién
nos muestra cómo ciertos aspectos del universo comunista (el kitsch
oficial, la fomentada ilusión lírica, el culto de la infancia,
la vigilancia e indiscreción generalizadas) están presentes
también en el mundo occidental –allí donde la tiranía
del espectáculo reemplazó a la de la ideología? Un
novelista, Milan Kundera, para quien la novela tiene una vocación
muy distinta a la de proveer una pintura «realista» de la sociedad,
y exige «inventar formas»…
Tampoco debería
creerse que una conciencia progresista, esclarecida, sea en este ámbito
una garantía de validez novelística. Tal es la paradoja,
por ejemplo, de un novelista peruano ubicado más bien a la derecha
(o al menos partidario del más rotundo liberalismo económico),
que es el encargado de habernos ofrecido la novela más acertada
y profunda que existe (5) sobre la descomposición de una dictadura
latinoamericana (la de Trujillo en San Domingo). Recordamos, por lo demás,
que las páginas más esclarecedoras jamás escritas
sobre las jornadas revolucionarias de 1848 en París forman parte
de una novela (La educación sentimental, de Gustave Flaubert)
que no emanó precisamente de un «demócrata».
En suma, la función
de conocimiento propia de la novela y la mirada militante no coinciden
forzosamente. Nada más significativo, a propósito de esto,
que el caso de Ernest Hemingway: cuando participó (física,
militarmente) en la guerra civil española, eligió su bando
impasiblemente, aceptando la disciplina, (y el maniqueísmo) que
la eficacia del combate justificaba. Pero poco después, cuando quiso
extraer una novela –Por quién doblan las campanas- de esa
experiencia, lo hizo abandonando todo maniqueísmo, eludiendo el
“relato de tesis”, apelando a zonas de incertidumbre, de ambigüedad,
sin indulgencia siquiera respecto a su propio bando (las páginas
terribles sobre los abusos y atrocidades cometidos por los anarquistas,
o sobre la paranoia asesina de los dirigentes estalinistas). Porque una
vez más, su objetivo no era reducir la guerra de España a
un relato edificante, sino hacernos captar, desde adentro, cómo
fue vivida en los cuerpos y las mentes –cosa a la que ninguna crónica
histórica ni ningún discurso militante podría hacernos
acceder.
Tampoco deberíamos
olvidar que la novela, en el sentido moderno, se originó a partir
de una franca ruptura con la epopeya: tanto en Rabelais, que parodia y
caricaturiza el género épico, lo destruye humorísticamente
desde adentro, como en Cervantes, que confronta irónicamente el
género caballeresco (llevado a la burla y la alucinación)
con la trivialidad de lo real. No obstante, todo sucede como si esa lucha
entre el espíritu de la epopeya (centrada en hazañas heroicas,
y en la exaltación de valores colectivos) y el espíritu de
la novela (desacralizador, desidealizante) debiera promoverse de algún
modo a cada paso; como si a lo largo de toda la historia de la novela la
viéramos reinterpretarse, reactivarse. En tal sentido se oponen,
por ejemplo, respecto a las guerras del siglo XX, las visiones épicas
(de André Malraux a Ernst Jünger) y aquellas estrictamente
novelísticas, anti-épicas (de Hemingway a Claude Simon).
Se puede pensar
en ello al leer el relato que Olivier Rolin acaba de dedicar a la aventura
maoísta, en Francia, a principios de los 70 (con su mezcla de idealismo,
exasperación, locura, generosidad, ceguera, romanticismo, voluntad
de pureza, de grotesco, de inteligencia y de estupidez). Sin embargo, al
leer ese libro (6), es inevitable sentirse poco a poco invadido por la
impresión de que Rolin no llega demasiado lejos; que para tratar
un fénomeno tan contradictorio y excesivo, habría debido
ser a la vez mucho más “dostoievskiano” (en la exploración
del fondo subjetivo, irracional, de semejante fanatismo político)
y mucho más “rabelaisiano” (en la evocación de esos momentos
en que el heroísmo vira hacia la farsa) –en suma, mucho más
novelista. Hasta el momento en que llegamos a comprender qué es
lo que traba a Rolin, lo que le prohíbe alcanzar esa dimensión:
una persistente nostalgia, precisamente, de la epopeya, explícitamente
reivindicada (no es casual que el único “héroe positivo”
mencionado sea André Malraux) y que evidentemente le impidió
escribir la verdadera novela que un tema como ése habría
podido suscitar.
Yendo un poco más
lejos: sin duda no hay ningún libro mejor que la nueva novela de
Philip Roth, La mancha humana (7), para hacernos captar la faz sombría
de Estados Unidos. Y tampoco es indiferente en este caso que Roth no sea
un escritor “realista”, sino más bien el virtuoso de los encastres
de relatos contradictorios, de voces narrativas múltiples e incompatibles,
del incesante desdibujamiento de los límites entre ficción
y realidades, de relatos donde la “verdad” no cesa de sustraerse al lector
(8).
El tema de La
mancha humana es conocido: un profesor universitario acusado, como
consecuencia de un malentendido, de haber sostenido opiniones racistas,
forzado a renunciar, y que parece acompañar subjetivamente la degradación
que le ha sido impuesta; la investigación llevada a cabo por el
narrador, que descubre poco a poco (pensamos en Faulkner) un pasado insólito,
un pesado secreto cuidadosamente disimulado (la negación del origen
negro del profesor); la restitución, sobre todo el monólogo
interior de los personajes ligados al drama: Faunia, la amante del docente
destituido, empleada doméstica analfabeta, desengañada y
al mismo tiempo desbordante de una vitalidad invencible; Delphine, la universitaria
de origen francés, inquisidora de temer, militante de lo politically
correct, cuyo encarnizamiento en destruir a su colega encubre, también,
lastimosos secretos de orden privado; Les, el veterano de Vietnam, traumatizado
para siempre por la guerra, violento, racista, obsesionado por la venganza
y el asesinato (pocas veces la literatura nos hizo penetrar tan profundamente
en el cerebro de un fascista).
La proeza narrativa
está en este caso en el modo en que la multiplicación de
las voces, los testimonios, lejos de esclarecer la situación, no
hacen sino revelar cada vez más oscuridad, más complejidad.
Pero lo más importante, sin duda, reside en el progresivo develamiento
de esa obsesión de pureza o de purificación que es en suma
el territorio común de los racistas y anti-racistas, de la extrema
derecha y la izquierda “radical-chic” –algo así como el fondo mortífero
de lo que se presenta como el Imperio del Bien, y que no se decide a ver
en sí la “parte maldita” que lo corroe...
Si existieran un
día historiadores que se asomaran al estado mental e ideológico
de Estados Unidos -en la víspera de una guerra contra Irak de incalculables
consecuencias- podemos apostar que será en esta novela, más
que en cualquier discurso pretendidamente objetivo, donde encontrarán
el material más rico para su reflexión, del mismo modo que
nosotros encontramos en la lectura de Musil la representación más
lúcida del imperio austro-húngaro anterior a la guerra de
1914.
Notas
(1) La saga del
“Mundo Real”: Les Cloches de Bâle, Les Beaux Quartiers, Les Voyageurs
de l’Impériale.
(2) Véase,
en particular, Le Jeu de siècle, Gallimard, París.
(3) En particular
en La región más transparente (Cátedra, Mondadori),
La muerte de Artemio Cruz (Cátedra, Mondadori), Cristóbal
nonato (Mondadori), La frontera de cristal (Alfaguara).
(4) Véase,
además de Los versos satánicos,
El último
suspiro del moro, y la soberbia recopilación de nouvelles Oriente,
Occidente (Plaza & Janés).
(5) Mario Vargas
Llosa, La fiesta del chivo, (Alfaguara). Véase Le Monde
diplomatique, París, 5-2002.
(6) Olivier Rolin,
Tigre en papier, Seuil, París, 2002.
(7) Alfaguara,
2002.
(8) Que tiene
su culminación en La contrevie y Operación Shylock.