La
Administración de Bush disfruta de una posición de cómoda
ventaja con la conquista de Iraq. Piensa que puede obrar a su antojo y
probablemente se comportará de acuerdo con esta creencia en el futuro
próximo. Es comprensible que los halcones del Pentágono,
que durante mucho tiempo han defendido que el militarismo rendiría
sus dividendos, sientan que en estos momentos sus tesis están siendo
validadas. Es igualmente natural que quienes se oponen al imperialismo
estadounidense se sientan desmoralizados por el evidente éxito de
Estados Unidos. En mi opinión, ambos razonamientos no tienen en
cuenta los parámetros definitorios de la situación ni aferran
lo que está sucediendo realmente en el ámbito geopolítico.
En este artículo construiré mi análisis alrededor
de tres periodos: el momento álgido de la hegemonía estadounidense
durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, que abarcó
desde 1945 hasta 1967/1973; el momento de los últimos resplandores
de esa hegemonía, que se extendió desde 1967/1973 hasta 2001;
y la época que se abre ante nosotros, que arranca de esta última
fecha y llegará hasta 2025 o 2050, y que se caracterizará
por ser un periodo de anarquía que Estados Unidos no puede controlar.
Distinguiré tres ejes dentro de cada uno de estos periodos: las
luchas competitivas internas de las sedes más importantes de acumulación
de la economía-mundo capitalista; la lucha «Norte-Sur»;
y la batalla para determinar el sistema-mundo futuro librada por los dos
grupos que yo metafóricamente denomino los campos de Davos y de
Porto Alegre.
Tiempos
de hegemonía
Durante
el periodo comprendido entre 1945 y 1967/1973, Estados Unidos fue incuestionablemente
la potencia hegemónica en el sistema-mundo, ya que se hallaba en
posesión de una combinación de ventajas económicas,
militares, políticas y culturales que excedía la poseída
tanto por cualquiera de los restantes Estados como por el conjunto de todos
ellos. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, era la única potencia
industrial que había eludido la destrucción bélica
y había incrementado de modo notable sus recursos productivos en
comparación con los niveles alcanzados antes del conflicto mundial.
Las empresas estadounidenses podían producir bienes con una eficiencia
tan por encima de la de sus competidores que estuvieron en condiciones
de penetrar los mercados nacionales de estos últimos. En realidad,
la situación era tan desigual que Estados Unidos tuvo que acometer
la reconstrucción de Europa occidental y de Japón para constituir
una demanda de consumo razonable a escala mundial. Esta aplastante ventaja
económica se combinaba con una neta superioridad militar. Después
de 1945, la opinión pública estadounidense insistió,
como es sabido, en una reducción inmediata de las fuerzas armadas,
que cristalizó en la expresión «que los chicos vuelvan
a casa». Estados Unidos, sin embargo, poseía la bomba atómica
y una fuerza aérea capaz de arrojarla en cualquier punto del mundo.
La única fuerza militar realmente equiparable era el ejército
de la Unión Soviética, que en 1949 poseía ya armas
nucleares. Estados Unidos no tuvo más remedio que sellar un trato.
Aunque los acuerdos de Yalta suponían tan sólo una pequeña
parte de unos pactos mucho más amplios, la negociación alcanzada
entre las grandes potencias ha sido conocida por ese nombre desde entonces.
Contenían tres cláusulas primordiales: conservación
del statu quo en Europa de acuerdo con los límites definidos
por la presencia de tropas soviéticas en 1945; la compartimentación
económica de las dos zonas mundiales y la libertad de utilizar recíprocamente
una retórica de denuncia frente a la otra parte.
Estos tres puntos
fueron más o menos respetados hasta 1980 y, en cierta medida, hasta
el colapso de la Unión Soviética. El statu quo fue
puesto a prueba por el bloqueo de Berlín en 1949, pero salió
reafirmado por el desenlace de la crisis. Posteriormente, Estados Unidos
se abstuvo rigurosamente de prestar su ayuda, más allá de
la denuncia retórica, a ninguno de los levantamientos que se produjeron
en la zona soviética. En Yugoslavia y en Albania, los dos disidentes
del bloque soviético, la URSS no tenía tropas estacionadas.
Sin embargo, estos Estados, en vez de integrarse en la esfera estadounidense,
tuvieron la libertad de permanecer «neutrales» frente a ambas
superpotencias durante la Guerra Fría. Si se pretendió aplicar
el acuerdo de Yalta a la guerra de Corea es algo que no estuvo claro inicialmente,
pero su resultado –una tregua armada en la línea de partida– colocó
la península coreana rotundamente dentro del marco de aquélla.
La compartimentación económica persistió también
durante las primeras décadas de posguerra, aunque comenzó
a resquebrajarse después de 1973. La retórica estridente
de la denominada Guerra Fría fue la única responsable de
transmitir la impresión de que se estaba librando una seria batalla.
Evidentemente, muchos todavía creen que así sucedió
en realidad; pero contemplado con la perspectiva que da el paso del tiempo,
podría igualmente describirse como un conflicto coreografiado en
el cual realmente nunca sucedió nada.
Políticamente,
los acuerdos de Yalta permitieron que ambas partes alinearan una serie
de leales aliados en sus bandos respectivos. Ha sido costumbre referirse
a los de la Unión Soviética como países satélites;
pero los clientes de Estados Unidos –en Europa, los países de la
OTAN; en Asia oriental, Japón, Corea del Sur y Taiwán– apenas
fueron menos serviles.
Nueva
York se convirtió en el centro mundial del arte, mientras la cultura
de masas se «americanizaba» cada vez más. Finalmente,
en cuanto a la dominación ideológica, el concepto de «mundo
libre» funcionó tan bien como la noción de «campo
socialista».
En
el Norte, por consiguiente, Estados Unidos fue capaz de imponer sus deseos
tanto sobre sus competidores capitalistas como sobre la superpotencia rival
con un 95 por 100 de éxito y en el 95 por 100 de las ocasiones.
Esto era evidentemente una hegemonía. El único contratiempo
que experimentó la maquinaria fue cierta resistencia por parte del
Sur a este orden mundial definido por Estados Unidos. En teoría,
la superpotencia americana postulaba «el desarrollo y la liberación
del Sur del dominio colonial» la Unión Soviética entonaba
la misma canción en tonos todavía más estridentes.
En la práctica, sin embargo, ninguno de los dos tenía ninguna
prisa por fomentar dichos objetivos, y se dejó que los pueblos del
Sur persiguieran sus propias causas con grados diversos de militancia y
energía política. Se produjeron algunas luchas célebres
y revoluciones violentas –fundamentalmente, en China, Vietnam, Cuba y Argelia–
que se colocaron al margen de las coordenadas marco de Yalta. Estados Unidos
hizo lo que pudo por suprimir tales movimientos y cosechó algunos
éxitos significativos: el derrocamiento de Mossadegh en Irán
y la expulsión de Arbenz en Guatemala en 1954, entre otros muchos.
Pero el Norte también experimentó un puñado de importantes
fracasos: la Unión Soviética en China; Francia en Argelia;
Estados Unidos en Cuba; y Francia, primero, y Estados Unidos, después,
en Vietnam. Tanto Occidente como la URSS se vieron obligados a ajustarse
a estas «realidades», es decir, a absorber los acontecimientos
en el ámbito de su retórica, mientras intentaban cooptar
a estos nuevos regímenes limitando así su impacto geopolítico
y sus consecuencias sobre la economía-mundo. Durante este periodo,
el resultado de lo que puede denominarse la lucha de clases mundial parece
haber sido de empate. Por un lado, se había extendido por todo el
mundo, especialmente en el Sur, un sentimiento antisistémico que
tuvo un efecto de autocumplimiento y que se tradujo en un triunfalismo
generalizado. Por otro, este levantamiento comenzó a apagarse cuando
el Norte consideró que ya había satisfecho suficientes de
sus demandas.
Últimos resplandores
El periodo 1967-1973
representa el momento en el que los trente glorieuses llegaron a
su fin y la economía-mundo entró en una larga fase B de Kondratieff.
Con toda probabilidad, la causa inmediata fundamental de la ralentización
fue el auge económico de Europa occidental y de Japón, que
inevitablemente provocó una situación de sobreproducción
en los sectores industriales anteriormente punteros. Política y
culturalmente, el levantamiento revolucionario de 1968 –en realidad, de
1966-1970– representó un desafío integral al periodo anterior.
Se desencadenó por una combinación de resistencia a la hegemonía
estadounidense y de desilusión con los movimientos antisistémicos
tradicionales. En el plano militar, la ofensiva del Tet en febrero de 1968
fue el toque de difuntos para la intervención estadounidense en
Vietnam. Aunque la guerra todavía se prolongó otros cinco
años agonizantes antes de la retirada final de 1973, la cuestión
es que Estados Unidos perdió la guerra contra una pequeña
nación del Tercer Mundo. La combinación de estos tres sucesos
–la ralentización de la economía- mundo, el levantamiento
de 1968 y la derrota de Estados Unidos en Vietnam– transformó la
escena geopolítica y señaló el inicio del lento declive
de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos ya no sería
capaz de cumplir sus objetivos con el 95 por 100 de éxito mencionado
anteriormente, ni siquiera en el Norte. Pero el control hegemónico
no se desvanecede la noche a la mañana y todavía se produjo
un último resplandor.
Los
fundamentos económicos de este periodo no son difíciles de
comprender. Una fase B de Kondratieff presenta determinadas características
típicas:
•
el declive en la rentabilidad de las empresas productivas –especialmente
en aquellas que habían sido más rentables previamente– y
la consecuente reorientación de los capitalistas desde la actividad
productiva a la financiera;
•
la huida de industrias cuyos beneficios están disminuyendo –porque
sus ventajas monopolistas han desaparecido– de las zonas del centro de
la economía-mundo capitalista a los países «en vías
de desarrollo» semiperiféricos, en los que los salarios son
menores aunque sean superiores los costes de transacción;
•
el incremento significativo de las tasas de desempleo y, por consiguiente,
el esfuerzo acometido por parte de las áreas más importantes
de acumulación de capital para «exportarlo» a las restantes
en gran medida para minimizar las repercusiones políticas derivadas
del mismo.
Todos
estos procesos hicieron su aparición puntualmente. Los acontecimientos
espectaculares del declive –aunque no sus causas– fueron los aumentos de
los precios del petróleo de 1973 y 1979 y una serie de devastadoras
crisis provocadas por los alto niveles de endeudamiento: la crisis de la
deuda del Tercer Mundo y del bloque socialista durante la década
de 1980; la crisis del gobierno de Estados Unidos y de las corporaciones
transnacionales durante la de 1990; la crisis de los consumidores estadounidenses,
así como la provocada por las devaluaciones que tuvieron lugar en
Asia oriental y en otros lugares a finales de esta misma década;
y otra ronda de excesivo endeudamiento público protagonizada por
la segunda Administración de Bush. En cuanto al bienestar comparativo
de las áreas más importantes de acumulación podemos
decir que Europa se comportó mejor en la década de 1970,
Japón en la de 1980 y Estados Unidos a finales de la de 1990, pero
que todos ellos se han comportado pobremente desde 2000. En el resto del
mundo, la promesa de «desarrollo», tan activa y optimistamente
perseguida en el periodo anterior, se reveló como el espejismo que
siempre había sido, al menos para la gran mayoría de los
Estados.
Políticamente,
el orden centrado en Estados Unidos comenzó a desintegrarse. Europa
occidental y Japón ya no deseaban ser tratados como satélites,
sino que exigían, por el contrario, ser tratados como socios. Estados
Unidos intentó aplacarles con nuevas estructuras –la Comisión
Trilateral y las reuniones del G-7–, desplegando además dos argumentos
fundamentales para mantener el orden entre sus aliados: la Unión
Soviética seguía constituyendo una amenaza para sus intereses
y una posición de unidad frente a un Sur cada vez más levantisco
era esencial para mantener sus ventajas colectivas. Estas líneas
de razonamiento cosecharon un éxito tan sólo parcial. La
zona soviética, entretanto, también estaba comenzando a fragmentarse
tras el espectacular ascenso de Solidaridad en Polonia y las reformas de
Gorbachov. Su disolución se aceleró por el colapso del desarrollismo,
paralelo a sus fracasos en el Tercer Mundo, lo cual puso en evidencia que
los Estados del bloque del Este nunca habían dejado de ser componentes
periféricos o semiperiféricos de la economía-mundo
capitalista.
En
el Sur, la posición de debilidad mostrada tanto por Estados Unidos
como la URSS pareció que dejaba cierto espacio para la resolución
parcial de un determinado número de conflictos seculares existentes
en América Central, Sudáfrica y el sudeste de Asia, pero
cuyo desenlace representó a la postre una u otra forma de compromiso
político. El levantamiento revolucionario de 1968 y el colapso del
desarrollismo en la fase B de Kondratieff erosionaron severamente la legitimidad
moral de la vieja izquierda –los movimientos antisistémico clásicos–,
que ahora parecía que tan sólo ofrecían en opinión
de la mayoría de sus antiguos partidarios poco más que un
electoralismo defensivo. Sus sucesores –en particular, los múltiples
maoísmos y la denominada nueva izquierda, los verdes, las feministas
y los muchos movimientos basados en las diferentes formas de identidad–
tuvieron breves y brillantes impactos en algunos países, pero no
lograron adquirir ni nacional ni internacionalmente la posición
central que habían adquirido los movimientos de la vieja izquierda
durante el primer periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial.
Desde
la perspectiva de la lucha de clases mundial, el debilitamiento de los
movimientos antisistémicos –viejos y nuevos– permitió a las
fuerzas de los poderes dominantes lanzar una contraofensiva de considerable
magnitud. Inicialmente, ésta se materializó en los regímenes
neoliberales de Gran Bretaña y Estados Unidos; en el auge del «consenso
de Washington», que enterró el ideal del desarrollismo y lo
reemplazó por el de la globalización, y en la vigorosa expansión
del papel y de las actividades del FMI, del Banco Mundial y de la recientemente
creada Organización Mundial de Comercio, instituciones, todas ellas,
que intentaron achicar el poder de los Estados periféricos de interferir
el libre flujo de bienes y, sobre todo, de capitales. Esta ofensiva de
alcance mundial tenía tres objetivos primordiales: reducir el nivel
de los salarios, restaurar la externalización de los costes de producción
poniendo fin a las serias constricciones que pesaban sobre los abusos ecológicos,
y reducir los niveles de fiscalidad desmantelando los dispositivos del
Estado del bienestar. En un primer momento, este programa pareció
que había sido coronado con éxito, y que el eslogan de Thatcher
–«no hay alternativa»– se imponía sin contemplaciones.
A finales de la década de 1990, sin embargo, esta ofensiva había
alcanzado sus límites políticos.
Las
devaluaciones monetarias que afectaron a las economías de Asia oriental
y sudoriental y a Brasil a finales de esta década auparon al poder
a una serie de líderes –Roh en Corea del Sur, Putin en Rusia, Megawati
en Indonesia, Lula en Brasil– cuyos programas electorales o actuaciones
gubernamentales no siempre han seguido las prescripciones de Washington.
El colapso de Yugoslavia y de la Unión Soviética provocó
una serie de conflictos nacionales, que fueron testigos de una «limpieza
étnica» de envergadura, amplias zonas de inestabilidad y escaso
crédito político para Estados Unidos o Europa occidental.
La deuda y la guerra civil agarrotaron a un buen número de Estados
africanos. El predomino cultural e ideológico del «campo»
de Davos se topó con un desafío inesperado en Seattle en
1999, cuando los muy tradicionales y moderados sindicalistas estadounidenses
en conjunción con los grupos de la nueva izquierda consiguieron
forzar la suspensión de las negociaciones de la OMC, de la cual
ésta todavía no ha logrado recuperarse. Después, el
ímpetu se tradujo en una coalición mundial de movimientos
laxamente organizada, que ha mantenido una serie de encuentros exitosos
en Porto Alegre y que se han autoproclamado como contrapunto de la cumbre
de Davos.
Cuando
George W. Bush optó a la presidencia de Estados Unidos, las perspectivas
no eran halagüeñas para la única superpotencia en activo.
Uno de los temas de su campaña había sido el ataque a la
política exterior de Clinton, aun cuando ésta había
estado orientada por las mismas premisas que habían seguido todos
los presidentes estadounidenses desde los tiempos de Nixon: es decir, intentos
de parchear el renqueante globo de la hegemonía estadounidense mediante
negociaciones recurrentes con sus supuestos aliados, así como con
Rusia y China, combinados con esporádicos recursos a la fuerza en
el Tercer Mundo. Desde 1970, la política exterior estadounidense
ha tenido indefectiblemente dos objetivos primordiales: impedir la emergencia
de una entidad europea políticamente independiente y mantener el
predominio militar mediante la restricción de la difusión
de las armas nucleares en el Sur. En 2000, el balance de situación
de estos dos objetivos estratégicos era en el mejor de los casos
mediocre y el futuro se antojaba preso de una gran incertidumbre.
La estrategia
de la guerra interminable
Fue
en este momento cuando Bush llegó al poder. Su Administración
se dividió entre aquellos que deseaban proseguir la política
exterior vigente en el periodo 1973-2001 y quienes defendían estrepitosamente
que ésta había fracasado y era la causa –no meramente el
resultado– del declive relativo de la hegemonía estadounidense.
El grupo que adoptaba la última de las posiciones mencionadas está
constituido por tres áreas principales: los neoconservadores, como
Wolfowitz y Perle; la derecha cristiana; los militaristas «clásicos»,
como Cheney, Rumsfeld y otros, cuyas opiniones fueron secundadas por McCain
aunque él mismo estuviera enemistado personalmente con Bush. Los
motivos, las prioridades y las bazas políticas de estos tres grupos
son muy diferentes, pero pese a ello han conseguido formar un bloque políticamente
muy cohesionado a partir de ciertas premisas comunes que comparten todos
ellos:
•
el declive estadounidense es una realidad, y ha sido causado por la torpe
timidez de los sucesivos gobiernos estadounidenses; podría ser revertido,
sin embargo, acometiendo acciones militares preventivas, contundentes,
explícitas y rápidas en una zona tras otra;
• cualquier
reticencia o incluso oposición iniciales mostradas por el establishment
estadounidense, por la opinión pública nacional o por los
aliados europeos y asiáticos será neutralizada por las demostraciones
exitosas del poderío armado estadounidense, lo cual hará
que los aliados de Estados Unidos acepten su línea de conducta;
•
el modo de manejar a los regímenes recalcitrantes del Sur es la
intimidación y, si ésta falla, la conquista.
Había
otra lectura de la historia sobre la cual los halcones se mostraba de acuerdo:
nunca habían conseguido que una Administración estadounidense
adoptara sus razonamientos y siguiera sus prescripciones en la medida que
ellos deseaban. Como grupo se hallaban frustrados, y cuando Bush ocupó
el poder, no estuvieron del todo seguros de que el presidente estuviera
de su lado. Temían más bien que sería una réplica
de su padre –aunque se abstuvieron cuidadosamente de decirlo– o de Reagan,
que había cometido el imperdonable pecado de intentar firmar un
acuerdo con Gorbachov. El 11 de Septiembre fue un increíble regalo
para este contingente. Catapultó a Bush a su campo, aunque tan sólo
fuera porque ser un presidente en guerra que libraba una campaña
interminable contra el «terrorismo» parecía garantizar
su futuro político. Esta guerra interminable legitimaba el uso de
la fuerza militar contra un oponente ultradébil, los talibanes,
en una operación que recogió una legitimidad mundial de tal
amplitud como nunca la había alcanzado una acción de tales
características. Tras este paso, los halcones percibieron que podían
poner toda la carne en el asador: Iraq. Sabían que sería
más difícil políticamente, pero también que
ésta era una oportunidad irrepetible no únicamente para conquistar
Bagdad, sino para aplicar la totalidad de su programa geopolítico.
Se encontraron
muchas más dificultades de las que habían previsto. En primer
lugar, los veteranos de la Administración de Bush senior
–probablemente con la aquiescencia de su anterior empleador– persuadieron
al presidente de que adoptase un planteamiento «multilateralista».
Tras este paso, las profecías de los halcones parecía que
se estaban materializando. Francia anunció que utilizaría
el veto frente a una segunda resolución del Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas que autorizase el uso de la fuerza y se mostró
capaz de que Alemania y Rusia se unieran a ella, lo cual provocó
en marzo de 2003 la humillación de Estados Unidos, quien a pesar
de ejercer toda la presión a su alcance no pudo conseguir la mayoría
simple del Consejo de Seguridad y tuvo que retirar su resolución.
Entretanto, el 15 de febrero de 2003, las fuerzas de lo que he denominado
el campo de Porto Alegre movilizaron una protesta global contra la guerra
que no conocía de precedentes en la historia mundial. Finalmente,
incluso la leal Turquía no cumplió los deseos de Estados
Unidos a pesar del enorme soborno que se le ofreció a cambio. La
invasión de Iraq, por supuesto, se produjo y el régimen de
Sadam Hussein colapsó. Rumsfeld y Powell están lanzando ahora
nuevas amenazas a Oriente Próximo, Asia nororiental e incluso a
América Latina. Están convencidos de que su estratagema ha
tenido éxito y de que la hegemonía estadounidense ha sido
restaurada. Hablan explícitamente, y sin vergüenza, de la función
imperial de Estados Unidos. Pero, ¿han intimidado ellos a alguien
más? Creo que no. En estos momentos, avanzamos hacia un futuro inmediato
incierto, y en momentos de anarquía sistémica como el actual
puede suceder casi cualquier cosa. Sin embargo, parece posible discernir
ciertas tendencias:
•
el actual gobierno estadounidense se halla comprometido con una política
exterior unilateralista y en verdad muy agresiva;
•
la integración europea proseguirá –sin duda con dificultades,
pero imparablemente– y Europa se distanciará cada vez más
de Estados Unidos;
•
China, Corea y Japón darán los primeros pasos para aproximar
posiciones, proyecto éste cargado con muchas más complicaciones
que el de la integración europea, pero preñado de consecuencias
geopolíticas mucho mayores;
• la proliferación
nuclear en el Sur continuará y probablemente se expandirá;
•
la asunción del manto imperial por Estados Unidos erosionará
todavía más sus pretensiones de arroparse de legitimidad
moral en el sistema-mundo;
• el campo
de Porto Alegre se hará más sólido y probablemente
más militante;
•
el campo de Davos puede muy bien dividirse de un modo cada vez nítido
entre quienes deseen unirse, llegar a un acuerdo o cooptar al campo de
Porto Alegre y quienes estén determinados a destruirlo;
•
Estados Unidos puede no tardar en lamentar el torbellino que ha desencadenado
en Iraq.
Hemos
entrado en una transición anárquica desde el sistema-mundo
existente hacia uno diferente. Como todos los periodos de tales características,
nadie controla la situación en un grado significativo y menos todavía
una potencia hegemónica en declive como Estados Unidos. Aunque los
partidarios del imperium estadounidense piensen que tienen los elementos
de su parte, soplan fuertes vendavales en todas las direcciones y el problema
real va a ser –para todos nuestros barcos– evitar el naufragio. Si el resultado
último de todo ello va a ser un orden más o menos igualitario
y democrático, es totalmente incierto. Pero el mundo que emerja
será consecuencia de cómo actuemos, colectiva y concretamente,
durante las próximas décadas.