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21 de Octubre de 2004
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Bienvenidos a la anarquía global
Immanuel Wallerstein
La Administración de Bush disfruta de una posición de cómoda ventaja con la conquista de Iraq. Piensa que puede obrar a su antojo y probablemente se comportará de acuerdo con esta creencia en el futuro próximo. Es comprensible que los halcones del Pentágono, que durante mucho tiempo han defendido que el militarismo rendiría sus dividendos, sientan que en estos momentos sus tesis están siendo validadas. Es igualmente natural que quienes se oponen al imperialismo estadounidense se sientan desmoralizados por el evidente éxito de Estados Unidos. En mi opinión, ambos razonamientos no tienen en cuenta los parámetros definitorios de la situación ni aferran lo que está sucediendo realmente en el ámbito geopolítico. En este artículo construiré mi análisis alrededor de tres periodos: el momento álgido de la hegemonía estadounidense durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, que abarcó desde 1945 hasta 1967/1973; el momento de los últimos resplandores de esa hegemonía, que se extendió desde 1967/1973 hasta 2001; y la época que se abre ante nosotros, que arranca de esta última fecha y llegará hasta 2025 o 2050, y que se caracterizará por ser un periodo de anarquía que Estados Unidos no puede controlar. Distinguiré tres ejes dentro de cada uno de estos periodos: las luchas competitivas internas de las sedes más importantes de acumulación de la economía-mundo capitalista; la lucha «Norte-Sur»; y la batalla para determinar el sistema-mundo futuro librada por los dos grupos que yo metafóricamente denomino los campos de Davos y de Porto Alegre.
 
Tiempos de hegemonía
 
Durante el periodo comprendido entre 1945 y 1967/1973, Estados Unidos fue incuestionablemente la potencia hegemónica en el sistema-mundo, ya que se hallaba en posesión de una combinación de ventajas económicas, militares, políticas y culturales que excedía la poseída tanto por cualquiera de los restantes Estados como por el conjunto de todos ellos. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, era la única potencia industrial que había eludido la destrucción bélica y había incrementado de modo notable sus recursos productivos en comparación con los niveles alcanzados antes del conflicto mundial. Las empresas estadounidenses podían producir bienes con una eficiencia tan por encima de la de sus competidores que estuvieron en condiciones de penetrar los mercados nacionales de estos últimos. En realidad, la situación era tan desigual que Estados Unidos tuvo que acometer la reconstrucción de Europa occidental y de Japón para constituir una demanda de consumo razonable a escala mundial. Esta aplastante ventaja económica se combinaba con una neta superioridad militar. Después de 1945, la opinión pública estadounidense insistió, como es sabido, en una reducción inmediata de las fuerzas armadas, que cristalizó en la expresión «que los chicos vuelvan a casa». Estados Unidos, sin embargo, poseía la bomba atómica y una fuerza aérea capaz de arrojarla en cualquier punto del mundo. La única fuerza militar realmente equiparable era el ejército de la Unión Soviética, que en 1949 poseía ya armas nucleares. Estados Unidos no tuvo más remedio que sellar un trato. Aunque los acuerdos de Yalta suponían tan sólo una pequeña parte de unos pactos mucho más amplios, la negociación alcanzada entre las grandes potencias ha sido conocida por ese nombre desde entonces. Contenían tres cláusulas primordiales: conservación del statu quo en Europa de acuerdo con los límites definidos por la presencia de tropas soviéticas en 1945; la compartimentación económica de las dos zonas mundiales y la libertad de utilizar recíprocamente una retórica de denuncia frente a la otra parte.

Estos tres puntos fueron más o menos respetados hasta 1980 y, en cierta medida, hasta el colapso de la Unión Soviética. El statu quo fue puesto a prueba por el bloqueo de Berlín en 1949, pero salió reafirmado por el desenlace de la crisis. Posteriormente, Estados Unidos se abstuvo rigurosamente de prestar su ayuda, más allá de la denuncia retórica, a ninguno de los levantamientos que se produjeron en la zona soviética. En Yugoslavia y en Albania, los dos disidentes del bloque soviético, la URSS no tenía tropas estacionadas. Sin embargo, estos Estados, en vez de integrarse en la esfera estadounidense, tuvieron la libertad de permanecer «neutrales» frente a ambas superpotencias durante la Guerra Fría. Si se pretendió aplicar el acuerdo de Yalta a la guerra de Corea es algo que no estuvo claro inicialmente, pero su resultado –una tregua armada en la línea de partida– colocó la península coreana rotundamente dentro del marco de aquélla. La compartimentación económica persistió también durante las primeras décadas de posguerra, aunque comenzó a resquebrajarse después de 1973. La retórica estridente de la denominada Guerra Fría fue la única responsable de transmitir la impresión de que se estaba librando una seria batalla. Evidentemente, muchos todavía creen que así sucedió en realidad; pero contemplado con la perspectiva que da el paso del tiempo, podría igualmente describirse como un conflicto coreografiado en el cual realmente nunca sucedió nada.

Políticamente, los acuerdos de Yalta permitieron que ambas partes alinearan una serie de leales aliados en sus bandos respectivos. Ha sido costumbre referirse a los de la Unión Soviética como países satélites; pero los clientes de Estados Unidos –en Europa, los países de la OTAN; en Asia oriental, Japón, Corea del Sur y Taiwán– apenas fueron menos serviles.

Nueva York se convirtió en el centro mundial del arte, mientras la cultura de masas se «americanizaba» cada vez más. Finalmente, en cuanto a la dominación ideológica, el concepto de «mundo libre» funcionó tan bien como la noción de «campo socialista».

En el Norte, por consiguiente, Estados Unidos fue capaz de imponer sus deseos tanto sobre sus competidores capitalistas como sobre la superpotencia rival con un 95 por 100 de éxito y en el 95 por 100 de las ocasiones. Esto era evidentemente una hegemonía. El único contratiempo que experimentó la maquinaria fue cierta resistencia por parte del Sur a este orden mundial definido por Estados Unidos. En teoría, la superpotencia americana postulaba «el desarrollo y la liberación del Sur del dominio colonial» la Unión Soviética entonaba la misma canción en tonos todavía más estridentes. En la práctica, sin embargo, ninguno de los dos tenía ninguna prisa por fomentar dichos objetivos, y se dejó que los pueblos del Sur persiguieran sus propias causas con grados diversos de militancia y energía política. Se produjeron algunas luchas célebres y revoluciones violentas –fundamentalmente, en China, Vietnam, Cuba y Argelia– que se colocaron al margen de las coordenadas marco de Yalta. Estados Unidos hizo lo que pudo por suprimir tales movimientos y cosechó algunos éxitos significativos: el derrocamiento de Mossadegh en Irán y la expulsión de Arbenz en Guatemala en 1954, entre otros muchos. Pero el Norte también experimentó un puñado de importantes fracasos: la Unión Soviética en China; Francia en Argelia; Estados Unidos en Cuba; y Francia, primero, y Estados Unidos, después, en Vietnam. Tanto Occidente como la URSS se vieron obligados a ajustarse a estas «realidades», es decir, a absorber los acontecimientos en el ámbito de su retórica, mientras intentaban cooptar a estos nuevos regímenes limitando así su impacto geopolítico y sus consecuencias sobre la economía-mundo. Durante este periodo, el resultado de lo que puede denominarse la lucha de clases mundial parece haber sido de empate. Por un lado, se había extendido por todo el mundo, especialmente en el Sur, un sentimiento antisistémico que tuvo un efecto de autocumplimiento y que se tradujo en un triunfalismo generalizado. Por otro, este levantamiento comenzó a apagarse cuando el Norte consideró que ya había satisfecho suficientes de sus demandas.

Últimos resplandores

El periodo 1967-1973 representa el momento en el que los trente glorieuses llegaron a su fin y la economía-mundo entró en una larga fase B de Kondratieff. Con toda probabilidad, la causa inmediata fundamental de la ralentización fue el auge económico de Europa occidental y de Japón, que inevitablemente provocó una situación de sobreproducción en los sectores industriales anteriormente punteros. Política y culturalmente, el levantamiento revolucionario de 1968 –en realidad, de 1966-1970– representó un desafío integral al periodo anterior. Se desencadenó por una combinación de resistencia a la hegemonía estadounidense y de desilusión con los movimientos antisistémicos tradicionales. En el plano militar, la ofensiva del Tet en febrero de 1968 fue el toque de difuntos para la intervención estadounidense en Vietnam. Aunque la guerra todavía se prolongó otros cinco años agonizantes antes de la retirada final de 1973, la cuestión es que Estados Unidos perdió la guerra contra una pequeña nación del Tercer Mundo. La combinación de estos tres sucesos –la ralentización de la economía- mundo, el levantamiento de 1968 y la derrota de Estados Unidos en Vietnam– transformó la escena geopolítica y señaló el inicio del lento declive de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos ya no sería capaz de cumplir sus objetivos con el 95 por 100 de éxito mencionado anteriormente, ni siquiera en el Norte. Pero el control hegemónico no se desvanecede la noche a la mañana y todavía se produjo un último resplandor.
Los fundamentos económicos de este periodo no son difíciles de comprender. Una fase B de Kondratieff presenta determinadas características típicas:
el declive en la rentabilidad de las empresas productivas –especialmente en aquellas que habían sido más rentables previamente– y la consecuente reorientación de los capitalistas desde la actividad productiva a la financiera;
la huida de industrias cuyos beneficios están disminuyendo –porque sus ventajas monopolistas han desaparecido– de las zonas del centro de la economía-mundo capitalista a los países «en vías de desarrollo» semiperiféricos, en los que los salarios son menores aunque sean superiores los costes de transacción;
el incremento significativo de las tasas de desempleo y, por consiguiente, el esfuerzo acometido por parte de las áreas más importantes de acumulación de capital para «exportarlo» a las restantes en gran medida para minimizar las repercusiones políticas derivadas del mismo.
Todos estos procesos hicieron su aparición puntualmente. Los acontecimientos espectaculares del declive –aunque no sus causas– fueron los aumentos de los precios del petróleo de 1973 y 1979 y una serie de devastadoras crisis provocadas por los alto niveles de endeudamiento: la crisis de la deuda del Tercer Mundo y del bloque socialista durante la década de 1980; la crisis del gobierno de Estados Unidos y de las corporaciones transnacionales durante la de 1990; la crisis de los consumidores estadounidenses, así como la provocada por las devaluaciones que tuvieron lugar en Asia oriental y en otros lugares a finales de esta misma década; y otra ronda de excesivo endeudamiento público protagonizada por la segunda Administración de Bush. En cuanto al bienestar comparativo de las áreas más importantes de acumulación podemos decir que Europa se comportó mejor en la década de 1970, Japón en la de 1980 y Estados Unidos a finales de la de 1990, pero que todos ellos se han comportado pobremente desde 2000. En el resto del mundo, la promesa de «desarrollo», tan activa y optimistamente perseguida en el periodo anterior, se reveló como el espejismo que siempre había sido, al menos para la gran mayoría de los Estados.

Políticamente, el orden centrado en Estados Unidos comenzó a desintegrarse. Europa occidental y Japón ya no deseaban ser tratados como satélites, sino que exigían, por el contrario, ser tratados como socios. Estados Unidos intentó aplacarles con nuevas estructuras –la Comisión Trilateral y las reuniones del G-7–, desplegando además dos argumentos fundamentales para mantener el orden entre sus aliados: la Unión Soviética seguía constituyendo una amenaza para sus intereses y una posición de unidad frente a un Sur cada vez más levantisco era esencial para mantener sus ventajas colectivas. Estas líneas de razonamiento cosecharon un éxito tan sólo parcial. La zona soviética, entretanto, también estaba comenzando a fragmentarse tras el espectacular ascenso de Solidaridad en Polonia y las reformas de Gorbachov. Su disolución se aceleró por el colapso del desarrollismo, paralelo a sus fracasos en el Tercer Mundo, lo cual puso en evidencia que los Estados del bloque del Este nunca habían dejado de ser componentes periféricos o semiperiféricos de la economía-mundo capitalista.

En el Sur, la posición de debilidad mostrada tanto por Estados Unidos como la URSS pareció que dejaba cierto espacio para la resolución parcial de un determinado número de conflictos seculares existentes en América Central, Sudáfrica y el sudeste de Asia, pero cuyo desenlace representó a la postre una u otra forma de compromiso político. El levantamiento revolucionario de 1968 y el colapso del desarrollismo en la fase B de Kondratieff erosionaron severamente la legitimidad moral de la vieja izquierda –los movimientos antisistémico clásicos–, que ahora parecía que tan sólo ofrecían en opinión de la mayoría de sus antiguos partidarios poco más que un electoralismo defensivo. Sus sucesores –en particular, los múltiples maoísmos y la denominada nueva izquierda, los verdes, las feministas y los muchos movimientos basados en las diferentes formas de identidad– tuvieron breves y brillantes impactos en algunos países, pero no lograron adquirir ni nacional ni internacionalmente la posición central que habían adquirido los movimientos de la vieja izquierda durante el primer periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

Desde la perspectiva de la lucha de clases mundial, el debilitamiento de los movimientos antisistémicos –viejos y nuevos– permitió a las fuerzas de los poderes dominantes lanzar una contraofensiva de considerable magnitud. Inicialmente, ésta se materializó en los regímenes neoliberales de Gran Bretaña y Estados Unidos; en el auge del «consenso de Washington», que enterró el ideal del desarrollismo y lo reemplazó por el de la globalización, y en la vigorosa expansión del papel y de las actividades del FMI, del Banco Mundial y de la recientemente creada Organización Mundial de Comercio, instituciones, todas ellas, que intentaron achicar el poder de los Estados periféricos de interferir el libre flujo de bienes y, sobre todo, de capitales. Esta ofensiva de alcance mundial tenía tres objetivos primordiales: reducir el nivel de los salarios, restaurar la externalización de los costes de producción poniendo fin a las serias constricciones que pesaban sobre los abusos ecológicos, y reducir los niveles de fiscalidad desmantelando los dispositivos del Estado del bienestar. En un primer momento, este programa pareció que había sido coronado con éxito, y que el eslogan de Thatcher –«no hay alternativa»– se imponía sin contemplaciones. A finales de la década de 1990, sin embargo, esta ofensiva había alcanzado sus límites políticos.

Las devaluaciones monetarias que afectaron a las economías de Asia oriental y sudoriental y a Brasil a finales de esta década auparon al poder a una serie de líderes –Roh en Corea del Sur, Putin en Rusia, Megawati en Indonesia, Lula en Brasil– cuyos programas electorales o actuaciones gubernamentales no siempre han seguido las prescripciones de Washington. El colapso de Yugoslavia y de la Unión Soviética provocó una serie de conflictos nacionales, que fueron testigos de una «limpieza étnica» de envergadura, amplias zonas de inestabilidad y escaso crédito político para Estados Unidos o Europa occidental. La deuda y la guerra civil agarrotaron a un buen número de Estados africanos. El predomino cultural e ideológico del «campo» de Davos se topó con un desafío inesperado en Seattle en 1999, cuando los muy tradicionales y moderados sindicalistas estadounidenses en conjunción con los grupos de la nueva izquierda consiguieron forzar la suspensión de las negociaciones de la OMC, de la cual ésta todavía no ha logrado recuperarse. Después, el ímpetu se tradujo en una coalición mundial de movimientos laxamente organizada, que ha mantenido una serie de encuentros exitosos en Porto Alegre y que se han autoproclamado como contrapunto de la cumbre de Davos.

Cuando George W. Bush optó a la presidencia de Estados Unidos, las perspectivas no eran halagüeñas para la única superpotencia en activo. Uno de los temas de su campaña había sido el ataque a la política exterior de Clinton, aun cuando ésta había estado orientada por las mismas premisas que habían seguido todos los presidentes estadounidenses desde los tiempos de Nixon: es decir, intentos de parchear el renqueante globo de la hegemonía estadounidense mediante negociaciones recurrentes con sus supuestos aliados, así como con Rusia y China, combinados con esporádicos recursos a la fuerza en el Tercer Mundo. Desde 1970, la política exterior estadounidense ha tenido indefectiblemente dos objetivos primordiales: impedir la emergencia de una entidad europea políticamente independiente y mantener el predominio militar mediante la restricción de la difusión de las armas nucleares en el Sur. En 2000, el balance de situación de estos dos objetivos estratégicos era en el mejor de los casos mediocre y el futuro se antojaba preso de una gran incertidumbre.

La estrategia de la guerra interminable

 
Fue en este momento cuando Bush llegó al poder. Su Administración se dividió entre aquellos que deseaban proseguir la política exterior vigente en el periodo 1973-2001 y quienes defendían estrepitosamente que ésta había fracasado y era la causa –no meramente el resultado– del declive relativo de la hegemonía estadounidense. El grupo que adoptaba la última de las posiciones mencionadas está constituido por tres áreas principales: los neoconservadores, como Wolfowitz y Perle; la derecha cristiana; los militaristas «clásicos», como Cheney, Rumsfeld y otros, cuyas opiniones fueron secundadas por McCain aunque él mismo estuviera enemistado personalmente con Bush. Los motivos, las prioridades y las bazas políticas de estos tres grupos son muy diferentes, pero pese a ello han conseguido formar un bloque políticamente muy cohesionado a partir de ciertas premisas comunes que comparten todos ellos:
el declive estadounidense es una realidad, y ha sido causado por la torpe timidez de los sucesivos gobiernos estadounidenses; podría ser revertido, sin embargo, acometiendo acciones militares preventivas, contundentes, explícitas y rápidas en una zona tras otra;
cualquier reticencia o incluso oposición iniciales mostradas por el establishment estadounidense, por la opinión pública nacional o por los aliados europeos y asiáticos será neutralizada por las demostraciones exitosas del poderío armado estadounidense, lo cual hará que los aliados de Estados Unidos acepten su línea de conducta;
el modo de manejar a los regímenes recalcitrantes del Sur es la intimidación y, si ésta falla, la conquista.
Había otra lectura de la historia sobre la cual los halcones se mostraba de acuerdo: nunca habían conseguido que una Administración estadounidense adoptara sus razonamientos y siguiera sus prescripciones en la medida que ellos deseaban. Como grupo se hallaban frustrados, y cuando Bush ocupó el poder, no estuvieron del todo seguros de que el presidente estuviera de su lado. Temían más bien que sería una réplica de su padre –aunque se abstuvieron cuidadosamente de decirlo– o de Reagan, que había cometido el imperdonable pecado de intentar firmar un acuerdo con Gorbachov. El 11 de Septiembre fue un increíble regalo para este contingente. Catapultó a Bush a su campo, aunque tan sólo fuera porque ser un presidente en guerra que libraba una campaña interminable contra el «terrorismo» parecía garantizar su futuro político. Esta guerra interminable legitimaba el uso de la fuerza militar contra un oponente ultradébil, los talibanes, en una operación que recogió una legitimidad mundial de tal amplitud como nunca la había alcanzado una acción de tales características. Tras este paso, los halcones percibieron que podían poner toda la carne en el asador: Iraq. Sabían que sería más difícil políticamente, pero también que ésta era una oportunidad irrepetible no únicamente para conquistar Bagdad, sino para aplicar la totalidad de su programa geopolítico.

Se encontraron muchas más dificultades de las que habían previsto. En primer lugar, los veteranos de la Administración de Bush senior –probablemente con la aquiescencia de su anterior empleador– persuadieron al presidente de que adoptase un planteamiento «multilateralista». Tras este paso, las profecías de los halcones parecía que se estaban materializando. Francia anunció que utilizaría el veto frente a una segunda resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que autorizase el uso de la fuerza y se mostró capaz de que Alemania y Rusia se unieran a ella, lo cual provocó en marzo de 2003 la humillación de Estados Unidos, quien a pesar de ejercer toda la presión a su alcance no pudo conseguir la mayoría simple del Consejo de Seguridad y tuvo que retirar su resolución. Entretanto, el 15 de febrero de 2003, las fuerzas de lo que he denominado el campo de Porto Alegre movilizaron una protesta global contra la guerra que no conocía de precedentes en la historia mundial. Finalmente, incluso la leal Turquía no cumplió los deseos de Estados Unidos a pesar del enorme soborno que se le ofreció a cambio. La invasión de Iraq, por supuesto, se produjo y el régimen de Sadam Hussein colapsó. Rumsfeld y Powell están lanzando ahora nuevas amenazas a Oriente Próximo, Asia nororiental e incluso a América Latina. Están convencidos de que su estratagema ha tenido éxito y de que la hegemonía estadounidense ha sido restaurada. Hablan explícitamente, y sin vergüenza, de la función imperial de Estados Unidos. Pero, ¿han intimidado ellos a alguien más? Creo que no. En estos momentos, avanzamos hacia un futuro inmediato incierto, y en momentos de anarquía sistémica como el actual puede suceder casi cualquier cosa. Sin embargo, parece posible discernir ciertas tendencias:

el actual gobierno estadounidense se halla comprometido con una política exterior unilateralista y en verdad muy agresiva;
la integración europea proseguirá –sin duda con dificultades, pero imparablemente– y Europa se distanciará cada vez más de Estados Unidos;
China, Corea y Japón darán los primeros pasos para aproximar posiciones, proyecto éste cargado con muchas más complicaciones que el de la integración europea, pero preñado de consecuencias geopolíticas mucho mayores;
la proliferación nuclear en el Sur continuará y probablemente se expandirá;
la asunción del manto imperial por Estados Unidos erosionará todavía más sus pretensiones de arroparse de legitimidad moral en el sistema-mundo;
el campo de Porto Alegre se hará más sólido y probablemente más militante;
el campo de Davos puede muy bien dividirse de un modo cada vez nítido entre quienes deseen unirse, llegar a un acuerdo o cooptar al campo de Porto Alegre y quienes estén determinados a destruirlo;
Estados Unidos puede no tardar en lamentar el torbellino que ha desencadenado en Iraq.
Hemos entrado en una transición anárquica desde el sistema-mundo existente hacia uno diferente. Como todos los periodos de tales características, nadie controla la situación en un grado significativo y menos todavía una potencia hegemónica en declive como Estados Unidos. Aunque los partidarios del imperium estadounidense piensen que tienen los elementos de su parte, soplan fuertes vendavales en todas las direcciones y el problema real va a ser –para todos nuestros barcos– evitar el naufragio. Si el resultado último de todo ello va a ser un orden más o menos igualitario y democrático, es totalmente incierto. Pero el mundo que emerja será consecuencia de cómo actuemos, colectiva y concretamente, durante las próximas décadas.
 
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