Es
evidente que no se puede reducir la obra de Franz Kafka (1883-1924) a una
doctrina política, cualquiera que sea. Kafka no produce discurso,
crea personajes y situaciones, y expresa en su obra sentimientos, actitudes,
un estado de espíritu. No está prohibido, sin embargo, explorar
los pasajes y los lazos subterráneos existentes entre su espíritu
antiautoritario, su sensibilidad libertaria, sus simpatías socialistas
por un lado, y sus principales escritos por otro. Son vías de acceso
privilegiadas a lo que se podría llamar su paisaje interno.
Una
alta idea del internacionalismo
Kafka había
manifestado interés por la Revolución rusa: en una carta
dirigida en septiembre de 1920 a su amiga Milena, hace referencia a un
artículo sobre el bolchevismo que ha causado una gran impresión,
precisa, "en mi cuerpo, mis nervios, mi sangre". Se trata de un artículo
de Bertrand Russel, titulado "Sobre la Rusia Bolchevique", aparecido en
el Prager Tagblatt del 25 de agosto de 1920. El punto de vista de
Kafka se precisa en otra carta a Milena, algunas semanas más tarde:
"No se si has comprendido mi observación sobre el bolchevismo. Lo
que le reprocha el autor justifica a mis ojos la mayor alabanza que se
pueda conceder aquí abajo". ¿A qué crítica
hace referencia el filósofo inglés? "El verdadero comunista
es enteramente internacional. Lenin, por ejemplo no está más
concernido por los intereses de Rusia que por los de otros países;
Rusia es, en este momento, el protagonista de una revolución social
y, como tal, tiene un valor para el mundo, pero Lenín estaría
dispuesto a sacrificar Rusia antes que la Revolución, si esta disyuntiva
se presentara". En otros términos, lo que parece a Kafka digno de
elogio en los revolucionarios rusos, es precisamente lo que les reprocha
Bertrand Russel: su compromiso radicalmente internacionalista....
Estos
comentarios muestran un interés -crítico- hacia la experiencia
soviética pero, en el estado actual de la documentación,
nada sugiere alguna relación de Kafka con el movimiento comunista.
En cambio, numerosos testimonios contemporáneos hacen referencia
a la simpatía que tenía por los socialistas libertarios checos
y a su participación en algunas de sus actividades.
A
comienzo de los años treinta, Max Brod recogió informaciones
de uno de los fundadores del movimiento anarquista checo, Michal Kacha.
Se refieren a la presencia de Kafka en las reuniones del Klub Mladych (Club
de jóvenes), organización libertaria, antimilitarista y anticlerical
frecuentada por varios escritores checos. El escritor anarquista, Michal
Mares, testifica la participación de Kafka en una manifestación
contra la ejecución de Francisco Ferrer, el educador libertario
español, en octubre de 1909. Durante los años 1910-1912,
habría asistido a conferencias anarquistas sobre el amor libre,
sobre la Comuna de París, sobre la paz y contra la ejecución
del militante libertario parisino, Liabeuf.
No
se trata de ninguna manera de demostrar una pretendida "influencia" de
los anarquistas praguenses en los escritos de Kafka. Bien al contrario,
fue él quien, a partir de sus propias experiencias y de su sensibilidad
antiautoritaria, eligió frecuentar, durante algunos años,
las actividades de esos medios. Esta sensibilidad, la definió él
mismo, no sin una sinceridad implacable, en una carta a Félice Bauer
del 19 de octubre de 1916: "(...) yo, que muy a menudo he carecido de independencia,
tengo una sed infinita de autonomía, de independencia, de libertad
en todas las direcciones (...). Todo lazo que no creo yo mismo, aunque
sea contra partes de mi yo, no tiene valor, me impide andar, le odio o
estoy bien cerca de odiarlo". Una sed infinita de libertad en todas las
direcciones: no se podría describir mejor el hilo rojo que atraviesa
tanto la vida como la obra de Kafka -sobre todo la del período inaugurado
en 1912- y les da una extraordinaria coherencia, a pesar de su trágica
falta de conclusión.
En efecto, un antiautoritarismo
de inspiración libertaria atraviesa el conjunto de la obra novelística
de Kafka, en un movimiento de "despersonalización" y de reificación
creciente: de la autoridad paternal y personal hacia la autoridad administrativa
y anónima. No se trata de ninguna doctrina política, sino
de un estado de espíritu y de una sensibilidad crítica -cuya
principal arma es la ironía, el humor, ese humor negro que es "una
revuelta superior del espíritu" (André Breton).
Las primeras novelas
de Kafka -El Veredicto y La Metamorfosis- que datan de 1912,
ponen en escena la autoridad patriarcal o, por retomar un comentario de
Milan Kundera sobre el tema, el "totalitarismo familiar". El gran giro
hacia la crítica de los "aparatos" de muerte anónimos, es
la novela La Colonia Penitenciaria, de 1914. Hay pocos textos en
la literatura universal que presenten la autoridad bajo un rostro tan injusto
y asesino. No se trata del poder de un individuo -los comandantes de la
colonia no juegan más que un papel secundario en la narración-
sino del de un mecanismo impersonal. El marco de la narración es
el colonialismo francés. Los oficiales y comandantes de la colonia
penitenciaria son franceses, mientras que los humildes soldados, los trabajadores
del puerto, las víctimas que deben ser ejecutadas son "indígenas"
que "no comprenden una sola palabra del francés". Un soldado "indígena"
es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume
en pocas palabras la quintaesencia de la arbitrariedad: "¡La culpabilidad
no debe nunca ser puesta en cuestión!". Su ejecución debe
ser llevada a cabo por una máquina de torturar que escribe lentamente
sobre su cuerpo con agujas que le traspasan: "Honra a tus superiores".
El personaje central de la novela no es ni el viajero que observa los acontecimientos
con una muda hostilidad, ni el prisionero, que no reacciona en absoluto,
ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia.
Es la propia máquina.
Profundamente
antiautoritario
La inspiración
antiautoritaria está inscrita en el corazón de las grandes
novelas de Kafka, El Proceso y
El Castillo, que nos hablan
del estado -bajo la forma de la "administración" o de la "justicia"-
como de un sistema de dominio impersonal que aplasta, ahoga o mata a los
individuos. Es un mundo angustioso, opaco, incomprensible, en el que reina
la no-libertad. Hay que recordar que Kafka no describe en sus novelas estados
"de excepción": una de las ideas más importantes -cuyo parentesco
con el anarquismo es evidente- sugeridas por su obra, es la naturaleza
alienada y opresiva del estado "normal", legal y constitucional. Desde
las primeras líneas del Proceso, queda claramente dicho: "K. vivía
bien en un estado de derecho (Rechtstaat), la paz reinaba en todas
partes, todas las leyes estaban en vigor, ¿quién se atrevía
pues a asaltarle en su casa?". Como sus amigos, los libertarios praguenses,
parece considerar toda forma de estado, el estado como tal, como una jerarquía
autoritaria y liberticida.