Afirma
Cyril Connolly que el escritor debe aspirar a escribir una obra genial.
Todo escritor debe desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar
de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo
si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda,
y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible
concebir. Al menos, ésa fue la manera como Chéjov llegó
a convertirse en el gran escritor que es. Escribió al principio,
al advertir su facilidad para inventar historias, para ganar un poco de
dinero y mantener a su familia; le llevó unos cuantos años
descubrir que ser escritor planteaba exigencias mayores a las de relatar
una anécdota graciosa o un episodio dramático. Fue siempre
fiel a su intuición, excepcionalmente exigente consigo mismo, indiferente
al juicio de los demás, ajeno a cualquier tentación de poder,
a toda forma de adiposidad o de falsía, e infatigable en la búsqueda
de una manera personal de narrar. Gracias a ello, dejó como legado
a la humanidad un puñado de obras geniales.
La gaviota inicia la transformación
del teatro contemporáneo. Se trata de una obra bella y conmovedora
que nadie logró comprender en sus primeras representaciones. Rompe
con la tradición rusa de manera tajante. Y no sólo con la
rusa; aun el teatro de nuestros días, en especial el anglosajón,
le sigue siendo deudor. En esa pieza aparece un joven poeta, Trepliov,
que se desvive por crear un nuevo lenguaje literario. La época es
el fin de siglo y la escuela literaria a que Trepliov pertenece, la simbolista.
Chéjov hace uso del recurso clásico del teatro dentro del
teatro, e incluye en La gaviota la representación de un monólogo
de Trepliov, un desvarío verbal, un desfiguro, no una recreación,
sino una parodia del lenguaje simbolista. Si la simpatía de Chéjov
por aquel joven simbolista y su triste destino se hace evidente del principio
al fin de la obra, también es cierto que su actividad literaria
está tratada con ligero desdén. En el centro del primer acto
de La gaviota se incluye un fragmento de aquel monólogo.
Una bella aspirante a actriz encarna al "Alma-Total-del-Universo", quien
se goza en informarnos que todos lo seres vivos se han extinguido desde
hace varios miles de años y la Tierra no ha logrado engendrar ninguna
nueva especie. El Alma Total del Universo abre la boca sólo cada
cien años para revelar la lucha incesante que libra desde siglos
atrás contra el Demonio, el Rey de la Materia. Está convencida
de que llegará el día en que logrará derrotarlo. "Después
de un combate cruel y encarnizado –exclama el Alma– que podrá abarcar
milenios llegaré a conquistar el principio de la Fuerza Material.
Materia y espíritu podrán fundirse entonces en maravillosa
armonía, la tierra volverá a poblarse y advendrá el
Reino de la Libertad Universal." El monólogo, como lo habrá
advertido el lector, es farragoso, ingenuo y ramplón. El uso constante
de abstracciones, el menosprecio hacia los seres reales y sus minúsculo
problemas, la búsqueda del infinito corresponden a la noción
que Chéjov tenía de la literatura simbolista. Es bien sabido
que detestaba el romanticismo y desconfiaba de aquella nueva escuela que
comenzaba a florecer en Rusia. Veía en los simbolistas una nueva
encarnación de los románticos. Los simbolistas no le perdonaron
a Chéjov aquella parodia. Lo consideraban un pequeño escritor
costumbrista. Él, por su parte, se concebía como un escritor
realista. Palabras como "realismo" y "realista" pasan ahora por una fase
de desprestigio, se aplican con cautela o más bien con desdén.
Dejan una sensación de imprecisión y exhalan un aroma de
vulgaridad. Víctor Sklovski, en una conversación con Serena
Vitali, declaraba antes de morir: "La verdad es que nunca he logrado entender
qué significa el término realista, y no me refiero sólo
al realismo socialista, sino al realismo a secas. ¡Una denominación
banal que en literatura no significa nada!"
Para entendernos, cuando Chéjov
se definía como un escritor realista lo hacía con la misma
tranquila convicción con que Tolstoi y Dostoievski aceptaban el
término. Para ellos y sus contemporáneos el adjetivo tenía
un sentido preciso. Sin duda Chéjov se sorprendería al advertir
que no hay un solo ensayo importante que no se detenga en mostrar la inmensa
carga simbólica de su obra. La gaviota, donde parodió
esa corriente, es quizás el más simbolista –¡lo es
desde el título!– de sus dramas.
Aunque Chéjov considerara
que su literatura se inscribía en la tradición realista rusa,
era consciente de las diferencias fundamentales existentes en su obra y
la de sus predecesores y contemporáneos. Sus búsquedas y
propósitos no podían ser más disímiles. El
aliento épico de Tolstoi, la exaltación espiritual de Dostoievski,
el patetismo de Andreiev, le eran visceralmente ajenos. Su obra marca no
sólo el fin de un periodo literario, también clausura un
mundo histórico. Se trata, como lo ha visto con exactitud Vittorio
Strada, de un escritor en transición situado entre dos mundos. La
originalidad de Chéjov desconcertó a sus contemporáneos
y en su primera época resultó verdaderamente incomprensible.
"Aún en nuestros días –añade el crítico italiano–
sigue siendo el escritor más difícil de la literatura rusa,
puesto que bajo un máximo de aparente transparencia se oculta un
núcleo cerrado que escapa a toda formulación crítica."
Una modalidad del relato chejoviano
es su fragmentación, a veces su pulverización. No se trata
de un capricho. Es la respuesta formal a una de sus inquietudes fundamentales.
El mundo de Chéjov parece girar en torno a un eje: la incomunicación.
La ruptura de la comunicación se da sobre todo entre las personas
más sensibles, más generosas, y afecta las relaciones más
delicadas, las de los amantes, los amigos, las existentes entre padres
e hijos. Los personajes poco a poco enmudecen, las palabras se les congelan,
y cuando se ven forzados a hablar coagulan el lenguaje, lo infectan, de
modo que aquello que podría ser fiesta de reconciliación
se transforma en duelo de enemigos o, peor aún, en una indiferencia
desdeñosa.
En 1888 Chéjov inició
con
La estepa una nueva escritura, cuya originalidad parece no advertirse
del todo, por lo menos entonces. En La estepa el mundo aparece contemplado
por los ojos de un niño, pero el lenguaje no es sólo el de
la infancia, sino que pugna por alcanzar otros niveles. El reto era más
arduo de lo que parecía a primera vista. Chéjov no se conformó
con seguir la mirada del niño y traducir en lenguaje perfecto sus
descubrimientos, sus entusiasmos, sus temores; se propuso algo más
complejo: fundir la propia visión del universo del autor con las
reducidas percepciones de un protagonista infantil. Ahí nació
una nueva poética. Las percepciones de Egoruschka, el niño,
constituyen el cuerpo fundamental del relato, pero las refinadas descripciones
de la naturaleza, las digresiones y reflexiones sobre ella difícilmente
podrían serle atribuidas. El relato corresponde a una visión
infantil, pero está escrito en un estilo no siempre accesible a
esa visión.
"Chéjov –dice Dimitri Merejkovski–
contempla la naturaleza no sólo desde un punto de vista estético,
aunque todas sus obras contengan una multitud de diminutas y elegantes
pinceladas que documentan la sutileza de sus poderes de observación.
Como todo poeta verdadero, siente una profunda ternura hacia la naturaleza,
una comprensión instintiva de su vida inconsciente. No sólo
la admira a la distancia como un artista sereno y observador, sino que
la absorbe totalmente como hombre y fija su huella indeleble en todas sus
ideas y sentimientos." En La estepa la descripción de la
naturaleza y las reflexiones sobre ella son de Chéjov; la percepción
de los hechos humanos le corresponde al niño protagonista.
Para el autor se trata también
de un viaje y de un reto. Es un trayecto hacia una nueva forma narrativa.
Igual que la estepa, el relato carece de límites precisos tanto
al inicio como al final.
Aparece allí un personaje
destinado a cobrar importancia en el universo chejoviano. Carece de atractivos.
Ni Gogol, ni Turguéniev, Tolstoi o Dostoievski pudieron retratarlo
porque en sus tiempos no existía. Es el empresario, el representante
del nuevo capitalismo que comienza a consolidarse en Rusia. En La estepa
ese personaje se llama Varlamov; Varlamov, al igual que los representantes
de la nueva intelectualidad rusa, Stanislavski, Diaghilev, el propio Chéjov,
debía ser hijo o nieto de siervos. A Chéjov estos hombres
enérgicos y activos que empezaban a dirigir el mundo le parecían
necesarios pero también profundamente antipáticos. Egoruschka
oye hablar de Varlamov a todos los personajes con quienes tropieza en su
viaje por la estepa. Es él quien manda allí. Sin embargo,
cuando llega a verlo, pasada ya la mitad de la novela, se queda sorprendido
ante su aspecto. Pensaba contemplar a una especie de Zar y lo que encuentra
es a un hombre insignificante de gorra blanca y traje de paño ordinario.
"Un hombre gris, de grandes botazas y mala montura que hablaba con los
mujiks a una hora en que todas las personas respetables aún dormían."
Dos veces lo ve usar la fusta, una para golpear a los posaderos judíos,
otra para fustigar a un personaje que no le supo dar una información
precisa. Tal es su modo de comunicarse con el mundo: su lenguaje. A Egoruschka
no se le escapa que, por insignificante que fuere el aspecto de aquel hombre,
en todo él se percibía, incluso en la manera de sostener
el fuete, una sensación de fuerza y poder sobre lo que lo rodeaba.
El puño de Varlamov decide
el destino de todos aquellos que habitan en la estepa o deambulan por ella.
Él está a la par, si no por encima de la naturaleza. Durante
una marcha realizada en una noche de tormenta, el pequeño Egoruschka
logra ver como entre sueños, a la luz de los relámpagos,
a sus compañeros de viaje. La imagen que nos transmite puede ser
la de los ciegos de Breughel. Los viejos se apoyan unos en otros, uno tiene
la cara deformada debido a una hinchazón crónica de la quijada,
otro arrastra los pies casi tumefactos; más adelante, como un sonámbulo,
avanza un viejo chantre que ha perdido la voz. Cubiertos con burdas esteras
de paja, se arrastran al lado de sus carromatos. Figuras monstruosas, desechos
de la naturaleza, son el retrato anticipado de lo que serán los
jóvenes hermosos y fornidos que caminan tras ellos, recién
iniciados en el oficio.
El primer párrafo de un relato
de Chéjov nos entrega por regla general los datos esenciales y la
tonalidad de la historia. No debemos esperar grandes sorpresas en el relato,
sino un mero desarrollo de lo que en germen se encuentra ya en la obertura.
En la página inicial de La fiesta onomástica sabemos
que Olga Mijailovna está encinta, que vive en una mansión
de provincia rodeada de amplios jardines donde ese día se ha fatigado
e irritado en exceso. Todo hace presumir que el punto de mira desde el
cual se contempla la historia es el suyo. Nos enteramos, también,
de que no vive en armonía con el mundo que la rodea. Acaba de ser
servida una comida de ocho platos y la interminable vocinglería
que la acompañó la ha cansado hasta el desfallecimiento.Tenemos
la sensación de que la sociedad que la rodea la irrita más
de lo que uno consideraría natural. En sus reflexiones aparece una
crispación que preludia la histeria y hace prever un desenlace dramático.
Se anuncia esa tensión entre opuestos que siempre le interesó
a Chéjov: la confrontación entre sociedad y naturaleza; la
primera representada por la conducta de los invitados a la fiesta, la otra
por el hijo que la mujer lleva en el vientre. Olga Mijailovna huye de la
fiesta en ese primer párrafo para esconderse por el momento en un
sendero del jardín, donde entre el olor a heno recién cortado
y a miel y el zumbido de las abejas se abandona para que el sentimiento
del diminuto ser que lleva en el vientre se apodere por completo de ella.
Pero ese rapto en medio de la naturaleza dura sólo un instante.
La sociedad se impone y el lugar que debía ocupar en sus pensamientos
la criatura se ve invadido por una sensación de culpa por haber
abandonado a los invitados y por una contienda conyugal, inevitable en
cualquier relato de Chéjov. Su marido acaba de despotricar contra
algunas novedades: los procesos con jurado popular, la libertad de prensa
y la instrucción de la mujer, tres victorias de la sociedad liberal
ganadas a la autocracia. Ella se opone a la posición de su marido
únicamente por contrariarle. Y ese dato nos acerca más a
la verdadera fuente de sus problemas. El dilema entre naturaleza y sociedad
encuentra un cauce viable para poder manifestarse: la oposición
desnuda entre hombre y mujer. Poseída por los celos, la protagonista
repara sólo en los defectos del marido y con toda seguridad los
magnifica. La afectación de Piotr Dimítrich le despierta
un odio enfermizo. Pero, ¿es ella un personaje tan auténtico
como parece creer? ¿Vive realmente las ideas ilustradas que proclama?
¿No aprovecha sólo algunos conceptos abstractos para en momentos
como ése sentirse superior al cónyuge? Podría ser,
lo cierto es que en su alteración advertimos algo frío y
posesivo. Un anhelo ciego de adueñarse del hombre que nos la vuelve
odiosa. Ambos están hartos de aquella fiesta que iniciada por la
mañana durará hasta la medianoche. A lo largo de las interminables
horas en que transcurren los festejos se va desenvolviendo el drama. La
imposibilidad de hablar, de comunicarse se va posesionando de ella, hasta
que su interior no puede resistir la carga y se desborda en un estallido
que roza la locura. Triunfan el rencor, el despecho y la cólera.
El final es trágico. La sociedad se impone de la peor manera a la
naturaleza, al instinto biológico. Aquella pareja que durante la
fiesta ha jugado un complicado juego de máscaras, termina por destruir
la vida que estaba por nacer. Lo original, lo importante, lo esencialmente
chejoviano lo constituye la construcción de esa historia a través
de una lluvia de detalles, casi todos al parecer triviales. Le basta un
acto mínimo, dos o tres palabras dichas como de paso para recrear
una atmósfera y sugerir un pasado. Lo trivial se vuelve de golpe
importante, significativo.
El universo de crueldad se encuentra
igual en una rústica choza de mujiks que en las casas opulentas
de la nueva burguesía como aquélla en que habita la protagonista
de El mundo de las mujeres, o la de una nueva clase de comerciantes
en ascenso que aparece en ese relato extraordinario, atroz entre los atroces,
titulado En el barranco. Si un mensaje moral se puede desprender
de los personajes chejovianos es el de resistirse a sucumbir ante la inmisericordia
y la vulgaridad que destilan los tiranos domésticos que pueblan
los infiernos donde están atrapados. Enfrentarse a ellos es punto
menos que imposible. Lo que cabe es resistir, sufrir, no ceder, trabajar,
no dejarse arrollar. Si lo logran habrán vencido.
Thomas Mann, en un célebre
ensayo sobre Chéjov escrito pocos meses antes de morir, señala:
"Ya en plan de citar y elogiar, es indispensable mencionar Una historia
aburrida, la que amo más que cualquier otra de las creaciones
de Chéjov. Una obra absolutamente extraordinaria y fascinante, que
en su silenciosa y triste singularidad quizás no tenga rival en
toda la literatura." Se trata de un relato que puede leerse desde varias
perspectivas, que queda abierto a la interpretación del lector,
y que, a pesar de la calidez y la piedad que el autor muestra a sus criaturas,
no es sino el retrato doloroso de una derrota. Un viejo profesor, el protagonista,
descubre al final de sus días que por nobles que hayan parecido
sus esfuerzos para realizar algo en la vida, en el fondo la suya carece
de sentido. No difiere en nada de la del insensible Iván Ilich de
Tolstoi. Y a la pregunta más sencilla, al ¿qué hacer?
con que su joven pupila, la única persona por quien se interesa
en el mundo, lo enfrenta, no puede (o no quiere) sino responder: "No lo
sé. ¡La verdad es que no lo sé!"
A medida que la salud de Chéjov
se quebrantaba y se vislumbraba el final, sus ideas sociales se fueron
radicalizando. Firmó documentos y protestas; se solidarizó
con los estudiantes perseguidos; se distanció de Suvorín,
su editor, su mecenas, hasta entonces su confidente y el más íntimo
de sus amigos. En una carta de ruptura particularmente severa le escribe:
"La indiferencia equivale a una parálisis del alma, a una muerte
prematura."
Fue desde joven un admirador de Comte,
un positivista convencido. En una ocasión escribió, refiriéndose
a las enseñanzas evangélicas de Tolstoi que convierten al
campesino en un compendio de todas las virtudes:
La moral de Tolstoi ya no
me conmueve. En el fondo de mi corazón no me es simpática.
Por mis venas corre sangre campesina. ¡Que no me vengan a mí
con virtudes de mujiks! Desde muy joven he creído en el progreso.
Reflexiones objetivas y mi sentido de justicia me dicen que en la electricidad
y en el vapor hay más amor por el hombre que en la castidad, el
ayuno y el rechazo de la carne.
Sin embargo, su fe en la razón,
la ciencia y el progreso, no impidió, ya que su escritura era un
puro ejercicio de libertad, que algunos de sus relatos adoptaran una tonalidad
casi evangélica. En una de sus últimas novelas cortas, En
el barranco, la maldad y la usura se asimilan a la mentira, y la única
nobleza está unida al sufrimiento, a los ritmos de la naturaleza,
a la tierra, al trabajo manual, con religiosidad tan intensa como la del
Tolstoi último que tanto le disgustaba. La única diferencia
es que en Chéjov el predicador desaparece y sólo queda la
escritura. En una carta puede escribir:
Lo más sagrado para
mí es el cuerpo del hombre, su salud, su talento, su inspiración,
su inteligencia, su amor y su libertad, su independencia ante el poder
y la mentira… No soy liberal, ni clerical, ni indiferente. ¡Odio
la mentira y la violencia en cualquiera de sus formas! El fariseísmo,
la estrechez de miras y la arbitrariedad reinan no sólo en los tugurios
de los comerciantes y en las comisarías; los encuentro también
en la ciencia, en la literatura, en el seno mismo de la juventud.
Pero en sus narraciones o en sus obras
de teatro esos claros conceptos se transformarían en una lluvia
de detalles, se fragmentarían, se convertirían en polvo,
en ceniza, en bosquejos inacabados, en desgana, en entonaciones desvaídas.
Paradójicamente esa aparente intrascendencia cargaría de
sentido y valor a la obra. Tal vez sea eso lo que nos permite leerlo como
a un contemporáneo.