Iniciemos
estas líneas con una declaración previsible pero también
justificable y necesaria: No hay poeta en lengua española más
popular y más querido que el chileno Pablo Neruda (1904-1973), de
quien en 2004 estamos celebrando su centenario natal (12 de julio de 1904)
y de quien apenas el año pasado (el 23 de septiembre) se cumplió
el 30 aniversario de su fallecimiento. A estas efemérides, el autor
de Veinte poemas de amor y una canción desesperada llega
pleno de sus poderes poéticos ante los muchísimos lectores
que han hecho suya su palabra y que aún la encuentran no sólo
viva sino también sincera y potente, para decirlo con las famosas
palabras de Rubén Darío.
Galardonado con el Premio Nobel de
Literatura en 1971, Pablo Neruda es autor de una vasta y original obra
lírica que se compone de los siguientes libros: Crepusculario
(1923), Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924),
Tentativa del hombre infinito (1926), Anillos (1926), El
habitante y su esperanza (1926), El hondero entusiasta (1933),
Residencia en la tierra (1933-1935), Tercera residencia (1947),
Canto general (1950), Los versos del capitán (1952),
Las uvas y el viento (1954), Odas elementales (1954), Viajes
(1955), Nuevas odas elementales (1956), Tercer libro de las odas
(1957), Estravagario (1958), Navegaciones y regresos (1959),
Cien
sonetos de amor (1959), Canción de gesta (1960),
Las
piedras de Chile (1961), Cantos ceremoniales (1961),
Plenos
poderes (1962), Memorial de Isla Negra (1964), Arte de pájaros
(1966), Una casa en la arena (1966), La barcarola (1967),
Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta (1967), Las manos
del día (1968), Comiendo en Hungría (1968), Aún
(1969), Fin de mundo (1969), La espada encendida (1970),
Las piedras del cielo (1970), Geografía infructuosa
(1972), Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución
chilena (1973), La rosa separada (1973) y los títulos
póstumos El mar y las campanas (1973) y Jardín
de invierno, El corazón amarillo,
Defectos escogidos,
2000, Elegía y Libro de las preguntas, todos
ellos publicados en 1974 al igual que sus extraordinarias memorias Confieso
que he vivido, que es también, en prosa, uno de los momentos
más espléndidos de la lírica nerudiana y, más
ampliamente, de la literatura memorialista en lengua española.
En 1977, Matilde Urrutia, la viuda
del poeta, y Miguel Otero Silva dieron a conocer el libro Para nacer
he nacido, compuesto de textos en prosa sobre poesía y testimonio
de vida. Tres años después aparecería El río
invisible, poesía y prosa inéditas de adolescencia y
juventud, reunidas por Matilde Urrutia y Jorge Edwards. En 1982, la obra
de Neruda todavía dio para otro título: El fin del viaje,
poesía y prosa que el autor no incorporó a ninguno de sus
libros conocidos.
Acerca de la vigencia de la poesía
de Pablo Neruda en el afecto y emoción de los lectores, es sin duda
ilustrativo el siguiente hecho: en 2001, para celebrar el tercer aniversario
de la colección Poesía de Plaza y Janés, conjuntamente
con la revista española Qué Leer, los editores de
dicha colección convocaron a los lectores a que votasen por un poema
preferido a fin de reunir en un libro los 50 poemas del milenio,
todos ellos escritos en lengua española o en cualquier otra lengua
del estado español. Entre autores como San Juan de la Cruz, Garcilaso
de la Vega, Quevedo, Lope de Vega, Espronceda, Bécquer, Darío,
Machado, García Lorca, Miguel Hernández, César Vallejo,
Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Borges
y muchos más, Neruda encabezó la lista con el "Poema 20"
de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y su
"Poema 15", del mismo libro, quedó ubicado en el tercer sitio: primero
y tercero, entre los cincuenta poemas predilectos de los lectores.
Según sean los lectores, serán
las preferencias, pero en una antología de los poemas memorables
de Neruda, son muchísimos los que se añadirían al
"20" y al "15", y entre ellos habrá algunos en los que, probablemente,
coincidamos todos sus lectores; me refiero a "Farewell", de Crespusculario;
"Amiga, no te mueras...", de El hondero entusiasta; "Galope muerto",
"Caballo de los sueños", "Lamento lento", "Arte poética",
"Sonata y destrucciones", "Tango del viudo", "Walking around", "Oda con
un lamento", "Materia nupcial", "Agua sexual", "Entrada a la madera", "Estatuto
del vino", "Oda a Federico García Lorca", "Alberto Rojas Giménez
viene volando", "El desenterrado" y "No hay olvido", de Residencia en
la tierra; "Explico algunas cosas" y "Vals", de Tercera residencia;
"Amor América", "Alturas de Macchu Picchu" y "Que despierte el leñador",
de Canto general; "La reina" y "El inconstante", de Los versos
del capitán; "Palabras a Europa", "La pasajera de Capri" y "El
canto repartido", de Las uvas y el viento; una buena cantidad de
las Odas elementales; "Pido silencio", "La desdichada", "Sobre mi mala
educación" y "Dónde estará la Guillermina?", de Estravagario;
una decena, al menos, de los Cien sonetos de amor; "Lautréamont
reconquistado", de Cantos ceremoniales; "A la tristeza", de Plenos
poderes; "La poesía", "El niño perdido", "Rangoon 1927",
"Exilio", "Serenata de México", "Para la envidia" y "La tristeza",
de Memorial de Isla Negra; "El vuelo" y "El pájaro yo", de
Arte
de pájaros; "Sonata" y "Primavera en Chile", de La barcarola;
"El vino" y "Ya no sé nada", de Las manos del día;
"Resurrecciones", de Fin de mundo; "Soliloquio inconcluso", de Geografía
infructuosa; "Parodia del guerrero", de Defectos escogidos;
"Los invitados", de 2000; "Filosofía", de
El corazón
amarillo, y algunos momentos de La rosa separada y Libro
de las preguntas.
Si este mismo ejercicio se hiciese
no ya con poemas sino con versos, es claro que muchos versos de Neruda
estarán siempre en la memoria poética de los lectores; desde
los más populares y emotivos, hasta los más complejos y ricos
en su carga metafórica, menos populares, pero igualmente extraordinarios.
En su Antología del verso único, Marco Antonio Campos
recoge el "Madre de piedra, espuma de los cóndores", de "Alturas
de Macchu Picchu", uno de los poemas más extraordinarios de la lengua
española, pleno de versos sorprendentes e inolvidables que van desde
el "Águila sideral, viña de bruma" hasta "Tronos volcados
por la enredadera", pasando por "Caballo de la luna, luz de piedra" y "Vendaval
sostenido en la vertiente".
Alberti sentía predilección
por el verso inicial del poema "Galope muerto": "Como cenizas, como mares
poblándose", y dentro de esta amplitud y diversidad líricas,
los lectores no podrían dejar de recordar y decir versos como "Puedo
escribir los versos más tristes esta noche", "Me gustas cuando callas
porque estás como ausente", "Te recuerdo como eras en el último
otoño", "Óyeme estas palabras que me salen ardiendo", "Si
solamente me tocaras el corazón", "Sucede que me canso de ser hombre",
"Del aire al aire, como una red vacía", "Mi corazón se desató
en el viento", etcétera.
Pocos poetas como Neruda con la riqueza
de idioma y con la capacidad para expresar y transmitir emociones. Muy
pocos lo igualan en ritmo y ninguno en su caudalosa presencia dentro de
la poesía hispanoamericana. Sus poemas amorosos por excelencia (que
no se arredran ante el peligro de la cursilería) acompañan
siempre a los lectores de poesía que no pueden pasar las páginas
de sus libros sin hacer suyos instantes de emoción como el siguiente:
"No te quiero sino porque te quiero/ y de quererte a no quererte llego/
y de esperarte cuando no te espero/ pasa mi corazón del frío
al fuego./ Te quiero sólo porque a ti te quiero,/ te odio sin fin,
y odiándote te ruego,/ y la medida de mi amor viajero/ es no verte
y amarte como un ciego."
"Quien huye del mal gusto cae en
el hielo." Así lo dijo Neruda al proponer un lenguaje poético
esencialmente comunicativo y una poesía impura, a contracorriente
de quienes "se han dispuesto a oscurecer la luz, a convertir el pan en
carbón, la palabra en tornillo". En esto, Neruda coincidía
con Antonio Machado, quien en la voz sentenciosa de Juan de Mairena recomendaba:
"Sed hombres de mal gusto. Yo os aconsejo el mal gusto, para combatir los
excesos de la moda. Porque siempre es de mal gusto lo que no se lleva en
una época determinada. Y en ello encontraréis a veces lo
que debería llevarse."
Al cumplirse este 12 de julio el
centenario natal de Neruda, hay que recordarlo como lo que siempre fue:
un poeta en permanente contacto con sus lectores, pues si alguien ha tenido,
tiene y tendrá lectores (aun en los tiempos en que la poesía
se reduce al cenáculo), ése ha sido, es y será el
gran poeta chileno que en alguna de sus alocuciones explicó:
Si aprendí una poética,
si estudié una retórica, mis textos fueron las soledades
montañosas, el acre aroma de los rastrojos, la pululante vida de
los cárabos dorados bajo los troncos derribados en la selva, la
espesura en donde cuelga la cápsula de jade de los frutos del copihue,
el golpe del hacha en los raulíes, las goteras que cayeron sobre
mi pobre infancia, el amor lleno de luna, de lágrimas y jazmines
de la adolescencia estrellada.
En sus propias palabras, Neruda concibió
siempre la poesía como una insurrección, más allá
de las teorías que, de manera terminante, se negó a masticar.
Para él, la poesía siempre estuvo ligada al hecho social
y al oficio de vivir, pero increíblemente esto que casi siempre
resulta una limitación para muchos, fue para él una de sus
mayores potencias. Pocos poetas como él con tal riqueza de lenguaje
y con tan profunda capacidad para expresar y transmitir sentimientos.
Por lo demás, Neruda fue poeta
en todo cuanto escribió: no sólo en sus versos y en sus poemas
en prosa, sino también en su epistolario y en su hermoso libro de
memorias Confieso que he vivido. La poesía es, en Neruda,
la única palabra posible para nombrar las cosas y fundar el universo,
pero no desde las alturas deíficas sino desde el más terrenal
de los oficios.
Por todo ello, no fue extraño
que en el discurso que escribió para agradecer el Premio Nobel de
Literatura, en 1971, haya dicho, en clara réplica a su compatriota
Vicente Huidobro: "El poeta no es un ‘pequeño dios’. No, no es un
‘pequeño dios’. No está signado por un destino cabalístico
superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios... El mejor poeta
es el que nos entrega el pan de cada día: el panadero más
próximo, que no se cree dios."
Pablo Neruda toca las fibras más
hondas del sentimiento humano, y de su vasta obra poética se desprenden,
indiscutiblemente, algunos de los poemas y varios de los versos más
memorables de la poesía universal de cualquier época. Su
popularidad es directamente proporcional a la capacidad de conmover que
tienen sus libros.
Tiene razón Harold Bloom cuando,
en El canon occidental, afirma concluyente que "ningún poeta
del hemisferio occidental de nuestro siglo (es decir del xx, pues el libro
de Bloom fue publicado en 1994) admite comparación con él".
Y esto resulta más meritorio escrito por un crítico que no
simpatiza en lo político con Neruda, pues también advierte
lo siguiente, casi para acotar su entusiasmo admirativo: "Su desdichado
estalinismo es a menudo una excrecencia, una especie de verruga en la textura
de sus poemas, aunque sólo en un par de ocasiones echa a perder
su Canto general."
Políticamente, entre Borges
y Neruda, Bloom está más cerca del argentino que del chileno,
pero ello no lo conduce a la polarización dogmática. En su
catálogo del canon, para América Latina, el crítico
estadunidense
incluye al menos cuatro libros de Neruda: Canto general,
Residencia
en la tierra, Veinte poemas de amor y una canción desesperada
y Plenos poderes, además de recomendar, junto a éstos,
una Antología poética nerudiana, ante la imposibilidad
de incluir en un canon muchos más títulos del gran poeta
chileno (por ejemplo, Tercera residencia, Las uvas y el viento,
Odas elementales, Cien sonetos de amor y Cantos ceremoniales,
entre otros).
Neruda, lo ha dicho con mucho tino
su compatriota Jorge Edwards, "inventó un lenguaje y escribió
algunos de los mejores poemas de este siglo". Sus versos, añadiría,
"conservan siempre su magia secreta, contagiosa y peligrosa". Por ello,
un lector de Neruda no puede permanecer inalterable frente a su obra: ni
quienes lo admiran ciegamente, ni quienes lo combaten porque en el fondo
lo encuentran imponente (y por ello mismo lo combaten), a tal grado que,
si se descuidan, acaban admirándolo ciegamente.
En este punto habría que decir
que la polémica que generó constantemente Pablo Neruda tuvo
que ver con su actitud política de izquierda y con su infortunada
filiación estalinista. Sin embargo, este último pecado suele
exagerarse para descalificar al poeta de manera absoluta, a veces incluso
sin tomar en cuenta que, desde la década del sesenta, y en particular
desde Memorial de Isla Negra, el poeta chileno llevó a cabo
una sonata crítica sobre ese "tiempo parecido al agua cruel/ de
la ciénaga, al abierto pozo/ de noche que se traga un niño:/
y no se sabe y no se escucha el grito./ Y siguen en su sitio las estrellas".
Además, en el poema 23 de su
Elegía póstuma
escribiría: "Luego, adentro de Stalin,/ entraron a vivir Dios y
el Demonio,/ se instalaron en su alma./ Aquel sagaz, tranquilo georgiano,/
conocedor del vino y muchas cosas,/ aquel capitán claro de su pueblo/
aceptó la mudanza:/ llegó Dios con un oscuro espejo/ y él
retocó su imagen cada día/ hasta que aquel cristal se adelgazó/
y se llenaron de miedo sus ojos./ Luego llegó el Demonio y una soga/
le dio, látigo y cuerda./ La tierra se llenó con sus castigos,/
cada jardín tenía un ahorcado."
En algún momento de su obra,
Neruda está muy cerca de la declaración poética de,
por ejemplo, el Gabriel Celaya de "La poesía es un arma cargada
de futuro", y sobre todo de la más famosa estrofa de este poeta
español: "Maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural,
por los neutrales/ que, lavándose las manos, se desentienden y evaden./
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse."
Pero al ser un poeta infinitamente
más rico en recursos y con mayor talento que Celaya, Neruda tocó
todos los temas y practicó todas las posibilidades del poema (amoroso,
mitológico, dramático, histórico, heroico, cívico,
político, etcétera), incluido el panfleto en libros como
Canción
de gesta e Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución
chilena. Y, anticipándose a los reproches que él sabía
que iba a recibir, escribió: "Ha probado la Historia la capacidad
demoledora de la Poesía, y a ella me acojo sin más ni más."
Si en su discurso de recepción
del Premio Nobel explicó que cada uno de sus versos "quiso instalarse
como un objeto palpable" y cada uno de sus poemas "pretendió ser
un instrumento útil de trabajo", al reivindicar el propósito
de su poesía panfletaria, sentenció: "Conservo como un mecánico
experimento mis oficios experimentales: debo ser de cuando en cuando un
bardo de utilidad pública, es decir, hacer de palanquero, de rabadán,
de alarife, de labrador, de gástifer o de simple cachafás
de regimientos, capaz de trenzarse a puñete limpio o de echar fuego
hasta por las orejas. Y que los exquisitos estéticos, que los hay
todavía, se lleven una indigestión: estos alimentos son explosivos
y vinagres para el consumo de algunos. Y buenos tal vez para la salud popular."
Aun en sus poemas políticos
más declarativos y menos metafísicos, Neruda es un extraordinario
dominador del idioma lírico y de los más variados recursos
de la poesía.
En sus Memorias, el poeta
chileno advierte: "Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas
del poeta." En consecuencia, cree más bien haber vivido la vida
de los otros, más que la vida de sí mismo. Esta fe ecuménica
de la poesía como un oficio que se comparte incluso con los que
no suelen leer poesía es lo que llevó a Neruda a la convicción
de que el único modo de que la poesía no cante en vano es
que consiga ser una permanente insurrección. Para el autor de Las
uvas y el viento, "en la casa de la poesía no permanece nada
sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre", y
pugna siempre por una poesía sin pureza: "una poesía impura
como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes
vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías,
declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias
políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos".
En la fe poética de Neruda,
"hay que perderse entre los que no conocemos para que de pronto recojan
lo nuestro de la calle, de la arena, de las hojas caídas mil años
en el mismo bosque... y tomen tiernamente ese objeto que hicimos nosotros...
Sólo entonces seremos verdaderamente poetas... En ese objeto vivirá
la poesía..."
En el elogio lírico que Alberti
escribió para su amigo quedan cifradas muchas de las virtudes nerudianas
que hoy celebramos al festejar el siglo de Neruda: "En el mar, en la tierra,/
en los pueblos perdidos,/ en las grandes ciudades,/ en las naciones,/ siempre
tu nombre, tú,/ tu estrella inextinguible,/ tu fulgurante ejemplo./
Es dulce y es alegre y amargo hasta las lágrimas/ encontrarte,/
saber que tu presencia es más fuerte que todo,/ que habla por ti
tu verso,/ su ondear infinito,/ prendiendo el corazón,/ arrebatándolo/
a altas cimas de paz/ o sacudiéndolo hasta dura coraza indeclinable".