Las
elecciones presidenciales
en Estados
Unidos
Immanuel
Wallerstein
George W.
Bush fue relecto presidente de Estados Unidos y cuenta con mayor margen
de respaldo en ambas cámaras del Congreso. Qué sigue ahora
-en dicho país y en el mundo. Cualquier análisis debe comenzar
con una valoración del mandatario. Bush es el presidente estadunidense
más derechista desde la Gran Depresión. Es el presidente
más agresivamente reaccionario en la historia de Estados Unidos.
Utilizo el término "reaccionario" en el sentido clásico -alguien
que quiere retrasar el reloj político.
En su primer periodo en el cargo,
Bush demostró que no intenta negociar ni ser moderado en su programa.
Más bien intenta usar la aplanadora para lograr sus objetivos, atropellando
las fuerzas de oposición y aun a los miembros débiles de
su bando. Ya dijo que su relección le trajo capital político
y que pretende hacer uso de éste.
Al interior del partido republicano,
Bush cuenta con tres sectores de simpatizantes: la derecha cristiana, los
grandes negocios y los militaristas. Cada uno se pavonea y mete presión
para que Bush responda a sus intereses; sus prioridades, sin embargo, son
muy diferentes y únicamente le brindan un respaldo nominal a las
preocupaciones de los otros dos sectores.
Básicamente, la derecha cristiana
se preocupa por los asuntos internos del país. Su mira se centra
en dos cuestiones actuales: el matrimonio gay y el aborto. Para lograr
sus intereses, este sector requiere una reforma constitucional. Y como
pretende declarar ilegal el aborto, necesita que la Suprema Corte anule
la decisión conocida como Roe v. Wade. Esto requiere, definitivamente,
que haya nuevas designaciones en la Suprema Corte, de tal modo que pueda
haber votaciones de cinco a cuatro en favor de la anulación. Actualmente
hay tres magistrados listos para votar en esa dirección, pero uno
está a punto de retirarse. Por tanto, Bush necesita designar tres
magistrados comprometidos en contra de la decisión Roe v. Wade.
Pero este es sólo el principio
del programa de la derecha cristiana. Este sector quiere deshacer toda
la liberalización moral del siglo XX, lograda no sólo en
Estados Unidos sino en Europa y el resto del mundo. Si en Estados Unidos
pudiera interponerse en asuntos como el matrimonio gay o el aborto, trabajaría
de inmediato para prohibir el control de la natalidad, volver ilegal el
sexo homosexual, limitar el divorcio o acabar con él. Algunos incluso
quieren dejar a las mujeres fuera de la fuerza de trabajo y de las votaciones.
Otra parte de su programa implica retrasar el reloj respecto del racismo
y para que Estados Unidos se restablezca como un país dominado social
y políticamente por los protestantes blancos. Comenzarían
por anular toda forma de acción afirmativa y de ahí procederían
con la inmigración y tal vez con el derecho al sufragio. Esto desgarraría
toda la evolución social que emprendiera Estados Unidos desde el
inicio del siglo XX.
Por supuesto, esto expresa las intensiones
del grupo más extremo. Pero debe resaltarse que, al momento, este
grupo extremo controla la mayor parte de las estructuras políticas
de la derecha cristiana y juega un papel importante en el partido republicano.
Su estrategia política es lograr que las cortes permitan a las legislaturas
hacer estas cosas, designando a personas lo suficientemente jóvenes
que garanticen la institucionalización de estas decisiones y luego
elegir tales legislaturas.
¿Puede lograrlo? La derecha
cristiana está en mejor posición que nunca para hacer que
ciertos tipos de jueces sean designados. Podría ser capaz de conseguir
reformas constitucionales, aunque esto requiere dos tercios del voto del
Senado y la confirmación de tres cuartas partes de los estados.
No será fácil, pero no es imposible, sobre todo si Bush respalda
su intento.
No hace falta decir que dicho intento
se combatirá políticamente y molestará a una todavía
importante minoría de los llamados republicanos moderados. Bush
saldrá en apoyo de los cristianos de derecha siempre y cuando no
pongan en peligro lo que intenta en el frente económico, pues esto
es más importante para él en lo personal y, por supuesto,
para sus simpatizantes de los grandes negocios.
¿Qué quieren los empresarios
conservadores? También desean retrasar el reloj -en lo relativo
a impuestos, regulaciones ambientales, demandas legales contra ellos, costos
de la salud. En cuanto a los impuestos, su idea es simple: desplazar la
carga fiscal de los ricos a los que no lo son. Han intentado hacerlo de
varias maneras: mediante la reducción de las tasas fiscales para
las categorías más altas, con la anulación de los
impuestos a los dividendos y mediante las llamadas reformas a la seguridad
social y el seguro médico. El objetivo inmediato es lograr que los
principales recortes fiscales obtenidos en el primer gobierno de Bush se
vuelvan permanentes, y permitir, con las llamadas cuentas individuales,
que los programas de seguridad social sean optativos. Esto último
haría posible que las personas más jóvenes y más
acomodadas dejaran de contribuir al monto que ahora sirve para pagar los
fondos de retiro. Ahondar estos cambios llevaría a eliminar del
todo la seguridad social (un logro del gobierno de Roosevelt en 1935) y
luego el impuesto sobre la renta (legalizado en 1913 por reforma constitucional).
Los ingresos del gobierno estarían entonces asegurados por un impuesto
parejo o por un impuesto nacional sobre la venta, ambos altamente regresivos.
En cuanto a lo ambiental, la mayor
parte del programa de Bush se emprenderá mediante decreto del ejecutivo,
aunque seguirán buscando que el oleoducto de Alaska pase por la
decisión de la legislatura. Confían en que las cortes transformadas
no los frenen. Lo mismo ocurre con los esfuerzos por constreñir
los llamados litigios de acción de clase (class action suits),
mediante las cuales se somete a cuentas a las grandes empresas por sus
infracciones. En este rubro, Bush intentará promulgar una "reforma
de agravios" que limite los montos de castigo financiero que pueden imponer
las cortes. Y, por supuesto, Bush está empeñado en no hacer
nada para constreñir a las compañías farmacéuticas
por su indecente nivel de ganancias, pese a que busca promulgar las llamadas
reformas al seguro médico, que de hecho reducirán sus beneficios
reales.
Esto también se combatirá
en lo político. Las mayores restricciones al gobierno de Bush vendrán
menos de los demócratas que del más sofisticado estrato capitalista,
que hoy se preocupa por la posible dilución del dólar y la
monstruosa deuda gubernamental, que crece a pasos agigantados, lo que resultaría
en un desastre para la bolsa de valores. Algunos comienzan a decir que,
si ocurren estos cambios, el gobierno de Estados Unidos debe aminorar sus
costos. Y es sólo del presupuesto militar de donde puede recortarse
un monto significativo, en el corto plazo, lo que nos lleva al tercer sector
simpatizante, los militaristas, incluidos los neoconservadores.
Los militaristas quieren regresar
a la época, más reciente, en que Estados Unidos era la incuestionable
potencia hegemónica del mundo y podía dictar lo que ocurriera
en cualquier parte, o casi. Durante el primer gobierno de Bush este sector
se situó en primer lugar y la pregunta es si puede mantener su posición
en este segundo periodo. Es claro que la guerra contra Irak no resultó
como habían pronosticado los militaristas y los neoconservadores.
En casa tienen dificultades, y no únicamente con el movimiento contra
la guerra; también con las fuerzas conservadoras y centristas que
lamentan la locura y el costo económico de la invasión. Queda
claro también que, aunque las propias fuerzas armadas estaban felices
de tener más dinero para su equipamiento, rezongan ante la posibilidad
de quedar atrapados, de nuevo, en un conflicto militar que no tienen certeza
alguna de ganar. Temen el rebote negativo que implicaría para las
fuerzas armadas una retirada. Los altos mandos recuerdan Vietnam, tiempo
en el que ellos eran los oficiales jóvenes.
Los militaristas civiles parecen
desear un rápido despliegue de avance -invadir Irán, Cuba.
Sin embargo, este aspecto del programa de Bush es el que tiene menos probabilidad
de conseguirse o de intentarse siquiera. Más allá de la hostilidad
mundial hacia Estados Unidos por ser un "Estado bravucón" (Hungría
decidió anunciar la retirada de sus tropas de Irak un día
después de las elecciones estadunidenses), el paso con pies de plomo
de los altos mandos hallará considerable respaldo en el sector de
los grandes negocios, horrorizado ante el continuo drenado financiero de
las guerras -que amenaza la posibilidad de lograr los cambios económicos
que busca.
Lo que podemos esperar de Bush es
que le pise al acelerador. Pero al hacerlo arriesga tropezarse con las
divisiones de su propio bando y con serias críticas a escala mundial
que lo fuercen a retirarse de Irak. El resultado neto sería un fuerte
movimiento contra la guerra en Estados Unidos, que podría revitalizar
a la izquierda, y un fuerte resurgimiento del aislacionismo -que históricamente
tuvo base social en la izquierda y la derecha. En el largo plazo, tiene
pocas posibilidades el programa de Bush en el sistema-mundo. Pero, por
el momento, tiene muchas en lo relativo a las cuestiones internas del país.
Tal vez estemos ante un sistema judicial que fuerce el retroceso de la
vida social. Y si eso ocurre, la polarización de la vida política
de la que todos hablan puede escalar a serios niveles de conflicto interno.
Estados Unidos es el gran perdedor de las elecciones de 2004; tal vez el
mundo gane algo.