Best-Seller
y literatura
César
Aira
Ante todo,
y aunque más no sea para paliar un poco la habitual confusión
que reina en la materia, convendría hacer una diferencia entre dos
usos de la palabra «best-seller»: el primero y más natural,
el sentido que podría decirse «etimológico»,
es el del libro más vendido. Sobre eso, obviamente, no hay nada
que decir: cualquier libro puede venderse más que otros, o más
que todos los otros, en determinado momento. Las circunstancias más
diversas, la moda, la actualidad, la casualidad, pueden llevar a ese resultado.
El otro sentido, sobre el que sí convendría reflexionar un
poco, es el de «best-seller» como género específico:
el libro, generalmente en forma de novela, hecho con vistas al consumo
de un público inmediato.
En realidad, ambos sentidos de la
palabra pueden reconciliarse si afinamos un poco la traducción.
Best-seller no es exactamente el «más» vendido, sino
el que se vende «mejor». Porque no cuenta sólo la cantidad,
sino una cualidad capital de la venta: la velocidad. De ahí que
sea erróneo decir que los mayores bestsellers son la Biblia
y el Quijote. Es cierto que esos libros se han vendido en incalculable
cantidad (aunque en el caso de la Biblia, para ser justos, habría
que descontar los ejemplares regalados con fines de evangelización),
pero si la venta se realiza a lo largo de mil años, o de quinientos,
el negocio se diluye. De modo que nos quedaríamos con una definición
unificante del best-seller: el libro que se propone, y logra, ser
vendido mucho y rápido.
En esas condiciones, hablar del best-seller
equivaldría a hacerlo sobre cualquier otro producto, de los tantos
que entran al mercado a competir por compradores. Lo cual no tendría
mayor interés, o lo tendría apenas en términos socioeconómicos.
Pero hay otra consideración del asunto, la realizada en los términos
más estrictamente literarios, que sí puede tener interés.
Los términos literarios, conviene
aclararlo, no son los términos morales con los que por lo general
se trata del best-seller. El moralismo, que al hablar del best-seller
desemboca bien pronto en la alarma, es totalmente injustificado aquí.
La literatura es una actividad minoritaria, siempre lo ha sido y siempre
lo será, por más que hagan los escritores o los editores.
Es difícil, en realidad, ver qué ganarían los escritores
si su actividad dejara de ser minoritaria; y esa fantasía sí
contiene motivos de alarma, al pensar a expensas de qué podría
darse la ampliación social de la literatura.
El best-seller es la idea,
que fructificó en países del área angloparlante (países
con una tradición de lectura de libros que no se dio en otras lenguas)
de hacer un entretenimiento masivo que usara como «soporte»
a la literatura. Es algo así como literatura destinada a gente que
no lee, ni quiere leer, literatura (y a la que no hay que reprocharle nada,
por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente
que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que
no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento
de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores,
estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad
muy minoritaria, aunque no lo parezca). El best-seller es material
de lectura para gente que, si no existiera ese material, no leería
nada. De lo que se deduce lo injustificado de las alarmas. Creer que alguien
pueda dejar de leer a Henry James para leer a Harold Robbins es una ingenuidad;
si no existiera Harold Robbins, sus lectores vacantes no leerían
a Henry James; no leerían nada, simplemente.
La reflexión a que invita
el best-seller es otra. Estas novelas fáciles y masivas son
el precipitado perfecto para hacer visible eso tan misterioso que es la
literatura propiamente dicha, lo literario de la literatura. Esta se deduce,
en el best-seller, por la negativa. Al presentar un producto símil
literario químicamente «limpio» de literatura, el best-seller
es un invalorable detector de lo literario. Veamos algunas de las diferencias
significativas.
El libro literario siempre es parte
de una biblioteca. Aislado, vale muy poco en términos de placer
y saber. El símbolo genuino del aficionado a la literatura no es
el libro, sino la biblioteca. Y eso se debe a que la literatura hace sistema.
Si uno lee, digamos, Las alas de la paloma, y le gusta, lo más
probable es que lea otros libros de Henry James, y cuando se le terminen
(porque ni siquiera los libros de Henry James son infinitos) leerá
sus cartas, prólogos, conferencias, una biografía, por ejemplo
la de Leon Edel con sus pobladas mil quinientas páginas, y de ahí
pasará a los contemporáneos de James, a sus discípulos
o maestros, a Flaubert, Turgueniev, The Ring and the Book, Proust...
en círculos concéntricos que terminarán abarcando
la literatura entera.
En cambio, si uno lee un best-seller,
por ejemplo una novela sobre el contrabando de material radiactivo en el
Báltico, y le gusta... Aunque le guste muchísimo, aunque
sea el libro que más le ha gustado en su vida, es muy improbable
que uno sienta deseos de leer otra novela sobre contrabando de material
radiactivo en el Báltico, ni siquiera otra novela sobre material
radiactivo, o sobre contrabando, o sobre el Báltico. Recordará
esa lectura como un momento placentero, y ahí se termina la historia.
Y en cuanto al autor, ¿quién es el autor de ese libro? Un
señor o señora de nombre anglosajón, a veces de dudosa
realidad: inclusive cuando su nombre se vuelve una marca «vendedora»,
la editorial no tiene más remedio que publicitar sus libros como
«otro éxito del autor de...», confirmando la curiosa
circunstancia de que en el género best-seller importa más
el libro que su autor (y aquí descubrimos, por contraste, que en
la literatura sucede lo contrario).
Esta es una de las ventajas del best-seller,
una de sus ventajas de mercado, podría decirse: que se presenta
entero y completo, autónomo, seductor en sí mismo. Para alguien
no interesado en la literatura, que deba hacer un tedioso viaje en tren,
o sufra de gripe y no pueda trasladar el televisor al dormitorio, ¿qué
mejor que una novela de éstas? El entretenimiento terminará
cuando termine el tedio, sin consecuencias engorrosas. A este efecto colabora
el título y la presentacion del libro, por lo general de una honesta
previsibilidad. Una novela llamada
Rehenes en la catedral, por ejemplo,
no necesita nada más para atraer al lector, que de entrada puede
imaginárselo todo: el grupo terrorista con su líder, su psicópata,
su dubitativo y su chica, las beatas asustadas, el obispo mediador, las
tropas rodeando el templo, el periodista audaz... En cambio un libro llamado
Las alas de la paloma es una pura apuesta, un understatement
para universitarios, un enigma de muy prolongada resolución.
(A la inversa, aquí está también una de las virtudes
de la literatura: constituir una promesa de lecturas inagotables para toda
la vida, la entrada a la auténtica Biblioteca de Babel).
Pero la piedra de toque en la diferencia
entre best-seller y literatura es la sinceridad, elemento irreductible
y verdadera divisoria de aguas. De un lado, están los usos directos
y veraces de la palabra, el transcurso utilitario del verbo en la sociedad:
aquí confluyen los «Buenos días», «Te amo»,
«Paso a buscarte a las ocho», y el best-seller. Del otro lado,
ese peculiar cuestionamiento de la significación al que llamamos
Literatura. La incompatibilidad es absoluta; en este rubro debe anotarse
el fracaso de ciertos escritores, formados en hábitos propiamente
literarios, para escribir best-sellers. La literatura es falaz en
dos planos: usa una palabra cuyo valor de cambio deja de ser su sentido
directo, y pone en escena el teatro de ese uso perverso. El
best-seller
es simétricamente veraz en dos planos: dice lo que quiere decir,
y lo ofrece como lo que es.
Ahora bien: la literatura, que es
experimentación, podría hacer el experimento (ya que ha hecho
tantos) de practicar una escritura totalmente sincera, no más acá
sino más allá de su falacia constitutiva. De ese modo, dando
una vuelta completa, podría dar un aceptable simulacro de best-seller.
Ese experimento fue hecho hace unos años, y con excelente resultado:
El amante, de Marguerite Duras. Es asombroso constatar el olfato
del público adquirente, en estos casos.
Con El nombre de la rosa,
de Umberto Eco, sucedió algo distinto, y bastante más aleccionador.
Esta novela es un genuino best-seller del principio al fin; para
empezar, es totalmente sincero, como que el autor es un reputado catedrático,
profesional de la expresión exacta de su pensamiento. Pero además,
ilumina dos precisos contrastes entre best-seller y literatura:
el primero de ellos es la intención. La literatura siempre es una
intención desviada; el best-seller, una intención
realizada. El mismo Eco lo declaró: se propuso hacer «una
novela policial que se desarrollara en un monasterio del siglo XII».
Y lo hizo, sin más. La verdadera literatura, y esto se hace más
patente cuanto más grande es, resulta en comparación un laberinto
de propósitos fallidos y resultados inesperados. ¿Qué
se propuso Cervantes al escribir el Quijote, Byron el Don Juan,
Kafka La Metamorfosis? Por cierto que sus intenciones no cabrían,
aun cuando pudieran expresarse de modo claro (¡aun cuando existieran!)
en una límpida frase satisfecha como la de Eco. El best-seller
es «un sueño realizado», mientras que la literatura
es un sueño en proceso; y es un sueño realizado también
en cuanto hace realidad el sueño de los escritores de ser ricos,
detalle que la publicidad no deja de destacar.
El segundo contraste está
en la mathesis, el saber o la información incorporados a
la novela. En la literatura, este saber siempre ha sido grande, pero siempre
ha estado desvalorizado al subordinarse a un mecanismo artístico,
en el que la verdad es sometida a una perspectiva. El saber abundante que
vehiculiza El nombre de la rosa no está desvalorizado en
absoluto, muy por el contrario está resaltado por la amenidad y
el buen didactismo. Tanto, que esta novela podría ser ideal para
quien quisiera iniciarse en el estudio de la cultura medieval. Lo mismo
sucede con todo best-seller bien hecho. (Por ejemplo las siguientes
novelas de Eco.)
Con lo que podemos terminar denunciando
otro equívoco frecuente, el de quienes afirman que el best-seller
es un atentado contra la cultura. Todo lo contrario. Si de cultura se trata,
de cultura general y útil, el best-seller es ideal. Leyéndolos
se aprende de historia, de economía, de política, de geografía,
siempre a elección y en forma entretenida y variada. Mientras que
leyendo genuina literatura no se adquiere más que cultura literaria,
que es la más inefectiva de todas. |