Los
gramscianos argentinos
Néstor
Kohan
Antonio
Gramsci (1891-1937) ha marcado a fuego a parte de nuestra cultura hasta
el día de hoy. Sus libros se conocieron antes en la Argentina que
en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos. El investigador argentino
Raúl Burgos abordó esa persistente influencia en su tesis
doctoral y lo acaba de publicar: Los gramscianos argentinos. Cultura
y política en la experiencia de Pasado y Presente (Siglo XXI
Argentina). Mientras analiza la herencia de Gramsci, el libro se centra
en la figura de José María «Pancho» Aricó
(1931-1991) y su grupo intelectual, del que también forma parte
Juan Carlos Portantiero.
La
investigación de Burgos constituye un proyecto demasiado ambicioso
para un solo libro. No obstante, aporta abundantes datos, entrevistas e
información valiosa. Su hipótesis de fondo —una de las más
discutibles— presupone una continuidad ininterrumpida de Pasado y Presente
a lo largo de cuatro décadas. La homogeneidad estaría en
el vínculo entre cultura y política, pero las opciones ideológicas
que separan el nacimiento del final son demasiado disímiles. Para
poder defender esa hipótesis, la reconstrucción de Burgos
termina excesivamente apegada a la historiografía oficial que los
protagonistas construyeron a posteriori sobre sí mismos.
Al
adoptar ese punto de vista, Burgos toma partido por las justificaciones
tardías de Aricó y Portantiero. Ejemplo: cada vez que hace
referencia a las posiciones radicalizadas escribe izquierda «revolucionaria»
con comillas que desaparecen cuando escribe izquierda democrática.
A
diferencia de quienes se aferran a títulos y cargos académicos
y no pueden esgrimir ideas propias, Aricó, máximo inspirador
del grupo, nunca terminó una carrera universitaria. Fue un apasionado
militante. Un autodidacta brillante. Un lector voraz. Quizás por
esa forma juvenil de vincular la teoría con la pasión política
contrariando las normas del campo intelectual construyó un pensamiento
propio.
La
primera difusión latinoamericana de Gramsci comienza con Héctor
Pablo Agosti (1911-1984) quien edita las cartas del italiano en 1950 y
los Cuadernos de la cárcel entre 1958 y 1962, mucho antes
que en el resto del mundo. Con su Echeverría (1951) Agosti
inicia la recepción productiva de Gramsci. Distante del revisionismo
histórico, rosista-peronista, y del liberalismo antiperonista, Echeverría
no glosa al italiano. Allí Agosti utiliza sus categorías
para comprender la cultura nacional y «la impotencia política
de la burguesía argentina»
Interlocutor
de Henri Lefebvre, Agosti fue el «padrino» intelectual del
joven Portantiero. Aricó, que vivía en Córdoba, se
vinculó con él poco después. Ambos fueron alentados
por Agosti, director de Cuadernos de Cultura, donde los dos jóvenes
comenzaron a escribir. En esa revista comunista, en 1957, Aricó
arremetió contra Rodolfo Mondolfo. En 1960 Portantiero hizo lo mismo
contra la nueva izquierda.
Pero
ambos jóvenes se hartaron del stalinismo. Así nació
—todavía dentro del PCA— Pasado y Presente, lo que motivó
su expulsión. El maestro, en cambio, se quedó a mitad de
camino. No se animó a enfrentar a Codovilla y a Ghioldi, los principales
dirigentes del PC. En ese gesto Agosti sacrificó lo más sugerente
de su brillante reflexión.
Pasado
y presente
Aricó,
Portantiero, Oscar del Barco, Héctor Schmucler y otros jóvenes
brillantes rompieron normas y jerarquías y fundaron una revista
que hará época. Frente al dogmatismo sectario y los prejuicios
antiintelectualistas, promovieron la libertad de discusión y el
marxismo heterodoxo, dialogando con lo más avanzado de la cultura.
Gramsci era el guía, mediado por la revolución cubana, el
Che Guevara y la ruptura chino-soviética. De fondo, el refinado
marxismo italiano ejercía su seducción.
Al
abrirse a la nueva izquierda Pasado y Presente marcó un derrotero
para la radicalización de varios intelectuales que pasaron de la
moderación del PCA a la experiencia de la lucha armada.
Uno
de los aspectos menos conocidos de Aricó y su grupo es su vinculación
con el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), dirigido por el periodista
argentino Jorge Ricardo Masetti. El EGP respondía a la dirección
política del Che Guevara, quien planeaba regresar a la Argentina.
Burgos aporta datos valiosísimos sobre este nexo orgánico.
Aunque no figura en el libro, sus compañeros recuerdan que Aricó
marchó a entrevistarse personalmente con Masetti. Casi se ahoga
al cruzar un río de corriente rápida. Se quedó atado
a un árbol y el agua le llegó hasta el pecho.
Tras
la derrota del EGP, Pasado y Presente realiza un viraje teórico.
Comienza a enfatizar la autonomía obrera del consejismo por sobre
la guerra revolucionaria. Ese cambio de orientación no fue explicado.
Allí emerge al primer plano una constante de este colectivo intelectual.
Aunque
en líneas generales sigue al pie de la letra la interpretación
oficial del grupo de Aricó, en un pasaje puntual Burgos toma distancia.
Cuestiona la ausencia de autocrítica en Pasado y Presente
entre el cuarto editorial, donde se apoya la insurgencia, y el predominio
posterior del obrerismo clásico. Se puede sospechar que fue algo
circunstancial. Sin embargo, refiriéndose más adelante al
apoyo a Alfonsín de los 80, Burgos llega a otra conclusión.
Allí describe las mutaciones y virajes políticos del grupo
caracterizados por un modo «autocomplaciente que consiste en criticar
posiciones asumidas como si no hubiesen sido propias, sin mencionar la
responsabilidad por las mismas». La falta de autocrítica tras
cada mutación, el ir saltando de posición en posición
(según la onda del momento), sin la necesaria explicación
intermedia, no quedó limitada al cuarto editorial. Fue un modo de
trabajo de mayor alcance.
La
Rosa Blindada
En
la tesis doctoral de Burgos no figura ni es citada la otra gran revista
de los 60: La Rosa Blindada, dirigida por José Luis Mangieri.
No es mencionada ni una sola vez en las 430 páginas. La Rosa
Blindada —también expulsada del PC— editó en la Argentina
libros de Gramsci y textos sobre su obra. Además, Aricó colaboró
estrechamente con Mangieri y llegó a prepararle varios volúmenes
de esa editorial y de ediciones Del Siglo. Todo esto, Burgos, centrado
en Aricó no lo menciona. No obstante, sin La Rosa Blindada,
no se puede comprender a fondo el contexto de Pasado y Presente.
Esta
omisión inexplicable se complementa con otras, como las investigaciones
del CICSO (Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales) que utilizaban
a Gramsci desde un ángulo distinto al de Portantiero y Aricó.
Tampoco aparecen textos producidos en la Argentina donde se estudia a Gramsci,
a Pasado y Presente o a la obra de Aricó desde una perspectiva
distinta a la historiografía oficial del Club de Cultura Socialista.
El
último de sus primeros nueve números sale en septiembre de
1965. Con la crisis de la revista se consolida la decisión de no
formar una agrupación política (como intentó Portantiero
con Vanguardia Revolucionaria-VR). Comienza la búsqueda de su propio
perfil, a mitad de camino entre la política y la cultura. El grupo
termina como proveedor de ideología, portador de ideas sin sujeto,
consejero a la distancia y como una corriente organizada de opinión.
Quizás
gran parte de los sinsabores, equívocos y amarguras que este segmento
intelectual fue padeciendo en sus sucesivas —heteróclitas y hasta
encontradas— apuestas políticas tengan que ver con ese deambular
en busca de un escurridizo sujeto político. Aunque esos disgustos
fueron muchos, el mayor de todos se debió a los tropezones del gobierno
de Raúl Alfonsín que ellos fielmente acompañaron.
Las
editoriales de Aricó
El
aplastamiento que impuso la dictadura de Onganía no aplacó
la voluntad de Aricó. Así fundó primero EUDECOR (Editorial
Universitaria de Córdoba) y luego GARFIO (nombre irónico
sobre las ediciones piratas). De allí en más, desde marzo
de 1968, nacen los legendarios Cuadernos de Pasado y Presente. Su
aporte más perdurable. Se publicaron 98 títulos marxistas,
heterodoxos y radicales.
Más
tarde, nacen la editorial Signos y luego Siglo XXI Argentina. En esta última
aparecerá una edición crítica en ocho volúmenes
de El Capital de Marx que supera cualquier otra edición.
Allí Aricó dirigió la Biblioteca del pensamiento socialista.
Uno
de los mejores tramos de Burgos está centrado en el debate entre
Cátedras nacional-peronistas y Cátedras marxistas. En ese
marco de radicalización, Aricó y Portantiero se vinculan
con Montoneros y las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias). Con Cámpora,
regresa la revista Pasado y Presente. Apoya el consejismo de Gramsci
y a Montoneros.
Y
vino la represión, el golpe de 1976 y el genocidio. Aricó
se exilia en México, donde produce dos excelentes estudios: una
extensa introducción a Mariátegui y los orígenes
del marxismo latinoamericano (junio de 1978) y Marx y América
Latina (marzo de 1980).
Estas
relecturas seguían inspirándose en la heterodoxia del marxismo.
Aricó recupera a Mariátegui, el principal marxista de América
latina anterior a Guevara, leyéndolo en paralelo con Gramsci. En
el caso de Marx, indaga sobre los obstáculos que le impidieron comprender
mejor a Bolívar y a la historia latinoamericana, a pesar de haber
roto con el europeísmo. Ambos textos son imprescindibles.
Por
esos años, la izquierda en México recibe el impacto de la
izquierda moderada europea, en crisis por sus frustraciones electorales.
En el grupo de Aricó y Portantiero comienza a ganar terreno el rechazo
de toda opción radical y el distanciamiento de la otrora admirada
Cuba.
Aunque
Burgos se permite algunas pocas observaciones críticas, su investigación
se mimetiza con su objeto de estudio y termina siendo condescendiente con
este viraje político. Al tratar de rechazar las impugnaciones que
Pablo González Casanova, Atilio Borón, James Petras, Agustín
Cueva y otros cientistas sociales realizaron frente a esa mutación
política, Burgos intenta amalgamar procesos muy distintos.
Por
ejemplo, asimila la reevaluación sobre Marx y Mariátegui
con la conversión socialdemócrata. Como si de esos libros
de Aricó —muy originales— se dedujera el apoyo entusiasta a Felipe
González o Raúl Alfonsín.
Malvinas
y Alfonsín
La
reflexión teórica de alto vuelto sobre Marx y Mariátegui
no tuvo equivalencia a la hora de las cuestiones políticas más
mundanas.
Así
lo corroboró León Rozitchner en su libro Las Malvinas:
de la guerra «sucia» a la guerra «"limpia»
(Caracas, 1982) donde crítica sin piedad el fervor con que el grupo
de Aricó y Portantiero apoyó desde México la guerra
de Malvinas. Años más tarde, en Punto de vista (N°
28, 1986), Emilio de Ipola reconoció que la crítica de Rozitchner
era justa.
Rozitchner
escribió: «Un intelectual tendría que dar cuenta de
sus tránsitos y sus desvíos, para que comprendamos sus nuevas
propuestas». Aunque Burgos termina cediendo a la historia oficial
del grupo, no deja de reconocer esa crítica.
Burgos
trata de defender esa nueva moderación política postulando
un supuesto descubrimiento teórico: la «cuestión democrática».
El
grupo de Pasado y Presente construyó relatos legitimantes
desconociendo debilidades estructurales de nuestra democracia (retirada
ordenada de los dictadores derrotados en Malvinas, instituciones políticas
subordinadas a la lógica neoliberal, acuerdo entre los viejos partidos
tradicionales y los militares para garantizar la impunidad, etcétera).
Convertido en Club de Cultura Socialista postuló un supuesto «pacto
democrático» (basado en el puro consenso y en el «contrato»)
que encubría la imposición del modelo neoliberal. Gran parte
de las falencias estructurales de nuestro régimen institucional
—repudiadas en el popular «que se vayan todos»— son hijas no
deseadas de esa gestación.
Pero
el Club de Cultura miró para otro lado. Se empecinó en apoyar
aún más a Alfonsín, formando parte del «grupo
Esmeralda» de consejeros presidenciales. Incluso avalaron las leyes
de Obediencia debida y Punto final que garantizaron la impunidad. Algunos
miembros del Club terminaron decretando, a espaldas de sus producciones
juveniles, el supuesto «declive» de Antonio Gramsci.
Catorce
años después de la muerte de Aricó, es necesario hacer
un balance. El libro de Burgos puede ayudar, aunque quizás sea demasiado
apologético.
La
distancia permite un beneficio de inventario con aquel Aricó de
la vejez que archivó la rebeldía juvenil y la originalidad
gramsciana en aras de la «gobernabilidad» y los fantasmagóricos
«pactos institucionales».
Aunque
ese Aricó sea hoy olvidable, existen enseñanzas de su juventud
que siguen palpitando: su actitud mental y su modo de ubicarse en la política,
la cultura y el campo intelectual.