Susan
Sontag, la incómoda conciencia
«Así
como esta ciudad es realmente una
estratificación de ciudades. Detrás de las
múltiples capas de dolor, procurad conectaros
con el anhelo exclusivo de placer que opera
incluso en la violencia de calles y lechos».
Susan Sontag
Gabriela
Valenzuela
«Embellecer
es una operación clásica de la cámara, y tiende a
bloquear la respuesta moral del espectador. Afear, mostrar la peor apariencia
de algo, es una función más moderna: es didáctica,
convoca una respuesta activa», explica Susan Sontag en su último
libro Ante el dolor de los demás (2003), una vasta colección
de fotografías sobre los desastres y el dolor que las guerras recientes
causan a los seres humanos que las sufren. Mujer de mil facetas, apasionada
de la sociología aplicada a la enfermedad lo mismo que de la literatura
como arte, la fotografía es también un campo que le debe
gran reconocimiento pues supo ver, a través de la lente, lo que
para muchos no es sino imagen fortuita. La frase que reproducimos pareciera
recoger en unas cuantas palabras su poética particular, la que la
caracterizará siempre no sólo en cuanto fotógrafa
o ensayista, sino también como narradora.
En varias de las
últimas entrevistas que concedió, Sontag dejó en claro
que, si bien libros suyos como Contra la interpretación o
El sida y sus metáforas podían ser los más
difundidos, lo que más le importaba dejar en claro era que ella
era, ante todo, escritora de ficción. La gran mayoría de
los estudios sobre sus novelas, cuentos y obras de teatro coinciden en
señalar que esta autora se valió siempre de la expresión
artística como una forma para impulsar la que ella consideraba la
tarea fundamental de la literatura: «luchar contra las simplificaciones
y exponer la complejidad» de la realidad del ser humano. Pero esta
tarea fundamental, para Susan Sontag, no podía estar exenta del
elemento que permea toda su obra: la crítica social, la denuncia
de la desigualdad, el deber moral del escritor de prestar su voz a los
que se han quedado sin voz. Ante el dolor de los demás es,
ya desde el título, el mejor ejemplo. Sin embargo, su obra de ficción
tampoco deja fuera a esos personajes de larga tradición en la literatura
mundial, los marginados sociales.
Curiosamente, el
marginado social no es, por así decirlo, el prototipo del protagonista
en las historias de Susan Sontag. En El amante del volcán,
quizá su novela más conocida, el personaje principal, el
Cavaliere, es todo menos un marginado social típico: embajador inglés
en Nápoles a finales del siglo XVIII, coleccionista de gustos refinados,
tal vez no extraordinariamente rico pero sin grandes problemas de dinero.
Es de esperar que los personajes que lo rodean en su vida cotidiana (su
primera esposa, los reyes, sus familiares) pertenezcan, de igual modo,
a una clase social acomodada. Sus escenarios son los ricos palacios y las
cómodas villas de los nobles, y la pasión en sus distintas
manifestaciones –la del coleccionista, la de la esposa fiel, la de los
amantes jóvenes– se presenta como el tema rector de todo el relato...
hasta que el lector recuerda, o descubre, que, tratándose de una
autora como ésta, ninguna oportunidad se desaprovecha para hacer
que la literatura «cumpla» con su misión.
Como espiando detrás
de los pesados cortinajes de terciopelo, una y otra vez aparecen situaciones,
frases y personajes que contrastan con la atmósfera de lujo y pulcritud
en la que transcurre la vida del amante del Vesubio. Ya desde el momento
en el que el Cavaliere «entra» en escena montado en el carruaje
que lo llevará de vuelta a Nápoles desde Inglaterra, su mundo
de inmaculada magnificencia contrasta con el exterior amenazante, diferente...
«La suciedad, el hedor, el ruido son [...] como la sombra del carruaje
que al pasar oscurece los paneles de vidrio de la fachada de los comercios».
En pocas palabras, la pobreza es, para los personajes que no la viven,
nada más que una sombra ocasional que se puede ignorar porque pasará
sin más. El mundo del Cavaliere se metaforiza en ese carruaje acojinado,
en «aquel interior transportable y perfumado, forrado de suficientes
aprestos de privilegio como para tener ocupados los sentidos, [que] dice:
No mires. No hay nada afuera digno de mirar».
El estatus social
del Cavaliere y los demás personajes de El amante del volcán
es pues la representación de la conciencia burguesa (de ese entonces
y de hoy día) que no quiere ni voltear a ver a quienes están
por debajo de ellos. Es la confesión descarnada de Eleonora, la
dama portuguesa de la corte, la que deja de manifiesto, en las últimas
páginas del libro, la existencia de lo que ella llama abiertamente
«el dolor del pueblo», cuando el mundo de la Europa anterior
a la Revolución francesa «sólo era espléndido
para los ricos, sólo resultaba gratificador si uno no reflexionaba
sobre la vida de los pobres». De manera irónica, es el propio
rey el que más se acerca a la comprensión de esa diferencia
con sus súbditos más humildes pues, como el mismo narrador
dice, el rey no actúa como rey. Esto, claro está, rompe con
lo que se espera de él, con lo que los ciudadanos de valor esperan
de él: un rey que encarne la diferencia innata entre alguien de
la realeza y un plebeyo cualquiera, no un bromista pesado que, para «relajarse»,
se quita la corona y agarra un plumero para sacudir los candiles de su
sala del trono.
Susan Sontag se
hizo conocer como una de las conciencias de Estados Unidos, como una de
esas voces incómodas a las que sistemáticamente se quisiera
callar, pero lo que hemos mostrado respecto de El amante... no justificaría
tal aversión por mucho que los personajes representen a las clases
pudientes de cualquier parte del mundo. Una aversión que incluso
pedía se le despojara de la ciudadanía norteamericana...
Decíamos que no sólo en sus ensayos se reflejaba esta perpetua
crítica a un sistema que ha llevado a la pobreza a millones, sino
que esto también estaba presente en su narrativa. ¿En dónde?
Yo, etcétera
es un libro de cuentos de finales de los años setenta, sin duda
incómodos para la sociedad citadina en la que se sitúan:
la de Nueva York, la ciudad más rica del mundo, el ideal para muchos,
pero también en donde se puede encontrar la miseria más absoluta,
donde un joven de raza negra vive menos años que en las zonas más
desoladas de África... (como bien lo señala el «gemelo»
intelectual de Sontag, Noam Chomsky). Los personajes de Yo, etcétera,
los «etcéteras» no son reyes ni embajadores, aunque
tampoco son todos representantes del cuarto mundo. Al igual que lo hace
en El amante..., hay a menudo en los relatos un protagonista aparente,
de clase media o acomodada, y uno o varios protagonistas verdaderos, indigentes,
malechores, huérfanos, sirvientes... escoria solitaria. Del mismo
modo juegan los escenarios: el penthouse en Manhattan contra un
callejón en el Bronx, un vecindario de clase media en contraste
con un prostíbulo de mala muerte...
En «Declaración»,
Sontag toma como protagonista a una mujer adinerada sentada en una banca
en Central Park, que reflexiona sobre nimiedades como el hecho de que una
hoja haya caído junto a otra y no un metro más allá.
Julia es el guía del relato, el Virgilio que acompaña a un
Dante (el narrador) que a su vez representa a otros personajes con mayor
peso narrativo y representativo. En este caso, las cuatro Doris (la sirvienta
de Julia, la hija, la nieta y la bisnieta) y la realidad de sus grupos
sociales: Doris I, la que lleva una bolsa con ropa vieja que no puede ser
obsequio de su patrona porque ésta –Julia– es tan tacaña
que ni siquiera gasta en una comida decente; Doris III, la mujer que va
a visitar a la penitenciaría a su única hija de veintidós
años, quien está cumpliendo con una tercera sentencia por
ejercer la prostitución. La referencia a esta Doris IV es una moderna
y dolorosa nueva imagen de Sísifo: cargando su inmensa roca, la
de la pobreza que le ha acompañado siempre y que no la abandonará
jamás, es el ser condenado a no cambiar nunca. «Después
de salir de la cárcel, la hija de Doris III intenta dejar la mala
vida. Pero no puede darse ese lujo, todo se ha encarecido demasiado».
En un lugar donde el sistema del dinero pone a cada quien en su lugar,
cambiar la propia vida es imposible: tanto tienes, tanto vales.
Si bien en este
cuento la autora toma una fotografía de la realidad social sin embellecerla
en lo absoluto, en otras tres historias se da a la tarea de afear la situación
para buscar la respuesta activa de su lector... y seguramente la consigue.
«El muñeco» y «Dr. Jekyll» presentan a dos
personajes hermanados por la misma situación: la de ya no soportar
la comodidad de su vida burguesa y recurrir al polo extremo para sobrellevarla,
el polo de la miseria. El doctor Jekyll es un profesionista de clase media
alta que ve en su doble, el misterioso Hyde, el ideal que no puede alcanzar.
Pero a diferencia de los personajes de Stevenson, en este caso lo que Jekyll
admira no es una característica personal, no es el carácter
atrevido ni la maldad sacada a flote; es la situación social antiburguesa
de Hyde lo que desea: la libertad de la falta de dinero, una vida no programada
de acuerdo a lo que es politically correct.
Sontag cuestiona
así el anhelo común y corriente de casi todo ser humano:
tener dinero para hacer lo que se le venga en gana. Craso error: en la
fotografía de aquellos que han conquistado el american dream
se revela la amarga verdad de que el dinero no da libertad, la quita. El
dinero y el prestigio con él conseguido condenan a un individuo
a hacer lo que sus semejantes (en posición económica) esperan
que haga: comportarse así, vestir asá, vivir allá.
El ponderado ejemplo a seguir del hombre pobre que con esfuerzo hace una
fortuna no resulta, al final, tan apetecible... Si no, pregúntenle
al dueño de «El muñeco», a ese hombre en una
situación intolerable que construye otro sueño del sistema
que hace de la tecnología su nuevo dios, un robot capaz de sustituirlo
en todo, desde el trabajo hasta en la cama con su esposa. El creador del
muñeco es un hombre como todos, un ciudadano americano ejemplar...
sólo que está harto de serlo. Su confesión puede resultar
impactante si el hartazgo de ser persona no es del todo desconocido para
quien lee su historia: «Si he de continuar siendo persona, la vida
de la escoria solitaria es la única tolerable». Es el manifiesto
del Cuarto Mundo de Joseph Wresinski, el testimonio de una extraña,
ilógica (para la conciencia burguesa) felicidad: la renuncia a todo
lo material pero sin implicaciones religiosas, la conciencia de vivir sólo
porque se respira y se duerme. «Me he deslizado hasta el fondo del
mundo», dice el padre del muñeco. «Ahora duermo en cualquier
parte: en posadas de mala muerte, en el metro, en callejones y portales.
Ya no me molesto en ir a pedirle mi cheque al muñeco porque no hay
nada que desee comprar. Mis ropas están desgarradas y manchadas».
Ya no es sólo
la visión de la pobreza lo que estos relatos exigen del lector,
sino algo más que la fotografía tiene limitado de forma general,
y esto es el uso de los sentidos. La pobreza se ve, la miseria se testifica,
una fotografía es visión y testimonio. Pero una buena narración
no sólo hace ver: hace sentir, hace probar, hace oler. Sobre todo
eso, oler. El sentido del olfato tiene un papel destacado en los dos libros
a los que nos hemos referido, El amante... y Yo, etcétera.
Para ver no es necesario estar en el lugar; se puede recurrir a la televisión
y a la fotografía. Pero para oler hay que estar en el sitio, hay
que tener presente, cerca, al alcance de la mano esa miseria de la que
se quiere escapar. La pobreza tiene olor y todo mundo lo conoce... como
todo mundo conoce el olor de la basura, aunque la propia sea «la
basura más limpia de la manzana».
«Espíritus
norteamericanos» es un cuento así. De olores. El del perfume
de la lascivia de su protagonista. Y es también el cuento más
directo y más doloroso. No sólo desde el título, clara
señalización al orgullo gringo. Más aún por
el estereotipo al que señala la señorita Carichata: «la
señora de Jim Johnson, esposa y madre de tres criaturas, jefa de
distrito de la Asociación de Boy Scouts, vicepresidenta de la Asociación
de Padres y Maestros de la escuela de Green Grove...». En pocas palabras,
la perfecta mujer clasemediera, esposa fiel y abnegada madre, quien de
un momento a otro decide dejar su idílica vida por... por la paz
espiritual y la vitalidad que le da el mal llamado oficio más antiguo,
la prostitución. ¡Tremendos golpes! Los ideales de la sociedad
occidental –el hombre trabajador, la mujer abnegada– quedan, después
de pasar por la pluma de esta escritora, convertidos en ese vagabundo pestilente
al que el peatón le da la vuelta, o en esa prostituta envejecida
que casi tiene que desnudarse para conseguir un cliente.
Sontag, como Molière
o Ibsen en sus siglos correspondientes, tienen algo en común: sus
obras eran de una maestría innegable, pero resultaban terriblemente
incómodas para la sociedad que les daba origen porque eran un espejo
de la verdad que no ocultaba sus defectos. Las concepciones literarias
de los tres no apostaban por el placer estético de la belleza, sino
que creían en el efecto didáctico de la exposición
de la fealdad, de mostrar las cosas, las situaciones, los rostros tal como
son, aunque el efecto sea más bien harto amargo. A nadie le gusta
ver lo que duele, a ninguna sociedad le gusta que le recuerden que no es
perfecta... ¿Todavía es necesario preguntar por qué
Susan Sontag era la incómoda conciencia norteamericana?
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