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29 de junio de 2005
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Susan Sontag, la incómoda conciencia
«Así como esta ciudad es realmente una
estratificación de ciudades. Detrás de las
múltiples capas de dolor, procurad conectaros
con el anhelo exclusivo de placer que opera
incluso en la violencia de calles y lechos».
Susan Sontag
Gabriela Valenzuela
«Embellecer es una operación clásica de la cámara, y tiende a bloquear la respuesta moral del espectador. Afear, mostrar la peor apariencia de algo, es una función más moderna: es didáctica, convoca una respuesta activa», explica Susan Sontag en su último libro Ante el dolor de los demás (2003), una vasta colección de fotografías sobre los desastres y el dolor que las guerras recientes causan a los seres humanos que las sufren. Mujer de mil facetas, apasionada de la sociología aplicada a la enfermedad lo mismo que de la literatura como arte, la fotografía es también un campo que le debe gran reconocimiento pues supo ver, a través de la lente, lo que para muchos no es sino imagen fortuita. La frase que reproducimos pareciera recoger en unas cuantas palabras su poética particular, la que la caracterizará siempre no sólo en cuanto fotógrafa o ensayista, sino también como narradora.

En varias de las últimas entrevistas que concedió, Sontag dejó en claro que, si bien libros suyos como Contra la interpretación o El sida y sus metáforas podían ser los más difundidos, lo que más le importaba dejar en claro era que ella era, ante todo, escritora de ficción. La gran mayoría de los estudios sobre sus novelas, cuentos y obras de teatro coinciden en señalar que esta autora se valió siempre de la expresión artística como una forma para impulsar la que ella consideraba la tarea fundamental de la literatura: «luchar contra las simplificaciones y exponer la complejidad» de la realidad del ser humano. Pero esta tarea fundamental, para Susan Sontag, no podía estar exenta del elemento que permea toda su obra: la crítica social, la denuncia de la desigualdad, el deber moral del escritor de prestar su voz a los que se han quedado sin voz. Ante el dolor de los demás es, ya desde el título, el mejor ejemplo. Sin embargo, su obra de ficción tampoco deja fuera a esos personajes de larga tradición en la literatura mundial, los marginados sociales.

Curiosamente, el marginado social no es, por así decirlo, el prototipo del protagonista en las historias de Susan Sontag. En El amante del volcán, quizá su novela más conocida, el personaje principal, el Cavaliere, es todo menos un marginado social típico: embajador inglés en Nápoles a finales del siglo XVIII, coleccionista de gustos refinados, tal vez no extraordinariamente rico pero sin grandes problemas de dinero. Es de esperar que los personajes que lo rodean en su vida cotidiana (su primera esposa, los reyes, sus familiares) pertenezcan, de igual modo, a una clase social acomodada. Sus escenarios son los ricos palacios y las cómodas villas de los nobles, y la pasión en sus distintas manifestaciones –la del coleccionista, la de la esposa fiel, la de los amantes jóvenes– se presenta como el tema rector de todo el relato... hasta que el lector recuerda, o descubre, que, tratándose de una autora como ésta, ninguna oportunidad se desaprovecha para hacer que la literatura «cumpla» con su misión.

Como espiando detrás de los pesados cortinajes de terciopelo, una y otra vez aparecen situaciones, frases y personajes que contrastan con la atmósfera de lujo y pulcritud en la que transcurre la vida del amante del Vesubio. Ya desde el momento en el que el Cavaliere «entra» en escena montado en el carruaje que lo llevará de vuelta a Nápoles desde Inglaterra, su mundo de inmaculada magnificencia contrasta con el exterior amenazante, diferente... «La suciedad, el hedor, el ruido son [...] como la sombra del carruaje que al pasar oscurece los paneles de vidrio de la fachada de los comercios». En pocas palabras, la pobreza es, para los personajes que no la viven, nada más que una sombra ocasional que se puede ignorar porque pasará sin más. El mundo del Cavaliere se metaforiza en ese carruaje acojinado, en «aquel interior transportable y perfumado, forrado de suficientes aprestos de privilegio como para tener ocupados los sentidos, [que] dice: No mires. No hay nada afuera digno de mirar».

El estatus social del Cavaliere y los demás personajes de El amante del volcán es pues la representación de la conciencia burguesa (de ese entonces y de hoy día) que no quiere ni voltear a ver a quienes están por debajo de ellos. Es la confesión descarnada de Eleonora, la dama portuguesa de la corte, la que deja de manifiesto, en las últimas páginas del libro, la existencia de lo que ella llama abiertamente «el dolor del pueblo», cuando el mundo de la Europa anterior a la Revolución francesa «sólo era espléndido para los ricos, sólo resultaba gratificador si uno no reflexionaba sobre la vida de los pobres». De manera irónica, es el propio rey el que más se acerca a la comprensión de esa diferencia con sus súbditos más humildes pues, como el mismo narrador dice, el rey no actúa como rey. Esto, claro está, rompe con lo que se espera de él, con lo que los ciudadanos de valor esperan de él: un rey que encarne la diferencia innata entre alguien de la realeza y un plebeyo cualquiera, no un bromista pesado que, para «relajarse», se quita la corona y agarra un plumero para sacudir los candiles de su sala del trono.

Susan Sontag se hizo conocer como una de las conciencias de Estados Unidos, como una de esas voces incómodas a las que sistemáticamente se quisiera callar, pero lo que hemos mostrado respecto de El amante... no justificaría tal aversión por mucho que los personajes representen a las clases pudientes de cualquier parte del mundo. Una aversión que incluso pedía se le despojara de la ciudadanía norteamericana... Decíamos que no sólo en sus ensayos se reflejaba esta perpetua crítica a un sistema que ha llevado a la pobreza a millones, sino que esto también estaba presente en su narrativa. ¿En dónde?

Yo, etcétera es un libro de cuentos de finales de los años setenta, sin duda incómodos para la sociedad citadina en la que se sitúan: la de Nueva York, la ciudad más rica del mundo, el ideal para muchos, pero también en donde se puede encontrar la miseria más absoluta, donde un joven de raza negra vive menos años que en las zonas más desoladas de África... (como bien lo señala el «gemelo» intelectual de Sontag, Noam Chomsky). Los personajes de Yo, etcétera, los «etcéteras» no son reyes ni embajadores, aunque tampoco son todos representantes del cuarto mundo. Al igual que lo hace en El amante..., hay a menudo en los relatos un protagonista aparente, de clase media o acomodada, y uno o varios protagonistas verdaderos, indigentes, malechores, huérfanos, sirvientes... escoria solitaria. Del mismo modo juegan los escenarios: el penthouse en Manhattan contra un callejón en el Bronx, un vecindario de clase media en contraste con un prostíbulo de mala muerte...

En «Declaración», Sontag toma como protagonista a una mujer adinerada sentada en una banca en Central Park, que reflexiona sobre nimiedades como el hecho de que una hoja haya caído junto a otra y no un metro más allá. Julia es el guía del relato, el Virgilio que acompaña a un Dante (el narrador) que a su vez representa a otros personajes con mayor peso narrativo y representativo. En este caso, las cuatro Doris (la sirvienta de Julia, la hija, la nieta y la bisnieta) y la realidad de sus grupos sociales: Doris I, la que lleva una bolsa con ropa vieja que no puede ser obsequio de su patrona porque ésta –Julia– es tan tacaña que ni siquiera gasta en una comida decente; Doris III, la mujer que va a visitar a la penitenciaría a su única hija de veintidós años, quien está cumpliendo con una tercera sentencia por ejercer la prostitución. La referencia a esta Doris IV es una moderna y dolorosa nueva imagen de Sísifo: cargando su inmensa roca, la de la pobreza que le ha acompañado siempre y que no la abandonará jamás, es el ser condenado a no cambiar nunca. «Después de salir de la cárcel, la hija de Doris III intenta dejar la mala vida. Pero no puede darse ese lujo, todo se ha encarecido demasiado». En un lugar donde el sistema del dinero pone a cada quien en su lugar, cambiar la propia vida es imposible: tanto tienes, tanto vales.

Si bien en este cuento la autora toma una fotografía de la realidad social sin embellecerla en lo absoluto, en otras tres historias se da a la tarea de afear la situación para buscar la respuesta activa de su lector... y seguramente la consigue. «El muñeco» y «Dr. Jekyll» presentan a dos personajes hermanados por la misma situación: la de ya no soportar la comodidad de su vida burguesa y recurrir al polo extremo para sobrellevarla, el polo de la miseria. El doctor Jekyll es un profesionista de clase media alta que ve en su doble, el misterioso Hyde, el ideal que no puede alcanzar. Pero a diferencia de los personajes de Stevenson, en este caso lo que Jekyll admira no es una característica personal, no es el carácter atrevido ni la maldad sacada a flote; es la situación social antiburguesa de Hyde lo que desea: la libertad de la falta de dinero, una vida no programada de acuerdo a lo que es politically correct.

Sontag cuestiona así el anhelo común y corriente de casi todo ser humano: tener dinero para hacer lo que se le venga en gana. Craso error: en la fotografía de aquellos que han conquistado el american dream se revela la amarga verdad de que el dinero no da libertad, la quita. El dinero y el prestigio con él conseguido condenan a un individuo a hacer lo que sus semejantes (en posición económica) esperan que haga: comportarse así, vestir asá, vivir allá. El ponderado ejemplo a seguir del hombre pobre que con esfuerzo hace una fortuna no resulta, al final, tan apetecible... Si no, pregúntenle al dueño de «El muñeco», a ese hombre en una situación intolerable que construye otro sueño del sistema que hace de la tecnología su nuevo dios, un robot capaz de sustituirlo en todo, desde el trabajo hasta en la cama con su esposa. El creador del muñeco es un hombre como todos, un ciudadano americano ejemplar... sólo que está harto de serlo. Su confesión puede resultar impactante si el hartazgo de ser persona no es del todo desconocido para quien lee su historia: «Si he de continuar siendo persona, la vida de la escoria solitaria es la única tolerable». Es el manifiesto del Cuarto Mundo de Joseph Wresinski, el testimonio de una extraña, ilógica (para la conciencia burguesa) felicidad: la renuncia a todo lo material pero sin implicaciones religiosas, la conciencia de vivir sólo porque se respira y se duerme. «Me he deslizado hasta el fondo del mundo», dice el padre del muñeco. «Ahora duermo en cualquier parte: en posadas de mala muerte, en el metro, en callejones y portales. Ya no me molesto en ir a pedirle mi cheque al muñeco porque no hay nada que desee comprar. Mis ropas están desgarradas y manchadas».

Ya no es sólo la visión de la pobreza lo que estos relatos exigen del lector, sino algo más que la fotografía tiene limitado de forma general, y esto es el uso de los sentidos. La pobreza se ve, la miseria se testifica, una fotografía es visión y testimonio. Pero una buena narración no sólo hace ver: hace sentir, hace probar, hace oler. Sobre todo eso, oler. El sentido del olfato tiene un papel destacado en los dos libros a los que nos hemos referido, El amante... y Yo, etcétera. Para ver no es necesario estar en el lugar; se puede recurrir a la televisión y a la fotografía. Pero para oler hay que estar en el sitio, hay que tener presente, cerca, al alcance de la mano esa miseria de la que se quiere escapar. La pobreza tiene olor y todo mundo lo conoce... como todo mundo conoce el olor de la basura, aunque la propia sea «la basura más limpia de la manzana».

«Espíritus norteamericanos» es un cuento así. De olores. El del perfume de la lascivia de su protagonista. Y es también el cuento más directo y más doloroso. No sólo desde el título, clara señalización al orgullo gringo. Más aún por el estereotipo al que señala la señorita Carichata: «la señora de Jim Johnson, esposa y madre de tres criaturas, jefa de distrito de la Asociación de Boy Scouts, vicepresidenta de la Asociación de Padres y Maestros de la escuela de Green Grove...». En pocas palabras, la perfecta mujer clasemediera, esposa fiel y abnegada madre, quien de un momento a otro decide dejar su idílica vida por... por la paz espiritual y la vitalidad que le da el mal llamado oficio más antiguo, la prostitución. ¡Tremendos golpes! Los ideales de la sociedad occidental –el hombre trabajador, la mujer abnegada– quedan, después de pasar por la pluma de esta escritora, convertidos en ese vagabundo pestilente al que el peatón le da la vuelta, o en esa prostituta envejecida que casi tiene que desnudarse para conseguir un cliente.

Sontag, como Molière o Ibsen en sus siglos correspondientes, tienen algo en común: sus obras eran de una maestría innegable, pero resultaban terriblemente incómodas para la sociedad que les daba origen porque eran un espejo de la verdad que no ocultaba sus defectos. Las concepciones literarias de los tres no apostaban por el placer estético de la belleza, sino que creían en el efecto didáctico de la exposición de la fealdad, de mostrar las cosas, las situaciones, los rostros tal como son, aunque el efecto sea más bien harto amargo. A nadie le gusta ver lo que duele, a ninguna sociedad le gusta que le recuerden que no es perfecta... ¿Todavía es necesario preguntar por qué Susan Sontag era la incómoda conciencia norteamericana?

 
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