En
la escuela de la destrucción
Entrevista
con Elfriede Jelinek
Como ella no se
sentía preparada para enfrentar la carrera musical a que la destinaba
la tiranía de su madre, Elfriede Jelinek, Premio Nobel de literatura
de 2004, asumió la escritura como quien asume una religión.
No cabe duda que la complejidad de su historia familiar contribuyó
a esa fe profana por la literatura. Hija tardía de un padre judío,
checo, rojo, muerto loco; y una madre burguesa, austríaca y católica,
que se sumergió también en la demencia.
Elfriede Jalinek,
de 58 años, ha hecho de su revuelta, de su dolor de hija bajo la
dominación maternal, una pasión y de la escritura, un arma.
Aunque en su discurso de recepción del premio Nóbel que ella
pronunció sola, en su casa, ante las cámaras suecas, precisó
que esta arma del lenguaje «no hace brotar sangre, solamente palabras».
Desde sus primeros
libros traducidos al francés (Les Exclus, Lust, La
pianiste) hasta sus obras más recientes (Avidité)
o sus obras de teatro (Maladie ou Femmes modernes, Ce qui arriva
quand Nora quitta son mari) se descubre una escritura tejida de referencias
culturales, de crudeza verbal, de rupturas, de fulgores literarios y de
un humor devastador nacido de la cohabitación de todos esos registros.
Todo es bueno a Elfriede Jelinek para denunciar las desigualdades, incluida
la dominación masculina. La violencia de sus libros ha sido bastante
estigmatizada, comparándola con la de Thomas Bernhard, otro gran
escritor austríaco que, como ella, detesta su país.
–«Yo escribo
sobre lo que está destruido». ¿Esta frase encuentra
su origen en vuestra infancia?
–Se puede incluso
decir que yo estuve en la escuela de la destrucción. Soy una verdadera
experta en ese dominio. Habría que decir que mis padres no podían
tener hijos por lo menos hasta antes de 1945. Mi padre tenía casi
50 años y mi madre 43 cuando yo nací. Sus vidas estaban encaminadas.
Mi llegada hizo explotar todo. Hizo saltar la familia. Una bomba. La misma
que yo lanzo ahora a la sociedad. Transmito actualmente, por decirlo de
alguna manera, lo que siempre fui.
–¿Su genealogía parece complicada?
–En Viena, en la
parte oriental de Austria, la mayor parte de gentes son producto de una
mezcla de etnias y de religiones debidas a las migraciones. En mi caso
la amalgama es judía, balcánica y checa. Yo siento una presencia
eslava bastante fuerte en lo que escribo, esa tradición de Kafka,
de Karl Kraus, que viene de los judíos alemanes del Este... El escritor
Peter Turrini dijo un día que los austríacos quisieran ser
pastores alemanes pero no son más que insignificantes bastardos
de compañía...
–Vuestros padres,pertenecientes a medios sociales diferentes se casaron en 1927. ¿Este
hecho fue difícil, duro de vivir?
–Podría
casi hablarse de un desgarramiento. Como si una suerte de esquizofrenia
familiar se hubiera instalado en el medio ateo, comprometido con la izquierda
de mi padre, y en el medio de la gran burguesa católica que era
mi madre. Aunque por esos años ya no quedaba gran cosa a la gran
burguesa, salvo algunos bienes inmobiliarios y la villa familiar. La familia
había perdido mucho dinero en los préstamos de guerra. Pero
la altivez del rango se mantenía. Siendo niña viví
desgarrada entre esos dos polos, pero al mismo tiempo es algo que me ha
servido bastante como inspiración.
–¿Su padre fue obrero?
–No. Él fue un científico. Él estudió química. Por
el hecho de «la impureza de su raza» vivió cosas terribles
en la facultad y luego fue obligado a ejercer el servicio obligatorio.
Pero como protegido por mi madre, era más bien un trabajador forzado
de lujo cuya vida no estaba amenazada. Como químico tenía
un buen desempeño, pero tuvo que hacer descubrimientos importantes
por cuenta de los nazis, lo que para él, resistente al nazismo y
judío, tuvo, forzosamente, repercusiones catastróficas.
Siempre traté
de acercarme a él. Era un hombre sensible, inteligente, cultivado,
artista. Pero sigue siendo un extraño para mí. No solamente
porque mi madre no dejaba que me aproximara, sino porque la enfermedad
mental se le declaró justo cuando yo tenía la edad como para
poder entenderme con él. Por eso siempre he estado a la búsqueda
de una instancia paternal. Pero era mi madre el elemento dominante, esta
madre demasiado, excesivamente fuerte.
–¿Su padre al menos le habrá dejado algunos recuerdos esenciales?
–Cuando aún
yo era demasiado joven me llevaba –a una edad donde solamente podía
percibir las cosas con espanto, sin análisis- a ver documentales
que mostraban los campos a su liberación, con montañas de
cadáveres, amontonamientos gigantescos de seres humanos semi muertos
de hambre, totalmente destruidos. Un choque para mí. Pero mi padre
me infunde bastante temprano un deber de conciencia: ayudar a que algo
parecido no se reproduzca jamás. Era uno de los raros casos en que
lograba imponerse a mi madre. Eso y el desfile del 1° Mayo en el Ring,
desde donde pude seguir, siendo aún muy pequeña y con cintas
rojas en mis trenzas, al proletariado en lucha. Mi madre hubiera preferido
prohibírmelo, pero él no transigía. Como contrapartida,
me dejaba ir al colegio católico contra su voluntad.
–¿La gran educadora fue entonces su madre?
–Ella abusaba de su poder y se arrogaba también el del padre, permitiéndome
el lado anárquico de la escritura. De todo modos pienso que los
artistas son gentes cuya infancia se prolonga de manera patológica
y que no puede conservarse el estatuto de artista sino se sigue siendo
la hija de su madre toda la vida. Una parte de la creatividad es producto
de esta compulsión. En mi caso, la creatividad viene de una prohibición:
devenir adulta.
–Su educación no deja de ser increíble: piano, violín, guitarra, danza
...
–Mi madre teníapara mí una ambición artística desmesurada y el deseo
también de seguir controlándome a través del conservatorio,
la danza clásica que tomaban la posta cuando ella no se encontraba.
Desde la edad de siete años mi jornada comenzaba a las once de la
mañana y terminaba a las diez de la noche, porque yo debía
trabajar mis instrumentos. Uno solo no era suficiente, tenían que
ser cinco, a los cuales se agregaban la música de cámara
y la orquesta ... Su sueño era que yo fuera música.
–¿Usted era una escolar más bien dócil, y sin embargo cuenta que
siendo niña se tiraba de cabezazos contra la pared?
–Como un animal
enfermizo. Como yo debía estar casi todo el tiempo sentada trabajando,
desde muy jovencita comencé a caminar en mi cuarto y a darme de
cabezazos contra la pared. Mi madre a pesar de todo empezó a tener
miedo. Así que un día aterricé en los servicios del
doctor Asberger, pedopsiquiatra célebre que ha dado su nombre a
un forma de autismo que afecta a seres geniales pero socialmente inadaptados.
Ciertamente yo no era una niña genial, pero presentaba trastornos
serios.
–¿Usted acumula entonces un odio que la propulsará, dice usted, como un
proyectil hacia la literatura?
–Si desde muy pequeña se está a merced del poder omnipotente de sus padres, en la ocurrencia,
el de mi madre, la presión no hace más que acumularse al
interior. Y cuando una ya no se lanza contra las paredes hay que encontrar
otra cosa. En mi caso fue la escritura. Yo ya escribía desde muy
niña. Y desde que aprendí a leer, muy niña también,
jamás he dejado la lectura.
–¿En 1968 usted atravesó de nuevo una grave crisis?
–Esta libertad súbita fue un choque que, por decirlo de alguna manera, me derrumbó.
Fui presa de lo que se llama una crisis de angustia masiva. Tuve la impresión
que iba a morirme. Me hospitalizaron. Luego, cuando me dieron de alta y
volví a casa, comencé a sentir miedo de salir. En pleno período
de mis estudios permanecí un año encerrada en mi domicilio.
Entre mi padre y yo, cuya locura progresaba, la casa se convirtió
en un infierno para mi pobre madre. En esos momentos difíciles ella
fue la única capaz de mantener el rumbo. Fue en esas circunstancias
que comencé verdaderamente a escribir, primero poemas, después
prosa.
–En 1974 usted toma dos decisiones: casarse ... pero sin abandonar el hogar materno...
–Me fui a vivir al extranjero, Italia, Berlín, pero las patas tentaculares de esa
madre araña siempre me llevaron hasta su tela. No culpo a nadie.
Puede ser que yo deseara rencontrar en todo momento esa infancia, esa infancia
de la humanidad, esa inocencia... Porque esa edad es la más productiva
de la vida. Desde lo más profundo de mí siempre rechacé
llevar una vida normal y por eso desposé a alguien con quien era
posible hacerlo. Mi marido puede vivir en autarquía y no exige jamás
nada de mí. Las cosas no hubieran sido posible de otra manera.
–En 1974 usted se inscribe en el partido comunista.
–¡En esa época la Primavera de Praga ya había sido aplastada! Sin
embargo, con el escritor Sharang, mi amigo, el compositor Zobel y yo quisimos
hacer un trabajo de bases, en el seno del solo partido que nos parecía
estar con la clase obrera y que había sido, a pesar de todo, uno
de los partidos fundadores de la segunda República. El partido entonces
buscaba un acercamiento con los artistas, capital que desgraciadamente
no cesaron de despilfarrar. Nosotros creímos que podíamos
revertir esa situación, que podíamos cambiar, pero el esfuerzo
se reveló una ilusión. Pero yo no he perdido nada de mi anticapitalismo
y de mi odio a la injusticia social. Creo haber llevado bien mi tarea política
en mis libros.
–Este compromiso político le ha valido la incomprensión de sus conciudadanos...
–Ha tenido que pasar mucho tiempo para que Austria asuma una reflexión sobre su
pasado. De origen austríaco, Hitler era un político que había
logrado sus metas. A los 28 años llega a Alemania pero es en Austria
que él cultiva su antisemitismo, que es siempre virulento en mi
país. Él había estudiado en los escritos de Lanz von
Liebenfels, toda esa literatura primaria y asquerosa, que debería
más bien calificarse de pornografía política. Este
antisemitismo siempre vivo y presente en mi país, esta plaga ligada
igualmente al catolicismo, nunca había sido objeto de reflexión.
Todo resurge durante la campaña por la elección de Waldheim
. Yo escribí entonces una pieza, Präsident Abendwind,
donde parafraseaba una comedia de Johann Nestroy, Häuptling Abendwind,
que trata de la amnesia de los austríacos. La pieza jamás
fue puesta durante las elecciones. Como la otra obra, Das Lebewohl,
escrita en el 2000, cuando la llegada al gobierno de Haider.
–Como Thomas Bernhard, le reprochan de «mancillar vuestro nido», de atacar
vuestra patria.
–Cuando algo estálargo tiempo reprimido, es como si repentinamente se retirara la válvula
de una olla a presión: el vapor se escapa con mucha fuerza, a chorros
incontenibles. El surgimiento del pasado es entonces más violento
y sorprende a algunas personas que no estaban preparadas. Hubo también
el viaje a mediados de los 80, del canciller Vranitzky a Israel. ¡Se
da usted cuenta! Austria reconocía recién en los 80 su culpabilidad
ante Israel de sus crímenes nazis. ¡Grotesco! Cuando se toman
estas decisiones tan tardías, hubiera sido mucho mejor no haber
hecho nada. Sin embargo, ese viaje fue considerado por todos como un gesto
importante. Incluso la izquierda nos reprocha a nosotros los artistas,
de representar siempre a Austria como un país nazi, cosa que jamás
hemos hecho. Son los periodistas austríacos que no asumieron sus
cometidos. Eso que ellos debieron hacer, tuvimos que hacerlo nosotros los
artistas cuando ése no era nuestro rol. Felizmente, hoy los periodistas
han tomado la posta, aunque con bastante retraso. Todo esto me provocó
una cierta amargura que contribuyó a mi retiro actual de la vida
pública.
–«Al margen»es el título que usted escogió para su discurso del premio
Nobel. ¿Es así como usted se sitúa hoy en día?
–Escribiendo el discurso, he querido aprovechar la ocasión de decir «yo»,
tomarme la libertad –una vez no es costumbre- de hablar de manera personal.
Puede parecer paradójico, porque muchos esperaban seguramente que
escribiera un manifiesto feminista o un discurso sobre la guerra de Irak.
Pero yo he intentado más bien describir la posición del escritor,
que para mí se encuentra «al margen» y corre tras su
lengua.
–¿Es decir?
–Yo comparo siempre la lengua a un perro lazarillo que te jala detrás de él.
Para escribir no se necesita hacer gran cosa. Se comienza colocando algunos
hitos, como para un bosquejo y luego, hay un momento en que todo eso prende
y toma forma. Como un tornillo en la pared que de repente muerde y puede,
por fin, atornillarse. El texto arrastra a su continuación a la
persona que escribe. Escribir se vuelve entonces un proceso que no se desarrolla
más en la conciencia. Yo no escribo más pero algo me escribe
y me observa convertirme en escritura. Yo estoy entonces «al margen»:
en mi discurso, porque observo siempre las cosas del exterior, sin participar;
en mi existencia porque llevo una vida retirada; pero también en
lo concerniente a mi lengua porque ella no es la mía, porque tantas
cosas se han escupido que no puede creerse en la existencia de un lenguaje
poético personal, y que ese lenguaje personal se construye forzosamente
en la deconstrucción.
–¿Cuál es entonces vuestra lengua?
–Ella está hecha de facetas, como las piezas de un caleidoscopio donde se dibujan
constantemente nuevos motivos. No está quieta. Siempre en movimiento.
Aparece, por ejemplo, en mi discurso una citación de Heidegger que
ella misma nos arrastra a interpretaciones de la poesía del austríaco
Georg Trakl. Se abre así un nuevo horizonte de significaciones,
en el cual me hundo con mi lengua hecha de asonancias, de variaciones,
de amalgamas de otros textos. Como el Mur, ese río furioso que,
en el final de mi novela, Les Enfants des morts, precipita montones
de tierra y cubre todo de escombros. Repentinamente, esos escombros son
desviados de su curso por una montaña. Jamás se es dueño
de su propia lengua, algo se escribe, que tiene que ver en parte con el
inconsciente.
–Usted dice con cierta frecuencia que la mujer es una «proletaria de la lengua».
¿Qué entiende usted por eso?
–Yo hice esta constatación escribiendo Lust. Originalmente quise escribir una novela en reacción
a Histoire de l’oil, de George Bataille. Yo pensaba que era concebible
para una mujer escribir sobre lo obsceno. Pero tuve que rendirme a la evidencia:
era imposible, porque el lenguaje obsceno es masculino, es una lengua consagrada
por el hombre. La mujer es la que se expone, la que se ofrece, el hombre
es el que consume su cuerpo. Mi proyecto no era el de escribir un simple
porno, sino de hacer crítica social como lo hicieron George Bataille
o el marqués de Sade. Para mí, la sociedad misma es pornográfica;
siempre esconde algo y es justamente eso lo que yo les arranco. Muestro
lo obsceno. Como puede ser el trabajo de las mujeres. Que nadie quiere
ver. La manera como ellas se ocupan de los niños, de los viejos,
de los enfermos, todos esos gestos, ese trabajo de amor jamás honrado.
–Recibiendo el premio Nobel, usted dijo que le era imposible recibirlo en tanto que
«yo».
–La mujer no puede decir «yo». El «yo» femenino es siempre múltiple.
El hombre puede decir «yo». Es un sujeto no intercambiable.
Mientras que para la mujer es imposible. Incluso si existen magníficos
ejemplos en la literatura que testimonian que una mujer puede decir yo
y designarse a sí misma. Yo no sé si en lo que a mí
me concierne, ese déficit se deba a la dominación maternal,
pero haber sufrido largo tiempo te da en todo caso la impulsión
de escribir y de sublimar ese sufrimiento.
A partir de los años 80 usted se interesa particularmente al tema de la mujer...
–Se debe como en la mayor parte de las escritoras, del sentimiento de ser menospreciadas.
Hablo del menosprecio que la cultura ejerce hacia el trabajo artístico
de las mujeres, sometidas a criterios de evaluación específicamente
masculinos. Lo que constituye otra suerte de brutalidad. Es cierto, no
estoy delante de un marido que me brutaliza y pega a mis hijos; pero es
también una forma de humillación... Raras son las mujeres
que logran inscribir sus nombres en ese universo frío de las obras
de arte masculinas, definidos por los hombres.
–Usted escribe en Internet. ¿Es su manera de mantener la comunicación con
el exterior viviendo retirada?
–Utilizo Internet para escribir textos que no han encontrado aún su formulación
definitiva, que yo llamo «mis notas» y en las cuales tomo posición
sobre acontecimientos actuales en una lengua todavía aproximativa.
La rapidez de Internet, esa facilidad con la que se puede borrar una cosa
e inmediatamente reescribirla, estimulan también mi relación
lúdica con la lengua.
–¿Estátambién su impaciencia?
–Es la peor de mis cualidades, yo quiero todo muy rápido. Con el ordenador puedo
escribir tan rápido como pienso, lo que es importante para mi técnica
de escritura, de asociación rápida, de juegos de palabras
y de juegos de lenguaje. Porque todo debe hacerse en el mismo flujo, como
un piano. En el fondo, yo soy una eterna pianista, en el sentido que trabajo
con los dedos sobre un teclado y una pantalla, dispongo el texto sobre
la pantalla de una manera material, obtenida por un trabajo del cuerpo.
–¿La Pianista, justamente, esa novela narrativa y psicológica, no
es insólita en su obra?
–Es triste pero nada puedo hacer por cambiarlo. Incluso ahora que mis textos se reeditan
con frecuencia, La Pianista es el que más se vende. Es cierto
que también se ha hecho un film y posiblemente todo eso contribuya.
Pero no es un texto representativo aunque se vislumbra mi manera sistemática
de convertir las cosas en irrisorias, de practicar la ironía y jugar
con las citaciones. Pero todo lo que me importará después
se encuentra aquí solamente en germen.
–El trabajo sobre la forma, por ejemplo...
–Siempre me reprocharon de ser arrogante con mis personajes, de observarlos con demasiada distancia.
Pero me es imposible describirlos de otra manera. Yo manejo mis personajes
como protocolos experimentales. Son la mayor parte de tiempo protocolos
sociales que se desenvuelven en el espacio de una familia, como en Les
Exclus. Es imposible de penetrar uno mismo al interior de ese dispositivo.
Con mi manera de escribir no se puede a la misma vez describir las cosas
y vivirlas. Se hace necesario encontrar un puesto de observación
a distancia.
–¿Habría usted inventado una nueva forma de realismo?
–Capaz un hiperrealismo. La realidad está ahí haga lo que se haga. Pero no se puede
aprehenderla más que con la ayuda de una estética especial.
En mi pieza Das Lebewohl, por ejemplo, o en aquella sobre la guerra
en Irak, me apoyo en la tragedia griega. Los Persas o La Orestíadade
Esquilo. Mi método consiste en izar hacia lo alto lo que hay de
más vil y de más estúpido si quiero hablar a propósito
de Haider. Es en semejante altura que se mide mejor la bajeza, la ignominia.
No se podrá medir la estupidez de un político sino se la
confronta con lo que hay de más elevado: la tragedia griega.
–¿Este premio Nobel la habrá cambiado?
–Sobredimensionado por mí va a empujarme a atrincherarme aún más. Por
una parte no deseo que todo lo que yo diga a partir de ahora sea aureolado
de una gran autoridad, o que mis opiniones políticas cuenten más
que la de un simple ciudadano. Por último, no quisiera ser perseguida,
sino mantenerme tranquila en este aislamiento que reivindico.
–Usted dice con frecuencia que uno se aísla primero porque es la realidad que
nos empuja...
–Es difícil para un escritor de escribir y al mismo tiempo de vivir. Rimbaud primero
escribió y después vivió. En el caso de alguien como
yo que no puede vivir, tiene al menos la obligación de escribir
para al menos poder existir. Aferrarse a la imaginación y a lo simbólico.
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