Mariátegui, el peruano universal
José Carlos Mariátegui (1894-1930) sigue despertando el interés y la admiración de un buen sector de los intelectuales argentinos. De ahí que en este país porteño continúen apareciendo estudios tan valiosos como Mariátegui en la Argentina o las políticas de Samuel Glusberg (2001), de Horacio Tarcus, o El itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui (2003), de Fernanda Beigel, o recientemente se acabe de publicar una nueva edición de los Siete ensayos de Mariátegui. Precisamente sobre este último acontecimiento versa el siguiente artículo que apareció en uno de los diarios más importantes de la ciudad de Buenos Aires, Página 12, y motivó la primera plana de uno de sus suplementos culturales.
María Pía López
En noviembre de 1928 se publican, en Perú, los Siete ensayos de
interpretación de la realidad peruana. Desde enero de ese año, Mariátegui
anunciaba la próxima publicación en cartas a amigos. Si en esos meses algunas
referencias –ni numerosas ni insistentes– indican la espera de la obra, luego de
su edición el tono será el del lamento. A mediados del año siguiente escribe a
Samuel Glusberg narrándole su soledad y el silencio, en la prensa limeña, sobre
este libro: “No hace falta decir que se prodiga atención y elogio a la obra de
cualquier imbécil. A esta pequeña conspiración de la mediocridad y del miedo, yo
no le haría ningún caso. Pero la tomo en cuenta porque, en el fondo, forma parte
de una tácita ofensiva para bloquearme en mi trabajo, para sitiarme
económicamente, para asfixiarme en silencio.”
La importancia del libro fue señalada por cronistas e intelectuales de
América latina. Mientras tanto, Lima se va convirtiendo en una cárcel para su
autor. Alberto Flores Galindo reconstruyó las disidencias y polémicas que
cercaron a Mariátegui durante sus últimos años de vida, en los cuales Buenos
Aires aparecía como destino deseado y campo abierto de experimentación
intelectual y política. En La agonía de Mariátegui describe las diferencias que
provocaron la ruptura del director de Amauta con el APRA y el vínculo
conflictivo con la Internacional Comunista. Eso por el lado de sus alianzas
posibles y fracasadas. Por el lado de sus adversarios, desde el año 27
Mariátegui sería destinatario de la persecución policial ordenada por el extenso
gobierno de Augusto Leguía.
Los Siete ensayos... aparecen como culminación de una estrategia política
abierta y frentista, pero también como cierre de esas posibilidades. Obra mayor
entre las escritas por el peruano, está organizada y definida por una intensa
vocación política que si por momentos no aparece como tal –y asume los modos de
una aventura intelectual– es porque el escritor no podía ejercer esa vocación
sin ligarla a otras muchas búsquedas teóricas y estéticas. No hay ruptura,
todavía, en estos ensayos, con el movimiento liderado por Haya de la Torre ni
con la organización internacional de los partidos comunistas. No hay rupturas,
pero sí se despliegan los argumentos y un cierto tono sensible que harían
inevitables las colisiones.
De este libro se ha dicho –entre otros, Alberto Zum Felde– que constituyó uno
de los grandes acontecimientos de la historia intelectual del Perú: un
parteaguas, un umbral. Robert Paris –que inscribe a Mariátegui en la tradición
del marxismo italiano, al que debería sus aprendizajes teóricos– considera que
los Siete ensayos... inauguran un campo analítico, rompen con la tradición y
crean sus propias reglas. José Aricó, un tenaz difusor de la obra del peruano,
dijo que las interpretaciones de la realidad peruana configuran el “más grande
aporte del marxismo latinoamericano a la causa de la revolución mundial”.
Menos elogiosos son sus contemporáneos. Salvo excepciones, los comentaristas
tomaron sólo una parte del libro –alguno o varios de los ensayos– o se esmeraron
en señalar la distancia entre lo que era el libro y lo que debía haber sido,
descubriendo las conclusiones a las que el autor del libro debería haber
arribado después de un arduo camino. Este modo de la crítica, contra lo que
parece cuando se presenta casi reducida al absurdo, no es infrecuente: el que
reseña despliega un supuesto saber de los resultados de una investigación
–práctica, escrituraria– que no llevó a cabo.
La idea de desviación, presente en las críticas al lector de Sorel, participa
de la misma idea de verdad o de saber. Se dirá que son las lecturas que se
forjan desde las certezas de alguna ortodoxia, ya que sólo presumiendo un saber
preexistente e indudable, se puede poner el sambenitode la desviación. Pero
decirlo así lleva a una poco interesante inversión especular: el festejo de la
obra del ensayista por su carácter heterodoxo. Al hacerlo se sigue usando la
idea de desviación, sólo que valorizada positivamente. Aun muchos de los
exégetas de Mariátegui quedan presos de esta rejilla interpretativa, que reduce
tanto su obra como la compleja porosidad cultural de las izquierdas del siglo
veinte.
La dicotomía ortodoxia/heterodoxia es usada, en general, para situar la obra
del escritor de El alma matinal dentro de la tradición marxista. Aricó, en su
empresa de recuperación de un marxismo latinoamericano y tercermundista, ha
hecho considerables esfuerzos por demostrar hasta qué punto Mariátegui
pertenece, con más derecho que sus detractores, a esa tradición. Nunca habría
sido más marxista, desde esta perspectiva, que a la hora de confrontarse con la
realidad peruana, cuando despliega el método para comprender una situación
concreta antes que prenderse de abstracciones o dogmas. No es necesario volver a
esa discusión que, tratada de un modo más rápido o simplificador, deviene sólo
un problema de etiquetas o de nombres.
El Inkario y Europa
Eludir las ideas de desviación o de heterodoxia, entonces, significa tratar
de otro modo la originalidad del pensamiento mariateguiano, evidente tanto en
sus libros –por lo que distingue a éstos cuando se los coloca en la serie de los
escritos en la década del ‘20, pero también en lo que resta del siglo– como en
las cualidades excepcionales de Amauta. La revista que Mariátegui creó y dirigió
desde 1926 hasta su muerte fue el intento más logrado –si se la compara con
publicaciones de otros grupos intelectuales del continente– de aunar diversos
caminos: “Vanguardismos en literatura y en arte. Desde ya. Pero que en la década
de los veinte, a cada paso, provocativa, saludablemente, se entremezclan con el
vanguardismo político”.
Nacida como tribuna generacional de los jóvenes del Perú –que venían de las
movilizaciones callejeras de 1919 y de las aulas que habían bautizado
Universidades Populares González Prada–, hacia su segundo año Amauta se abandera
en el socialismo. La definición política es el hilo que enlaza una continuidad
entre escritos de diversa procedencia y tenor: las discusiones sobre la
universidad nacida de las luchas reformistas, el psicoanálisis freudiano, el
indigenismo cultural y político, el arte vanguardista. Una estética incaica en
las tapas y su nombre quechua indican la importancia que en ese conjunto
heterogéneo tenía la recuperación de las tradiciones indígenas. La revista es
original en el modo en que une lo diverso, colocando muy distintos materiales
bajo una misma pregunta, bajo un mismo objetivo: la creación de un socialismo
que no sea ni calco ni copia.
Un año antes de la fundación de la revista, Mariátegui editó su primer libro:
La escena contemporánea. Reunió en él una serie de escritos en los que
interpreta diversos acontecimientos de la política del mundo: el fascismo, la
Revolución Rusa, la agonía liberal y la incapacidad del socialismo parlamentario
para superarla, las vanguardias estéticas y los intelectuales. Es el balance
político de su estadía en Europa, pero también un intento inusual de aprehender
el sentido de la historia, de comprender qué campo de posibles se abre a la
política revolucionaria en América latina.
Y si contemporáneo será un adjetivo tan preciso como recurrente, en los
artículos de Mariátegui repica en una doble reiteración: lo nuestro, lo nuevo.
Una definición generacional, pero también un ademán de apropiación respecto de
la época y de su sentido. El Viejo Continente deviene así laboratorio, ámbito de
experimentación que el latinoamericano observará con atención. Años después
diría que por aquellos caminos descubrió América: “Europa me reveló hasta qué
punto pertenecía yo a un mundo primitivo y caótico; y al mismo tiempo, después
de mi regreso, yo tenía una conciencia clara, una noción nítida. Sabía que
Europa me había restituido, cuando parecía haberme conquistado enteramente, al
Perú y a América.”
Europa y el Inkario, la vanguardia y la tradición, lo cosmopolita y lo
nacional no son alternativas excluyentes en su prosa. Más bien, desarma esos
polos. Lo más viejo, dirá pensando en la tradición incaica, puede ser lo más
nuevo. Siempre que no sea repetición folklórica o ademán sacralizador:
comprender lo antiguo, reclama en otras páginas, es posible sólo si se lo
vincula a la imaginación de lo porvenir.
Las referencias a Europa –la idea con la que abre sus Siete ensayos: “No hay
salvación para Indoamérica sin la ciencia y el pensamiento europeos u
occidentales”– no son meras provocaciones a quienes lo han considerado, con
desdén, europeizante. Contra aquellos que ven una ineluctable decadencia de
Occidente, sostiene que la crisis afecta algunos rasgos del pensamiento europeo,
mientras otros gozan de potencia crítica y constructiva. El marxismo aparece
como lo más avanzado del horizonte científico y cultural del momento, y mantiene
sus potencias en tanto es capaz de mantener una fuerte disposición para ser
impregnado por otros pensamientos y de sujetar sus afirmaciones a la composición
con la realidad.
Un realismo radical
El estilo de Mariátegui proviene, en parte, de la concisión periodística.
Estilo de frases cortas, de adjetivación rápida, de construcción de imágenes.
Carece de morosidad, quizás para adecuarse a una época de férrea pasión por la
técnica y el movimiento. Y en parte proviene, como ha señalado Angel Rama, del
trabajo de devastación de la retórica que inició González Prada en las letras
peruanas: “Su oposición frontal a la lengua arcaizante, gozosa de la
ornamentación palabrera, oponiéndole una lengua precisa, destilada como un
alcohol refinado, en la línea aristocrática del enciclopedismo, ha de determinar
los comportamientos poéticos de Eguren, pero también el idioma riguroso y
acerado de Mariátegui”.
Los adjetivos elegidos por Rama son precisos: la lengua mariateguiana es
rigurosa y acerada. Es, también, una escritura de polémica y de afirmación de un
lugar de enunciación personal. Desdeña toda apariencia de imparcialidad para
tomar las galas de un compromiso completo con lo pensado y escrito. La fuerza
persistente de sus páginas no es ajena a esta cualidad. Si en la “Advertencia”
anuncia la decisión de contribuir a una crítica socialista, en “El proceso de la
literatura” se distancia de la neutralidad crítica: “Mi testimonio es convicta y
confesamente un testimonio de parte”.
Esa toma de posición unifica los diversos ensayos, pero hay diferentes tonos
–más distanciados, más afirmativos– en ellos. Mientras el análisis del factor
religioso hace suyos los modos de una antropología de las creencias, en la que
se combinan las referencias teóricas con la recuperación de datos históricos, el
planteo del problema del indio es un escrito de combate, que se coloca al
interior de los debates entre las distintas corrientes indigenistas para pugnar
en pos de aquélla –la que se liga al nombre de Valcárcel y los intelectuales
cuzqueños– que imagina la compatibilidad entre indigenismo y socialismo. Tonos
distintos que se usan para desplegar, desde perspectivas convergentes, el tema
central de los ensayos. Porque se comprende la importancia de la religión en la
vida comunitaria cuando se muestra, en el ensayo sobre el indio, que la
religiosidad inherente a ciertas prácticas colectivas supervivientes es
condición de posibilidad para la conformación de una subjetividad política
revolucionaria. El ensayo antropológico se coloca al servicio de la apuesta
fundamental.
La mayor originalidad del pensamiento de Mariátegui parece estar en el
desplazamiento del indio del lugar de víctima o merecedor de asistencia paternal
hacia la posición de sujeto de la política emancipadora. Perosería más bien una
originalidad de la realidad peruana, antes que de la teoría del autor de “El
alma y el mito”. La innovación se origina en el apego consecuente de su análisis
y de su imaginación política a esa realidad.
Esto es claro respecto de las fuentes de dos temas centrales de los ensayos.
El primero ha sido señalado por Robert Paris: las diferencias del peruano con el
grupo ordinovista italiano (se puede colocar aquí el nombre del más conocido de
sus integrantes para los lectores argentinos: Antonio Gramsci. Las coincidencias
entre su obra y la de Mariátegui han sido muchas veces señaladas, pero no dejan
de resultar sorprendentes) se deben al hecho de que no es el proletariado
turinés el terreno de su intervención práctica, sino las comunidades incaicas y
los escasos núcleos de obreros organizados. Sobre el segundo ha puesto la
atención Oscar Terán: la presencia del problema de la nación, en sus escritos
posteriores al año ‘24, debe entenderse como respuesta a una carencia, a una
tarea inconclusa en el Perú. Dialéctica de ausencia y construcción que lo lleva
a su hallazgo mayor: la nación irrealizada aún podrá ser construida al mismo
tiempo que el socialismo, y en esa doble empresa las masas indígenas tienen un
papel relevante.
En los Siete ensayos... se narra la historia de un doble fracaso: el de la
construcción de una nación peruana y de un régimen de producción capitalista.
Migrantes de una España medieval, los colonizadores fueron incapaces de
sustituir la civilización y el modo de producción derrotados. Los españoles se
contentaron con succionar los bienes naturales, destrozar las vidas
–despreciando como riqueza la cuantiosa mano de obra aborigen-florecer o decaer
al lado de la población indígena. Así, la historia del Perú es la de modos de
vida coexistentes y bifurcados, y la de la exclusión de la mayor parte de su
población. Las resistencias indígenas, insistentes y violentas, son la señal de
ese fracaso nacional. Porque tampoco los gobiernos nacidos de la independencia
resolvieron las tareas pendientes. Ahondaron el fracaso, pese a que su camino
estaba empedrado de buenas intenciones. Y si a los colonizadores les había
faltado espíritu capitalista, a los independentistas les faltará burguesía: no
será una clase moderna y pujante la que domine la economía peruana sino una mera
mutación de los terratenientes de costumbres feudales.
No hay nación bajo el nombre de Perú, y en gran parte se debe a la ausencia
de una burguesía inteligente capaz de conducir, al mismo tiempo, la integración
nacional y el desarrollo económico. Esa es la primera tesis –insisto– o el
diagnóstico central. Que se corresponde con la apuesta política: esas tareas ya
no corresponden a las clases dominantes peruanas, sino que la energía para
hacerlas realidad está en las fuerzas populares. La modificación del régimen de
propiedad de la tierra es la condición para que esas tareas se concluyan y la
organización de obreros y campesinos es la vía política de su realización. Lo
que narra Mariátegui es la historia de un fracaso y de una posibilidad: si el
primero requiere un analista lúcido, la segunda tiene por agente a un activista
consecuente.
Vocaciones y persistencias
La originalidad mariateguiana, entonces, no proviene de una argucia teórica,
de una lectura mejor hecha, o de una invención afortunada, sino que se debe al
apego a una realidad en la que se sitúa bajo la exigencia de la transformación.
Su vocación política y el realismo con el que intentó desplegarla producen sus
innovaciones más sorprendentes. Desde su retorno, en 1923, del largo viaje
europeo, además de su abundante obra periodística y teórica, el joven
autodidacta fue dejando sus huellas en los movimientos políticos del Perú.
Integrante del APRA desde su surgimiento en el ‘26, luego de la ruptura en el
‘28 fundaría el Partido Socialista del Perú. Cultivaba los vínculos con las
asociaciones indigenistas y con militantes obreros. Destinado a ellos estaba el
periódico Labor, intentado como una intervención menos definida ideológicamente
y de alcances más amplios que Amauta.
Luego de su muerte se multiplicaron interpretaciones falaces de su vida y su
obra. Entre las más recurrentes estuvo la de considerarlo un gran intelectual
pero desprendido –a causa de su cuerpo mutilado y sus pasiones teóricas– de la
actividad militante. De ese modo, su antiguo compañero y contrincante, Haya de
la Torre, quedaba colocado como el indiscutido líder de la juventud peruana.
Basta recorrer cualquier biografía del intelectual limeño para advertir lo
caudaloso de sus iniciativas políticas. Pero no importa aquí el dato biográfico
sino la presencia de esa vocación en la articulación de sus obras. La política
es una presencia manifiesta en la construcción de los Siete ensayos...: en el
tono a veces demostrativo y otras polémico, en el estilo casi de manifiesto de
algunas de sus páginas, en el método de composición.
Según advierte, descreía de los libros unitarios y sólo desplegaba las
escrituras que lo asediaban, los problemas que lo conmovían. La heterogeneidad
de los ensayos es visible, así como sus tensiones. Arrastran hasta nosotros una
época de escritura, cierto estado de la cultura y de las teorías. Lo que asombra
de los ensayos mariateguianos es su capacidad de quedar sustraídos al destino de
esa época. Es difícil imaginar ahora una tarea de investigación y escritura
similar. No sería posible en los ámbitos académicos donde la especialización es
creciente y las disciplinas fragmentan toda totalidad, ni sería posible en los
ámbitos partidarios vueltos campo árido para la experimentación. La idea de
historia y la de razón han perdido la fuerza que en ese momento portaban, y que
permite el fluir polémico y reflexivo de los Siete ensayos.... Si algún Pierre
Menard quisiera volver a escribirlos, chocaría con los obstáculos provocados por
las actuales desconfianzas en esas ideas.
Difícil tarea, pero no imposible ni inactual. Porque persiste la necesidad,
entiendo, de hilar esos tejidos de múltiples causalidades alrededor del núcleo
productivo de las sociedades. No se puede presumir cómo o quiénes podrían
hacerlo, pero es obvio que dicho oficio interpretativo no está alejado de las
terrestres búsquedas de emancipación.
Ninguna obra puede reescribirse, pero algunas se dejan leer. Mariátegui es,
todavía, nuestro contemporáneo, aquel que ha escrito algo necesario para esta
época, el nombre –como ha dicho Horacio González– “de una discusión que nunca se
cierra”. Su obra puede ser leída como uno de los momentos más altos de la vasta
empresa intelectual y política que desplegaron las izquierdas durante el siglo
veinte: la aventura de comprender y transformar el mundo.
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