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Vlady: la infancia o los colores del aire
José Ángel Leyva
Conocí a Vlady Kibalchich Russakov (1920-2005) en los últimos años de su vida y como tantas otras experiencias, lamento no haberlas tenido con anticipación. Su trabajo gráfico me parece extraordinario, como si el dibujo fuese la extensión de su sistema nervioso y de su mente lúcida, brillante. Nuestra relación fue breve pero muy fructífera a partir de ese punto de confluencia llamado Alforja, que nos convocaba a mirar el universo de la poesía. Recorrimos muchas veces los dilemas de la existencia humana y la oscuridad de la historia, las apretadas tinieblas que gobiernan el avasallamiento y la destrucción del hombre por el hombre, pero junto a esas reflexiones, Vlady siempre extraía la inteligencia con la que recuperaba la sonrisa de sus interlocutores, y esa luz cromática que bañaba los enormes muros de su estudio en Cuernavaca. Entonces, un optimismo socarrón devolvía el brillo a los ojos de ese viejo bolchevique con tintes anarquistas que evocaba su infancia como quien anuncia el porvenir. Rescato de él este monodiálogo, como diría Unamuno, para no dejar que se termine la conversación.
Últimamente sueño poco, seguramente porque pinto de manera escasa, aunque dibujo y grabo con mayor intensidad. Me ocupan más los problemas del mundo, a los cuales no les veo solución. Hemos perdido la capacidad de generar el sueño, y lo más paradójico, un genio del capitalismo financiero, George Soros, nos está salvando de nosotros mismos.
Mi pintura nace porque sueño y a la inversa. Hace poco tuve una experiencia onírica que me dejó muy disgustado, pues descubrí en el sueño una actitud de vanidad infantil. Esa visión me molestó mucho porque tengo muy culpabilizada la vanidad. Un error, si se piensa que representa un gran poder, una gran pasión.
No sueño en palabras, sino en sentimientos. No tengo un idioma específico para transitar por ese camino, quizás se debe a mi interés por la imagen y no tanto por nombrar la imagen. La palabra va implícita en la emoción del sueño.
Hay algo disléxico en mi forma de interpretar las cosas, por eso la confusión entre lo pétreo y lo fluido, entre lo ligero y lo pesado. Las palabras no son suficientes para expresarme en la pintura, donde los colores y las formas deben hablar por sí solas, sin pretender explicar nada. Como dijo Marx, sembré gigantes y coseché pulgas. Esta sensación de lo inacabado me lleva siempre a la reflexión en los terrenos de la ciencia, de la cual soy un buen lector. La libertad exige la inconformidad, la búsqueda incesante, como el estar en la mar sin horizonte y no saber a dónde ir; una sensación que me ha acompañado toda la vida. He hecho un montón de tonterías, numerosas acciones erráticas. Como lo hizo Siqueiros, muchas pendejadas llevadas hasta el final sin parar en sus consecuencias. La creación es libertad, si no, no es nada. Atreverse a hacer algo que antes no existía, porque la palabra libertad es a la vez una palabra hueca, vacía, desgastada, que sólo puede adquirir sentido en el hacer.
En Orenburgo, una vez mientras mi maestro de física daba la clase con su voz de trueno, lo interrumpí con una pregunta: «¿Maestro, qué son esos filamentos que caen del cielo?». Era oficial del ejército y me contestó: «Ah Kibalchich, esas son las moléculas del aire, el cielo azul muestra unos finísimos hilos de seda, pero nadie los ve». Y sin darme cuenta yo me había puesto a dibujarlos. Luego hice algunas acuarelas. También cuando fuimos, mi padre y yo, a la Martinica en un viaje tedioso de un mes, yo dibujaba el mar con una pluma estilográfica. Mi padre se puso tan nervioso que una vez me dijo, "no se puede dibujar el aire". Solamente con escuchar la palabra aire me concienticé. No le dije nada. Pero un oficial de marina fue a hablar con mi padre para comprarme los dibujos que él despreciaba. Nos pagó cuarenta y cinco dólares y además me dio cartones Bristol, muy buenos, para que yo le hiciera más dibujos sobre este material. Fue entonces que, gracias a mi venta, nos bebimos nuestra primera Coca Cola.
Es decir, la sensación es siempre física y como tal se manifiesta. Es más, todo el arte moderno llamado abstracto, que son millones de cuadros y grabados grandes y chiquitos, así como la poesía más moderna, no son otra cosa que la dinámica de lo sensorial, no están inventando nada, sino simplemente expresan o hacen evidentes huellas de la naturaleza. Para inventar hay que ser poeta y el poeta lo que hace finalmente es asociar cosas muy distantes o diferentes. Imágenes lejanas se emparientan en su pluma.
Ya tengo grandes conflictos con mis recuerdos, porque siento que estoy cambiando de piel otra vez. Me doy cuenta de que viví en un gran aislamiento, muy fecundo, porque lo convertí en un trabajo cotidiano. No sé estar con la mente tranquila, en blanco. Me da miedo cuando no tengo una idea a la hora del baño.
Tengo un cuadro que llamé Magiografía bolchevique, que es una copia de una fotografía de familia, muy conocida ahora, de Trotsky con su estado mayor atravesando la Plaza Roja. Este cuadro lo pinté en México como una especie de imagen simple que evocaba una imagen del pasado, pero un día lo vio Isabel, mi mujer, y me dijo: «no, este cuadro representa la despedida de tu infancia y a la vez su exaltación», porque en dicha escena no hay nada de lo más terrible de nuestra vida allí: hambre, frío, humillaciones, persecución, miedo, amenazas, gran orgullo, gran ternura interior en la familia, la locura de mi madre rompiendo vidrios, llanto, impulsos de suicidio, crisis nerviosas de mi madre. Uno de los períodos más terribles de Rusia, el punto nodal de la construcción de la dictadura estalinista y las grandes y abominables purgas, no sólo de intelectuales, sino del pueblo, de quienes no pensaban igual, se comportaban diferente o simplemente significaban una amenaza para la ideología de un hombre. Ese cuadro evoca el lado optimista de mi padre, el poeta que siempre mira las estrellas. Mis recuerdos de Rusia se confrontan con mis viajes allí, con el reconocimiento de cada rincón de ese país. Son terribles. Veo mi cabeza contra los muros en las riberas del Neva, sin entender la locura de mi madre. Me veo de nuevo en las cercanías del Ermitage, ya adulto, de visita en Leningrado, hoy San Petersburgo, llorando sin motivo aparente, porque la demencia tiene algo de estupidez que impide la libertad, la creación.
Salí de Rusia en 1933 al destierro que pasaría por Bélgica y por Francia. Uno de los recuerdos más fuertes es cuando nos sacaron de Orenburgo, porque teníamos ya escorbuto y malaria. Fiebres tan altas que el esqueleto no dejaba de temblar, de sacudirse de manera violenta. Aún puedo recordar de manera vívida ese incontrolable movimiento del cuerpo.
Mi padre no fue sólo un poeta, pues un poeta es alguien que está un poco fuera de la realidad y Víctor Serge era un hombre extraordinariamente concreto, y sobre todo era un creador. Era un hombre crítico que iniciaba su crítica a partir de un proyecto mejor, es decir, él criticaba, no denostaba. Cuando vivió en París sus mejores amigos eran los habitantes de los puentes, los cautivos, el lumpen, porque sentía que de ellos aprendía mucho de la condición humana. La locura venía de mi madre, una familia sensible: histéricos, llorones, alegres, amantes de la música, de la pintura, de la poesía. Mi padre era el equilibrio, incluso en los peores momentos de nuestras vidas.
En una ocasión, cuando estábamos en Marsella, Francia, en una zona libre, no ocupada, el gendarme nos pidió los papeles de identificación. Nos hallábamos recluidos en un barco de lujo, sin acceso a las calles, y cuando vio aquella especie de documentos alzó la vista y me espetó: «¿Es usted judío?». Yo iba a decir sí, sin entender siquiera lo que esto significaba. Mi padre, que estaba atrás de mí contestó en francés: «No tenemos el honor».
En otra ocasión, Indalecio Prieto lo llevó con su mejor amigo, un banquero de los españoles, un señor de apellido Bloch. Estaba éste en una tertulia en su casa y Bloch le presentó orgulloso a una persona a quien nombró: «Su majestad, el rey Carol». Serge se puso el sombrero y espetó: «El rey ahorcador». Pues éste había mandado ahorcar a sus amigos. Siempre oportuno y fuerte en sus posiciones.
Mi padre me dijo: «No recibirás herencia de mi parte, no tengo nada que dejarte, pero puedes usar mi nombre». Eso para mí ha sido más que suficiente. Lo que tengo, lo que hemos hecho Isabel y yo ha partido de la nada, sólo de nuestro esfuerzo.
Nadie me llevó a la iglesia y nadie me habló de religión. Yo detestaba a los niños que jugaban a seguir los rituales eclesiásticos, no porque fueran a los templos, sino justamente porque no eran religiosos. Me sucedía un poco como hoy me ocurre con las izquierdas. Yo le reprocho a la izquierda mexicana el no haber existido, el no haber sido de izquierda. De los pocos hombres de izquierda en México nadie habla, nadie leyó sus publicaciones donde aportaban ideas y propuestas muy interesantes.
Lo primero que debemos aclarar es qué se entiende por ortodoxia marxista. Si dicha ortodoxia estaba representada por los bolcheviques, entonces debemos pensar que Stalin estaba en contra de dicha ortodoxia y por eso los mandó matar. Stalin asesinó a los bolcheviques pensantes, a quienes tenían una concepción marxista más abierta. Por eso me pregunto, ¿cuál ortodoxia?
En Orenburgo, quien me dio las primeras clases de economía y me hizo leer a Lenin porque lo había conocido y discutido con él, fue Eltzin, cuyos dos hijos fueron mártires del estalinismo. Uno era secretario de Trotsky y el otro, al final murió de tuberculosis. Eltzin me daba clases de economía rusa y de economía política.
Yo siempre tuve la curiosidad de saber qué estaba pasando allí, pero al mismo tiempo me evadía buscando otra cosa, haciendo otras lecturas, buscando en Shakespeare, en la pintura. Ahora sé que la pintura siempre será esa otra cosa.
Rusia tuvo en el siglo XX la experiencia de doscientos años. Todas las esperanzas y todas las tragedias de dos siglos en apenas la mitad de uno de éstos. Exterminio de masas, traspaso de poblaciones, éxodos de pueblos enteros de campesinos de Ucrania, de Tartaria, del Cáucaso hacia Uzbekistán. Persecución masiva del campesino presuntamente rico porque poseía una vaca, cuatro chivas, un caballo, por una inteligencia ideológica completamente loca, mal comprendida por gente primaria, por pulgas que se convertían en dragones. Yo era un niño y no tenía idea de todas esas cosas, en un cuadernito fui guardando imágenes que se quedaron en la memoria, porque nos confiscaron todos nuestros bienes, incluyendo ese cuadernito. Lo que no podían arrancarnos era la memoria.
(Publicado originalmente en La Jornada Semanal, N° 547, México, 28 de agosto de 2005)
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