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10 de abril de 2006

Mi entrevista con Vladimir Kibalchich*

José Ángel Leyva
Asistimos en grupo a visitar varias ocasiones al pintor y artista gráfico Vlady, Vladimir Kibalchich (Leningrado, URSS, 1920), en su amplio y alto estudio en Cuernavaca: María Luisa Martínez Passarge, Ludmila Biriukova, José Vicente Anaya y yo, quien escribe estas líneas y pretende darle un cierto orden y sentido a una voz que se mueve en vaivenes, como marejadas que dejan enormes descargas de tiempo, de existencia. Algunas veces con lluvia y frío —algo inusual en Cuernavaca— y otras cobijados por la “eterna” primavera que suele no serlo en estos tiempos de calentamiento global. Es difícil atrapar a Vlady con preguntas; su memoria es una caja de Pandora que muestra una sorpresa tras otra sin atender obligatoriamente al estímulo de la interrogante. Se rebela ante el cuestionario y establece su propio derrotero con base en el interés de la conversación y no de un guión preestablecido. Es una conversación brillante, invocadora de épocas y de reflexiones sobre el presente y de preguntas sin respuestas sobre el futuro, porque quizás el mañana sólo pueda advertirse atendiendo a lo que somos hoy, y nos resulta incomprensible. Vlady suele caminar por sus evocaciones como por sus lecturas, una y otra, la vivencia y los libros, el arte y la vida, están registrados de manera simultánea en conceptos que pretenden descifrar una realidad con la que no se puede estar conforme. La revolución es su signo. Una y otra vez volvemos a la mesa de trabajo donde expone los libros y libretas que revisa en desorden, que es el orden que sólo él comprende. Nos habla de cada una de esas partes revueltas como de un pensamiento en constante reorganización y exigencia perpetua de renovación. El motivo de nuestras visitas es su obra artística y sus recuerdos, que ya creemos difíciles de reconstruir en medio de los escombros de un relato pintado por el romanticismo. Pero su memoria está fresca como la sonrisa que mantiene mientras habla de poesía y de poetas rusos, de su padre, a quien admira y cultiva como a ningún otro autor. Vlady puede recordar las imágenes de su infancia y de la historia que le ha tocado atestiguar y vivir, porque es un hombre actualizado, un hombre puesto al día. Así comienza también esta reelaboración de un hilo de Ariadna que nos conduce hasta el laberinto de quien hace escuchar sus pensamientos, acá, en estas páginas donde pasamos revista a la poesía rusa antes, durante y después de la URSS.

La escritura teje una voz que es, de algún modo, también pregunta y respuesta, diálogo y soliloquio.

México, presente
Cuando llegué a México, en 1943 (adquirió la naturalización mexicana en 1949), hacía ocho meses que habían asesinado a Trotsky. Yo venía para trabajar con él, así se lo había hecho saber a mi padre, a pesar de que estaban disgustados y Trotsky se había peleado de muy mala manera con él. A los tres días de mi llegada le llamé a Diego Rivera porque no obstante que se había pasado al estalinismo, me fascinaron los murales de la escalera de Palacio Nacional y me importó poco su posición política. Siempre me recibió bien en su estudio y me dejaba verlo trabajar. No paraba de hablar sus grandes mentiras en francés y de evocar su etapa en Europa. Alguna vez me preguntó qué es lo que más me gustaba de él. Le respondí que, en primer lugar, él, luego lo de Chapingo y sus murales de Cuernavaca. Me hice muy amigo de Frida Kahlo y la visitaba a menudo. Ella insistía en que le diera mi opinión sobre su obra pictórica. Yo le insistía: “Frida, para qué me preguntas, ya conoces mi opinión: tú no eres pintora”.

Estoy encabronado con México como no puedes tener idea. Yo leí Los hermanos Karamazov cuando viajé a México, en el barco. Al llegar aquí me dije: “Éste es un país dostoievskiano, pero sin Dostoievski. Pero un país sin autor es un país de locos”. En Rusia vivimos la revolución de la contrarrevolución dentro de la revolución, algo que no vivió México porque no hubo una revolución auténtica, sino una gesta armada de cientos de miles de muertos que se convirtió en lo que la gente bien definió como “bola”. Pero pienso que eso fue mejor. Es curioso porque todas las tonterías de la burguesía liberal que se expresaban a través de Sartre o de Althusser, que entonces me parecían simples revoluciones de salón, con sistemas de ideas sofisticadas, puedo ahora leerlas con enorme interés.

Me aterra la simplicidad, la tipificación, ambas son peores que el robo. Soy barroco, complicado, no resisto el vacío. En ese sentido, México es el lugar natural para mi esencia artística.

Libertad al desnudo, sueño de la imagen
Últimamente sueño poco, seguramente porque pinto de manera escasa, aunque dibujo y grabo con mayor intensidad. Me ocupan más los problemas del mundo, a los cuales no les veo solución. Hemos perdido la capacidad de generar el sueño, y lo más paradójico, un genio del capitalismo financiero, George Soros, nos está salvando de nosotros mismos.

Mi pintura nace porque sueño y a la inversa. Hace poco tuve una experiencia onírica que me dejó muy disgustado, pues descubrí en el sueño una actitud de vanidad infantil. Esa visión me molestó mucho porque tengo muy culpabilizada la vanidad. Un error, si se piensa que representa un gran poder, una gran pasión.

No sueño en palabras, sino en sentimientos. No tengo un idioma específico para transitar por ese camino, quizás se debe a mi interés por la imagen y no tanto por nombrar la imagen. La palabra va implícita en la emoción del sueño.

Hay algo disléxico en mi forma de interpretar las cosas, por eso la confusión entre lo pétreo y lo fluido, entre lo ligero y lo pesado. Las palabras no son suficientes para expresarme en la pintura, donde los colores y las formas deben hablar por sí solas, sin pretender explicar nada. Como dijo Marx, sembré gigantes y coseché pulgas. Esta sensación de lo inacabado me lleva siempre a la reflexión en los terrenos de la ciencia, de la cual soy un buen lector. La libertad exige la inconformidad, la búsqueda incesante, como estar en la mar sin horizonte y no saber a dónde ir, una sensación que me ha acompañado toda la vida. He hecho un montón de tonterías, numerosas acciones erráticas. Como lo hizo Siqueiros, muchas pendejadas llevadas hasta el final sin parar en sus consecuencias. La creación es libertad, si no, no es nada. Atreverse a hacer algo que antes no existía, porque la palabra libertad es a la vez una palabra hueca, vacía, desgastada, que sólo puede adquirir sentido en el hacer.

El erotismo es para mí la creatividad por excelencia. La libertad se encuentra justamente en la sexualidad, que es imaginación, vida, revolución, movimiento. La pornografía es el erotismo de los otros, porque es algo tan privado que para los demás se trueca obsceno, morboso.

Una de las cosas que pretendí plasmar en los murales es cómo no tener límites en la conducta, brincar por encima de la propia cabeza. Creo que lo logré. Comencé por la revolución freudiana. Hay un personaje enorme que es el nacimiento del deseo. Así que pinté una verga erecta que representa a la mujer. Pensé que el erotismo haría majadería y media. Mi reflexión se encaminaba hacia la provocación, la audacia, el atrevimiento, el desplante. Para mí, es un tema que, por lo visto, es reiterativo, pues aparece en diversos momentos y en distintos planos. Salvador Elizondo lo refiere, en la presentación de mi libro Dibujos eróticos, como peristalsis de la libido. Erotismo violento, diría yo.

Le doy importancia a cada centímetro del cuerpo. No es la silueta, sino el detalle, las sensaciones corporales las que pretendo plasmar. El erotismo no es más que un tema más; quizás, en mi caso, fervoroso, exaltado, energético. En mis cuerpos hay una correspondencia con la geología, con las manifestaciones telúricas de la Tierra, con la Naturaleza.

Una anécdota quizás pueda ilustrar lo que digo. En Orenburgo, una vez mientras mi maestro de física daba la clase con su voz de trueno, lo interrumpí con una pregunta: “¿Maestro, qué son esos filamentos que caen del cielo?”. Era oficial del ejército y me contestó: “Ah, Kibalchich, ésas son las moléculas del aire, el cielo azul muestra unos finísimos hilos de seda, pero nadie los ve”. Y sin darme cuenta yo me había puesto a dibujarlos. Luego hice algunas acuarelas. También cuando fuimos, mi padre y yo, a la Martinica en un viaje tedioso de un mes, yo dibujaba el mar con una pluma estilográfica. Mi padre se puso tan nervioso que una vez me dijo: “No se puede dibujar el aire”. Solamente con escuchar la palabra aire me concienticé. No le dije nada. Pero un oficial de marina fue a hablar con mi padre para comprarme los dibujos que él despreciaba. Nos pagó 45 dólares y además me dio cartones Bristol, muy buenos, para que yo le hiciera más dibujos sobre este material. Fue entonces que, gracias a mi venta, nos bebimos nuestra primera Coca Cola.

Es decir, la sensación es siempre física y como tal se manifiesta. Es más, todo el arte moderno llamado abstracto, que son millones de cuadros y grabados grandes y chiquitos, así como la poesía más moderna, no son otra cosa que la dinámica de lo sensorial; no están inventando nada, sino simplemente expresan o hacen evidentes huellas de la Naturaleza. Para inventar hay que ser poeta y el poeta lo que hace finalmente es asociar cosas muy distantes o diferentes. Imágenes lejanas se emparientan en su pluma.

Por primera vez dibujé algo semierótico. No era algo evidente, pues no se distinguían los sexos. Tenía una novia que era la modelo de Arístides Maillol, del más grande escultor de desnudos del siglo XX, amigo de Rodin y de Renoir. Cuando mi padre abrió mi cuaderno se topó con este dibujo y me dijo: “Para hacer esto hay que saber dibujar”. En mis retratos no comienzo con los rasgos definidos de una persona, sino con un gesto, una sombra, un brillo, y desde allí reconstruyo la imagen. Todos los temas que hago se reducen a eso: a un imponderable que busca su expresión. Por eso el erotismo no es algo sustancial, sino temático.

El cuerpo es todavía el lugar más misterioso y temible que tenemos. La entrepierna no se enseñaba nunca. Mi máximo deseo en los murales era poder hacerlo sin resultar molesto, y lo hice. Para mí, el erotismo será siempre reivindicativo.

Juventud, exilio, revolución permanente
En Francia conocí a Berdiayev, Pierre Pascal se entusiasmó con sus ideas, ruso, cristiano ortodoxo, filósofo, escritor, egocéntrico con sombrero chambergo, que no paraba de hablar. Respingó contra Lenin, se peleó con él, se alejó de Rusia y escribió grandes libros sobre la espiritualidad en Rusia.

Mi vida en París se desarrollaba en varios órdenes. Todos los días iba del norte al sur de la ciudad, desde Montparnasse hasta el otro extremo; debía caminar para guardar el dinero de regreso, que normalmente era por la noche. Entraba por lo menos a cuatro o cinco galerías y todas las semanas iba al Louvre. Recuerdo una ocasión cuando un editor, amigo de mi padre, nos obsequió un montón de libros entre los cuales uno estaba dedicado a un tal Vincent van Gogh. Mi padre me dijo que fuera a la exposición internacional a ver la obra del artista. Desde ese momento y hasta el presente ese pintor me trastornó por completo, me motivó para siempre.

Leía muchísimo, comenzando por la producción de los grupos antiestalinistas que eran numerosos y que estaban peleados entre sí, pero cada uno aportaba ideas interesantes sobre la revolución rusa, el socialismo, la república española. Yo mismo creé un grupo conformado por anarquistas, comunistas, como aquel sobrino de Molotov, ya de nacionalidad francesa, que hizo todo por expulsarme del grupo.

Yo soy un entusiasta de Lenin, pero terriblemente crítico. Le perdono sus peores crímenes, porque ha cometido crímenes sin ser un criminal, como tampoco lo fue Napoleón, quien dio lugar a crímenes. ¿Cómo se le ocurrió a Vladimir Illich abolir la propiedad privada de los bienes de producción, base de todo lo más avanzado que se ha hecho en la historia, incluyendo al capitalismo? No estamos al final, estamos al inicio y no se sabe lo que es. El totalitarismo se ignora lo que es, como tampoco se tiene una idea clara de la libertad.

París es una ciudad muy especial, es París. Si quieres quedarte encerrado en tu casa puedes hacerlo, pero con un mínimo de interés puedes penetrar un mundo dinámico de cultura y de arte, de ciencia y de pensamiento. Puedes hacer todo lo que quieras.

Yo conocí a André Breton porque se acercó al trotskismo y frecuentaba los cafés de Montparnasse donde se reunía un montón de gente que yo consideraba revolucionarios decadentes, revolucionarios de salón. Yo iba de vez en cuando allí porque vivía cerca, pero también llevado por el interés de encontrar nuevas ideas. Realmente lo que a mí me llamaba era la acción clandestina, la militancia en el anonimato. Yo andaba en los barrios obreros distribuyendo propaganda y reclutando simpatizantes para la causa, además de pasar también por una amiga que tenía sólo una falda y una blusa, ni siquiera un sostén porque no lo necesitaba. Unas trenzas preciosas. Era la modelo de Maillol y adoraba al viejo. Yo la acompañaba a todas partes, sobre todo al estudio de ese gran escultor, a quien me encantaba ver trabajar. Era chiquito, con una barba rala, con una voz gutural, y cuando hablaba de un desnudo no era un desnudo sino una pieza en proceso sobre el barro o el yeso. Vivía la intimidad de la escultura, la cocina del arte. Breton podía conversar seriamente conmigo, pero mi condición militante hacía que me tratara con reserva. Y me trataba así: “Querido joven amigo, qué ha visto usted de bueno”; yo le contestaba que había visitado el Louvre y toda una historia de grandes obras.

Debo confesar que a mí entonces no me entraba muy bien lo irracional. Cuando leí El proceso de Kafka lo tiré porque me parecía una imaginación infantil. Para mí los procesos de Moscú eran una novela que se iba tejiendo día a día por la radio. Escuché el último pronunciamiento de Bujarin antes de que lo fusilara Stalin. También conocí a Zinóviev, Rádek, Murálov; todos ellos eran para mí los artífices de una historia auténtica. La visión orwelliana no me convence porque me convierte en animales a todos los personajes de los procesos de Moscú. Entonces, yo me nutrí con los surrealistas, pero en contra. Iba a verlos a ellos pero no me gustaban, como tampoco me gustaba Picasso, y sí Gericault, Leonardo da Vinci, Rembrandt, Rubens. Viví en el trotskismo, en el terrorismo anarquista, el individualismo anarquista, conocí a terroristas marxistas.

André Gide, Malraux, Wifredo Lam, traté a todos ellos sin glamour alguno, sin pensar en lo importante que eran. Traté también a grandes vanguardistas rusos, siempre pensando en el cambio como algo natural al presente y no como una advertencia del futuro, como piezas de un museo en construcción.

Por cierto, fui amigo de Óscar Domínguez, el pintor surrealista de las Canarias. Se le ocurrió, quince días antes de que Franco se levantara en armas, crucificar un caballo adentro de la catedral. Un acto surrealista, probablemente un tanto involuntario, pues no tenía ese propósito; era más bien una reacción anticlerical. Los fascistas no iban a perdonar semejante sacrilegio y debió salir huyendo. Mujeriego como él solo, tenía unos ojos de perro San Bernardo y una frente mínima. Yo acostumbraba visitarlo en su estudio, donde de vez en cuando él dormía con un par de suecas. Tenía un piano vacío donde guardaba el dinero de algún cuadro vendido y no salía de casa hasta gastárselo completamente. Era un gran personaje. Yo le salvé la vida una vez.

Nunca tuve muchos amigos, pero sí estaba rodeado de camaradas que me protegían. Fui muy solitario.

Los poetas
A Mandelshtam lo conocí cuando tenía ocho años. Era un hombre flaco, con un aspecto típicamente judío, con pelo claro. Le gustaba mucho hablar en francés con mi padre. Yo le recitaba sus poemas. Me tocó ser testigo varias veces de sus crisis de histerismo, pues tendía a exagerar cualquier cosa. Por ejemplo, una vez se puso como energúmeno, estaba muy exaltado y hablaba a gritos contra el régimen. Entonces mi padre, para calmarlo, le regaló un libro de fotografías con paisajes de París. Automáticamente, el poeta pasó a un estado de mansedumbre y felicidad que parecía un gatito sometido a las caricias del amo. Pero en las memorias de Serge están descritos esos encuentros con mayor nitidez. Los míos son sólo pálidas evocaciones del interés que provocaba el personaje en un niño de escasa edad. Mandelshtam era un tanto coqueto y solía visitar a mi padre con su mujer.

Kliúyev es un poeta muy raro porque habla un léxico de los campesinos de la vieja fe en el extremo norte, donde han conservado una fe de corte esotérico, contra la Iglesia oficial, a la cual consideran se ha vendido al diablo del Estado. Recuerdo que alguna vez le dije a un embajador y a un obispo soviéticos, cuando me hice amigo del primero: “Los Raskolniki —es decir, los secesionistas— son los trotskistas de la Iglesia ortodoxa porque rechazaban la nueva Iglesia y reivindicaban los viejos textos, al punto de quemar las nuevas escrituras y llegar a extremos de quemarse a sí mismos. Cientos de personas, incluyendo niños, se ataban junto a una hoguera y se prendían fuego para evitar tentaciones y caer en manos del diablo”. De esta misma estirpe era Kliúyev.

Su obra es difícil de leer porque al mismo tiempo denota simpatía por el comunismo y una fuerte crítica al régimen y su ideología, a través de una escritura muy moderna. Al final de su vida escribió un poema tremendo, “La quemada”. Habla de la Unión Soviética como un país reducido a escombros. Obviamente el poema fue prohibido. En una ocasión lo invitaron extrañamente a leer su poesía en la Casa de los Escritores de Leningrado, porque aunque estaba proscrito tenía una gran demanda y al gobierno le interesaba dar la imagen de apertura. Lo llevaron a un restaurante a comer y beber algo antes de que le tocara el turno. Mientras tanto, los presentadores hablaban mal del escritor y en particular de ese poema, al que tachaban de traición al pueblo soviético y a la revolución. El público aguardaba silencioso su lectura y no aplaudía, lo cual se interpretaba como un rechazo a sus textos, pero en el fondo era un admirador del poeta.

Escribió una carta al buró político del Comité Central del PCUS y a Stalin directamente; una de sus líneas dice: “Y ahora, perdóname o déjame morir”. Kliúyev vivió un martirio, lo metieron en un tren con todo su equipaje y allí murió. Se perdieron todos sus escritos que llevaba con él. Pero se publicaron dos volúmenes de su obra porque la gente robaba, copiaba los poemas y eso ayudó a rescatar parte de su producción.

Voloshin era asmático y tenía unos perros muy grandes. Yo lo recuerdo en su casa de playa en Crimea, cuando mi padre y yo íbamos a visitarlo. Allí conocí a Diego Rivera a través de un cuadro cubista de su autoría. No sabía quién era ni me imaginaba siquiera que algún día iba a conocerlo en su propio país. Eso se lo conté a él mismo años más tarde en la ciudad de México. Mi padre preguntó mi opinión sobre la pintura y le contesté que era muy fácil, que yo podía hacerla. Él me miró con aire desafiante y me dijo: “Pues hazla”. Creo que aún anda por allí un dibujo malo, producto de esa acción cubista. Maximiliano Voloshin era un gran acuarelista extraordinario. Nos regaló a cada uno, a mi padre, a mi madre y a mí, una acuarela dedicada. Voloshin vestía de una manera muy original, a la manera griega. Evoco con frecuencia uno de sus poemas que dice: “Estoy entre dos campos de batalla y rezo por los unos y los otros”.

Pasternak, después de diez años de ostracismo y de estar viviendo de las traducciones de Shakespeare, hizo una lectura en la Casa de los Escritores. Se le cayeron los papeles que leía y el público continuó recitando sus poemas de memoria. Él, con lágrimas, escuchaba incrédulo a un auditorio que daba muestras de su devoción no sólo a su obra, sino a la poesía.

De Maiakovski sólo recuerdo a su perro. Estábamos en un restaurante en Leningrado y el poeta entró con su enorme can, más grande que yo. Mi padre dice que allí comentó que se iba a pegar un tiro, pero yo no recuerdo nada, salvo a su perro.

Mi padre se frecuentaba con poetas como Seriozha —o Serguéi Esenin—, Anna Ajmátova, Boris Pasternak, Mandelshtam.

Conozco las traducciones de los grandes poetas franceses desde la edad de diez años, gracias a que mi padre frecuentaba a un gran poeta ruso, Yakov Lifchitz, quien dedicó parte de su vida a verter la poesía francesa a nuestro idioma. En Rusia hay traducciones extraordinarias de todos los tiempos, traductores fuera de serie. Pushkin era uno de ellos.

Infancia: Los colores del aire
Yo tengo grandes conflictos con mis recuerdos, porque siento que estoy cambiando de piel otra vez. Me doy cuenta de que viví en un gran aislamiento, muy fecundo, porque lo convertí en un trabajo cotidiano.

No sé estar con la mente tranquila, en blanco. Me da miedo cuando no tengo una idea a la hora del baño.

Tengo un cuadro que llamé Magiografía bolchevique, que es una copia de una fotografía de familia, muy conocida ahora, de Trotsky con su Estado mayor atravesando la Plaza Roja. Este cuadro lo pinté en México como una especie de imagen simple que evocaba una imagen del pasado, pero un día lo vio Isabel, mi mujer, y me dijo: “No, este cuadro representa la despedida de tu infancia y a la vez su exaltación”. Porque en dicha escena no hay nada de lo más terrible de nuestra vida allí: hambre, frío, humillaciones, persecución, miedo, amenazas, gran orgullo, gran ternura interior en la familia, la locura de mi madre rompiendo vidrios, sus crisis nerviosas, llanto, impulsos de suicidio. Uno de los periodos más terribles de Rusia, el punto nodal de la construcción de la dictadura estalinista y las grandes y abominables purgas, no sólo de intelectuales, sino del pueblo, de quienes no pensaban igual, se comportaban diferente o simplemente significaban una amenaza para la ideología de un hombre. Ese cuadro evoca el lado optimista de mi padre, el poeta que siempre mira las estrellas. Mis recuerdos de Rusia se confrontan con mis viajes allí, con el reconocimiento de cada rincón de ese país. Son terribles. Veo mi cabeza contra los muros en las riberas del Neva, sin entender la locura de mi madre. Me veo de nuevo en las cercanías del Ermitage, ya adulto, de visita en Leningrado, hoy San Petersburgo, llorando sin motivo aparente, porque la demencia tiene algo de estupidez que impide la libertad, la creación.

Salí de Rusia en 1933 al destierro que pasaría por Bélgica y por Francia. Uno de los recuerdos más fuertes es cuando nos sacaron de Orenburgo, porque teníamos ya escorbuto y malaria. Fiebres tan altas que el esqueleto no dejaba de temblar, de sacudirse de manera violenta. Aún puedo recordar de manera vívida ese incontrolable movimiento del cuerpo. Mi padre no fue sólo un poeta, pues un poeta es alguien que está un poco fuera de la realidad, y Serge era un hombre extraordinariamente concreto y, sobre todo, era un creador. Un hombre crítico que iniciaba su crítica a partir de un proyecto mejor, es decir, él criticaba, no denostaba. Cuando vivió en París sus mejores amigos eran los habitantes de los puentes, los cautivos, el lumpen, porque sentía que de ellos aprendía mucho de la condición humana. La locura venía de mi madre, una familia sensible: histéricos, llorones, alegres, amantes de la música, de la pintura, de la poesía. Mi padre era el equilibrio incluso en los peores momentos de nuestras vidas.

En una ocasión, cuando estábamos en Marsella, Francia, en una zona libre, no ocupada, el gendarme nos pidió los papeles de identificación. Nos hallábamos recluidos en un barco de lujo, sin acceso a las calles, y cuando vio aquella especie de documentos alzó la vista y me espetó: “¿Es usted judío?”. Yo iba a decir sí, sin entender siquiera lo que esto significaba. Mi padre, que estaba atrás de mí contestó en francés: “No tenemos el honor”.

En otra ocasión, Indalecio Prieto lo llevó con su mejor amigo, un banquero de los españoles, un señor de apellido Bloch. Estaba éste en una tertulia en su casa y Bloch le presentó orgulloso a una persona a quien nombró: “Su majestad, el rey Carol”. Serge se puso el sombrero y espetó: “El rey ahorcador”, pues éste había mandado ahorcar a sus amigos. Serge fue siempre oportuno y fuerte en sus posiciones.

Mi padre me dijo: “No recibirás herencia de mi parte, no tengo nada qué dejarte, pero puedes usar mi nombre”. Eso para mí ha sido más que suficiente. Lo que tengo, lo que hemos hecho Isabel y yo, ha partido de la nada, sólo de nuestro esfuerzo.

Nadie me llevó a la iglesia y nadie me habló de religión. Yo detestaba a los niños que jugaban a seguir los rituales eclesiásticos, no porque fueran a los templos, sino justamente porque no eran religiosos. Me sucedía un poco como hoy me ocurre con las izquierdas. Yo le reprocho a la izquierda mexicana el no haber existido, el no haber sido de izquierda. De los pocos hombres de izquierda en México nadie habla, nadie leyó sus publicaciones donde aportaban ideas y propuestas muy interesantes.

Lo primero que debemos aclarar es qué se entiende por ortodoxia marxista. Si dicha ortodoxia estaba representada por los bolcheviques, entonces debemos pensar en que Stalin estaba en contra de dicha ortodoxia y por eso los mandó matar. Stalin asesinó a los bolcheviques pensantes, a quienes tenían una concepción marxista más abierta. Por eso me pregunto, ¿cuál ortodoxia?

En Orenburgo, quien me dio las primeras clases de economía y me hizo leer a Lenin porque lo había conocido y discutido con él, fue Eltzin, cuyos dos hijos fueron mártires del estalinismo. Uno era secretario de Trotsky y el otro, al final murió de tuberculosis. Eltzin me daba clases de economía rusa y de economía política.

Yo siempre tuve la curiosidad de saber qué estaba pasando allí, pero al mismo tiempo me evadía buscando otra cosa, haciendo otras lecturas, buscando en Shakespeare, en la pintura. Ahora sé que la pintura siempre será esa otra cosa.

Rusia tuvo en el siglo XX la experiencia de 200 años. Todas las esperanzas y todas las tragedias de dos siglos en apenas la mitad de uno de éstos. Exterminio de masas, traspaso de poblaciones, éxodos de pueblos enteros de campesinos de Ucrania, de Tartaria, del Cáucaso hacia Uzbekistán. Persecución masiva del campesino presuntamente rico porque poseía una vaca, cuatro chivas, un caballo; por una inteligencia ideológica completamente loca, mal comprendida por gente primaria, por pulgas que se convertían en dragones. Yo era un niño y no tenía idea de todas esas cosas; en un cuadernito fui guardando imágenes que se quedaron en la memoria porque nos confiscaron todos nuestros bienes, incluyendo ese cuadernito. Lo que no podían arrancarnos era la memoria.

 
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