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Representación política, raza y nación
Fuera de Bolivia se ha hecho común atribuir el triunfo electoral de Evo Morales a lo que comentaristas y analistas llaman el «factor étnico», que, a su vez, según algunos, representaría una suerte de «racismo al revés» compartido con el proyecto nacional bolivariano de Hugo Chávez y el etnocacerismo de Isaac Humala.
Gerardo Rénique
Así,
Mario Vargas Llosa ha señalado la existencia de peligrosas «reminiscencias hitlerianas» entre estos tres disímiles proyectos nacionales. Más aparatosamente aun, otros como el estadounidense Michael Radu, experto en terrorismo y contraterrorismo, aseveran que el supuesto maridaje entre «estatismo, racismo y odio hacia la democracia» del programa de Evo Morales representa una forma de fascismo (1).
Vista desde la perspectiva de las clases subalternas bolivianas, sujetas desde la creación de su república a un Estado y una sociedad erigidos sobre la explotación, la humillación y la marginación de la mayoría indígena, la identidad aimara de Evo Morales constituye, sin duda, un factor muy importante en su ascenso político. Sin embargo, su triunfo electoral no puede atribuirse exclusivamente a este factor sin tomar en consideración su programa y su trayectoria política.
La emergencia de Evo Morales primero como parlamentario y después como candidato presidencial es el resultado de su participación y liderazgo en las luchas del pueblo boliviano —indígena y no-indígena— contra la reestructuración neoliberal y el intervencionismo estadounidense de los últimos años. Evo Morales no solo obtuvo la mayoría en distritos «blancos» de clase media y alta de La Paz, sino que además logró un sorprendente 30 por ciento en Santa Cruz, el bastión de la derecha separatista más abiertamente antiindígena de toda Bolivia. Más aun: la lista electoral encabezada por el indigenista radical Felipe Quispe, severo opositor de Morales por su «colaboracionismo» con fuerzas políticas y sociales no-indígenas, apenas logró 2 por ciento del voto.
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El que no haya existido en América Latina —como sí ha ocurrido en los Estados Unidos y Sur-África— disposiciones jurídicas que mantuvieran y regimentaran la segregación en contra de la población no-blanca y dispositivos constitucionales que declararan su igualdad, alimentó en la región la fantasía de su libertad del estigma de la discriminación racial. También contribuyó con esta el mito del mestizaje o la creencia en la predominancia de la mezcla racial y cultural en la formación de las identidades nacionales latinoamericanas bajo la cual se asume habrían sido absorbidos indígenas y afrodescendientes.
Las demandas y luchas democráticas del campesinado indígena andino, que desataron la crisis y el colapso de la dominación oligárquica durante las décadas de 1950 y 1960, fueron parte de una más amplia reconfiguración de la formación racial global. La lucha por los derechos civiles de las minorías raciales en los Estados Unidos, los movimientos anticoloniales de liberación nacional y, en América Latina, la Revolución Cubana, en conjunción con la erradicación del racismo científico de la antropología y las ciencias sociales, contribuyeron a la emergencia de un nuevo entendimiento cultural de la diferencia y al rechazo de las bases raciales de la identidad cultural/nacional.
En Bolivia el campesinado, en alianza con las milicias armadas de los sindicatos obreros y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), participó en la revolución de 1952 que instauró un Estado nacional desarrollista que decretó una amplia reforma agraria, la universalización del voto sin restricciones de género, económicas o culturales, un sistema de educación bilingüe, y la autogestión obrera en las empresas mineras nacionalizadas y bajo control estatal. Sin embargo, la derechización del MNR dio inicio a lo que René Zavaleta describió como la «colonización de la Revolución Nacional por el imperialismo» asentada sobre la intensificación de la explotación capitalista y la humillación racista de las mayorías indígenas.
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Los regímenes neoliberales, además de profundizar el divorcio entre el Estado y las clases populares, desataron una feroz ofensiva política e ideológica con el objetivo de lograr su total sumisión. El extraordinario deterioro de las condiciones de existencia ocasionado por las medidas económicas, las privatizaciones y el desmantelamiento de programas y servicios públicos afectó sobre todo a los sectores de por sí más pobres y marginalizados. Fue precisamente de entre los 225 millones de pobres —44 por ciento de la población de América Latina— de donde surgieron las primeras acciones de masas de rechazo al neoliberalismo.
La rebelión de las poblaciones de barrios marginales de Caracas y otras ciudades venezolanas de febrero de 1989 dio inicio a la crisis y movilización que veinte años más tarde haría posible el ascenso de Hugo Chávez a la Presidencia. Durante la siguiente década, la persistencia de estas movilizaciones logró erosionar la legitimidad del neoliberalismo y dio lugar a un realineamiento de las fuerzas sociales y políticas en la región. Huelgas y movilizaciones populares en el Perú (2000), una insurrección popular en la Argentina (2001) y, más notablemente, rebeliones con mayoritaria participación indígena en el Ecuador (1997, 2000, 2005) y Bolivia (2003, 2005) derrocaron a regímenes corruptos y represivos identificados con los intereses cohesionados desde la Casa Blanca bajo el denominado «Consenso de Washington».
Una característica importante de estas movilizaciones fue la centralidad de nuevos actores políticos (jóvenes, indígenas, mujeres, desocupados) que, junto con las organizaciones populares preexistentes, crearon nuevos movimientos sociales y revitalizaron las anteriores organizaciones de clase. Organizaciones que, ante el entreguismo de los gobiernos del neoliberalismo, se erigieron como defensoras de la soberanía nacional seriamente comprometida por las privatizaciones, la intromisión foránea y los acuerdos de libre comercio que se tratan de imponer en la región. Movilizados por principios de solidaridad, participación colectiva, autor respeto e interés comunal, estas instituciones populares constituyen además un poderoso desafío al individualismo, el egoísmo y la exclusión, los valores centrales de la cultura neoliberal.
Una consideración seria de las nuevas tendencias del pensamiento nacional en América Latina debe tomar en cuenta este nuevo repertorio de principios e ideas forjado en este reciente ciclo de luchas democrático-nacionales, así como la biografía, la formación intelectual y las trayectorias políticas de sus líderes y voceros. En el caso de Hugo Chávez, sus más tempranas influencias las recibió de la participación familiar en conflictos contra los poderes locales terratenientes durante el siglo XIX, así como de la actividad sindical de sus padres. Su izquierdismo, por otro lado, fue alimentado tanto por sus contactos y discusiones facilitadas por la militancia revolucionaria de su hermano, cuanto por la tradición de acción conjunta entre los militares patrióticos y la oposición izquierdista establecida entre estos dos sectores —bajo el Frente Patriótico— en el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez (1958). Su lectura, cuando era un joven cadete, de los discursos del general Velasco Alvarado, inspiró sus planteamientos acerca de la reconversión de las Fuerzas Armadas como activo participante en programas de asistencia y desarrollo económico y social. Su opción por la vía electoral luego del fracaso de su intento de golpe de 1992, su establecimiento de una alianza con intelectuales y organizaciones de izquierda durante su campaña electoral y después durante su presidencia, y, sobre todo, su enfrentamiento con la derecha apoyada por los Estados Unidos y partidos centristas y socialdemócratas, estrecharon su relación con las clases populares.
En este contexto de enfrentamiento con los Estados Unidos, Chávez no solo radicalizó su nacionalismo sino que además se vio obligado a reformular su relación con la izquierda y las organizaciones populares. Aunque estas se hicieron más fluidas después del referéndum del 2004, militarismo, caudillismo y culto a la personalidad se mantienen como importantes obstáculos en la concreción de la democracia participatoria venezolana (2). En el contexto de enfrentamiento con los Estados Unidos e intereses transnacionales, sin embargo, el bolivarianismo —entendido como la unidad política latinoamericana contra la injerencia estadounidense— también cobró especial relevancia. Sus programas de desarrollo regional y comunitario, programas educativos y de salud, han favorecido sobre todo a la población pobre y trabajadora en su gran mayoría de descendencia africana. La mayor visibilidad de afrodescendientes, sea en la movilización social como en el aparato del Estado, así como el color del propio Chávez —de por sí notables en un país tradicionalmente representado por políticos y reinas de belleza blancas— no ha pasado desapercibido para la reacción y sus opositores que manipulan este hecho, así como las declaraciones de Chávez en contra de «los blanquitos» en la oposición, como indicativos de un supuesto «racismo al revés».
Por otro lado, el pensamiento nacional de Evo Morales debe su mayor influencia a la cultura de resistencia indígena forjada en una larga lucha anticolonial influenciada por el socialismo, el indigenismo katarista y el nacionalismo revolucionario. Su carrera política iniciada en la década de 1980 como dirigente de los productores de coca está estrechamente entrelazada con la sostenida insurgencia popular que, iniciada el año 2000 con la memorable «guerra del agua», logró la expulsión de la empresa transnacional francesa Suez, la caída sucesiva de dos presidentes, una legislación a favor del control nacional de los hidrocarburos y la derrota de las pretensiones continuistas/golpistas auspiciadas por la derecha y sectores empresariales de Santa Cruz. Su liderazgo y candidatura, surgidos al calor de estos sucesos y cimentada sobre una red de movimientos sociales y organizaciones populares autónomos e independientes de los partidos políticos establecidos, constituyen un hecho inédito tanto para Bolivia cuanto para América Latina.
Movilizados contra la reestructuración neoliberal del Estado y la economía bolivianos en beneficio de intereses extranjeros y el intervencionismo de los Estados Unidos y los organismos multilaterales, estos movimientos se constituyeron en los defensores de hecho de los intereses nacionales y derechos democráticos del pueblo boliviano (3). Sus demandas de recuperación nacional de los hidrocarburos, la reforma agraria, la no privatización de servicios públicos y bienes comunes, y la refundación del Estado-Nación boliviano como una democracia efectiva, participatoria e incluyente, fueron asumidas como propias por Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS).
A diferencia de estos, el abogado empresarial Isaac Humala, inventor del etnocacerismo, fue un desconocido en la política y en la vida intelectual hasta el levantamiento protagonizado por sus hijos Antauro y Ollanta en octubre del 2000. Hasta ese momento, sus ideas parecen haber estado restringidas al estrecho círculo de participantes en el MEC (militares etnocaceristas). Mientras que democracia, multiculturalidad, plurietnicidad y desarrollo nacional ocupan un lugar central en los nacionalismos de Chávez y Morales, la formulación humalista descansa sobre ideas esencialistas de raza y cultura. Su extremadamente «racializada» visión de la historia (supremacía de «la raza cobriza», fracaso en el Perú de «la raza blanca», «especie humana dividida por naturaleza en cuatro razas troncales») tiene un incuestionable origen en el pensamiento hitleriano que, como este, tiene también pretensiones universalistas. Autodefinido como una «ecología de categoría suprema», el etnocacerismo se propone la redención de la raza cobriza en la cual «el Gran Perú (que incluiría al Perú, Bolivia y el Ecuador) se perfila inexorable a ser la nación y la patria de todos los cobrizos incaicos y no incaicos, de aquende y allende de nuestras fronteras geográficas». Si bien políticamente se posicionan como una fuerza antisistema en contra de la globalización, el capitalismo y la burguesía —replicando al nazismo-fascismo—, proclaman, al mismo tiempo, su hostilidad contra la izquierda. Así, para Isaac Humala el subcomandante Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) es otro «culito blanco» que manipula a los despistados indígenas mexicanos, mientras que descalifica a la izquierda peruana por considerar a sus líderes «nietos degenerados» descendientes de oligarcas y «neocriollos» para los cuales el Perú «no es Patria sino patrimonio» (4). Cuánto influyen las ideas del padre sobre la actividad política —por ahora algo encontradas— de Antauro y Ollanta, es algo que todavía no está muy claro. Por el momento, mientras que este último pareciera expresar una versión más light del etnocacerismo, el más militante Antauro abraza su forma más dura.
La fugaz coincidencia espacial —no exenta de intencionalidad y oportunismo políticos— entre Hugo Chávez, Ollanta Humala y Evo Morales recogida en la fotografía de amplia circulación en la prensa debe pues ser tomada como tal y no como expresión del «fascismo» o »racismo al revés» que sugieren Radu y Vargas Llosa. En el contexto global actual, la afinidad ideológica que artificialmente se trata de establecer entre las posiciones de Chávez y Morales con el nacionalismo fascistizante de don Isaac Humala no tiene otro objetivo que la «demonización» del nuevo Gobierno boliviano como la más reciente adición al «eje del mal» que, dirigido en América Latina desde Caracas y La Habana, hostiga a la civilización y progreso del capitalismo globalizante.
Notas
(1) Vargas Llosa, Mario: «Raza, botas y nacionalismo», El País, Madrid, 15 de enero del 2006; Radu, Michael: «The End of Bolivia?», Foreign Policy Research Institute,.
(2) Para una apreciación crítica del «chavismo», véase Wilpert, Gregory: «Venezuela: Participatory Democracy or Government as Usual?», en Socialism and Democracy, Vol. 19, Nº 1, marzo del 2005, pp. 7-32.
(3) Véase Gilly, Adolfo: «Bolivia: A 21st-Century Revolution», Socialism and Democracy, Vol. 19, Nº 3, noviembre del 2005, pp. 41-54, y también F. Hilton et al.: Ya es otro tiempo el presente. Cuatro momentos de la insurgencia indígena, La Paz: Muela del Diablo, 2005.
(4) Citado por Kiernan, Sergio: «’Mi lucha’, versión andina», Página/12, Buenos Aires, 29 de enero del 2006. Véase, también, Sifuentes, Marco: «El regreso de los Humala», Lima, 20 de octubre del 2002, agenciaperu.com.
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