Los intelectuales y el poder
¿Han desaparecido los intelectuales, como sugiere el hábilmente ambiguo
título de Collini? ¿Ha sucumbido finalmente el distinguido linaje que va de
Voltaire a Bertrand Russell con la desaparición de Edward Said?
Terry Eagleton
Me
apresuro a decir que hay muchas personas listas en derredor; pero no todas
las personas inteligentes son intelectuales, y no todos los intelectuales son
particularmente inteligentes. En un sentido general, los académicos son
considerados intelectuales, porque comercian con ideas; pero los así llamados
intelectuales públicos, aquellos que pretenden ser formadores de opinión y
exegetas culturales son una casta rara y perpetuamente amenazada.
En una oportunidad, Raymond Williams comentó que la única cosa cierta sobre
la sociedad orgánica era que siempre se había extinguido, y lo mismo se aplica
al florecimiento de la intelligentsia. Michael Foucault proclamó la extinción
del intelectual clásico al estilo de Sartre, aquél que se manifiesta con
autoridad sobre cualquier cosa, desde la estética a la política, y se presenta
como la verdadera fuente de verdad y de justicia. Foucault cree que, dada la
muerte de las grandes narraciones, estas arrogantes criaturas deberían
represarse para pasar a pensar a pequeña escala. Sin embargo, a pesar de la
censura de Foucault, Jürgen Habermas, Pierre Bourdieu y Julia Kristeva siguen
operando en ese espacio público, como si nunca hubieran oído hablar de que ese
espacio ha sido clausurado.
Las lamentaciones por la desaparición de ese tipo de intelectual
“generalista” forman parte del paquete de acciones negociables de los
intelectuales generalistas. Para F. R. Leavis, sólo la mirada profunda y
desinteresada del crítico literario está en condiciones de resistir las oleadas
de vulgaridad lucrativa y de partidismo político provocadas por el siglo XX. Con
todo, este proyecto, verdaderamente digno del Rey Canuto, ha sido abrigado un
sin fin de veces antes. En la Inglaterra victoriana, Matthew Arnold arguyó
prácticamente lo mismo, y un siglo antes, Samuel Johnson se había estremecido ya
ante el colapso del conocimiento universal. A pesar de que Johnson se lamentaba
de que no hubiera ya una mente capaz de abarcar una cultura crecientemente
fragmentada y especializada, Samuel Taylor Coleridge y John Stuart Mill lograron
con bravura precisamente eso. Una y otra vez, los intelectuales públicos se han
enfrentado tan altanera como tenazmente al supuesto hecho de su propia reducción
al silencio, a su derrota por consecuencia del debilitamiento de la esfera
pública, de la rampante división conceptual del trabajo y -en nuestros días- del
surgimiento de un nuevo y formidable poder formador de opinión pública que
responde al nombre de “medios de comunicación de masas”.
Se supone que los británicos son particularmente hostiles a los
intelectuales, prejuicio, éste, inseparablemente vinculado a la animosidad
británica para con los extranjeros. En realidad, una de las más importantes
fuentes de este fastidio anglosajón con los petulantes y los intelectuales fue
la Revolución Francesa, que fue vista como un intento de reconstruir la sociedad
en función de principios racionales y abstractos. Para los críticos de la
Revolución, una colección de malquistados soñadores convirtieron a una nación
entera en laboratorio de sus abominables experimentos intelectuales. Por el
contrario, los resueltos pragmáticos británicos confían en la costumbre, el
instinto, los precedentes, las reformas graduales y el robusto sentido común. Si
algún día se decidieran a circular por el lado derecho de la vía, harían el
cambio en forma gradual. Las clases medias británicas, según la teoría, nunca
necesitaron grandes ideas políticas, porque se deslizaron gradualmente hacia el
poder, en vez de tomar posesión de él por medio de confrontaciones
revolucionarias. Cuando usan la palabra “intelectual”, generalmente ponen por
delante un “sedicente” o “soi-disant”, alarmados por la posibilidad de estar
obsequiando inopinadamente a sus enemigos el cumplido de sospechar que son
inteligentes.
Uno de los objetivos del magistral estudio de Collini es deshacer la
presunción de que los ingleses son una raza particularmente antiintelectual. Se
burlan de los intelectuales, pero no tienen el monopolio de ese prejuicio.
Además, no se puede entender que una nación que dio figuras de la talla de
Coleridge, Mill, Shaw, Wells, Russell, Keynes, Huxley y Orwell haya carecido de
intelligentsia. Collini hace polvo también el mito de que los intelectuales son
siempre gentes de oposición. Por el contrario, Inglaterra tiene una herencia
venerable de intelectuales conservadores, desde Edmund Burke hasta Roger
Scruton. No hay nada en las ideas que les confiera el poder de colocar
automáticamente a quien las abriga en una u otra posición, por preponderante que
sea. Muchos intelectuales han sido fieles servidores del estado.
Lleva razón Collini cuando sostiene que hay un regustillo de individualismo
romántico en la idea del último Edward Said: el intelectual no está sometido a
reglas, es independiente, es un eterno forastero. Sólo es posible vivir de ese
modo, cuando se tiene una base material en la misma cultura que se critica (en
el caso de Said, un cargo de Profesor en la Universidad de Columbia). No veo en
cambio razones para adherirme a la cínica afirmación de Collini, según la cual
ese tipo de disenso es simplemente una forma de mala fe. ¿Es que William Morris,
Sylvia Pankhurst y Walter Benjamín no fueron sino glamorosos buscadores de
prestigio? El intelectual al margen del sistema, sugiere Collini, tiende, con
autoindulgencia digna de mejor causa, a caricaturizar al integrado como
circunspecto y cauteloso, bien conectado, convencional, conformista y falto de
originalidad. Dado que muchos de esos adjetivos describen de manera harto
precisa al propio autor, el acero de su sátira se ve ostensiblemente
mellado.
Hay, de hecho, en este libro algo de perspectiva de Rey ante desfile. Collini
tiene una pedante aversión por el análisis estructural, y parece desconfiar de
casi todas las generalizaciones, hecha la salvedad de las suyas. Las polaridades
son inevitablemente simplificadoras. Cuando percibe una antítesis, se apresura a
buscar el término medio. Como tantos académicos de Oxbridge y con independencia
de la brillantez de sus resultados, lo cierto es que se ha pasado la vida
hurgando en las ideas de otras personas. Las sesiones tutoriales de Oxbridge
fueron tradicionalmente un lugar en el que una parte -el estudiante- se
tambaleaba ante una inmensa e inmanejable cantidad de ideas, mientras la otra
-el tutor- lo interrumpía sarcásticamente traspasándolo a cada rato con la
espada de su inteligencia desinteresada, para acabar despachándolo acaso más
pobre, pero más honesto. Hay más de un toque de este tipo de ligereza escéptica
en el texto Absent Minds, un libro para el que (a diferencia de lo que ocurre en
la obra de Raymond Williams) el compromiso resulta finalmente irreconciliable
con la complejidad. El enorme punto ciego del estudio -no hará falta decirlo- es
la ausencia de crítica al liberalismo de clase media de su propia época. Al
presentarlo como punto equidistante entre la derecha y la izquierda, se queda
donde todos, instintiva y corpóreamente, imaginamos estar: arrojados en algún
punto medio.
Aún así, aquí es donde el temple liberal de su autor salta más a la vista.
Collini es un retratista habilidoso, y nos obsequia con algunos camafeos
rebosantes de vívidos detalles de figuras como Collingwood, T. S. Elliot,
Orwell, A. J. P. Taylor y Freddie Ayer, y con algunas reflexiones más generales
sobre la historia y la naturaleza de la intelligentsia. A pesar de sus recelos
frente a todo lo que huela a izquierda, no deja el libro de rendir un homenaje
generoso al más polifacético de nuestros pensadores contemporáneos, el marxista
Perry Anderson. Si bien el libro tiene la cautela y la fastidiosa falta de
compromiso propia de Cambridge, ofrece también una buena combinación de análisis
lingüístico y respeto por las ideas. Es un trabajo con estilo y fineza
analítica, una demostración de ágil inteligencia para el ejercicio de las mismas
virtudes liberales que defiende. Collini es un académico antes que un
intelectual, pero su estilo literario combina periodismo y erudición, en la
mejor tradición de la tradición que es objeto de su investigación. El libro
tiene un talento sarcástico que se disfruta y, a pesar del nombre del autor, es
tan inglés como un ritual de te a las cinco de la tarde. Tendrá una vasta
audiencia de admiradores; en parte, porque es una excelente condensación de
varias décadas de investigación y reflexión, pero también porque Collini nunca
ha sido conocido por emitir opiniones que persona decente alguna pudiera
considerar ni remotamente ofensivas.
El papel del intelectual, se dice, es hablarle al poder con la verdad. Noam
Chomsky ha desmentido este cliché curialesco mediante dos tipos de argumentos.
De un lado, el poder ya conoce la verdad; y está ocupado tratando de ocultarla.
Del otro, los que necesitan la verdad no son los que están en el poder, sino
aquellos a quienes el poder oprime. Collini muestra inseguridad con las nociones
de poder y opresión; para él, la sociedad es simplemente un delicioso conjunto
de opiniones y posiciones diversas que no tienen que ver con algo tan vulgar
como el poder dominante. Sin embargo, su espléndidamente perceptiva
investigación de la casta intelectual inglesa -con el agregado de un puñado de
pensadores franceses y norteamericanos que viene a completar la cosa- será
difícil de desbancar como el tratamiento definitivo del asunto..