Albérico Lecchini |
26 de marzo
de 2002
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Los samis (lapones)
son los pobladores más antiguos del norte de Escandinavia. Comenzaron
a establecerse en las regiones más templadas al sur y norte del
círculo polar ártico por lo menos desde hace 10 000 años.
La corriente del Golfo de Mexico influye notablemente en el clima, que
es mucho más templado que en regiones similares de otros continentes.
Son unos 150 000, tienen idioma propio, y están distribuidos por
cuatro países: Finlandia, Noruega, Rusia y Suecia. La cría
del reno y las labores vinculadas a esta actividad constituyen la base
de su cultura. El mundo moderno representado por las empresas madereras,
las mineras, las de energía hidroeléctrica y los propietarios
de fincas han ido erosionando ese universo, e invadido territorios que
reclaman como suyos. En Suecia todavía siguen luchando por su tierra
colectiva, con la esperanza de que el gobierno finalmente firme la Convención
Para los Pueblos Originarios de la Organización Internacional del
Trabajo, que paradójicamente colaboró en redactar.
Pastor y empresarioLa vieja iglesia
de madera pintada de rojo ladrillo está al final del pueblo de Jukkasjärvi.
Se alza majestuosa con el Torneälv de fondo, un río que se
ensancha y forma un lago en esa zona, y en cuyas riberas se cuelgan los
poblados y casitas de los samis. Esa bella iglesia construida a principios
del 1600 es un símbolo no sólo religioso, sino un mojón
más de una larga historia que los samis denominan "colonialismo
sueco".
-Este lugar
era un mercado de los samis. En realidad ni siquiera un poblado. De distintas
partes de la región venían los cazadores y pescadores, los
vendedores de pieles y artesanos a canjear sus productos. Los primeros
evangelistas y predicadores encontraron el lugar muy apropiado para cristianizar
a la población sami. Por eso la iglesia es una de las primeras construcciones
de este lugar, cuenta Lars Notti, un criador de renos que nos recibe
en un corral junto a sus animales, entrenados para tirar trineos.
Los renos se
abalanzan cuando lo ven llegar con una carretilla llena de pienso, aunque
respetan entre ellos la jerarquía interna de los machos más
fuertes. Nos miran con curiosidad. A un costado del corral, se alza una
choza (kåta) tradicional, construída con una técnica
similar a la que usan los indígenas americanos: largos y delgados
palos unidos en el extremo superior, formando un cono. La estructura es
cubierta sin embargo por ramas y barro, con una puerta y con una abertura
en la parte superior, para dejar escapar el humo del fogón que se
enciende en el suelo, en el centro de la choza. Una versión más
moderna y veraniega, sigue la misma estructura, pero se cubre con una lona
semitransparente, que deja pasar la luz. El suelo se cubre de ramas muy
delgadas, y encima de ellas se disponen en círculo pieles de reno.
A esta última choza nos invita Lars Notti a sentarnos y comer churrascos
de carne de reno, aderezados con mermelada de arándano rojo, todo
envuelto en un pan chato y elástico de harina de trigo. El y su
familia, viven a poca distancia en un chalet con todas las comodidades
del mundo moderno.
Lars Notti es
un ejemplo muy claro de la transformación a la que se han visto
obligados a realizar los samis para sobrevivir en la sociedad moderna y
mantener sus tradiciones: pastor de renos durante algunos meses del año,
empresario y guía turístico el resto de la temporada. Viste
el traje típico de la región: pantalón de cuero de
reno ajustado, botas del mismo material y de puntera levantada, y una chaqueta
azul que cuelga hasta sus rodillas, adornada con delgadas franjas amarillas,
rojas y verdes. Un grueso cinturón de cuero la ajusta a su cintura,
de donde cuelgan dos cuchillos con cabo de guampa, las herramientas esenciales
para cualquier criador de renos.
Sistema colectivoDurante milenios
la vida tradicional de de los samis se desarrolló en base a un sistema
colectivo denominado siida. Administrado por un consejo formado
por las familia de cada pueblo, los miembros distribuían las zonas
de caza y pesca entre ellos. También cumplía la tarea de
un tribunal en en caso de conflictos o delitos. Reglamentaba asímismo
el canje de productos en el mercado.
Las costumbres
y cultura alrededor de la cría sistemática del reno, que
se ubica por los historiadores a partir del siglo XVI, se afianzó
y significó ingresos para la corona sueca a través de los
impuestos en natura que cobraba, principalmente material para sus ejércitos,
donde el cuero de reno era uno de los principales componentes en la indumentaria
de sus soldados.
En la estación
estival los renos son trasladados a la montaña a pastar en los prados
inmensos de las laderas, mientras que en invierno bajan a los valles donde
la temperatura no es tan dura y tienen el alimento principal en los bosques.
Esa rutina marcada por las estaciones del año no fue un problema
mientras los estados nacionales no existían, y la propiedad privada
tampoco. Para los samis había un solo territorio, el Sápmiland
(Tierra de los Samis) A mediados del 1700 cambiaron las condiciones y se
demarcaron las fronteras entre Finlandia y Suecia. Posteriormente vendrían
nuevas negociaciones y trazados de fronteras entre Dinamarca/Noruega y
Suecia, y entre Noruega y Rusia, que limitaron aún más el
libre movimiento de los samis y sus rebaños. De esas negociaciones
entre las coronas de Dinamarca/Noruega y Suecia, surgió el código
lapón que le garantizaba a los samis ciertos derechos establecidos
por sus costumbres, y se declaraba inviolable como cualquier convenio de
límites territoriales entre los estados.
Los conflictos
regionales y geopolíticos entre los gobiernos de aquéllos
cuatro países se hicieron cada vez más tensos y frecuentes
por la explotación de las riquezas naturales, con el consiguiente
cierre de fronteras.
Los samis, acostumbrados a trasladarse en su territorio sin pensar en esas delimitaciones políticas,
fueron las primeras víctimas del forcejeo entre esos estados. Y
se vieron obligados a asumir las nuevas nacionalidades que les impusieron.
Sin embargo en caso de guerra entre Dinamarca/Noruega y Suecia, el código
lapón declaraba a los samis como una Nación, y se los consideraba
neutrales.
La frontera agrícolaUno de los consejeros
de la corona sueca afirmaba a mediados del 1600 que la región norteña
se asemejaba a las Indias Occidentales, y la meta era colonizarla y explotarla.
La estrategia
de la corona sueca tenía dos objetivos: de defensa del territorio
y convertir la región en una fuente más de recursos impositivos.
La apertura de nuevos territorios para la explotación agrícola
empujaba a los colonos pobres a buscar nuevas tierras, apoyados por el
estado que necesitaba además, alimentos para una población
creciente y para sus ejércitos, que combatían en distintos
escenarios europeos. Posteriormente las primeras compañías
de explotación de minas y bosques comenzaron a marcar su presencia
en los territorios, al descubirse yacimientos de hierro de alta calidad,
y la necesidad de explotar los bosques y extraer madera para la construcción
de barcos, viviendas y otras obras de infraestructura.
La cría
del reno y su rutinario traslado, impone el uso de extensos territorios
abiertos, y el aprovechamiento de lo que ofrece la naturaleza para que
los rebaños sobrevivan. La emigración del rebaño hacia
la montaña no trae mayores problemas, pero el arribo a los valles
donde el reno se alimenta con los brotes de los incipientes árboles
del bosque, originaron enconados conflictos con los colonos que sufrían
cuantiosos daños. El traslado de los rebaños originó
además una desventaja imprevista para el sami: los colonos suecos
no dudaban en aprovechar la situación, ocupando esas zonas abandonadas
en el verano, y reclamando luego la tierra como propiedad. La corona sueca
les garantizaba a los colonos quince años libres de impuesto y la
exclusión de por vida del servicio militar. Al regreso de la montaña,
el pastor sami se encontraba con la dura realidad de que sus rebaños
no podían pastar en el valle, habían perdido el derecho al
usufructo de la zona, y debía abrir un proceso judicial para recuperarlas.
Las denuncias
ante los tribunales se multiplicaron, generalmente con fallos en contra
de los samis, originando así no sólo conflictos locales muy
graves, sino incluso, el traslado a la fuerza de numerosas familias de
sus territorios a otros pueblos ubicados más al norte del país.
Sin embargo la
corona sueca no perdía de vista la conveniencia de darle ciertos
derechos a los samis, en la medida que sus territorios no eran atractivos
para los colonos, principalmente las zonas montañosas del interior,
reservando la costa del Báltico para éstos. Por eso les otorgó
el derecho al usufructo exclusivo de ciertas regiones, por las que los
samis debían pagar impuestos. Además fueron liberados del
servicio militar.
Durante el siglo XIX el estado sueco cambia su política, empujado por los sectores industriales que buscaban explotar las riquezas naturales, principalmente minerales y madera. A fines de esa centuria, la colonización se completó prácticamente, con resultados desastrosos para los samis, ya que su cultura y forma de vida se debilitaban sistemáticamente por el nuevo orden impuesto por la política del estado y el avance de la sociedad industrial, y el hambre de las grandes compañías por nuevas regiones a explotar, y la creciente urbanización. La industria minera ,la explotación de bosques y la papelera exigen grandes reservas de energía que el estado sueco ha satisfecho a partir de la construcción de represas hidroeléctricas a lo largo de los ríos del norte del país. Sólo cuatro de los doce mayores ríos de Norrland todavía están libres de algún tipo de regulación de sus aguas. En los otros ríos aprovechadas por los samis para la cria de los renos, caza o pesca, fueron inundadas por los lagos artificiales. La extensión de vías férreas y de carreteras, caminos y senderos en los bosques la norte del país, usadas para el transporte de la madera, también dividieron y aislaron la red de contactos del territorio sami. En 1971 el Parlamento sueco a través de una ley estableció las reglas para la cría de los renos, pero subrayando que el territorio es mayoritariamente propiedad del estado y de las grandes compañías madereras el resto. Los samis tienen derecho al usufructo de esos territorios que serán administrados por los pueblos samis. No obstante la
nueva ley, el desarrollo de la sociedad limita cada vez más la actividad
tradicional. Apenas dos mil samis trabajan actualemente como pastores de
renos, de una población total de 50 000 en Suecia. Además
el bajo rendimiento de sus empresas obliga al estado a subvencionar esta
actividad, lo que despierta antipatías en la mayoría de la
población. Otros grupos como las asociaciones de cazadores y pescadores
luego de intensos cabildeos ante el parlamento, lograron que se les permitiera
cazar y pescar en los territorios de los samis hasta entonces vedados,
más allá de la frontera agrícola. El presidente de
la asociación de cazadores era el secretario general del partido
socialdemócrata. La medida les reduce a este grupo étnico
otra esfera de actividad y les obliga a competir con los numerosos grupos
de cazadores, que en época de otoño, viajan al norte del
país para cazar el alce, osos, y otros animales que habitan en los
bosques. Los políticos de prácticamente todas las tiendas
ideológicas ignoran a los samis, principalmente por indiferencia,
y sobre todo porque electoralmente no son importantes. Una realidad con
la que se encuentran a menudo, cada vez que reclaman algún derecho
ante las autoridades o el Parlamento.
Un estado, un idiomaLa palabra lapón
es una forma despectiva que tenían los suecos de llamar a los samis.
Así lo sienten ellos. Hasta hace medio siglo los samis no tenían
derecho a aprender su idioma en las escuelas. Ni tampoco hablarlo mientras
estaban en sus recintos. Sólo el idioma sueco era permitido en las
aulas. Esta arbitrariedad originó la pérdida del idioma para
muchos samis. La asimilación cultural creó además
un fuerte complejo en muchos de ellos, que se niegan a reconocerse como
samis. Actualmente el 50 por ciento de los samis no habla el idioma de
sus padres.
Hace apenas dos
años la lengua sami fue reconocida oficialmente como el idioma de
esta minoría étnica por el Parlamento sueco. A su vez el
Parlamento sami, constituido a mediados de la década pasada, ha
creado el Consejo del Idioma , para contribuir en su desarrollo y extender
su aprendizaje. Asimismo en otras cuestiones toma iniciativas para que
el tejido social se restablezca a través de actividades culturales
y políticas.
-Mis padres
no pudieron aprender el idioma escrito, nos dice Lars Notti. Yo
tuve suerte ya que cuando fui a la escuela en los 60, lo aprendíamos
como segundo idioma. Pero fue la lucha de nuestras organizaciones por ese
derecho las que dieron finalmente resultado. Ahora todas las familias samis
pueden exigir y tienen el derecho que sus hijos aprendan el idioma.
El 2002 se cumple
el décimo aniversario de la proclamación por las Naciones
Unidas del Año de los Pueblos Originarios, inaugurada en 8 de diciembre
de 1993, y conocida como resolución 46/163. Hasta ahora se ha avanzado
muy poco en la confección de un texto que sirva de base para una
futura Convención de la ONU sobre este tema, donde se contemplarían
los DDHH, el medio ambiente, la educación, la salud y el desarrollo.
En esa ocasión se declaró el 9 de agosto como el día
Internacional de los Pueblos Indígenas.
También la Organización Internacional del Trabajo, en la Convención nr. 169 proclama el derecho de los pueblos originarios a la autodeterminación. La convención reconoce el esfuerzo de estos grupos étnicospor controlar sus instituciones, su propio estilo de vida y desarrollo económico, religión, idioma e identidad. Suecia no ha ratificado
todavía esta última convención, y poco ha contribuído
a elaborar la convención de la ONU, según las críticas
del Parlamento Sami.
Lappland, el último territorio salvajeJukkasjärvi
no tiene más de 800 habitantes, y puede verse como un ejemplo de
las transformaciones de la sociedad sami en los últimos tiempos.
La cría del reno se ha hecho menos intensa, y los samis buscan nuevas
actividades económicas para sobrevivir. El desempleo está
muy por encima de la media del país, la emigración hacia
otras regiones de Suecia crece, y los jóvenes tienen cada vez menos
horizontes, al desaparecer su antigua forma de vida. En invierno la zona
se convierte en un centro turístico visitado por norteamericanos,
japoneses y europeos de distintos países, para conocer lo que en
los folletos se denomina el “último territorio salvaje” de Europa.
El "exotismo"
del lugar es tan grande, que ni cortos ni perezosos a algunos entusiastas
se les ocurrió hacer un hotel de hielo que a ido creciendo en tamaño
e importancia económica. El mismo está adornado por hermosas
estatuas de hielo que representan los animales salvajes de la región,
así como objetos que hacen a su actividad: un piano o un mostrador
de bar, donde los clientes apoyan sus copas -también de hielo- llenas
de vodka. Una noche en un igloo simple cuesta 200 dólares, y en
una suite hasta 500 dólares. Un viaje en trineo tirado por perros
o renos alcanza los 90 dólares. Precios fuera del alcance de cualquier
familia sueca de ingresos medios, lo que ha convertido al lugar en un exclusivo
centro turístico para los ricos en busca de aventuras. El último
año 60 000 de turistas visitaron el lugar.
-En este pueblo
todo es posible- nos dice entusiasta Philipe Moreau, un haitiano soplador
de vidrio que tiene una cabaña donde expone sus piezas de cristal
frente al Hotel de Hielo. -Llegué hace cinco años aquí,
y siempre encuentro soluciones a mis propuestas. Cuando visité otro
pueblo sami, al otro lado del río, me decían que era imposible
hacer algo. Aquí se buscan soluciones, te dan apoyo y de una u otra
forma resolvemos nuestros problemas. Nunca me sentí mejor integrado
a la sociedad sueca que en Jukkasjärvi, cuenta entusiasmado Philipe
que huyó de Haití durante el régimen de Baby Doc.
-Qué
otra cosa podemos hacer si deseamos permanecer aquí? –constata
algo resignado Lars Notti. -La mina de Kiruna ya no ofrece empleo, por
el contrario despide gente al mecanizarse y robotizarse toda la producción.
Los jóvenes se marchan del pueblo. Nuestros recursos están
al alcance de la mano, y a pesar que están muy lejos de nuestras
tradiciones no nos queda otro camino, si no queremos resignarnos al desempleo
y vivir del seguro social.
Los renos agrupados a su alrededor, cabecean afirmativamente mientras mastican el pienso, como confirmando las tribulaciones y esperanzas de su dueño, cada día más sueco y menos sami. Alberico
Lecchini
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